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Biografía de Blaise Pascal. Vida y Filosofía

En noviembre de 1662, pocos meses después de un entierro en París, un criado de la casa recoge la ropa del difunto. Va doblando camisas y chalecos, hasta que al palpar un abrigo nota algo raro. Hay un bulto en el forro, algo duro.

Descose la tela con cuidado y encuentra un trozo de pergamino doblado y, dentro, una hoja de papel. Las dos llevan escrito el mismo texto.

Arriba del todo, una fecha: el lunes 23 de noviembre de 1654. Una hora: desde las diez y media de la noche hasta las doce y media, más o menos.

Y debajo, una sola palabra en mayúsculas: FUEGO.

Lo que sigue son frases sueltas, casi sin sentido para quien las lee por primera vez. Palabras repetidas. "Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz". Y más abajo: "Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría".

El hombre que había muerto llevaba ocho años con ese papel cosido a la ropa. Cada vez que cambiaba de abrigo, lo descosía y lo volvía a coser en el nuevo. No se lo había contado a nadie, ni a su hermana, que lo cuidó hasta el final.

¿Qué le pasó aquella noche? ¿Qué vio, o qué sintió, durante esas dos horas para que no quisiera separarse jamás de ese recuerdo?

Lo más curioso es quién era ese hombre. No era un monje ni un místico encerrado en un convento. Había sido un niño prodigio de las matemáticas. Había inventado una de las primeras calculadoras mecánicas de la historia. Había demostrado algo sobre el aire que todavía hoy estudian los chavales en el colegio. Y había echado las bases de la ciencia que usan las compañías de seguros, los bancos y los casinos.

Un hombre de números, de pruebas y de experimentos. Y sin embargo, ese mismo hombre escribió una de las frases más citadas de la historia: "El corazón tiene razones que la razón no conoce".

Seguramente tú también has tenido alguna noche así. Quizá no tan intensa, pero una de esas noches en las que te quedas despierto mirando al techo y te preguntas si lo que estás haciendo con tu vida tiene sentido. Si todo el ajetreo, el trabajo y las prisas no son una forma de no pensar en lo importante.

Ese hombre se hizo exactamente esas preguntas. Y las respondió de una forma que, más de trescientos cincuenta años después, sigue incomodando y consolando a partes iguales.

Se llamaba Blaise Pascal. Y esta es su historia.

Blaise Pascal nació el 19 de junio de 1623 en Clermont, en la región francesa de Auvernia, una zona de volcanes apagados, montañas verdes y gente dura. Recuerda bien esos volcanes, porque uno de ellos tendrá un papel importante más adelante.

Su padre se llamaba Étienne Pascal. Era magistrado, un hombre de leyes con un buen puesto en la administración de impuestos de la región. Pero lo que de verdad le apasionaba eran las matemáticas. No era un aficionado cualquiera: hay una curva que todavía lleva su nombre, el caracol de Pascal, y no por el hijo, sino por el padre.

La madre, Antoinette Begon, murió cuando Blaise tenía unos tres años. El niño apenas pudo recordarla.

Étienne se quedó viudo con tres hijos: Gilberte, la mayor; Blaise, el del medio; y Jacqueline, la pequeña, nacida en 1625. Estos tres hermanos van a estar muy unidos toda la vida, para lo bueno y para lo malo. Gilberte acabará siendo la primera biógrafa de Blaise, y Jacqueline será la persona que más influya en su alma.

Étienne tomó entonces una decisión poco común para la época: no volvió a casarse y se dedicó en cuerpo y alma a educar a sus hijos él mismo. Nada de colegios ni de preceptores. Él sería el maestro.

En 1631 vendió su cargo en Clermont y se trasladó con la familia a París. Allí podía estar cerca de los círculos intelectuales y dar a sus hijos la mejor formación posible.

Blaise era un niño enfermizo. Desde muy pequeño tuvo problemas de salud que, como veremos, le acompañarán toda la vida. Pero tenía una cabeza fuera de lo normal, y su padre se dio cuenta enseguida.

Una educación singular y el descubrimiento de las matemáticas

Étienne tenía un método muy pensado. Creía que a un niño no se le debe enseñar algo hasta que su mente está preparada para ello. Y decidió que primero aprendería latín y griego, y que las matemáticas, que tanto le gustaban a él, quedarían para más adelante, hacia los quince o dieciséis años. Temía que, si el niño se enganchaba a la geometría, ya no quisiera saber nada de lo demás.

Así que en casa de los Pascal las matemáticas estaban prohibidas para el pequeño Blaise. Los libros de geometría se guardaban bajo llave, y cuando los amigos del padre venían a hablar de esas cosas, cambiaban de tema si el niño andaba cerca.

Pero ya sabes lo que pasa cuando a un crío le prohíbes algo.

Según cuenta su hermana Gilberte, un día Blaise le preguntó a su padre qué era la geometría. Étienne, por quitárselo de encima, le dio una respuesta sencilla: es la ciencia que enseña a hacer figuras exactas y a descubrir las proporciones que hay entre ellas. Y le prohibió volver a hablar del asunto.

El niño tenía unos doce años. Se encerraba en una habitación donde jugaba y, con un trozo de carbón, se puso a dibujar figuras en el suelo. Como no sabía los nombres técnicos, se los inventó: a las líneas las llamaba "barras" y a los círculos, "redondeles".

Y empezó a deducir cosas por su cuenta, a encadenar razonamientos. Hasta que un día su padre entró en la habitación y lo encontró tan concentrado que el niño ni lo oyó llegar. Étienne le preguntó qué estaba haciendo. Blaise, con cierta vergüenza, le explicó que estaba buscando una cosa, y le enseñó lo que había descubierto: que los tres ángulos de un triángulo suman lo mismo que dos ángulos rectos.

Eso es la proposición número treinta y dos del primer libro de Euclides. El niño había llegado hasta ahí él solo, sin libros y sin maestro, partiendo de cero.

Hay que decir que algunos historiadores piensan que Gilberte adornó un poco la historia, por cariño de hermana. Puede ser. Pero lo cierto es que el padre quedó tan impresionado que, según se cuenta, se le saltaron las lágrimas, fue corriendo a ver a un amigo para contárselo y, a partir de ese día, dejó al chaval leer todos los libros de matemáticas que quisiera.

