Un hombre abraza el cuello de un caballo en mitad de una plaza y se derrumba llorando. A partir de ese momento, nunca más vuelve a pronunciar una frase con sentido. Nunca. Once años de silencio, de balbuceos, de una mente que un día fue la más afilada de Europa y que de golpe se apaga como una vela. Y lo más extraño de todo es que ese hombre había pasado su vida entera hablando de fuerza, de superación, de decir sí a la vida pase lo que pase. ¿Cómo termina así el hombre que inventó la idea del superhombre? Eso te lo voy a contar hasta el final, con calma, porque merece la pena entenderlo bien.
Pero para llegar ahí hay que empezar por el principio, por un pueblecito diminuto de Alemania donde nadie hubiera apostado un solo céntimo a que ese niño acabaría siendo uno de los pensadores que más ha hecho temblar los cimientos de Occidente.
Ese niño se llamaba Friedrich Nietzsche, y nació el 15 de octubre de 1844 en un lugar llamado Röcken, un pueblo tan pequeño que hoy en día muchos alemanes ni siquiera saben ubicarlo en el mapa. Su padre era pastor luterano, un hombre tranquilo, culto, muy querido en la aldea, y la familia vivía en la casa parroquial, rodeada de campos. De pequeño lo llamaban en broma "el pastorcito", porque el crío era tan serio, tan formal, tan dado a recitar versículos de memoria, que parecía que hubiera nacido ya con sotana puesta. Nada hacía sospechar que ese niño obediente y devoto acabaría escribiendo, décadas después, que Dios había muerto.
Pero la vida de Friedrich dio un vuelco muy pronto, y no precisamente para bien. Cuando tenía cuatro años, su padre empezó a sufrir episodios extraños: dolores de cabeza brutales, pérdida de memoria, desvanecimientos. Los médicos de la época no sabían muy bien qué le pasaba, hablaban de un "reblandecimiento cerebral", una especie de cajón de sastre para enfermedades neurológicas que no entendían. El caso es que el padre de Nietzsche fue apagándose poco a poco, entre convulsiones y ceguera parcial, hasta morir cuando el niño tenía solo cinco años. Y como si la desgracia no fuera suficiente, unos meses después murió también su hermano pequeño, de apenas dos años. En menos de un año, aquel niño que había crecido rodeado de una familia completa se quedó sin padre y sin hermano.
La educación religiosa del joven Nietzsche
Quédate con este dato, porque va a ser importante más adelante: Nietzsche creció desde entonces en una casa llena solo de mujeres. Su madre, su hermana pequeña, su abuela y dos tías solteras. Un ambiente extremadamente piadoso, extremadamente controlado, donde todo giraba en torno a la memoria del padre difunto y a las normas de la iglesia protestante. Y aquí está la primera gran paradoja de esta historia: el hombre que después escribiría los ataques más feroces que se han escrito nunca contra el cristianismo se crio en la casa más devotamente cristiana que te puedas imaginar. Algo de esa infancia se le quedó grabado para siempre, y toda su filosofía posterior puede leerse, en parte, como una larguísima conversación, a veces furiosa, con ese niño que rezaba antes de dormir.
Pero no te quedes solo con la imagen del niño triste. Nietzsche era, además, brillantísimo. Con apenas catorce años consiguió una beca para entrar en Schulpforta, uno de los internados más exigentes de toda Alemania, una especie de fábrica de futuros grandes hombres, con una disciplina casi militar y un nivel académico altísimo, sobre todo en lenguas clásicas: latín y griego. Ahí Nietzsche destacó de inmediato. Leía a Platón en griego original por placer, componía música, escribía poesía, y sus profesores ya empezaban a hablar de él como de un futuro filólogo de primera fila. Todo apuntaba a una carrera tranquila, académica, respetable. Y durante un tiempo, así fue.
