Hay una maldición que lleva más de trescientos cincuenta años sin levantarse.
Se pronunció un día de verano, en una sinagoga de Ámsterdam, delante de cientos de personas. Iba dirigida a un solo hombre. Un muchacho de veintitrés años, educado, tranquilo, de buena familia.
Las palabras eran terribles. Que fuera maldito de día y maldito de noche. Maldito al acostarse y maldito al levantarse. Maldito al salir y maldito al entrar. Que nadie le hablara, que nadie le escribiera, que nadie se acercara a menos de cuatro codos de él. Que nadie leyera nada que hubiera escrito.
Y lo más curioso es que nadie sabe con exactitud qué hizo.
No robó. No mató a nadie. No traicionó a su familia. Lo que hizo, por lo que sabemos, fue pensar. Y decir en voz alta lo que pensaba.
Aquel muchacho perdió en un solo día su comunidad, su negocio, a muchos de sus amigos y buena parte de su familia. Poco después, según cuentan, un hombre intentó matarle con un cuchillo a la salida de un teatro. Él se salvó de milagro. La hoja solo le rasgó la capa. Y aquí viene lo extraño: guardó esa capa rota durante toda su vida. No la cosió. No la tiró. La conservó colgada en su casa.
¿Por qué alguien guarda el recuerdo del día en que quisieron matarle?
Ese hombre vivió después en habitaciones alquiladas, puliendo lentes de cristal para ganarse el pan. Rechazó dinero. Rechazó un puesto de catedrático en una de las universidades más prestigiosas de Europa. Rechazó herencias. Murió a los cuarenta y cuatro años con los pulmones destrozados por el polvo de vidrio.
Y sin embargo, siglos después, Albert Einstein, cuando le preguntaron si creía en Dios, respondió que creía en el Dios de este hombre.
Se llamaba Baruch Spinoza. Y su historia es la de alguien que tuvo que elegir entre pertenecer o ser fiel a sí mismo. Una elección que, de una forma u otra, todos hemos tenido que hacer alguna vez en la vida.
Quédate conmigo, porque hoy vamos a entender quién era este hombre, por qué le tenían tanto miedo, qué descubrió y por qué lo que pensó hace más de trescientos años puede cambiar la manera en que miras tu propia vida.
Para entender a Spinoza hay que empezar mucho antes de que naciera. Hay que irse a la Península Ibérica.
A finales del siglo quince, los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de España. Muchos se fueron a Portugal. Pero pocos años después, en Portugal pasó lo mismo, y a muchos se les obligó a convertirse al cristianismo. A estos conversos se les vigilaba de cerca. La Inquisición sospechaba que, en secreto, seguían practicando su antigua fe. Y en muchos casos tenía razón.
Durante generaciones, estas familias vivieron con una doble vida. Cristianos de puertas afuera. Judíos en voz baja, en la cocina, en la intimidad de casa. Con miedo. Siempre con miedo.
La familia de Spinoza era una de ellas.
Cuando pudieron, huyeron. Y el lugar al que muchos fueron a parar fue Ámsterdam. En aquel momento, las Provincias Unidas de los Países Bajos eran el sitio más tolerante de Europa. No era un paraíso, ni mucho menos, pero allí un judío podía vivir, comerciar y rezar sin que lo quemaran en una plaza.
Ámsterdam era entonces una ciudad que bullía. Barcos que llegaban de las Indias, de Brasil, del Báltico. Almacenes llenos de especias, azúcar, tabaco. Bancos, imprentas, mapas, telescopios. Era el Nueva York de su época.
Allí, el 24 de noviembre de 1632, nació un niño al que llamaron Bento. Bento en portugués. Baruch en hebreo. Y años después, cuando escribiera en latín, firmaría como Benedictus. Las tres palabras significan lo mismo: bendito.
La familia y los primeros años de Spinoza
Tiene su ironía. El hombre que acabaría siendo el más maldito de su comunidad se llamaba, en tres idiomas distintos, bendito.
Su padre, Miguel de Espinosa, era un comerciante respetado. Importaba frutos secos, aceite, vino, cosas de ese estilo. Un hombre serio, que llegó a ocupar cargos de responsabilidad en la comunidad judía portuguesa. La familia no era rica, pero vivía con desahogo.
La infancia de Baruch, sin embargo, estuvo marcada por la pérdida. Su madre, Ana Débora, murió cuando él tenía apenas seis años. Más tarde perdería también a hermanos y a una madrastra. La muerte rondó aquella casa con mucha frecuencia.
Quizá por eso, cuando años después escribió su gran obra, dejó una frase que a mí me parece de las más bonitas que se han escrito nunca. Dijo que el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y que su sabiduría es una meditación sobre la vida, no sobre la muerte.
Alguien que había enterrado a tanta gente decidió que no iba a dejar que la muerte le gobernara. Pero no adelantemos acontecimientos.
De niño, Baruch fue a la escuela de la comunidad. Allí aprendió hebreo, estudió la Biblia, los comentarios de los rabinos, la tradición. Era un alumno brillante. Muy brillante. Tanto que algunos pensaban que podría llegar a ser rabino.
Entre sus maestros estaban algunos de los hombres más sabios de la comunidad, como el rabino Saúl Leví Morteira, un hombre culto y bastante estricto. Y cerca de ellos andaba también Menasseh ben Israel, un personaje fascinante, impresor, escritor y diplomático, que años después viajaría a Inglaterra para pedirle a Cromwell que permitiera a los judíos volver al país.