Y Blaise los devoró.

Su padre empezó a llevarlo a las reuniones de un grupo muy especial. En París había un fraile llamado Marin Mersenne que hacía de punto de encuentro para los mejores científicos de Europa. Era una especie de academia informal donde se reunían matemáticos, físicos y filósofos para discutir los últimos descubrimientos. Y allí estaba aquel adolescente, escuchando a los mayores con los ojos como platos.

Pronto dejó de escuchar y empezó a aportar. Con apenas dieciséis años escribió un pequeño ensayo sobre las secciones cónicas, las curvas que salen al cortar un cono: el círculo, la elipse, la parábola y la hipérbola. En ese escrito aparece un teorema precioso, que hoy se conoce como el teorema de Pascal, sobre seis puntos colocados en una de esas curvas.

Se dice que cuando el gran René Descartes, el filósofo más famoso de Francia, vio el trabajo, no se creyó que lo hubiera escrito un muchacho de dieciséis años. Pensó que el mérito era del padre.

No lo era. El chico era así de bueno.

Mientras tanto, la vida de la familia dio un vuelco. En 1638 el cardenal Richelieu, el hombre más poderoso de Francia después del rey, recortó unas rentas del Estado en las que Étienne Pascal tenía invertida buena parte de su dinero. Étienne y otros afectados protestaron, y la protesta se puso fea. Richelieu no era un hombre al que conviniera llevar la contraria, así que Étienne tuvo que esconderse y huir de París para no acabar en la Bastilla.

La salvación llegó de la forma más inesperada: a través de la pequeña Jacqueline.

Jacqueline era también una niña con un talento enorme. Escribía poesía desde muy pequeña y tenía mucha gracia actuando. En 1639 participó en una obra de teatro representada ante el propio cardenal Richelieu. Al terminar, la niña se acercó a él y, con mucha valentía, le pidió perdón para su padre.

Richelieu, que podía ser implacable pero también sabía apreciar un buen gesto, quedó encantado con la cría. Perdonó a Étienne y, además, le dio un cargo nuevo: comisario de impuestos en la ciudad de Rouen, en Normandía.

Así que la familia hizo las maletas y se fue a Rouen.

El trabajo de Étienne allí era una pesadilla. Normandía estaba revuelta, había habido revueltas contra los impuestos y había que reorganizar todo el sistema de recaudación. Eso significaba sumas, restas y más sumas. Cifras y más cifras, días enteros y noches enteras haciendo cuentas a mano con pluma y papel.

Blaise, que ya tenía unos dieciocho años, ayudaba a su padre. Y viendo a su padre agotado, con los ojos rojos de tanto calcular, se le ocurrió una idea.

¿Y si una máquina pudiera hacer las cuentas?

Hoy nos parece lo más normal del mundo. Todos llevamos una calculadora en el bolsillo, dentro del teléfono. Pero en 1642 era una idea revolucionaria. Hacía falta convertir un razonamiento, el de sumar y llevarse una, en un movimiento mecánico de ruedas y engranajes.

Blaise se puso manos a la obra. El problema no era tanto la idea como fabricarla. Los artesanos de la época no estaban acostumbrados a trabajar con esa precisión, y él tuvo que pelearse con relojeros y herreros, explicarles una y otra vez lo que quería y rehacer piezas que no encajaban.

Construyó unos cincuenta prototipos a lo largo de varios años. Cincuenta. Eso da una idea de su tozudez.

El resultado fue una caja de metal con unas ruedecitas en la parte de arriba. Girabas las ruedas para introducir los números y, por una ventanita, aparecía el resultado. El gran truco estaba en un mecanismo que, cuando una rueda pasaba del nueve al cero, hacía avanzar automáticamente la rueda de al lado. Es decir, la máquina se llevaba una ella sola.

Hoy la llamamos la pascalina.

En 1649 el rey le concedió un privilegio, algo parecido a una patente. Blaise intentó venderla, pero fue un fracaso comercial: era carísima, delicada y pocos podían permitírsela. Aun así llegó a enviar una a la reina Cristina de Suecia, con una carta muy bonita. Todavía se conservan algunas de aquellas máquinas en museos, y siguen funcionando.

Hay algo que conviene no perder de vista. El esfuerzo de esos años le pasó factura. Gilberte cuenta que, a partir de los dieciocho años, su hermano no pasó un solo día sin dolor. Tenía dolores de cabeza terribles, problemas de estómago y, en ciertas épocas, no podía tragar líquidos si no estaban calientes, y aun así tenía que tomarlos gota a gota. Hubo un tiempo en que casi no podía andar y tenía que usar muletas.

Imagínate vivir así. Y aun así, no paraba de trabajar.

En enero de 1646 ocurrió un accidente que, sin que nadie lo supiera, iba a cambiarlo todo. Étienne Pascal salió de casa en pleno invierno, resbaló en el hielo y se dislocó la cadera.

Para curarlo vinieron dos hermanos, dos caballeros de la zona que tenían fama de buenos curanderos de huesos. Se quedaron en la casa unos tres meses atendiéndole. Y en esos meses no solo le arreglaron la cadera: también le hablaron de religión.

Aquellos dos hermanos eran seguidores de una corriente católica muy estricta que se conoce como jansenismo. Hay que explicarlo un poco, porque es fundamental para entender a Pascal.

El jansenismo toma su nombre de Cornelio Jansenio, un obispo de Flandes que había escrito un libro enorme sobre San Agustín. La idea central, simplificando mucho, es que el ser humano, desde el pecado original, está profundamente herido. Que no puede salvarse por sus propios méritos y que todo depende de la gracia de Dios. Era una fe muy exigente que pedía una conversión total. Nada de ir a misa los domingos y el resto de la semana hacer lo que uno quiera: había que entregarse por completo.

El centro de este movimiento en Francia era un monasterio de monjas llamado Port-Royal, cerca de París. Allí se reunían también algunos hombres, llamados "los solitarios", que dejaban su vida mundana para vivir en oración y estudio.