Se matriculó primero en la Universidad de Bonn y luego se trasladó a Leipzig siguiendo a su profesor favorito. Y fue justo en Leipzig donde ocurrió algo que le cambió la cabeza por completo, algo que parece sacado de una película pero que fue completamente real. Un día, paseando por una librería de segunda mano, se topó por casualidad con un libro grueso, casi olvidado, titulado "El mundo como voluntad y representación", escrito por un filósofo bastante desconocido por entonces, Arthur Schopenhauer. Nietzsche compró el libro sin pensarlo mucho, se lo llevó a su habitación, y según contó él mismo años después, se tumbó en un sofá y no se levantó hasta haberlo devorado entero.
Durante dos semanas apenas durmió, apenas comió. Aquel libro hablaba de un mundo sin sentido último, gobernado por una fuerza ciega e irracional que Schopenhauer llamaba "voluntad", un mundo donde el sufrimiento no era un accidente sino la norma. Para un joven que ya había visto morir a su padre y a su hermano de niño, aquello no era una teoría abstracta. Era, por fin, alguien que ponía en palabras algo que él ya sentía por dentro.
Y aquí viene la parte que de verdad sorprende a la gente cuando la escucha por primera vez. Con solo veinticuatro años, sin haber terminado siquiera su tesis doctoral, la Universidad de Basilea, en Suiza, le ofreció una cátedra de filología clásica. Veinticuatro años. Fue, en ese momento, el catedrático más joven de toda Europa en su campo. Sus profesores lo recomendaron con un entusiasmo que rozaba lo desmedido, diciendo que en cuarenta años de carrera docente jamás habían visto un talento igual. Así que de un plumazo, aquel joven melancólico y enfermizo pasó a ser profesor universitario, con toga, con alumnos, con un futuro brillante por delante. Pero quédate con esto también, porque muy pronto ese futuro tan prometedor va a empezar a resquebrajarse, y la razón va a tener nombre y apellido: Richard Wagner.
Nietzsche era un admirador fanático de la música de Wagner desde adolescente. Así que cuando, ya instalado en Basilea, tuvo la oportunidad de conocer en persona al compositor, que vivía cerca, en una casa junto al lago llamada Tribschen, no se lo pensó dos veces. Y lo que empezó como una visita de cortesía se convirtió en una relación casi familiar. Nietzsche empezó a visitar la casa de Wagner constantemente, pasaba allí las Navidades, jugaba con los hijos de la pareja, discutía de filosofía y de música hasta la madrugada con el propio Wagner y con su esposa, Cosima. Para el joven profesor, que había perdido a su padre siendo niño, Wagner se convirtió en una especie de figura paterna, de genio al que admirar sin reservas.
Creía de verdad que aquel hombre, con su música desmesurada y sus óperas grandiosas, iba a devolverle a la cultura alemana un espíritu trágico y profundo que Nietzsche pensaba que se había perdido desde los griegos antiguos.
De hecho, de esa admiración nació su primer libro, publicado en 1872, titulado "El nacimiento de la tragedia". En él, Nietzsche planteaba una idea que todavía hoy se sigue enseñando en las facultades de filosofía: que en el arte griego conviven dos fuerzas opuestas y complementarias. Por un lado, lo apolíneo, el orden, la forma, la belleza serena, la razón. Por otro, lo dionisíaco, el instinto, el caos, el éxtasis, la embriaguez casi animal. Según Nietzsche, la mejor tragedia griega, la de Esquilo y Sófocles, nacía precisamente de la tensión entre esas dos fuerzas, y esa tensión se había perdido con el racionalismo excesivo que, para él, había empezado con Sócrates. Y remataba el libro sugiriendo que Wagner era el heredero moderno de ese espíritu trágico perdido.
Imagínate el subidón de ego que le dio eso a Wagner.
Pero aquí viene el primer gran golpe de esta historia, uno de esos giros que te hacen entender que nada en la vida de Nietzsche fue sencillo. El libro, en lugar de consagrarlo como filólogo brillante, fue destrozado por sus propios colegas. Un joven filólogo llamado Wilamowitz-Moellendorff escribió una crítica feroz acusando a Nietzsche de haber abandonado el rigor académico por pura fantasía especulativa, de mezclar filosofía y mitología con datos históricos de manera irresponsable. El ataque fue tan duro y tan público que, prácticamente de la noche a la mañana, dejaron de matricularse alumnos en sus clases. El joven prodigio, el catedrático más precoz de Europa, se convirtió de repente en el hazmerreír de su propio gremio.