Así que el pequeño Baruch creció rodeado de libros, de discusiones y de preguntas. Y eso, para un niño curioso, es un terreno peligroso. Porque cuando uno aprende a hacer preguntas, no hay forma de pararlo.
Hacia los diecisiete años, dejó los estudios formales. No se sabe del todo por qué, pero lo más probable es que fuera porque murió su hermano mayor, Isaac, y su padre le necesitaba en el negocio familiar. Así que el joven estudioso se puso detrás de un mostrador.
Pero su cabeza seguía en otra parte.
En 1654 murió su padre. Baruch tenía veintiún años. Junto con su hermano Gabriel se quedó al frente de la empresa, que pasó a llamarse Bento y Gabriel Espinosa. Y las cosas no iban bien. Había deudas. Además, Inglaterra y Holanda estaban en guerra, y los barcos holandeses eran capturados en el mar. Para un comerciante que vivía de importar mercancías, aquello era una ruina.
Aquí hay un detalle que dice mucho de su carácter práctico. Para no cargar con las deudas de su padre, Baruch acudió a las autoridades de la ciudad y se declaró huérfano menor de edad, porque según las leyes de entonces aún no había cumplido los veinticinco. Así pudo reclamar la herencia de su madre con preferencia sobre los acreedores. No era un soñador despistado. Sabía moverse.
Pero mientras llevaba las cuentas de pasas e higos, por las noches ocurría otra cosa.
Baruch había empezado a frecuentar a gente que no era de su comunidad. Cristianos de ideas raras, comerciantes curiosos, librepensadores. Y sobre todo, había empezado a estudiar latín.
En aquella época, el latín era la llave de todo. La ciencia, la filosofía, la medicina, todo se escribía en latín. Un judío portugués de Ámsterdam hablaba portugués, español, hebreo y holandés, pero si no sabía latín, se quedaba fuera de la gran conversación de Europa.
Para aprenderlo, acudió a un hombre llamado Franciscus van den Enden.
Merece la pena detenerse un momento en este personaje, porque era de película. Había sido jesuita, luego dejó la orden. Era médico, maestro, librero, autor de obras de teatro, y tenía fama de ateo y de revolucionario. En su casa daba clases de latín, pero también se hablaba de Descartes, de política, de ciencia, de religión. Era, por decirlo claro, una mala influencia. Y para un joven inquieto, eso era irresistible.
Por cierto, van den Enden acabaría sus días en París, ahorcado en 1674, acusado de participar en una conspiración contra el rey Luis Catorce. Así que ya ves el ambiente.
Cuenta una vieja historia que Spinoza se enamoró de la hija de su maestro, Clara María, una joven muy culta que también daba clases de latín. Y que ella, al final, prefirió a otro alumno, que además de saber latín le regaló un collar de perlas. Nadie sabe si es verdad. Las fechas no encajan del todo. Pero es una de esas historias que a uno le gustaría creer, porque es lo único parecido a un romance que conocemos de la vida de Spinoza. Nunca se casó. Nunca, que sepamos, tuvo pareja.
En casa de van den Enden, Spinoza descubrió a René Descartes. Y aquello fue como abrir una ventana en una habitación cerrada.
Descartes había propuesto algo revolucionario: dudar de todo. No aceptar nada porque lo diga la tradición o la autoridad. Empezar desde cero y construir el conocimiento con la razón, paso a paso, como un geómetra. Spinoza se quedó con el método. Pero, como veremos, llegaría a conclusiones mucho más radicales que el propio Descartes.
Y así llegamos al año 1656.
Por la comunidad empezaron a correr rumores. Que el hijo de Miguel de Espinosa decía cosas extrañas. Que negaba que el alma fuera inmortal. Que decía que Dios no era como lo describía la Biblia. Que la Ley de Moisés no venía directamente de Dios. Que los judíos no eran un pueblo elegido de ninguna forma especial.
Hay un testimonio, recogido por la Inquisición española años después de unos viajeros, según el cual Spinoza y otro amigo decían que Dios solo existe filosóficamente y que la Ley no era verdadera. No sabemos hasta qué punto es fiable. Pero da una idea de lo que se comentaba.
Hay que entender la situación de los líderes de la comunidad. Eran gente que había huido de la Inquisición. Gente cuyos abuelos habían vivido como falsos cristianos y que ahora, por fin, podían volver al judaísmo. Era una comunidad que estaba reconstruyendo su identidad, y que además vivía en un país cristiano que la toleraba, pero con condiciones. Las autoridades holandesas no querían ver a los judíos difundiendo ideas que pudieran parecer ateas, porque eso podía poner en peligro a todos.
Así que, desde su punto de vista, un joven brillante diciendo herejías en voz alta no era solo un problema religioso. Era un peligro para la supervivencia de todos.
Se dice que intentaron convencerle. Que le ofrecieron dinero, una pensión anual, si al menos guardaba las apariencias y se dejaba ver de vez en cuando por la sinagoga. Y que él se negó.
El 27 de julio de 1656, se leyó el herem. La expulsión.
Hubo otras expulsiones en aquella comunidad, pero ninguna con palabras tan duras. Era una condena total. Spinoza quedaba arrancado de su gente, para siempre. Y la sentencia incluía la frase de la que hablábamos al principio: que nadie leyera nada escrito por él.
Lo que es interesante es la reacción de Spinoza. Según los relatos que nos han llegado, no suplicó. No pidió perdón. Parece que, más bien, sintió alivio. Como quien por fin deja de fingir. Se cuenta que dijo algo así como que no le obligaban a nada que no hubiera hecho ya por su propia voluntad.
Y entonces ocurrió lo del cuchillo.
