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Biografía de Jean-Jacques Rousseau. Vida y Filosofía

Una tarde de verano de mil setecientos cuarenta y nueve, un hombre camina por un camino polvoriento a las afueras de París.

Hace un calor tremendo. El sol pega fuerte y no hay sombra. El hombre tiene treinta y siete años, va mal vestido y no tiene dinero para pagarse un coche de caballos. Por eso va a pie.

Va a visitar a un amigo que está en la cárcel.

Para que el camino se le haga menos pesado, lleva en el bolsillo una revista. La abre mientras anda, sin mucho interés, y lee una pregunta que una academia de provincias propone para un concurso de ensayos.

Y entonces le pasa algo que él mismo no sabrá explicar nunca del todo.

Se le nubla la vista. El corazón se le dispara. Le cuesta respirar. Tiene que dejarse caer bajo un árbol, al borde del camino, y allí se queda casi media hora. Cuando por fin se levanta, tiene la camisa empapada de lágrimas. No se había dado cuenta de que estaba llorando.

Ese hombre no era nadie. Un músico fracasado, un secretario despedido, un señor que copiaba partituras para ir tirando. A los treinta y siete años no había hecho nada de lo que soñaba de joven.

Y sin embargo, lo que vio debajo de aquel árbol iba a cambiar la historia de Europa. Cuarenta años después, en las calles de París, la gente iba a cortarle la cabeza a un rey con sus ideas en los labios.

Pero aquí viene lo extraño. Ese mismo hombre, que iba a escribir el libro más famoso de su siglo sobre cómo educar a un niño, había dejado a sus propios hijos, uno detrás de otro, en la puerta de un orfanato. Cinco veces.

¿Cómo puede ser que la misma persona sea las dos cosas a la vez?

¿Qué fue exactamente lo que vio bajo aquel árbol?

¿Y por qué un hombre que solo quería que le dejaran en paz terminó perseguido por media Europa, apedreado en su propia casa y convencido de que todo el mundo conspiraba contra él?

Ese hombre se llamaba Jean-Jacques Rousseau. Y su historia, te lo aseguro, es de las que no se olvidan.

Vamos a empezar por el principio. Por una frase que el propio Rousseau escribió mucho tiempo después, cuando ya era viejo y estaba amargado. Dijo así: "Mi nacimiento fue la primera de mis desgracias."

Y no exageraba.

Jean-Jacques nació el veintiocho de junio de mil setecientos doce en Ginebra. Ginebra entonces no era Suiza tal como la conocemos hoy. Era una pequeña república independiente, protestante, calvinista hasta la médula, orgullosa de gobernarse a sí misma. Esto es importante. Recuérdalo, porque volverá a salir.

Su madre, Suzanne Bernard, murió nueve días después de darle a luz. Unas fiebres del parto, de esas que entonces se llevaban a tantas mujeres.

Así que Jean-Jacques se crió con su padre, Isaac Rousseau, relojero de oficio. Un hombre cariñoso, apasionado, algo alocado. Un hombre que nunca superó la muerte de su mujer y que, según contaba el propio hijo, a veces lo abrazaba llorando y le decía: "Devuélvemela. Consuélame de ella."

Imagínate cargar con eso de niño. Sentir que tu llegada al mundo se llevó a la persona que más quería tu padre.

Pero también hubo cosas bonitas. Isaac y su hijo tenían una costumbre. Después de cenar se sentaban a leer juntos las novelas que había dejado la madre. Leían en voz alta, turnándose, y se enganchaban tanto que muchas veces se les hacía de día. Y entonces el padre, al oír cantar a las golondrinas, cerraba el libro avergonzado y decía: "Vámonos a la cama. Soy más niño que tú."

Cuando se acabaron las novelas, pasaron a los libros serios. Y ahí apareció Plutarco, con sus vidas de griegos y romanos. Héroes de la república, hombres que lo daban todo por su patria y por la libertad. El pequeño Jean-Jacques se volvió loco con aquello. Se creía romano. Se imaginaba siendo uno de aquellos ciudadanos virtuosos.