Y ojo, porque esto no fue solo un tropiezo profesional: fue la primera vez que Nietzsche entendió que decir la verdad tal y como él la veía le iba a costar caro, y que ese sería, de hecho, el patrón de toda su vida.
Y como si los golpes vinieran en cadena, el cuerpo de Nietzsche empezó a fallarle justo en esos años, y de una manera brutal. Migrañas que lo dejaban tumbado a oscuras durante días enteros, vómitos constantes, un dolor en los ojos tan fuerte que a veces apenas podía leer más de unos minutos seguidos, insomnio crónico. Nadie sabía muy bien qué le pasaba. Hoy en día los historiadores de la medicina siguen debatiendo qué enfermedad sufría realmente: hay quien habla de una migraña oftálmica hereditaria muy severa, hay quien apunta a un tumor cerebral de crecimiento lento, y está también la hipótesis clásica, bastante discutida hoy, de una sífilis contraída en su juventud. Sea lo que sea, lo cierto es que el dolor se convirtió en su compañero de todos los días, literalmente.
Y en 1879, con solo treinta y cuatro años, su cuerpo ya no aguantó más el ritmo de dar clases, y tuvo que jubilarse anticipadamente con una pequeña pensión. El profesor más joven de Europa se convirtió, en apenas una década, en un hombre enfermo, sin trabajo fijo, que tendría que reinventarse por completo. Y aquí es donde la historia se pone todavía más interesante, porque de esa ruina va a nacer, poco a poco, el pensador que hoy conocemos.
Pero antes de que te cuente esa reinvención, tengo que cerrar el capítulo de Wagner, porque la ruptura entre ambos fue uno de los momentos más dolorosos de la vida de Nietzsche, mucho más de lo que la gente suele imaginar. Con el paso de los años, Nietzsche empezó a distanciarse ideológicamente de su antiguo ídolo. Le empezó a incomodar el nacionalismo cada vez más exacerbado de Wagner, su antisemitismo, y sobre todo le pareció una traición total su última ópera, "Parsifal", una obra cargada de simbolismo cristiano, de redención y de pureza casi religiosa. Para Nietzsche, que llevaba años alejándose del cristianismo, aquello fue como ver a su padre espiritual arrodillarse ante la misma cruz de la que él llevaba tiempo intentando escapar.
La ruptura fue definitiva y, según cuentan quienes lo conocieron, le costó muchísimo superarla. Había perdido a la única figura que, de adulto, se había parecido remotamente a un padre.
Así que ahí lo tienes: sin trabajo, sin salud, sin su mentor, con apenas treinta y cinco años. Cualquiera hubiera tirado la toalla. Pero Nietzsche hizo justo lo contrario. Empezó una vida de errante, moviéndose por Europa buscando climas que le sentaran bien al cuerpo: veranos en un pueblecito de montaña en Suiza llamado Sils Maria, inviernos en Niza o en Génova, más adelante en Turín. Vivía en pensiones modestas, casi siempre solo, escribiendo a mano durante horas, dando largos paseos porque decía que las mejores ideas solo le venían caminando. Y fue precisamente en uno de esos paseos, junto a un lago de montaña en Sils Maria, en el verano de 1881, cuando tuvo lo que él mismo describió como una revelación casi física.
Caminando junto a una roca enorme a orillas del lago Silvaplana, le vino de golpe una idea que lo dejó temblando: y si la vida, tal y como la vives ahora, con cada detalle, con cada dolor y cada alegría, tuviera que repetirse exactamente igual una y otra vez, eternamente, sin cambiar ni una sola coma. ¿Podrías soportarlo? ¿Podrías decir que sí a eso? De esa pregunta, aparentemente sencilla, nacería una de las ideas más discutidas de toda la historia de la filosofía, y en un rato te explico exactamente por qué es tan importante. Pero antes tengo que contarte la historia de la mujer que, según muchos biógrafos, más profundamente marcó su vida sentimental, porque sin entender esto es imposible entender del todo el libro que escribiría poco después.