Los dos curanderos dejaron libros en la casa, y Blaise los leyó. Le impresionaron tanto que arrastró a toda la familia con él: su padre, su hermana Gilberte y su marido, y sobre todo Jacqueline, que se lo tomó muy en serio.

Esto se suele llamar la "primera conversión" de Pascal. Pero ojo, porque no le apartó todavía de la ciencia. Al contrario: justo en esa época se metió en uno de los debates más apasionantes de su tiempo.

La pregunta era sencilla en apariencia: ¿existe el vacío?

Hoy nos parece una pregunta tonta, pero en el siglo diecisiete era un asunto muy serio. Desde los tiempos de Aristóteles, casi dos mil años antes, se repetía una idea: la naturaleza tiene horror al vacío. Es decir, el vacío no puede existir, y la naturaleza hace lo que sea para evitarlo. Por eso, decían, cuando chupas con una pajita, el líquido sube: para que no quede un hueco vacío.

Pero en 1643 un italiano llamado Evangelista Torricelli, discípulo de Galileo, había hecho un experimento curioso. Llenó un tubo de vidrio con mercurio, lo tapó con el dedo, le dio la vuelta y lo metió en una cubeta también llena de mercurio. Al quitar el dedo, el mercurio del tubo bajó un poco y se quedó parado a una cierta altura, unos setenta y seis centímetros. Y arriba del tubo quedó un espacio. Un espacio aparentemente vacío.

La noticia llegó a Francia, y Blaise se lanzó a repetir el experimento a lo grande.

En Rouen había fábricas de vidrio muy buenas, así que mandó hacer tubos enormes, de más de diez metros. Los llenó de agua y de vino, delante del público, en la calle. Era casi un espectáculo.

Hay una anécdota muy simpática. Los defensores de las ideas antiguas decían que, si se usaba vino en lugar de agua, el vino bajaría más, porque tenía más "espíritus", más vapores que llenarían el hueco de arriba. Pascal les preguntó entonces qué pasaría según ellos, ellos dieron su pronóstico, y él hizo el experimento. El resultado fue justo el contrario de lo que habían dicho sus rivales. El vino, que es algo más ligero que el agua, subía más alto, no menos.

En 1647 publicó sus "Experiencias nuevas sobre el vacío". Y ese mismo año ocurrió un encuentro de lo más curioso.

En septiembre de 1647, Blaise estaba en París, enfermo, y recibió dos visitas de René Descartes. Imagínate la escena: el filósofo más famoso de Francia sentado junto a la cama de un joven de veinticuatro años, pálido y dolorido.

Hablaron de la pascalina y del vacío. Y no se entendieron. Descartes no creía en el vacío; pensaba que todo el espacio estaba lleno de una materia muy sutil. Pascal no estaba de acuerdo.

Pero Descartes, que además de filósofo tenía algo de médico aficionado, le dio un consejo de salud: que se quedara en la cama todo lo que pudiera, hasta que se cansara de estar acostado, y que tomara mucho caldo.

Parece que la conversación no terminó del todo bien. Poco después Descartes escribió en una carta, con bastante mala uva, que aquel joven tenía "demasiado vacío en la cabeza".

Blaise no se lo perdonó nunca del todo. Años más tarde escribió una frase muy dura sobre él. Dijo que no podía perdonarle a Descartes que, en toda su filosofía, hubiera querido prescindir de Dios, aunque no pudo evitar hacerle dar un capirotazo para poner el mundo en marcha. Y que después de eso, ya no le sirvió para nada más.

Pero volvamos al vacío, porque ahora viene lo mejor.

Pascal tenía una intuición. Si el mercurio se quedaba a esa altura en el tubo, no era por ningún "horror al vacío". Era porque el aire que nos rodea pesa. Todo el aire de la atmósfera, encima de nosotros, empuja sobre el mercurio de la cubeta y lo hace subir por el tubo. Es como una balanza: de un lado, el peso de la columna de mercurio; del otro, el peso del aire.

Y si eso era así, había una forma de demostrarlo. Si subimos a una montaña, hay menos aire por encima de nosotros. Por lo tanto, el aire empujará menos, y el mercurio debería bajar en el tubo.

¿Y dónde había una montaña a mano? En su tierra natal, en Auvernia. El Puy de Dôme, un viejo volcán apagado de casi mil quinientos metros, justo al lado de Clermont.

Pascal no podía subir, porque estaba demasiado enfermo. Así que le pidió el favor a su cuñado, Florin Périer, el marido de Gilberte, que vivía en Clermont.

El 19 de septiembre de 1648, Périer organizó todo con mucho cuidado. Reunió a varios testigos de confianza: religiosos, magistrados, gente seria. Dejó un tubo de mercurio abajo, en el jardín de un convento de la ciudad, con un fraile vigilándolo durante todo el día para ver si cambiaba. Y con otro tubo subió a la cima del Puy de Dôme.

Allí arriba hizo el experimento. Y el mercurio bajó: unos ocho centímetros por debajo del nivel que marcaba en la ciudad.

Lo repitió varias veces, en distintos puntos de la cima, al abrigo y al viento, con buen tiempo y con niebla. Siempre igual. Al bajar fue haciendo mediciones por el camino, y el mercurio subía poco a poco a medida que descendían. Abajo, el tubo vigilado por el fraile no se había movido en todo el día.

Pascal tenía razón. El aire pesa. Y la naturaleza no tiene ningún horror al vacío.

Esto, que parece una curiosidad, es la base del barómetro, el aparato que mide la presión del aire y que se usa para predecir el tiempo. Y por eso hoy, en todo el mundo, la unidad con la que se mide la presión se llama pascal. Cuando en el parte meteorológico hablan de hectopascales, están rindiendo homenaje, sin saberlo, a aquel joven enfermo y a su cuñado subiendo un volcán.

Pascal estudió también cómo se comportan los líquidos y descubrió el principio que lleva su nombre: la presión que se ejerce sobre un líquido encerrado se transmite por igual en todas direcciones. Gracias a eso se puede levantar un peso enorme con una fuerza pequeña. Es lo que hace funcionar las prensas hidráulicas, los gatos con los que se levanta un coche en el taller o los frenos de tu propio coche.