Alguien, probablemente un fanático, le atacó con un puñal. La capa le salvó. Y Spinoza la guardó, rota, durante años. Ahora entendemos por qué. No era rencor. Era un recordatorio. Le recordaba hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se deja llevar por el odio y el fanatismo. Y le recordaba también algo que se convertiría en el lema de su vida, una palabra que mandó grabar en su sello personal, junto a una rosa con espinas.
La palabra era Caute. En latín: con cautela.
Spinoza no sería un mártir. No buscaría la pelea. Pensaría con total libertad, pero con prudencia. Porque había visto de cerca lo que el miedo y la ignorancia pueden hacerle a la gente.
Hay otra historia de esta época que dice mucho de él. Tras la muerte de su padre, sus hermanastras intentaron quedarse con toda la herencia y dejarle fuera, aprovechando que era un expulsado. Spinoza las llevó a juicio. Y ganó. Y después de ganar, les regaló todo. Solo se quedó con una cama.
No quería el dinero. Quería que se reconociera que tenía razón. Que no se le podía pisotear solo por pensar distinto. Una vez demostrado eso, lo demás le daba igual.
Cambió incluso su nombre. Dejó de ser Baruch, o Bento, y empezó a firmar como Benedictus. Ya no pertenecía a ninguna comunidad. Pertenecía, si acaso, a la república de las ideas.
Y ahora, ¿de qué iba a vivir?
Spinoza aprendió un oficio. Se hizo pulidor de lentes. En aquella época era un trabajo muy valorado, porque los telescopios y los microscopios estaban revolucionando la ciencia. Galileo había mirado las lunas de Júpiter, en Holanda se estaban descubriendo los microbios. Pulir una lente perfecta exigía paciencia, precisión, calma. Y parece que Spinoza era muy bueno. Hasta científicos de renombre como Christiaan Huygens hablaban de la calidad de sus lentes.
Me gusta mucho esta imagen. Un hombre que pasa el día puliendo cristales para que otros puedan ver mejor. Y que por las noches hace exactamente lo mismo con las ideas.
Pero había un precio. El polvo fino del vidrio se quedaba flotando en el aire y acababa en los pulmones. Año tras año. Eso, sumado probablemente a una tuberculosis, acabaría matándole.
Hacia 1661, Spinoza se marchó de Ámsterdam. Se instaló en Rijnsburg, un pueblecito cerca de Leiden. Allí había un grupo religioso muy particular, los colegiantes, cristianos sin curas ni jerarquías, que se reunían para leer la Biblia y discutir libremente. Gente sencilla, tolerante, con la que Spinoza se sentía a gusto.
Vivía en una casita modesta. Alquilaba una habitación. Trabajaba con sus lentes, leía, escribía y recibía visitas. Porque, aunque había sido expulsado, no estaba solo. A su alrededor se había ido formando un pequeño círculo de amigos que le admiraban profundamente. Comerciantes, médicos, gente de letras. Se reunían en Ámsterdam para leer lo que él escribía y luego le mandaban cartas con sus dudas.
Uno de ellos era Simon de Vries, un joven comerciante que le tenía verdadera devoción. Un día le ofreció dos mil florines, una fortuna, para que pudiera vivir tranquilo. Spinoza lo rechazó. Más tarde, De Vries quiso nombrarle heredero de todos sus bienes. Spinoza le convenció de que se lo dejara a su propio hermano. Al final, cuando De Vries murió, la familia quiso pasarle una pensión de quinientos florines al año. Spinoza dijo que con trescientos tenía de sobra.
Esto no es una anécdota bonita sin más. Es su filosofía puesta en práctica. Spinoza pensaba que la mayoría de la gente se pasa la vida persiguiendo tres cosas: riquezas, fama y placeres. Y que ninguna de las tres da una felicidad verdadera, porque dependen de cosas que no controlamos y que podemos perder en cualquier momento. Él quería otra cosa. Algo que, en sus propias palabras, le diera una alegría continua y suprema para toda la eternidad.
De hecho, esto lo escribió casi al principio de uno de sus primeros textos, un tratado sobre cómo mejorar el entendimiento. Lo cuenta como una confesión personal. Dice que la experiencia le había enseñado que todo lo que suele ocurrir en la vida corriente es vano y fútil. Y que decidió buscar si existía algo que fuera un bien verdadero.
Es un arranque que podría haber escrito cualquiera de nosotros en un momento de crisis. Uno llega a cierta edad, mira atrás y se pregunta: ¿todo esto para qué? Spinoza se lo preguntó con veintitantos años. Y dedicó el resto de su vida a responderlo.
En Rijnsburg recibió una visita importante. Henry Oldenburg, un alemán afincado en Londres, que poco después sería secretario de la Royal Society, la institución científica más importante de Inglaterra. Oldenburg quedó impresionado y empezó a escribirse con Spinoza. Gracias a esas cartas, que se conservan, conocemos mucho de su pensamiento.
En 1663 publicó un libro sobre la filosofía de Descartes. Fue el único libro que publicó en vida con su nombre. Lo curioso es que era una exposición del pensamiento de otro. Sus propias ideas, las de verdad, las guardaba en un cajón. Caute. Con cautela.
Ese mismo año se trasladó a Voorburg, cerca de La Haya. Y allí, mientras pulía lentes, iba dando forma a la obra de su vida, un libro al que llamaría simplemente Ética.
Pero antes de terminarlo, ocurrió algo que le hizo apartarlo y escribir otro libro. Un libro urgente. Un libro político.