En la primavera de 1882, en Roma, Nietzsche conoció a una joven rusa de veintiún años llamada Lou Salomé, presentada por un amigo común, el filósofo Paul Rée. Lou era, para los estándares de la época, una mujer absolutamente fuera de lo común: inteligentísima, independiente, con una capacidad de conversación filosófica que dejaba boquiabiertos a hombres que le doblaban la edad. Nietzsche quedó fascinado desde el primer momento, hasta el punto de decir que era la persona más inteligente que había conocido nunca. Pasaron semanas viajando juntos, discutiendo de filosofía, incluso se llegó a hacer una fotografía famosa en la que Lou aparece sobre un pequeño carro tirado por Nietzsche y Rée, como si fueran caballos de tiro, con un pequeño látigo en la mano.
Nietzsche llegó a proponerle matrimonio, indirectamente, a través de su amigo Rée, y también directamente en más de una ocasión. Lou lo rechazó, no porque no lo admirara, sino porque no quería atarse a nadie, ni a él ni a Rée, con quien también tenía una relación muy cercana.
Y aquí entra otro personaje que va a ser clave en el resto de esta historia: la hermana de Nietzsche, Elisabeth. Elisabeth odió a Lou Salomé desde el primer minuto, la consideraba una intrusa, una manipuladora que se estaba aprovechando de su hermano, y se dedicó a sembrar cizaña entre ellos con cartas, rumores y acusaciones. El triángulo entre Nietzsche, Lou y Rée acabó rompiéndose entre malentendidos, celos y la intervención constante de Elisabeth, y Nietzsche cayó en una de las depresiones más profundas de toda su vida. Se sintió humillado, traicionado, solo. Y fue precisamente en ese estado de dolor extremo, en los meses siguientes a esa ruptura, cuando se encerró a escribir de forma casi febril el libro que él mismo consideraría su obra maestra: "Así habló Zaratustra".
Dijo después que lo escribió en rachas de apenas diez días por cada parte, en un estado de inspiración que describía casi como un trance. El dolor, una vez más, se transformó en la materia prima de su filosofía.
Y lo que viene ahora es el año 1888.
Porque tras aquella crisis emocional con Lou Salomé, Nietzsche entró en la etapa más productiva y, a la vez, más extraña de toda su vida. En apenas seis o siete años escribió, casi sin descanso, la práctica totalidad de los libros por los que hoy lo conocemos. Después de "Así habló Zaratustra" llegó "Más allá del bien y del mal", donde se dedicó a desmontar, uno por uno, los cimientos de la filosofía occidental que él consideraba falsos consuelos. Poco después publicó "La genealogía de la moral", probablemente el libro donde expone con más claridad su ataque a la moral cristiana. Y en 1888, en un solo año, escribió cinco libros distintos, incluyendo "El crepúsculo de los ídolos", "El anticristo" y una autobiografía con el título más arrogante que te puedas imaginar: "Ecce Homo", donde los capítulos se llaman literalmente "Por qué soy tan sabio", "Por qué soy tan inteligente" y "Por qué escribo libros tan buenos".
Las grandes ideas de Nietzsche y el giro de su vida
Cualquiera que leyera eso sin más contexto pensaría que se trata de un genio en pleno éxtasis creativo, en la cima absoluta de sus facultades. Y sin embargo, como verás en unos minutos, ese mismo año terminaría de la forma más trágica posible.
Pero antes de llegar ahí, vamos a pararnos con calma en las ideas que Nietzsche desarrolló en todos esos libros, porque son las que de verdad han hecho que su nombre siga estando en boca de todo el mundo, más de cien años después de su muerte.
Empecemos por la frase más famosa de todas, la que seguramente ya has escuchado alguna vez aunque no sepas de dónde viene: "Dios ha muerto". Mucha gente cree que Nietzsche estaba simplemente diciendo que no creía en Dios, como quien hace una declaración de ateísmo y ya está. Pero no es eso, ni de lejos. Lo que Nietzsche estaba señalando era algo mucho más profundo: que la sociedad europea de su tiempo, aunque siguiera yendo a misa los domingos, había dejado de creer de verdad, en el fondo, en un orden moral garantizado desde el cielo. La ciencia, la razón, el avance del pensamiento habían ido corroyendo, poco a poco, los cimientos sobre los que durante casi dos mil años Europa había construido su sentido del bien y del mal.