Una infancia marcada por los libros y las rupturas

Esas lecturas se le quedaron grabadas para siempre. Muchas de sus ideas de adulto vienen directamente de ese niño que soñaba con Esparta y con Roma junto a la chimenea.

Pero la infancia feliz duró poco.

Cuando Jean-Jacques tenía diez años, su padre tuvo una pelea con un capitán, un asunto de honor, de esos de la época. La cosa se complicó con la justicia, y antes que ir a la cárcel, Isaac Rousseau prefirió marcharse de Ginebra. Se fue a vivir a otra ciudad, se volvió a casar y, en la práctica, se desentendió de su hijo.

Su hermano mayor, François, ya se había largado de casa antes y nunca más se supo de él.

Así que con diez años, Jean-Jacques se quedó prácticamente solo.

Lo mandaron con un primo suyo a vivir al campo, a casa de un pastor protestante, el señor Lambercier, en un pueblecito llamado Bossey. Y allí, curiosamente, fue feliz durante un tiempo. El campo, los árboles, el aire libre. Ese amor por la naturaleza que tendrá toda su vida nace ahí.

Pero en Bossey le pasó algo que él contaría como una herida que nunca cerró.

Un día apareció roto un peine de la señorita Lambercier. Alguien lo había roto, y todo apuntaba a él. Jean-Jacques juró y perjuró que no había sido. Le castigaron, le pegaron, le insistieron para que confesara. Y él no confesó, porque de verdad no había sido.

Muchos años después escribiría que aquel día perdió la inocencia. Que fue la primera vez que sintió la injusticia en su propia carne. Y que, a partir de entonces, cada vez que veía o leía sobre una injusticia, sentía de nuevo aquel fuego por dentro.

Fíjate qué cosa. Un peine roto. Y de ahí sale, en parte, uno de los hombres que más ha escrito sobre la injusticia en la historia.

Al volver a Ginebra, lo pusieron a aprender un oficio. Primero con un notario, que lo echó por inútil. Después con un grabador, un tal Ducommun, un hombre bruto que le trataba fatal. Y aquel chico soñador, que leía a Plutarco, se fue convirtiendo en lo que él mismo llamó un pillo. Robaba fruta, mentía, holgazaneaba. El mal trato lo estaba echando a perder.

Y entonces llegamos a una noche de marzo de mil setecientos veintiocho.

Jean-Jacques tiene quince años. Ha salido el domingo a pasear por el campo con unos amigos. Se le ha hecho tarde. Y cuando vuelve a Ginebra, corriendo, ve a lo lejos cómo levantan el puente levadizo. Las puertas de la ciudad se cierran.

Por tercera vez.

Las dos veces anteriores su maestro le había dado una paliza. Esta vez, en lugar de esperar al amanecer y volver con la cabeza gacha, el chaval toma una decisión.

No vuelve.

Se da media vuelta y se va. Sin dinero, sin oficio, sin nadie. Con quince años y lo puesto.

Esa imagen, la de las puertas cerradas, se quedará con él toda la vida. Y verás que al final de esta historia vuelve a aparecer.

Jean-Jacques anduvo vagando por los alrededores, cruzó a Saboya, que era territorio católico, y allí un cura, viendo que tenía delante a un chico protestante perdido, pensó que era una buena ocasión para ganar un alma para la verdadera fe. Así que lo mandó a la ciudad de Annecy, a casa de una señora que se dedicaba precisamente a eso, a ayudar a los protestantes que se convertían.

La señora se llamaba Françoise-Louise de Warens.

Y esta mujer va a ser la persona más importante de su vida.

Él esperaba encontrarse a una vieja beata, seca y arrugada. Y se encontró a una mujer de veintiocho años, guapa, rubia, de ojos azules, con una sonrisa dulcísima. Una mujer que se había escapado de su marido en Suiza, que se había hecho católica, que vivía de una pensión del rey de Cerdeña y que tenía una cabeza llena de negocios ruinosos y proyectos imposibles.

Rousseau se enamoró en el acto. Escribiría años después que ese momento, aquel Domingo de Ramos, decidió su carácter para siempre.