Para entender esto hay que saber cómo estaba Holanda en aquellos años. El país lo gobernaba de hecho un hombre llamado Johan de Witt, un político republicano, culto, liberal, defensor del comercio y de una cierta tolerancia. Frente a él estaban los partidarios de la Casa de Orange, que querían un poder más fuerte, más militar, y que contaban con el apoyo de los predicadores calvinistas más estrictos. Estos predicadores querían imponer su visión de la religión a todo el mundo y veían con muy malos ojos a los librepensadores.
Spinoza vio que la libertad que había hecho posible su vida estaba en peligro. Y decidió defenderla.
Así nació el Tratado teológico-político, que se publicó en 1670. Sin nombre de autor. Con un falso pie de imprenta que decía que se había impreso en Hamburgo, cuando en realidad se imprimió en Ámsterdam.
Y aquel libro fue una bomba.
¿Qué decía? Pues cosas que hoy pueden parecernos razonables, pero que en el siglo diecisiete eran escandalosas.
Decía que la Biblia había que leerla como se lee cualquier otro libro antiguo. Estudiando su idioma, su historia, quién la escribió y para quién. Y al hacerlo así, Spinoza llegaba a conclusiones sorprendentes. Por ejemplo, que Moisés no pudo escribir el Pentateuco entero, porque allí se narra su propia muerte. Que muchos libros fueron escritos o recopilados mucho después de lo que se creía.
Decía que los profetas no eran sabios ni filósofos. Eran personas con una imaginación muy viva y un gran sentido moral. Y que Dios, al hablarles, se adaptaba a su manera de ser. Por eso un profeta campesino habla de vacas y otro, criado en la corte, habla de reyes.
Decía que los milagros, entendidos como algo que rompe las leyes de la naturaleza, son imposibles. Porque las leyes de la naturaleza son las leyes de Dios, y Dios no va a contradecirse a sí mismo. Lo que la gente llama milagro, según él, es simplemente algo cuya causa no entiende.
Y decía, sobre todo, que el mensaje esencial de la Biblia era muy sencillo: amar a Dios y amar al prójimo. Practicar la justicia y la caridad. Todo lo demás, los dogmas, los ritos, las peleas teológicas, era secundario. Y por tanto, nadie tenía derecho a perseguir a otro por sus creencias, siempre que se comportara con justicia.
Y aquí llegaba la parte política. Spinoza defendía que el fin del Estado no es dominar a la gente ni tenerla atemorizada. El fin del Estado, decía, es la libertad. Que cada uno pueda pensar lo que quiera y decir lo que piensa. Y advertía de algo muy actual: que un gobierno que intenta controlar los pensamientos de sus ciudadanos acaba siendo un gobierno violento, porque la mente humana no se puede encadenar.
Las reacciones fueron furibundas. El libro fue calificado de abominable, de blasfemo. Hubo quien dijo que había sido forjado en el infierno por un judío renegado y por el diablo. Las autoridades religiosas pidieron su prohibición en todos los rincones. En 1674 fue prohibido oficialmente en Holanda.
Y aunque no llevaba su nombre, todo el mundo sabía quién lo había escrito.
Spinoza pasó a ser, para media Europa, el hombre más peligroso del continente. El ateo por excelencia. Durante más de un siglo, llamar a alguien spinozista era como llamarle ateo, inmoral y subversivo, todo junto.
Y ahora viene una de las paradojas más grandes de esta historia. Ese supuesto monstruo era, según todos los que le conocieron, uno de los hombres más mansos, amables y decentes que uno pudiera tratar.
Por esa época se mudó a La Haya. Alquiló una habitación en casa de un pintor, Hendrik van der Spyck, y su familia. Gracias a un pastor luterano que años después habló con esa familia, sabemos muchas cosas de cómo vivía.
Era sobrio. Comía muy poco. A veces se pasaba días enteros encerrado en su cuarto sin salir. Fumaba en pipa. Vestía con sencillez pero con limpieza, porque decía que un aspecto descuidado no hace a nadie más sabio. Bajaba a charlar con la familia, les preguntaba por el sermón del domingo, y les animaba a seguir yendo a la iglesia. Cuando la dueña de la casa le preguntó una vez si su religión podía salvarla, él le respondió que su religión era buena, que no necesitaba buscar otra, y que si llevaba una vida tranquila y piadosa, se salvaría.
Fíjate qué cosa. El gran hereje no intentaba convertir a nadie.
Se cuenta también que, para distraerse, le gustaba buscar arañas y ponerlas a pelear entre ellas, o echar moscas en las telarañas y quedarse mirando. Y que a veces se reía. No sé muy bien qué pensar de esa anécdota, pero me hace gracia imaginarme al filósofo más serio de Europa partiéndose de risa con unas arañas. Quizá estaba observando la naturaleza tal cual es, sin juzgarla. Que era, al fin y al cabo, lo que intentaba hacer con los seres humanos.
Porque de Spinoza es una frase que resume su actitud ante la vida. Dijo que se había esforzado cuidadosamente en no burlarse de las acciones humanas, ni lamentarlas, ni detestarlas, sino entenderlas.
No reírse, no llorar, no odiar. Entender.
Pero el mundo que le rodeaba no estaba por la labor de entender.
En 1672 llegó lo que los holandeses llaman todavía hoy el año del desastre. Francia, Inglaterra y dos obispados alemanes atacaron a la vez a la República. Los ejércitos de Luis Catorce entraron en el país con una facilidad asombrosa. Los holandeses tuvieron que abrir los diques e inundar sus propias tierras para frenar al enemigo. El pánico se apoderó de todo.
Y la gente buscó culpables. Los encontró en Johan de Witt y en su hermano Cornelis.