Y el problema, decía Nietzsche, no era que Dios hubiera muerto. El problema era que casi nadie se había dado cuenta todavía de lo que eso significaba de verdad. Porque si ya no hay un fundamento último que diga qué está bien y qué está mal, ¿de dónde sacamos entonces el sentido de nuestra vida? Ese vacío, esa falta de suelo firme bajo los pies, es lo que Nietzsche llamó nihilismo, y lo describió como el fantasma que ya empezaba a recorrer Europa en su época, y que él veía crecer y crecer con el paso de las décadas.
Ahora bien, aquí viene algo que mucha gente no espera: Nietzsche no estaba celebrando el nihilismo. Todo lo contrario, lo consideraba el mayor peligro al que se enfrentaba la humanidad moderna. Su pregunta, la pregunta que atraviesa toda su obra, era esta: si ya no tenemos a Dios para que nos diga cómo vivir, ¿qué hacemos ahora? Y ahí es donde entra una de sus ideas más famosas y más malinterpretadas: la del superhombre, el "Übermensch" en alemán. La gente suele imaginarse esta figura como una especie de superhéroe, un tipo dominante que aplasta a los débiles. Nada más lejos de lo que quería decir Nietzsche. Para él, el superhombre era, sencillamente, aquel ser humano capaz de crear sus propios valores desde cero, sin necesitar que nadie desde arriba le diga qué es bueno o malo, capaz de darle sentido a su propia existencia a través de su creatividad, de su esfuerzo, de su capacidad de superarse constantemente a sí mismo.
Y le oponía, como contraste, la figura que él llamaba "el último hombre": alguien conformista, que solo busca comodidad, seguridad y pequeños placeres, que ha renunciado a cualquier ambición grande porque le da miedo, y que se conforma con una vida sin sobresaltos ni sentido profundo. Nietzsche, con su prosa siempre exagerada y provocadora, advertía que ese último hombre, ese ser gris y conformista, era el verdadero peligro que amenazaba a la Europa de su tiempo, mucho más que cualquier tirano.
Y aquí conectamos con aquella idea que te mencioné antes, la que le vino junto al lago en Sils Maria: el eterno retorno. Piénsalo un momento contigo mismo, porque de verdad merece la pena. Si tuvieras que vivir tu vida exactamente igual, con cada alegría y cada tristeza, con cada decisión y cada error, una y otra vez, para siempre, sin ningún cambio, ¿cómo te sentirías al saberlo? Nietzsche no estaba proponiendo esto como una teoría física seria sobre el universo, aunque él coqueteó también con esa idea. Lo estaba usando, sobre todo, como una especie de examen moral, una prueba definitiva para medir si de verdad estás viviendo tu vida de una manera que puedas afirmar por completo, sin arrepentimientos, sin quejas.
A esa actitud la llamó "amor fati", amor al destino: no resignarse a lo que te toca vivir, sino amarlo activamente, abrazarlo, incluido el sufrimiento, como parte necesaria de una vida plena. Es una de las ideas más exigentes que ha planteado nunca un filósofo, y también una de las más hermosas si te paras a pensarla con calma, sin prisa.
Ahora bien, para llegar hasta ahí, Nietzsche tuvo que hacer antes un trabajo de demolición, y ese trabajo lo desarrolló sobre todo en "La genealogía de la moral". Ahí planteó una pregunta que puede sonar rara al principio, pero que es genial: ¿de dónde vienen realmente las palabras "bueno" y "malo"? Según Nietzsche, en la antigüedad, "bueno" simplemente significaba noble, fuerte, poderoso, vital. Eran los propios fuertes quienes se definían a sí mismos como buenos, sin más. Pero con el tiempo, según su teoría, los débiles, los oprimidos, empezaron a sentir un resentimiento profundo hacia esa fuerza que no podían igualar. Y como no podían vencer a los fuertes en el terreno físico, inventaron un nuevo terreno de batalla: la moral.