Todo esto antes de cumplir los treinta años.

En septiembre de 1651 murió su padre, Étienne. Para Blaise fue un golpe muy duro. Escribió una carta larga y muy sentida a Gilberte sobre cómo debía vivir un cristiano la muerte de un ser querido.

Pero la muerte del padre trajo otro problema, mucho más doloroso en lo personal.

Jacqueline, su hermana pequeña, llevaba años queriendo entrar como monja en Port-Royal. Su padre se había opuesto mientras vivía, y ella había esperado por respeto. Ahora que el padre había muerto, ya no había nada que la retuviera.

Y Blaise no quería que se fuera.

Aquí vemos a un Pascal muy humano. Él, que había sido quien llevó a la familia hacia esa fe exigente, ahora no soportaba la idea de perder a su hermana. Vivían juntos, ella le cuidaba, era su confidente. Y encima estaba la cuestión del dinero: Jacqueline quería llevarse su parte de la herencia como dote al convento, y Blaise se negaba.

Hubo tensiones y discusiones. Jacqueline entró en Port-Royal en enero de 1652, prácticamente sin que su hermano se diera cuenta, para evitar una despedida dolorosa. Lo del dinero tardó algo más en arreglarse, pero al final Blaise cedió. Ella tomó los votos en 1653.

Blaise se quedó solo. Y entonces empezó lo que los historiadores suelen llamar su "periodo mundano".

No pienses en desenfreno ni en grandes escándalos. Pero sí es verdad que en esos años Pascal se alejó un poco de la religión y se metió en la vida de la buena sociedad parisina. Tenía dinero, tenía fama y quizá también ganas de vivir un poco después de tantos años de enfermedad, estudio y luto.

Se hizo muy amigo del duque de Roannez, un joven aristócrata. Frecuentaba salones elegantes, tenía carroza con varios caballos y conoció a gente de mundo. Dos de esos personajes fueron especialmente importantes: el caballero de Méré y un tal Damien Mitton.

Eran lo que entonces se llamaba "hombres honestos", que no quiere decir honrados en el sentido actual, sino personas refinadas, de buena conversación, que sabían estar en sociedad. Y también eran, por cierto, aficionados al juego.

Y aquí viene otra de las grandes aportaciones de Pascal, que nace, fíjate tú, de una partida de dados.

El caballero de Méré le planteó un problema que llevaba tiempo dando vueltas por ahí. Supongamos que dos jugadores apuestan dinero a una partida que se gana al llegar a cierto número de puntos. Pero la partida se interrumpe antes de terminar. ¿Cómo se reparte el dinero de forma justa, teniendo en cuenta cómo iba cada uno?

Parece un problema de taberna, pero no es nada sencillo. Hay que calcular qué posibilidades tenía cada jugador de ganar si la partida hubiera seguido.

En el verano de 1654, Pascal empezó a escribirse cartas sobre este asunto con Pierre de Fermat, un magistrado de Toulouse que era probablemente el mejor matemático de su tiempo, aunque lo hacía casi por afición. Esas cartas entre los dos se consideran hoy el nacimiento del cálculo de probabilidades.

Por primera vez alguien encontraba una forma de razonar con precisión sobre el azar, sobre lo incierto. De medir, de algún modo, lo que todavía no ha ocurrido.

De esas ideas viven hoy las compañías de seguros, que calculan cuánto cobrarte según la probabilidad de que te pase algo. Viven también las encuestas, la estadística y las previsiones económicas. Y, cómo no, los casinos.

Para resolver estos problemas, Pascal estudió a fondo una figura de números que se conoce desde hacía siglos en China, en Persia y en Europa, pero que él trató con tanta profundidad que hoy se llama el triángulo de Pascal. Es una pirámide de números en la que cada número es la suma de los dos que tiene encima. Quizá la recuerdes de tus tiempos de colegio.

Por cierto, de este ambiente de amigos aristócratas surgiría años más tarde, en 1662, otra idea suya muy práctica: unas carrozas que recorrían París siguiendo un trayecto fijo, a horas fijas, y en las que cualquiera podía subir pagando cinco céntimos de la época. Es decir, el primer transporte público de la ciudad, el abuelo de nuestros autobuses.

Así que por aquellos días Pascal lo tenía todo: inteligencia, reconocimiento, amigos importantes y una vida cómoda.

Y sin embargo no era feliz.

Jacqueline, desde el convento, notaba que su hermano estaba cambiando. En sus visitas, Blaise le confesaba que sentía un enorme vacío. Que el mundo ya no le llenaba, que se sentía lejos de todo y, sobre todo, lejos de Dios. Tenía un desprecio cada vez mayor por esa vida, pero tampoco sentía la llamada de nada más. Estaba como en tierra de nadie.

Ese vacío, por cierto, es justo lo que tú y yo podemos sentir a cualquier edad. Haber conseguido cosas, tener la vida más o menos resuelta, y sin embargo notar que falta algo. Que hay una pregunta sin contestar.

Y entonces llegó aquella noche.

El lunes 23 de noviembre de 1654, día de San Clemente, Blaise Pascal estaba solo en su habitación. Tenía treinta y un años. Y hacia las diez y media de la noche le ocurrió algo que nunca contó a nadie.

Hay una leyenda, que circuló mucho tiempo después, según la cual poco antes Pascal había sufrido un accidente de carruaje en el puente de Neuilly: los caballos se habrían desbocado y caído al río Sena, y él se habría salvado de milagro. Pero es una historia que apareció bastante más tarde y que los estudiosos miran con mucha desconfianza. No sabemos si ocurrió.

Lo que sí sabemos es lo que dejó escrito. Ese papel que el criado encontró cosido en su abrigo. Se conoce como el Memorial.

Empieza con la fecha y la hora, y luego esa palabra enorme: FUEGO.

Y después escribe: "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No el de los filósofos y los sabios".

Fíjate bien en esa frase, porque es la clave de todo lo que vendrá después. Pascal, que había conocido a los grandes filósofos y científicos de su tiempo, dice que el Dios que encontró esa noche no es el de los filósofos. No es una idea, ni una conclusión lógica, ni el relojero que pone el universo en marcha y luego se desentiende. Es un Dios vivo, personal, el de la Biblia, el que habla con las personas.