Pero primero tuvo que convertirse oficialmente. Lo enviaron a Turín, a una especie de hospicio para conversos, un sitio bastante sórdido. Allí abjuró del protestantismo y se hizo católico. Más por necesidad que por convicción, todo hay que decirlo.

Y en Turín, trabajando de criado en casa de una condesa, hizo algo que no se perdonaría jamás.

La condesa murió y, en el revuelo de la casa, Jean-Jacques robó una cinta, un lazo de color rosa y plata. Una tontería. Cuando la encontraron, le preguntaron de dónde la había sacado. Y él, muerto de vergüenza, dijo que se la había dado Marion, una joven cocinera de la casa. Una chica buena, honrada, que no había hecho nada.

Los pusieron cara a cara. Ella lo negó llorando. Él mantuvo la mentira. Y al final echaron a los dos, pero ella salió de allí con la reputación manchada, que para una criada en aquella época podía ser la ruina.

Rousseau contó esta historia en sus memorias cuarenta años después. Y dijo que el recuerdo de Marion no le había dejado dormir tranquilo muchas noches de su vida.

Es curioso. Es un hombre que va a escribir que el ser humano es bueno por naturaleza. Y sin embargo, es también un hombre que conoció muy de cerca su propia capacidad para hacer daño. Quizá por eso le obsesionaba tanto la pregunta de dónde viene el mal.

Después de varias andanzas, Jean-Jacques volvió con Madame de Warens. Y empezó una relación muy extraña entre los dos. Él la llamaba "Mamá". Ella lo llamaba "Pequeño". Ella lo cuidaba, lo protegía, intentaba buscarle un futuro. Y con el tiempo, cuando él tenía unos veinte años, se convirtieron en amantes.

Sí, ya sé. Llamarla mamá y ser amantes. A nosotros hoy nos suena rarísimo, y la verdad es que a él también le resultaba raro. Él mismo cuenta que se sintió casi como si cometiera un incesto. Pero la quería con locura.

Y no era el único. En la casa vivía también el administrador de la señora, un tal Claude Anet, que era a su vez su amante. Vivían los tres juntos, y por lo que cuenta Rousseau, en bastante armonía. Cosas del siglo dieciocho.

Los mejores años fueron en una casita de campo cerca de Chambéry, llamada Les Charmettes. Allí, entre huertos, viñas y prados, Jean-Jacques se dedicó a lo que le daba la gana. Leía como un descosido. Filosofía, historia, geografía, matemáticas, latín, música. Todo por su cuenta. Nunca fue a la universidad. Fue un autodidacta puro.

Y esto es importante para entenderle. Rousseau nunca se sintió parte del mundo de los sabios. Siempre fue un poco el chico que entró por la puerta de atrás. Y eso, como veremos, le dio una mirada muy distinta a la de los demás.

Pero las cosas buenas se acaban. La salud de Jean-Jacques empezó a fallar, se fue unos meses a tratarse fuera, y cuando volvió, se encontró con que en su sitio había otro. Un joven peluquero, bastante simple, que ahora ocupaba el corazón de Mamá.

Le dolió en el alma. Aquello era el final de una época.

Con veintiocho años, se marchó a Lyon a trabajar como preceptor de los hijos de una familia. Le fue regular tirando a mal. No tenía paciencia con los niños. Y otra vez fíjate en la ironía: el hombre que va a revolucionar la educación no sabía educar a dos críos.

En mil setecientos cuarenta y dos se fue a París. Llevaba en el bolsillo lo que él creía que era su gran oportunidad: un sistema nuevo para escribir música con números en lugar de notas. Estaba convencido de que eso le haría rico y famoso.

Lo presentó en la Academia de Ciencias. Le dieron una palmadita en la espalda y le dijeron que muy interesante, pero que no servía. Se quedó con la cara de tonto.

Probó suerte como secretario del embajador de Francia en Venecia. Allí descubrió la música italiana, que le encantó, pero el embajador era un hombre incompetente y soberbio, y acabaron fatal. Rousseau volvió a París humillado y sin cobrar.

Y aquí entra otra mujer en su vida. Muy distinta a la anterior.