Empezaron a decir que la humildad, la debilidad, el sacrificio y la mansedumbre eran las verdaderas virtudes, y que la fuerza, el orgullo y la ambición eran pecado. Nietzsche llamó a esto una auténtica revolución de los valores, y señaló directamente al cristianismo como el gran ejemplo histórico de ese giro: una religión nacida, según él, del resentimiento de los débiles hacia los fuertes, que terminó imponiendo su moral a todo Occidente durante casi dos milenios. Es un planteamiento durísimo, muy polémico todavía hoy, pero también uno de los análisis más influyentes que se han hecho nunca sobre el origen histórico de nuestros valores morales.
Y hay una última idea que quiero que te quede clara, porque conecta todo lo anterior: la voluntad de poder. Para Nietzsche, no era el instinto de supervivencia, como pensaba Darwin, lo que movía realmente a los seres vivos. Era algo más profundo: un impulso constante a crecer, a expandirse, a superarse a uno mismo, a dominar el propio caos interior y también el mundo exterior. No hablaba solo de poder político o físico, sino de esa fuerza vital que empuja a un artista a crear una obra maestra, a un científico a resolver un problema imposible, a cualquier persona a levantarse después de una caída y querer llegar más lejos que antes. Toda su filosofía, en el fondo, gira en torno a esa fuerza: cómo reconocerla en nosotros mismos, cómo no dejar que la aplaste ni la culpa, ni el miedo, ni una moral impuesta desde fuera que nos convenció de que querer más, ser más, es motivo de vergüenza.
Con toda esta cabeza en plena ebullición, produciendo ideas a un ritmo vertiginoso, publicando libro tras libro en apenas un año, Nietzsche se instaló, a finales de 1888, en la ciudad italiana de Turín. Y fue allí, en enero de 1889, donde ocurrió el episodio con el que empezamos este artículo.
Aquella mañana del 3 de enero, Nietzsche salió de su pensión a dar uno de sus habituales paseos por la plaza Carlo Alberto. Y según el relato que se hizo popular después, aunque los historiadores discuten algunos detalles exactos, vio a un cochero golpeando con furia a un caballo que se negaba a tirar del carro. Nietzsche corrió hacia el animal, se lanzó a abrazarle el cuello llorando, y se derrumbó en el suelo entre sollozos. Lo llevaron de vuelta a su habitación, y en los días siguientes empezó a escribir cartas cada vez más delirantes a sus amigos y conocidos, firmadas a veces como "Dionisio", otras como "El Crucificado", hablando de sí mismo como si fuera una figura divina, invitando a jefes de estado europeos a reunirse con él para resolver los problemas del continente.
Su amigo Franz Overbeck, alarmado al recibir una de esas cartas, viajó de inmediato a Turín, y se encontró a un Nietzsche completamente fuera de sí, tocando el piano con los codos, gritando frases inconexas. Lo trasladaron primero a una clínica psiquiátrica en Basilea, y después a otra en Jena, donde le diagnosticaron lo que en la época se llamaba "parálisis progresiva", un término que entonces se asociaba habitualmente con la sífilis en fase avanzada. Hoy, más de un siglo después, los especialistas siguen sin ponerse completamente de acuerdo: algunos mantienen la hipótesis de la sífilis, otros defienden que pudo tratarse de un tumor cerebral de crecimiento muy lento, y otros apuntan a un trastorno hereditario relacionado con el que ya había matado a su padre.
Lo que sí sabemos con certeza es que, a partir de ese enero de 1889, Nietzsche jamás volvió a escribir una sola línea de filosofía. El hombre que había pasado veinte años desmontando los cimientos del pensamiento occidental se quedó, de la noche a la mañana, completamente en silencio.