El 20 de agosto de 1672, en La Haya, una turba enfurecida sacó a los dos hermanos de la prisión donde estaba Cornelis y los mató a golpes. Luego los desnudaron, los colgaron por los pies y los despedazaron. Hubo gente que se llevó trozos de sus cuerpos. Algunos relatos dicen que incluso se los comieron.
Spinoza, que admiraba a De Witt y que vivía a pocos pasos, se enteró esa noche. Y aquel hombre siempre prudente, siempre cauteloso, perdió los nervios por única vez en su vida. Escribió un cartel que decía Ultimi barbarorum. Los últimos de los bárbaros. Y quiso salir a la calle a colgarlo en el lugar del crimen.
El dueño de la casa le cerró la puerta con llave. Le salvó la vida, porque si hubiera salido, la misma turba le habría destrozado.
Años después, Spinoza le contó esto a un visitante muy especial. Pero de eso hablaremos en un momento.
Al año siguiente, en 1673, le llegó una carta inesperada. El príncipe elector del Palatinado le ofrecía una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg. Una de las más antiguas y prestigiosas de Alemania. Sueldo, reconocimiento, estabilidad. Y le prometían libertad para filosofar, con una pequeña condición: que no la usara para perturbar la religión establecida.
Cualquiera habría dicho que sí. Spinoza dijo que no.
En su respuesta, muy educada, explicó que no sabía dónde estaban exactamente los límites de esa libertad. Y que tampoco quería dejar de dedicarse a su propia filosofía para enseñar a jóvenes. Dicho de otra manera: prefería seguir puliendo lentes en una habitación alquilada antes que tener un amo, aunque fuera un amo amable.
Las tensiones políticas y la independencia de pensamiento
Ese mismo año hizo un viaje misterioso a Utrecht, al campamento del ejército francés, invitado por un general. Nunca se ha sabido del todo para qué. Algunos piensan que fue una misión diplomática secreta para intentar la paz. Al volver a La Haya, la gente le acusó de espía, y se formó un grupo amenazante delante de su casa. Su casero temió que la turba la asaltara. Spinoza le tranquilizó. Le dijo que si alguien intentaba algo, saldría a dar la cara, aunque le pasara lo mismo que a los De Witt. Que él era un buen republicano y que su conciencia estaba tranquila.
Y entonces, en 1676, llegó el visitante del que te hablaba. Un joven alemán, brillante, ambicioso, de los mayores genios de la historia. Se llamaba Gottfried Wilhelm Leibniz.
Leibniz pasó varios días hablando con Spinoza. Leyó parte de la Ética, aún inédita. Y salió de allí profundamente impresionado. Pero luego, en público, Leibniz se cuidó mucho de decir que había estado con él. Hablaba de Spinoza con desprecio, como de un autor peligroso. Spinoza era alguien a quien se leía a escondidas y se criticaba en voz alta. Le pasaba a mucha gente.
Pero ya es hora de abrir el cajón. Ya es hora de hablar de la Ética, el libro que Spinoza tardó más de quince años en escribir y que no se atrevió a publicar en vida.
Lo primero que llama la atención es la forma. La Ética está escrita como un libro de geometría. Como los Elementos de Euclides. Con definiciones, axiomas, proposiciones, demostraciones. Hay quien abre el libro, ve aquello, y lo cierra asustado. Parece más un manual de matemáticas que un libro sobre cómo vivir.
¿Por qué lo hizo así? Porque Spinoza quería hablar del ser humano, de Dios, de las emociones, con la misma frialdad y la misma claridad con la que un matemático habla de triángulos. Sin sermones. Sin adornos. Sin intentar asustar ni convencer con palabras bonitas. Solo razonando, paso a paso. En un momento dice que va a estudiar las acciones y los deseos humanos como si se tratara de líneas, superficies y cuerpos.
Y el libro empieza por lo más grande que se pueda pensar: Dios.
Aquí está el núcleo de todo. Y aquí está el motivo de que le tuvieran tanto miedo.
Spinoza parte de una idea muy sencilla. Llama sustancia a aquello que existe por sí mismo, que no necesita de ninguna otra cosa para existir. Y razonando, llega a la conclusión de que solo puede haber una sustancia. Una sola realidad infinita de la que todo lo demás forma parte. Y a esa realidad la llama Dios.
Pero ojo. Su Dios no es un señor con barba sentado en el cielo. No es un rey que da órdenes. No es un juez que premia y castiga. No tiene planes, no se enfada, no se pone celoso, no escucha peticiones para que llueva o para que gane nuestro equipo.
El Dios de Spinoza es la propia naturaleza. Todo lo que existe. Él mismo lo resumió en tres palabras latinas que se han hecho famosas: Deus sive Natura. Dios, o sea, la Naturaleza.
Tú, yo, este árbol, esa piedra, las estrellas, nuestros pensamientos. Todo son formas, maneras de ser, de esa única realidad. Spinoza las llama modos. Somos como las olas de un océano. Cada ola es distinta, tiene su forma, nace y desaparece. Pero todas son agua. Todas son el mar.
Para Spinoza, esta realidad tiene infinitos aspectos, que él llama atributos, pero nosotros solo conocemos dos. El pensamiento y la extensión, es decir, la mente y la materia. Y aquí da otro paso muy audaz. Para Descartes, el alma y el cuerpo eran dos cosas distintas que de alguna manera misteriosa se comunicaban. Para Spinoza no. La mente y el cuerpo son la misma cosa vista desde dos lados. Como las dos caras de una moneda. Lo que le pasa al cuerpo le pasa a la mente, y al revés.