Y sigue: "Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz".

Más adelante escribe: "Grandeza del alma humana". Y luego: "Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría".

También hay frases de dolor, de arrepentimiento: "Me he separado de él". Y otra: "Que no sea separado de él eternamente".

Y termina con una decisión: "Renuncia total y dulce".

Es un texto escrito a toda prisa, a borbotones, como alguien que intenta apuntar algo que le está desbordando. No es literatura. Es el diario íntimo de una experiencia que no sabemos describir con palabras.

¿Qué pasó exactamente? No lo sabemos. Cada uno lo interpretará según sus creencias. Unos dirán que fue una experiencia mística auténtica, otros que fue fruto de su enfermedad o de su agotamiento. Pero lo que nadie discute es que esas dos horas partieron su vida en dos. Hay un Pascal antes de esa noche y un Pascal después.

Y durante el resto de su vida, que no fue mucha, llevó ese papel pegado al cuerpo.

A partir de entonces Blaise cambió de vida. En enero de 1655 hizo un retiro en Port-Royal, en el campo. Allí tuvo largas conversaciones con uno de los maestros espirituales de la casa, el señor de Sacy. Se conserva un relato de una de ellas, en la que Pascal habla de los dos filósofos que más había leído: Epicteto, el estoico, que confiaba en la grandeza del hombre, y Montaigne, el escéptico, que dudaba de todo. Pascal decía que cada uno tenía una parte de razón y que los dos se equivocaban. Volveremos a esto, porque es el corazón de su pensamiento.

No se hizo monje. Siguió viviendo en el mundo, pero cada vez más sencillamente. Y pronto iba a meterse en la batalla más sonada de su vida.

Port-Royal estaba en apuros. Los jansenistas tenían enemigos muy poderosos, y los principales eran los jesuitas, que eran entonces los confesores de reyes y nobles, los educadores de las élites y gente con muchísima influencia.

Pascal y la polémica religiosa de Port-Royal

El gran teólogo de Port-Royal, Antoine Arnauld, estaba a punto de ser condenado por la Universidad de la Sorbona por sus ideas. Arnauld intentó defenderse, pero escribía de una forma tan técnica y pesada que nadie le hacía caso.

Entonces sus amigos le dijeron a Pascal: tú que escribes bien, haz algo.

Y Pascal hizo algo extraordinario.

En enero de 1656 empezó a publicar unas cartas sueltas, anónimas, firmadas con un nombre falso: Louis de Montalte. Eran cartas supuestamente escritas a un amigo de provincias para contarle lo que estaba pasando en París. Por eso se conocen como "Las Provinciales".

En vez de escribir un tratado aburrido, Pascal se presentaba como un hombre corriente, de sentido común, que va preguntando a unos y a otros para entender la polémica. Era irónico, ágil y muy divertido. Y por primera vez, un asunto de teología se podía leer como quien lee una novela.

A partir de la cuarta carta, más o menos, cambió de objetivo y fue directamente a por los jesuitas. En concreto, a por algunos de sus moralistas, que habían desarrollado lo que se llamaba la casuística: el estudio de casos concretos de conciencia para saber qué está permitido y qué no.

Pascal los dejó en ridículo. Se dedicó a citar, con pelos y señales, lo que habían escrito algunos de esos teólogos, y en muchos casos eran auténticos malabarismos para justificar casi cualquier cosa.

Por ejemplo, la llamada "dirección de intención". Según esto, si haces algo malo pero diriges tu intención hacia un fin bueno, la cosa cambia. Pascal ponía ejemplos sangrantes, sacados de aquellos libros, para mostrar que con ese método se podían justificar hasta los duelos o la venganza, siempre que uno pensara en defender su honor y no en hacer daño.

O la "restricción mental": decir algo que no es verdad, pero añadiendo para tus adentros una frase que lo hace verdad. Juras en voz alta que no has hecho algo, y por dentro añades "hoy", o cualquier otra cosa. Y así, según esos autores, no has mentido.

Pascal se reía de todo ello con una elegancia terrible. Y la gente se lo pasaba en grande leyéndolo. Las cartas corrían de mano en mano por todo París. Se imprimían en secreto, porque la policía buscaba a su autor, y Pascal llegó a esconderse en una posada bajo un nombre falso.

Escribió dieciocho cartas en total, entre 1656 y 1657. En una de ellas se disculpa ante el lector con una frase muy famosa: "He hecho esta carta más larga de lo habitual porque no he tenido tiempo de hacerla más corta". Cualquiera que haya tenido que escribir algo importante sabe cuánta verdad hay en eso.

Las Provinciales fueron condenadas por Roma y, años después, el rey Luis XIV ordenó quemarlas. Pero ya era tarde. Se habían convertido en un clásico. Muchos consideran que con ellas nace la prosa francesa moderna: clara, precisa, sin adornos innecesarios. Hasta Voltaire, que no tenía ninguna simpatía por las ideas religiosas de Pascal, las admiraba como una obra maestra del estilo.

Mientras escribía las Provinciales ocurrió algo en su propia familia que le reafirmó en su fe.

Su sobrina, Marguerite Périer, hija de Gilberte, tenía unos diez años y estaba interna en Port-Royal. Sufría una fístula muy fea en el ojo, una herida purulenta que los médicos no lograban curar y que incluso le había afectado al hueso.

El 24 de marzo de 1656, en Port-Royal estaban venerando una reliquia: una espina que, según la tradición, procedía de la corona de espinas de Cristo. Una de las monjas tocó el ojo de la niña con la reliquia. Y poco después, la herida estaba curada.

Médicos de la época examinaron el caso y lo declararon inexplicable. La Iglesia lo reconoció como milagro. Se le llamó el milagro de la Santa Espina.

Para Pascal fue como una señal. Una confirmación de que Dios estaba del lado de Port-Royal en medio de tantas persecuciones. Se hizo un sello personal con un ojo rodeado por una corona de espinas.

Y, curiosamente, este hombre que había vuelto la espalda a la vida mundana no abandonó del todo las matemáticas.