Pasó los primeros años cuidado por su madre en la pequeña ciudad de Naumburg, y cuando ella murió en 1897, su hermana Elisabeth se hizo cargo de él y se lo llevó a vivir con ella a Weimar. Testigos de la época lo describieron en esos últimos años como una figura tranquila, casi ausente, que apenas hablaba, que a veces reconocía vagamente una melodía al piano pero que no era capaz ya de mantener una conversación coherente. Murió el 25 de agosto de 1900, a los cincuenta y cinco años, sin llegar nunca a saber la magnitud que iba a alcanzar su propio pensamiento.
Y aquí es donde la historia da uno de sus giros más amargos, porque lo que pasó después con su legado es, honestamente, de las cosas más injustas que le han ocurrido nunca a un pensador. Su hermana Elisabeth, la misma que había boicoteado su relación con Lou Salomé años atrás, se había casado mientras tanto con un activista antisemita llamado Bernhard Förster, y juntos habían fundado en Paraguay una colonia llamada Nueva Germania, pensada como un refugio racialmente puro para colonos alemanes. El proyecto fue un fracaso absoluto, su marido acabó suicidándose allí, y Elisabeth regresó a Alemania con las manos vacías pero con una ambición intacta. Y esa ambición la volcó por completo en el legado de su hermano, del que se convirtió en administradora única.
Elisabeth fundó el Archivo Nietzsche, empezó a reunir sus manuscritos inéditos, y llegó a montar, a partir de notas sueltas y fragmentos que Nietzsche nunca había querido publicar como tales, un libro que presentó como su gran obra sistemática final: "La voluntad de poder". Ese libro, editado y reordenado a su antojo, distorsionó durante décadas la imagen pública del pensamiento de Nietzsche.
Y por si fuera poco, con el paso de los años Elisabeth se dedicó activamente a acercar la figura de su hermano a los círculos nacionalistas y, más adelante, al partido nazi. Llegó a recibir a Hitler en el propio Archivo Nietzsche, le regaló el bastón de paseo de su hermano, y permitió que el régimen utilizara citas descontextualizadas de la obra de Nietzsche como si encajaran con su ideología. Y aquí está la ironía más brutal de toda esta historia: el propio Nietzsche, en vida, había escrito con desprecio absoluto sobre el nacionalismo alemán y sobre el antisemitismo, había roto amistades por ese motivo, había llegado a decir literalmente que le repugnaban los antisemitas y que preferiría fusilarlos antes que tolerarlos cerca de él.
Su propia hermana, contra todo lo que él había defendido en vida, convirtió su nombre en munición ideológica para el régimen que más se ha parecido nunca a esa "moral de rebaño", como él la llamaba, contra la que había escrito toda su vida. Ha hecho falta más de medio siglo de trabajo académico serio para separar, poco a poco, al Nietzsche real del que fabricó su hermana.
Y llegados a este punto, después de haber recorrido toda esta vida, creo que se entiende mucho mejor esa imagen con la que empezamos el vídeo. Un hombre que dedicó su obra entera a hablar de fuerza, de superación, de decir sí a la existencia incluso en medio del dolor, terminó sus últimos once años sumido en un silencio absoluto, cuidado como un niño por la misma familia con la que había tenido una relación tan complicada. Hay quien ve en esto una tragedia sin más, una ironía cruel del destino. Pero yo creo que hay otra manera de mirarlo, quizás más honesta con lo que él mismo hubiera querido. Nietzsche nunca prometió una vida fácil ni un final feliz.
Lo que planteó, una y otra vez, fue la pregunta de si somos capaces de encontrarle sentido a la existencia tal y como es, con toda su fragilidad, sin necesitar un cielo que nos consuele después. Y el hecho de que sus ideas hayan sobrevivido a la manipulación de su propia hermana, a su enfermedad, a más de un siglo de malentendidos, y que sigan hoy, ahora mismo, haciendo que tú y yo nos preguntemos cosas tan grandes como qué significa vivir con sentido en un mundo sin certezas absolutas, quizás sea la mejor prueba de que aquel niño piadoso de Röcken, sin proponérselo del todo, cambió para siempre la forma en la que Occidente se mira a sí mismo.
Y si esta historia te ha dejado con ganas de más, con esa sensación de querer seguir tirando del hilo, no hace falta que busques nada. Dale, y seguimos la conversación ahí.