Esto, que en su momento parecía una locura, hoy lo están confirmando muchos neurocientíficos. Hay uno muy conocido, Antonio Damasio, que escribió un libro entero titulado En busca de Spinoza, explicando hasta qué punto se adelantó a lo que hoy sabemos del cerebro y las emociones.
Ahora bien, si Dios es la Naturaleza, ¿qué pasa con los milagros, con la providencia, con el sentido de las cosas?
Spinoza responde con algo que mucha gente encuentra duro. Dice que en la naturaleza no hay finalidades. Que las cosas no ocurren para algo. Ocurren porque tienen causas. Los ojos no se hicieron para ver; vemos porque tenemos ojos. La lluvia no cae para regar nuestras cosechas; cae porque se dan las condiciones para que llueva.
Y explica que el ser humano tiende a pensar que todo está hecho para él. Como nos encontramos con cosas útiles a nuestro alrededor, el sol que ilumina, los animales que nos alimentan, imaginamos que alguien las puso ahí para nosotros. Y cuando llegan las desgracias, los terremotos, las enfermedades, nos inventamos que Dios está enfadado o que nos castiga por algo. Y cuando alguien pregunta por qué, por qué, por qué, al final se acaba refugiando en la voluntad de Dios. Spinoza dice que eso es el asilo de la ignorancia.
Y aquí viene lo más inquietante. Si todo ocurre por causas, si todo está encadenado, ¿somos libres?
Spinoza dice que no. Al menos, no en el sentido en que solemos pensarlo.
Tiene un ejemplo buenísimo, en una de sus cartas. Imagina, dice, una piedra lanzada al aire. Y supón que esa piedra, mientras vuela, pudiera pensar. Como es consciente de que se mueve, pero no sabe quién la ha lanzado, creería que vuela porque quiere. Que es libre. Pues eso, dice Spinoza, es la famosa libertad humana de la que todos presumen. Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus deseos, pero ignoran las causas que los provocan.
Pongamos un ejemplo de los nuestros. Un hombre se enfada con su hijo y le dice algo de lo que luego se arrepiente. En ese momento sintió que lo decía porque quería. Pero detrás había cansancio, una mala semana en el trabajo, quizá algo que le pasó a él mismo de niño con su propio padre. Causas que no veía. Era la piedra creyendo que vuela por su cuenta.
Esto podría sonar deprimente. Si no somos libres, ¿para qué esforzarse? Pero aquí está la genialidad de Spinoza. Porque su libro se llama Ética. Y lo que quiere es enseñarnos a vivir mejor. Su respuesta es que la libertad no es algo con lo que nacemos. Es algo que se conquista. Y se conquista entendiendo.
Para explicarlo, hay que hablar de una de sus ideas más importantes: el conatus.
Spinoza dice que cada cosa, en la medida en que es, se esfuerza por perseverar en su ser. Una planta crece hacia la luz. Un animal busca comida y huye del peligro. Un ser humano lucha por seguir viviendo, por crecer, por estar bien. Ese impulso, ese empuje vital, es la esencia misma de cada cosa. Es lo que somos.
Y a partir de ahí, Spinoza construye toda una teoría de las emociones, que para mí es de lo mejor que se ha escrito nunca sobre el corazón humano.
Dice que hay tres emociones básicas. El deseo, que es ese mismo impulso de vivir. La alegría, que es lo que sentimos cuando nuestra fuerza vital aumenta, cuando pasamos a un estado de mayor potencia. Y la tristeza, que es lo contrario, cuando nuestra fuerza disminuye.
Todo lo demás son combinaciones. El amor, dice, no es más que alegría acompañada de la idea de su causa. Si alguien te hace sentir más vivo, más fuerte, le amas. El odio es tristeza acompañada de la idea de su causa. La esperanza es una alegría inconstante, ligada a algo futuro de lo que no estamos seguros. El miedo es una tristeza inconstante por lo mismo. Y define así hasta cuarenta y ocho emociones distintas: la envidia, la compasión, la vergüenza, el orgullo, los celos, la gratitud. Como un médico que hace el inventario completo del cuerpo.
Y aquí viene la clave. Spinoza dice que mientras vivimos arrastrados por las emociones que nos llegan de fuera, sin entenderlas, somos esclavos. Él lo llama servidumbre. Pasamos de la euforia a la desesperación, nos dejamos llevar por el miedo, por la ira, por la envidia, y ni siquiera sabemos por qué. Vemos lo mejor, dice citando a un poeta antiguo, y hacemos lo peor.
¿Quién no ha vivido eso alguna vez? Saber que algo nos hace daño y seguir haciéndolo. Tener una obsesión, un rencor, una preocupación que nos come por dentro, y no poder soltarla.
Pero Spinoza descubre algo muy importante. Una emoción que nos domina, una pasión, deja de ser pasión en cuanto nos formamos una idea clara y distinta de ella. Es decir, en cuanto la entendemos de verdad, en cuanto vemos sus causas, pierde gran parte de su poder sobre nosotros.
Fíjate qué idea tan moderna. Tres siglos antes de que existiera la psicología, Spinoza ya estaba diciendo que entender lo que nos pasa nos libera.
Hay otra cosa que dice y que me parece muy sabia. Que una emoción no se puede vencer con la razón pura y dura, a base de fuerza de voluntad. Una emoción solo se puede vencer con otra emoción más fuerte y contraria. Por eso no se trata de reprimir lo que sentimos, sino de cultivar emociones alegres, que nos hagan más fuertes. Y la mayor de todas, para él, es la alegría que nace de entender.