Una noche de 1658, Pascal sufría un dolor de muelas terrible que no le dejaba dormir. Para distraerse, se puso a pensar en un problema matemático: la cicloide, la curva que dibuja un punto de una rueda cuando la rueda avanza rodando. Por ejemplo, la trayectoria que sigue una piedrecita pegada al neumático de una bicicleta.

Se concentró tanto que, según cuenta su hermana, el dolor de muelas desapareció. Y en pocos días resolvió un montón de problemas sobre esa curva.

Al principio no quería publicar nada, porque le parecía vanidad. Pero un amigo le convenció de que podía ser útil para demostrar a los incrédulos que un hombre de fe podía ser también un gran científico. Así que lanzó un concurso público, con premio en dinero, retando a los matemáticos de Europa a resolver aquellos problemas. Lo firmó con otro nombre falso, Amos Dettonville, que es un anagrama, con las mismas letras, de Louis de Montalte, el seudónimo de las Provinciales.

En esos trabajos Pascal se acercó muchísimo a lo que años más tarde sería el cálculo infinitesimal. De hecho, Leibniz, uno de los inventores del cálculo, contó que se le encendió la bombilla leyendo precisamente un escrito de Pascal.

Pero su gran proyecto en estos últimos años era otro. Quería escribir un libro que convenciera a los incrédulos, a los indiferentes y a los que no se hacían preguntas. Una defensa de la religión cristiana. Una apología.

Y no quería hacerlo como se hacía normalmente, con demostraciones filosóficas de la existencia de Dios. Pensaba que esas pruebas no convencen a nadie: son tan complicadas que, a la hora de haberlas entendido, uno ya se ha olvidado de ellas.

Él quería empezar por otro sitio. Por el ser humano. Por ti y por mí.

Lo fue preparando durante años, apuntando ideas en trozos de papel. A veces una frase suelta, a veces una página entera. Los iba ensartando con hilo, agrupándolos por temas.

Pero nunca lo terminó. La enfermedad no le dejó.

Cuando murió, sus familiares y amigos encontraron cientos de esos papelitos. Unos ordenados, otros sueltos. Los copiaron con mucho cuidado y en 1670 publicaron una selección con el título de "Pensamientos".

Y ese libro inacabado, hecho de fragmentos, es hoy uno de los grandes libros de la historia del pensamiento.

Vamos a ver qué dice, porque merece la pena detenerse.

Pascal empieza mirando al hombre tal y como es, sin adornos. Y lo primero que ve es una contradicción.

Por un lado, el hombre es una cosa insignificante. Pascal, que conocía bien la ciencia de su tiempo, sabía que el universo era inmenso. El telescopio había mostrado estrellas y más estrellas, y el microscopio, mundos diminutos dentro de una gota de agua. Y el hombre estaba ahí en medio, perdido entre dos infinitos: el infinitamente grande y el infinitamente pequeño. Una nada comparado con el todo; un todo comparado con la nada.

Él mismo lo sintió con angustia. Escribió una frase que pone los pelos de punta: "El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta".

Piensa en una noche de verano en el campo, lejos de las luces de la ciudad, mirando las estrellas. Esa sensación de pequeñez, de que todo eso es inmenso y no sabe ni que existes. Pascal la puso en palabras hace trescientos cincuenta años.

Pero, por otro lado, el hombre tiene algo grandioso. Y aquí viene una de sus imágenes más bellas.

Dice Pascal: "El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña que piensa". No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: basta un vapor, una gota de agua, para matarlo. Pero aunque el universo lo aplaste, el hombre seguiría siendo más noble que lo que lo mata, porque él sabe que muere, y el universo no sabe nada de la ventaja que tiene sobre él.

Toda nuestra dignidad, dice, consiste en el pensamiento.

Ahí tienes la contradicción: el ser humano es miserable y es grande a la vez. Es frágil como una caña y, sin embargo, capaz de comprender el universo que lo aplasta.

Pascal lo resume en otra frase genial: "El hombre no es ni ángel ni bestia. Y la desgracia quiere que quien pretende hacer el ángel, hace la bestia".

Es decir, que cuando nos creemos puros y superiores, cuando nos subimos a la parra, es justo cuando acabamos haciendo las peores barbaridades. Y cualquiera que haya vivido unos cuantos años lo ha visto, en la historia y en la vida corriente.

Ahora bien, si el hombre es así de frágil y sabe que va a morir, ¿cómo es que vive tan tranquilo? ¿Cómo es que no pensamos en ello todo el rato?

Aquí Pascal introduce una idea que, si te paras a pensarla, es demoledora. La llama el "divertimento".

Para él, divertirse no es solo pasarlo bien. Viene de una palabra que significa desviar, apartar la mirada. El divertimento es todo aquello que hacemos para no pensar en nuestra condición. Para no pensar en la muerte, en la soledad o en el sentido de la vida.

Y escribe una frase que es probablemente la más famosa de todo el libro: "Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: no saber quedarse tranquilos en una habitación".

Piénsalo un momento. ¿Cuánto aguantamos sin hacer nada, sin el periódico, sin la tele, sin el teléfono, sin una conversación, sin una tarea? A solas con nosotros mismos y en silencio. Pascal, en el siglo diecisiete, sin televisión ni teléfonos móviles, ya se había dado cuenta de que no lo aguantamos. De que en cuanto nos quedamos quietos, empiezan a asomar las preguntas incómodas.

Por eso buscamos el ruido, el trabajo sin fin, los viajes, el juego, la caza, la guerra o la política. Cualquier cosa.

Pascal pone el ejemplo de la caza, que era el entretenimiento de los nobles. Dice: si a un hombre que va a cazar una liebre le das la liebre ya cazada, no la quiere. No es la liebre lo que busca. Lo que busca es la persecución, la agitación que le impide pensar en sí mismo.

Y lo mismo con el juego: dale a un jugador cada mañana el dinero que podría ganar ese día, a condición de que no juegue, y lo harás desgraciado. No quiere el dinero; quiere el entretenimiento.

Incluso los reyes, decía Pascal, que lo tienen todo, están rodeados de gente cuya única función es que no se aburran, que no se queden solos con sus pensamientos. Porque un rey sin diversión, que se pone a pensar en sí mismo, es un hombre lleno de miserias.