En la pensión donde se alojaba trabajaba una joven lavandera y costurera llamada Thérèse Levasseur. Una chica sencilla, humilde, que apenas sabía leer, que no sabía contar el dinero bien ni decir la hora en un reloj. Los otros huéspedes se burlaban de ella en la mesa, y Jean-Jacques salió en su defensa.

Así empezó una relación que duraría el resto de su vida. Más de treinta años.

Los amigos de Rousseau nunca entendieron qué hacía con ella. Le parecía poca cosa para un hombre como él. Pero Thérèse le dio algo que él necesitaba muchísimo: estabilidad, compañía, alguien que no le juzgaba. Él decía que no la amaba con pasión, pero que nunca la abandonaría. Y no la abandonó.

Lo que sí abandonó fue a sus hijos.

Tuvieron cinco. Y los cinco, nada más nacer, fueron llevados al Hospicio de Niños Expósitos de París. El orfanato. Sin nombre. Sin intención de volver a buscarlos.

¿Por qué lo hizo? Él dio muchas explicaciones a lo largo de los años. Que era pobre. Que la familia de Thérèse era un desastre y los habría educado mal. Que en el orfanato los criarían como campesinos o artesanos honrados, mejor que él. Que así lo hacía mucha gente en París. Que estaba enfermo y no sabía cuánto iba a vivir.

Algo de verdad había en todo eso. En aquella época era muy frecuente. Pero lo que Rousseau no podía ignorar, o no quería ver, es que la mayoría de los niños que entraban en aquel orfanato morían antes de cumplir un año. Las cifras eran espantosas.

Nunca supo qué fue de ellos.

Y aunque intentó justificarse, esto le persiguió hasta la tumba. Ya veremos cómo.

En aquellos años en París, Jean-Jacques empezó a moverse en los círculos intelectuales. Y allí hizo un amigo de verdad, un amigo del alma. Se llamaba Denis Diderot. Un hombre brillante, generoso, bocazas, lleno de energía, que estaba embarcado en un proyecto descomunal: la Enciclopedia. La gran obra que pretendía reunir todo el saber humano y que se convertiría en la bandera de la Ilustración.

Diderot le encargó a Rousseau los artículos sobre música. Y se pasaban las horas hablando, discutiendo, soñando. Eran jóvenes, eran pobres y querían cambiar el mundo.

Y en mil setecientos cuarenta y nueve, a Diderot lo metieron en la cárcel. En el castillo de Vincennes, a las afueras de París, por haber publicado un libro que las autoridades consideraron ateo.

Y ya sabes lo que pasó después.

Volvemos a aquel camino polvoriento. Volvemos a aquel calor de verano. Volvemos a aquel hombre de treinta y siete años que va a ver a su amigo preso.

La revista que lleva en el bolsillo se llama el Mercure de France. Y la pregunta que lee es esta. La Academia de Dijon ofrece un premio a quien mejor responda a lo siguiente: ¿ha contribuido el progreso de las ciencias y las artes a mejorar las costumbres?

Para cualquier persona culta de la época, la respuesta era obvia. Por supuesto que sí. Estaban en el Siglo de las Luces. Todo el mundo daba por hecho que más conocimiento, más cultura, más refinamiento, nos hacían mejores personas.

Pero a Rousseau, bajo aquel árbol, se le vino de golpe la respuesta contraria.

No. No nos ha hecho mejores. Nos ha hecho peores.

Años después, en una carta, intentó describir lo que sintió. Dijo que en ese instante vio otro universo y se convirtió en otro hombre. Que se le agolparon mil verdades a la vez, con tanta fuerza que se mareó. Y que si hubiera podido escribir una cuarta parte de lo que vio bajo aquel árbol, habría demostrado con toda claridad las contradicciones del sistema social, los abusos de nuestras instituciones, y que el hombre es bueno por naturaleza y que son las instituciones las que lo hacen malo.

Ahí está. Esa es la idea. La que lo cambia todo.

El hombre es bueno por naturaleza. Es la sociedad la que lo corrompe.