Por eso Spinoza desconfiaba de todo lo que fomenta la tristeza. Desconfiaba de quienes predican el miedo, la culpa, la humildad mal entendida, el arrepentimiento continuo. Decía que esos sentimientos nos hacen más débiles y, por tanto, más fáciles de manipular. Y quienes quieren dominar a los pueblos, sean tiranos o sacerdotes, saben muy bien que un pueblo triste y asustado es un pueblo obediente.
En cambio, dice, nadie que no sea un envidioso puede disfrutar con nuestra impotencia y nuestras penas. Comer bien, beber con moderación, disfrutar de los perfumes, de la belleza de las plantas, de la música, del deporte, del teatro. Todo eso, para Spinoza, es bueno y necesario. Porque nos hace más vivos. El sabio no es un amargado. El sabio es alguien alegre.
Fíjate cómo encaja esto con aquel hombre que se reía mirando las arañas y que se fumaba su pipa tranquilamente después de cenar.
Y hay un detalle que me parece precioso. Spinoza dice que nada es más útil para un ser humano que otro ser humano que viva guiado por la razón. Que cuando los hombres se entienden y se unen, son mucho más fuertes. Que el odio nunca se vence con más odio, sino con amor y generosidad. Esto lo escribía un hombre al que habían maldecido, expulsado e intentado asesinar.
Ahora bien, Spinoza distingue tres maneras de conocer las cosas.
La primera es la imaginación, o la opinión. Lo que sabemos de oídas, por experiencia suelta, por lo que nos han contado. Es el conocimiento más común y el que más errores produce. Es el de la piedra que cree que vuela sola.
La segunda es la razón. Cuando entendemos las cosas por sus causas, cuando vemos las leyes generales que las gobiernan. Es el conocimiento del científico, del que piensa con orden.
Y la tercera, la más alta, la llama ciencia intuitiva. Es difícil de explicar. Es como ver de golpe, en una sola mirada, cómo cada cosa concreta encaja en la totalidad. Cómo tú, con tu vida, tus problemas, tus alegrías, eres parte de esa naturaleza infinita. No como un pensamiento abstracto, sino como una certeza que se siente.
Y de ese tercer tipo de conocimiento nace lo que Spinoza llama el amor intelectual a Dios. Una alegría serena, profunda, que no depende de nada exterior. Que no se puede perder porque no depende de la suerte, ni del dinero, ni de lo que los demás piensen de nosotros.
Es lo que buscaba aquel joven que, cansado de las cuentas del negocio familiar, se preguntó si existía algún bien verdadero. Lo encontró. Y le costó toda la vida.
Spinoza termina la Ética con una idea y con una frase. La idea es que la felicidad no es el premio que se recibe por portarse bien. La felicidad es la propia virtud. No somos felices porque controlemos nuestras pasiones. Es al revés: porque somos felices, porque entendemos y amamos, somos capaces de controlarlas.
Y la frase final del libro, la última línea, dice así: todo lo excelso es tan difícil como raro.
Ni una promesa fácil. Ni un atajo. Solo la verdad. Es difícil. Pero es posible.
En sus últimos años, Spinoza empezó otro libro, el Tratado político, donde analizaba las distintas formas de gobierno: la monarquía, la aristocracia y la democracia. Él prefería la democracia, la consideraba la forma de gobierno más natural, la que más respeta la libertad de cada uno. Pero no pudo terminarla. El libro se interrumpe justo cuando empieza a hablar de ella.
Porque sus pulmones ya no daban más.
El 21 de febrero de 1677, un domingo, la familia de la casa donde vivía fue por la mañana a la iglesia. Spinoza se quedó en su habitación. Había bajado a charlar con ellos el día antes, como siempre. Parecía cansado, pero nada hacía pensar en lo peor. Esa tarde, cuando volvieron, Spinoza había muerto. Solo estaba con él un amigo médico, venido de Ámsterdam.
Tenía cuarenta y cuatro años.
Murió como había vivido. Sin dramas, sin escándalo, sin miedo. El hombre libre, decía, en nada piensa menos que en la muerte.
Dejó muy pocas cosas. Algo de ropa, unos pocos muebles, una pequeña biblioteca, sus herramientas de pulir lentes. Tan pocas cosas que su hermana Rebeca, que en un primer momento reclamó la herencia, acabó renunciando a ella al ver que las deudas pendientes eran mayores que lo que quedaba.
Pero dejó también un escritorio. Y en ese escritorio estaban sus manuscritos. Spinoza había dado instrucciones para que, cuando muriera, el mueble fuera enviado discretamente a Ámsterdam, a su editor y amigo, Jan Rieuwertsz.
Sus amigos trabajaron a toda prisa y en secreto. Ese mismo año, a finales de 1677, publicaron sus Obras póstumas. Ahí estaba la Ética. Por fin. Y en la portada no aparecía su nombre. Solo tres iniciales: B. D. S.
Al poco tiempo, el libro fue prohibido. Por supuesto.
Le enterraron en la Iglesia Nueva de La Haya, en una tumba de alquiler. Años después, como nadie pagaba ese alquiler, sus restos se retiraron y se perdieron. Hoy hay una lápida en el exterior de la iglesia que le recuerda, pero no sabemos dónde están sus huesos.
Tiene algo de poético. El hombre que dijo que todos somos parte de la naturaleza acabó, literalmente, devuelto a ella.
Y aquí podría acabar la historia. Un filósofo maldito, solitario, que muere joven y cuyos libros se prohíben. Pero no. Lo que ocurrió después es casi más interesante que su vida.