¿Te suena? Cuando uno se jubila, por ejemplo, y de repente tiene todo el tiempo del mundo, mucha gente descubre que eso de quedarse tranquilo en casa no es tan fácil como parecía. Que el trabajo, además de un sueldo, era una forma de tener la cabeza ocupada.

Pascal no dice que distraerse sea malo en sí. Dice que es una forma de esquivar la gran pregunta. Y que esa pregunta, tarde o temprano, vuelve.

Otra cosa que Pascal analiza muy bien es lo poco que podemos fiarnos de nosotros mismos. Habla de la imaginación como de una "maestra de error y de falsedad", que nos engaña constantemente. Pone el ejemplo de un juez venerable que escucha un sermón y, si el predicador tiene una voz ronca o una cara rara, el juez ya no puede tomarse en serio lo que dice, por muy sabio que sea.

O el del filósofo más sabio del mundo colocado sobre una tabla encima de un precipicio, más ancha de lo necesario. Su razón le dice que está seguro. Pero su imaginación le hace temblar y ponerse pálido.

También se ríe de la justicia humana. Escribe: "Curiosa justicia, la que un río delimita. Verdad a este lado de los Pirineos, error al otro lado". Lo que en un país es delito, en el de al lado es lo normal. Y a veces lo que decide la historia del mundo son cosas mínimas, casuales. De ahí otra frase muy famosa: "La nariz de Cleopatra: si hubiera sido más corta, toda la faz de la tierra habría cambiado". Si Cleopatra no hubiera sido tan atractiva, Marco Antonio y Julio César quizá no se habrían enamorado de ella, y la historia de Roma habría sido otra.

Entonces, si la razón es tan limitada y la imaginación nos engaña, ¿cómo podemos conocer la verdad?

Aquí entra otra distinción muy interesante de Pascal. Dice que hay dos maneras de pensar. Una es el espíritu de geometría: el razonamiento ordenado, paso a paso, a partir de principios claros, como en las matemáticas. La otra es el espíritu de finura: la capacidad de captar de un vistazo cosas muy sutiles, que no se pueden demostrar pero que se perciben. Como cuando conoces a alguien y en dos minutos sabes si te puedes fiar de él, sin saber explicar por qué.

Y hay verdades que no se alcanzan con el razonamiento, sino con el corazón. Para Pascal, el corazón no es solo el sentimiento o la emoción. Es una forma de conocimiento directo, intuitivo. Sabemos que estamos despiertos y no soñando, sabemos que el espacio tiene tres dimensiones, y no lo sabemos porque lo hayamos demostrado, sino porque lo sentimos.

De ahí viene la famosa frase: "El corazón tiene razones que la razón no conoce".

Mucha gente la usa para hablar del amor romántico, y no está mal. Pero Pascal lo decía en un sentido más hondo: hay certezas en nuestra vida que no salen de un silogismo, y no por eso son menos ciertas.

Ahora llegamos a lo más conocido, y quizá lo más polémico, de todo su pensamiento: la apuesta de Pascal.

Pascal se dirige al incrédulo, al que dice: "Yo no sé si Dios existe. La razón no me lo puede demostrar ni en un sentido ni en otro. Así que no me pronuncio".

Y Pascal le contesta: muy bien, pero no puedes quedarte al margen. Tienes que apostar. No es algo voluntario: ya estás embarcado. Vivir de una forma o de otra ya es apostar.

Y entonces, como buen experto en probabilidades, le hace las cuentas.

Si apuestas a que Dios existe y aciertas, lo ganas todo: una felicidad infinita. Si apuestas a que existe y te equivocas, no pierdes casi nada: has vivido una vida honrada, quizá renunciando a algunos placeres pasajeros. En cambio, si apuestas a que no existe y te equivocas, lo pierdes todo.

Así que, dice Pascal, apuesta a que existe, sin dudarlo. Lo que pones en juego es finito; lo que puedes ganar es infinito.

Esta apuesta se ha discutido muchísimo durante siglos. Hay quien dice que es una forma muy interesada de creer, como quien hace un cálculo de seguros. Otros señalan que no tiene en cuenta que hay muchas religiones distintas y que uno podría apostar por la equivocada.

Pero hay que entender una cosa. Pascal no pensaba que con la apuesta convertiría a nadie. La apuesta va dirigida a alguien muy concreto: al que dice que no puede creer. A ese, Pascal le dice: al menos reconoce que te conviene buscar. Que no es lo mismo una cosa que otra, que no da igual.

Y le da un consejo práctico, muy humano. El incrédulo le dice: "Pero es que estoy hecho de tal manera que no puedo creer". Y Pascal le responde, más o menos: haz como los que ya creen. Empieza por los gestos, ve a misa, practica. Muchas veces el corazón sigue al cuerpo, y cambiando las costumbres se acaba cambiando por dentro.

Para Pascal, en el fondo, la fe no se demuestra. Es un don, algo que Dios da. Lo que la razón puede hacer es mostrar que no es absurdo creer, quitar obstáculos y preparar el terreno.

Y en ese punto vuelve a su visión del hombre. Ni el estoico que confía en la grandeza humana ni el escéptico que solo ve miseria tienen la respuesta completa. Para Pascal, el cristianismo es lo único que explica la contradicción entera: el hombre es grande porque fue creado a imagen de Dios, y es miserable porque ha caído. Y esa herida solo se cura por la gracia.

Pascal termina hablando de tres órdenes, de tres niveles de realidad. Está el orden de los cuerpos: la fuerza, la riqueza, el poder, la belleza física. Está el orden de los espíritus: la inteligencia, la ciencia, el talento. Y está el orden de la caridad, del amor.

Y dice que la distancia entre los cuerpos y los espíritus es infinita, pero que la distancia entre los espíritus y la caridad es infinitamente más infinita.

Fíjate lo que significa esto viniendo de quien viene. Un genio de las matemáticas, un hombre que había llegado a lo más alto en el orden de la inteligencia, dice que todo eso no vale nada comparado con un acto de amor verdadero. Que el más pequeño gesto de caridad está por encima de todos los cuerpos y todos los espíritus juntos.

Y ahora vamos al final de su vida, porque ahí se ve que aquello no era solo teoría.

En sus últimos años Pascal se volvió extremadamente austero. Se desprendió de casi todo lo que tenía: muebles, tapices, objetos de valor. Lo vendía y daba el dinero a los pobres. Decía que la pobreza era algo que amaba, porque Cristo la había amado.

Comía lo justo y se negaba a sí mismo cualquier comodidad. Según su hermana Gilberte, llevaba bajo la ropa un cinturón de hierro con pinchos, y cuando notaba que le asaltaba un pensamiento de vanidad, se daba un golpe con el codo para clavárselo.

A nosotros hoy nos puede parecer exagerado, incluso inquietante, y es normal. Pero era la manera que tenía de tomarse en serio lo que creía.

En octubre de 1661 murió su querida Jacqueline, con apenas treinta y seis años. Había sufrido mucho por las persecuciones contra Port-Royal: a las monjas se les exigía firmar un documento condenando las ideas de Jansenio, y para ella aquello fue un drama de conciencia que la destrozó. Blaise recibió la noticia diciendo: "Dios nos conceda la gracia de morir tan bien como ella".

Su salud empeoraba a ojos vista. Y aun así, en esos últimos meses ocurrió algo que lo retrata como pocas cosas.

Pascal había acogido en su casa a una familia pobre, por pura caridad. Uno de los niños de esa familia cayó enfermo de viruela, que era muy contagiosa. Pascal estaba muy enfermo y necesitaba los cuidados de su hermana Gilberte, que tenía hijos y no podía arriesgarse a llevárselos a una casa con viruela.

La solución lógica era echar a la familia pobre. Pero Pascal no quiso. Dijo que el que estaba sano para moverse era él, no aquel niño. Así que fue él quien dejó su propia casa y se trasladó, gravemente enfermo, a casa de su hermana.

Allí pasó sus últimas semanas. Los médicos no entendían bien qué tenía y le decían que no era nada grave. Él sabía que se estaba muriendo.

Llegó a pedir que lo llevaran al hospital de los Incurables, para morir entre los pobres, como uno más. No se lo permitieron, porque estaba demasiado débil para moverlo. Entonces pidió que al menos trajeran a casa a un pobre enfermo y lo cuidaran igual que a él, para no ser tratado mejor que los demás.

Sufrió dolores terribles, convulsiones y dolores de cabeza insoportables. Tras una larga espera, por fin recibió la comunión. Sus últimas palabras fueron: "Que Dios no me abandone nunca".

Murió el 19 de agosto de 1662. Tenía treinta y nueve años.

Al hacerle la autopsia, los médicos encontraron lesiones en el estómago, en los intestinos y en el cerebro. Hoy todavía se discute qué enfermedad padecía; se ha hablado de tuberculosis, de cáncer y de otras dolencias. Lo que está claro es que vivió prácticamente toda su vida adulta con dolor.

Fue enterrado en la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, en París, donde todavía hoy se puede visitar el lugar.

Y unos días después, como te contaba al principio, un criado encontró en el forro de su abrigo aquel papel con la palabra FUEGO.

Ahora que conoces su historia, quiero contarte lo que a mí me deja Pascal.

Lo primero que me llama la atención es que tuvo una vida muy corta. Treinta y nueve años. Y en ese tiempo, casi siempre enfermo, inventó una calculadora, demostró que el aire pesa, fundó el cálculo de probabilidades, creó el primer transporte público de París, escribió una de las obras maestras de la prosa francesa y dejó, en unos papelitos sueltos, un libro que se sigue leyendo en todo el mundo. Muchos vivimos el doble y no hacemos ni la décima parte. Y no lo digo por fustigarnos, sino porque da que pensar sobre cómo usamos el tiempo.

Pero lo que más me impresiona no es eso. Es que un hombre que lo tenía todo para quedarse en lo alto de la torre de la inteligencia, para mirar a los demás por encima del hombro, acabó diciendo que el más pequeño acto de amor vale infinitamente más que toda la ciencia del mundo. Y que lo demostró dejando su propia casa para que un niño pobre con viruela no tuviera que salir a la calle.

Puedes estar de acuerdo o no con su fe. Puedes pensar que la apuesta es un razonamiento con trampa, o que su vida final fue demasiado dura consigo mismo. Es perfectamente razonable. Pero creo que hay algo en Pascal que vale para todo el mundo, creyente o no.

Pascal nos pide que no huyamos de las grandes preguntas. Que no nos pasemos la vida corriendo detrás de la liebre solo para no pensar. Que tengamos el valor de sentarnos un rato, tranquilos, en una habitación, y preguntarnos qué estamos haciendo aquí, qué es lo que de verdad importa y qué queremos que quede de nosotros.

Con los años, uno se da cuenta de que muchas de las cosas por las que corrimos tanto no eran tan importantes. Y de que las que importaban, las personas, los gestos y el cariño, a veces las dejamos para luego. Pascal llegó a esa conclusión con treinta y pocos años. A otros nos cuesta bastante más.

Y hay otra cosa que me parece muy valiosa. Pascal no despreciaba la razón; él era un genio de la razón. Pero sabía dónde estaban sus límites. Sabía que hay cosas que no se demuestran en una pizarra y que, sin embargo, sabemos con certeza: que queremos a nuestros hijos, que una puesta de sol es bella o que un acto de bondad vale la pena. En una época como la nuestra, en la que parece que solo existe lo que se puede medir y contar, viene bien recordar que el hombre que nos enseñó a calcular probabilidades también nos dijo que el corazón tiene razones que la razón no conoce.

Quizá todos tengamos, en algún momento de la vida, nuestra propia noche de fuego. No tiene por qué ser una experiencia mística. Puede ser una enfermedad, una pérdida, el nacimiento de un nieto o una conversación que nos cambia por dentro. Un momento en el que vemos con claridad lo que importa.

Pascal tuvo el acierto de escribirlo y llevarlo siempre encima, para no olvidarlo.

A lo mejor esa es la lección final. No se trata de tener todas las respuestas, sino de no olvidar lo que hemos visto en nuestros momentos de claridad. De coserlo, de alguna manera, al forro de nuestra propia vida.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.