Durante casi cien años, Spinoza fue el nombre que nadie quería pronunciar. Los filósofos le leían a escondidas y le atacaban en público. Un escritor francés muy influyente, Pierre Bayle, le describió como un ateo sistemático, aunque reconoció que había llevado una vida ejemplar. Eso desconcertaba a mucha gente. ¿Cómo podía un hombre sin religión ser tan buena persona? Era algo que, según la mentalidad de la época, no debía ser posible.
Pero sus ideas, como el agua, se iban filtrando.
A finales del siglo dieciocho, en Alemania, estalló una polémica enorme. Se descubrió que Lessing, uno de los escritores más respetados del país, había confesado antes de morir que era spinozista. Aquello fue un terremoto. De repente, todo el mundo intelectual alemán se puso a leer a Spinoza. Y muchos quedaron fascinados.
Goethe, el gran poeta, dijo que la lectura de Spinoza le había traído paz. El poeta Novalis le llamó un hombre ebrio de Dios. Fíjate qué vuelta. El que habían llamado ateo durante un siglo resultaba ser, para otros, un hombre borracho de Dios. Hegel, uno de los filósofos más importantes de la historia, llegó a decir que o se es spinozista o no se es filósofo.
Nietzsche, que no era precisamente fácil de impresionar, escribió en una postal a un amigo, emocionado, que había encontrado un precursor. Que no estaba solo.
Y en el siglo veinte, en 1929, un rabino de Nueva York le mandó un telegrama a Albert Einstein preguntándole directamente si creía en Dios. Einstein contestó que creía en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía ordenada de todo lo que existe, y no en un Dios que se ocupa de los destinos y las acciones de los seres humanos.
Hoy, sus ideas aparecen en la neurociencia, en la psicología, en la ecología, en la teoría política. Hay quien ve en él a uno de los padres de la democracia moderna y de la libertad de expresión. Hay quien ve en él a un místico. Hay quien ve a un científico adelantado a su tiempo. Probablemente era todo eso a la vez.
¿Y la maldición? ¿Aquel herem pronunciado en 1656?
Sigue ahí. En distintos momentos del siglo veinte y veintiuno ha habido peticiones para levantarla. Incluso David Ben Gurión, el fundador del Estado de Israel, lo defendió en su día. Hace pocos años, la comunidad portuguesa de Ámsterdam volvió a estudiar la cuestión. Y el rabino decidió no levantarla. Argumentó que las ideas de Spinoza seguían siendo incompatibles con la fe judía, y que eso no había cambiado.
Así que, en cierto modo, Spinoza sigue siendo un excomulgado.
Y yo me pregunto si a él le importaría. Sospecho que no. Sospecho que se fumaría una pipa, sonreiría y diría que es normal. Que cada uno actúa según su naturaleza y sus causas. Que no hay que reírse, ni llorar, ni odiar. Solo entender.
Te voy a decir lo que pienso yo de todo esto.
Durante mucho tiempo he tenido la sensación de que Spinoza es uno de esos filósofos que asustan. Por los libros escritos como teoremas, por las palabras raras, por lo de la sustancia y los atributos. Y es verdad que no es fácil. Pero cuanto más lo conozco, más me doy cuenta de que en el fondo estaba hablando de cosas muy sencillas. De cosas que todos hemos vivido.
Hablaba de ese momento en que uno descubre que las cosas que le habían prometido como la felicidad, el dinero, el prestigio, la aprobación de los demás, no llenan. De esas noches en que uno da vueltas a un rencor sin poder soltarlo. De esos enfados que luego no sabemos explicar. De ese miedo al futuro que nos amarga el presente.
Y su respuesta no es un consuelo barato. No te dice que todo va a salir bien. No te promete un premio en otra vida. Te dice algo más exigente y, a mi juicio, más hermoso. Te dice: entiende. Entiende por qué sientes lo que sientes. Entiende por qué los demás actúan como actúan. Entiende que formas parte de algo inmenso, y que nada de lo que ocurre es un castigo personal contra ti. Y en esa comprensión encontrarás una calma que nadie te podrá quitar.
A cierta edad, eso tiene un valor enorme. Porque uno ya ha vivido lo suficiente para haber perdido cosas. Gente, trabajos, ilusiones, salud. Y Spinoza no nos pide que finjamos que no duele. Nos pide que miremos la vida de frente, con calma, sin odio. Y que sigamos buscando aquello que nos hace más fuertes y más alegres, hasta el último día.
Pero lo que más me impresiona de Spinoza no es su filosofía. Es que la vivió. Que no hubo distancia entre lo que pensaba y lo que hacía. Rechazó el dinero porque de verdad creía que no daba la felicidad. Rechazó la cátedra porque de verdad valoraba la libertad por encima de todo. Perdonó a quienes le maldijeron porque de verdad pensaba que el odio solo se vence con generosidad. Y murió sereno porque de verdad había aprendido a pensar en la vida y no en la muerte.
¿Recuerdas la capa rota? Al principio te preguntaba por qué un hombre guarda el recuerdo del día en que quisieron matarle. Ahora creo que la respuesta está clara. No la guardó para alimentar el resentimiento. La guardó para no olvidar nunca de qué es capaz el ser humano cuando deja de pensar. Y para recordarse cada mañana, mientras pulía sus lentes, que su tarea era la contraria. Ayudar a que la gente viera un poco mejor.
Al final, el muchacho al que maldijeron hizo honor a su nombre. Bento. Baruch. Benedictus. Bendito. Puede que no lo fuera para su comunidad, pero lo ha sido para millones de personas que, siglos después, han encontrado en sus páginas un poco de luz y un poco de paz.
Todo lo excelso es tan difícil como raro. Pero merece la pena intentarlo.