Llegó a Vincennes temblando. Se lo contó a Diderot. Y Diderot, que era un hombre listísimo y sabía reconocer una buena idea, le dijo que adelante, que la desarrollara y se presentara al concurso.

Y Rousseau se presentó. Y ganó.

El Discurso sobre las ciencias y las artes se publicó en mil setecientos cincuenta y provocó un escándalo enorme. De la noche a la mañana, aquel don nadie era el hombre del que hablaba todo París. Le escribían, le contestaban, le criticaban, le admiraban.

¿Y qué decía en ese discurso? Pues algo que, si lo pensamos, sigue siendo muy actual.

Decía que la cultura refinada, las ciencias, las artes, la educación de salón, servían en realidad para disfrazar. Que la gente educada había aprendido a parecer buena en lugar de serlo. A ser cortés en lugar de ser sincera. Que detrás de tanta elegancia y tanta palabra bonita había envidia, vanidad, falsedad y ganas de quedar por encima del otro.

Decía que las sociedades más sencillas, como la antigua Esparta o la Roma de los primeros tiempos, eran más virtuosas que las más sabias, como la Atenas refinada o la Roma de los emperadores.

Le llovieron críticas, claro. Le decían: oiga, pero usted mismo es un hombre culto, usted escribe, usted es músico. ¿No es eso una contradicción?

Y Rousseau, que era muy terco, decidió ser coherente. Hizo lo que él llamaba su reforma personal. Dejó de llevar espada, que era signo de caballero. Se quitó las puntillas y los adornos de la ropa. Vendió su reloj diciendo, con una frase preciosa, que ya no necesitaba saber la hora. Y se puso a ganarse la vida copiando partituras, un trabajo manual, humilde, cobrando por página.

Quería vivir como pensaba. Y eso, la verdad, no es tan corriente.

Pero el destino le tenía preparada una tentación.

Rousseau seguía componiendo música, y en mil setecientos cincuenta y dos estrenó una pequeña ópera llamada El adivino de la aldea. Una obrita sencilla, pastoril, de un pastor y una pastora que se pelean y se reconcilian. Se representó en el palacio de Fontainebleau delante del rey Luis Quince y de toda la corte.

Y fue un éxito tremendo. Al rey le encantó. Dicen que se pasó días tarareando una de las canciones, desafinando como un descosido.

Al día siguiente, el rey quiso recibirle en persona para concederle una pensión. Una pensión vitalicia. Para alguien que vivía de copiar partituras, aquello era la solución a todos sus problemas.

Y Rousseau no fue.

Puso como excusa su salud. Tenía un problema de vejiga que le obligaba a orinar muy a menudo, y le aterraba tener que salir corriendo delante del rey. Pero la verdadera razón era otra. Él sabía que si aceptaba esa pensión, ya nunca más podría hablar con libertad. Que quedaría atado.

Diderot se enfadó muchísimo con él. Le dijo que, si no por él, al menos lo aceptara por Thérèse y por la madre de Thérèse, que vivía con ellos. Y ahí empezaron las primeras grietas entre los dos amigos.

Por esa época Rousseau hizo un viaje a su Ginebra natal. Lo recibieron como a un héroe. Volvió a hacerse protestante y recuperó la ciudadanía ginebrina. Desde entonces firmaba sus libros así: Jean-Jacques Rousseau, ciudadano de Ginebra. Estaba orgullosísimo de aquello.

Y en mil setecientos cincuenta y cinco publicó su segunda gran obra. La Academia de Dijon había propuesto otro concurso, esta vez con la pregunta de cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres. Rousseau escribió un discurso. Esta vez no ganó. Pero el texto que escribió es, para muchos, una de las obras más importantes que se han escrito nunca sobre la sociedad.

Se llama Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres.

Y aquí te lo voy a intentar explicar despacito, porque merece la pena.

Rousseau hace un experimento mental. Dice: vamos a intentar imaginar cómo era el ser humano antes de que existiera la sociedad. Antes de los pueblos, de las leyes, del dinero, de la propiedad. Lo que él llama el estado de naturaleza.

Otros filósofos ya lo habían hecho antes. El inglés Thomas Hobbes, por ejemplo, decía que en ese estado natural el hombre era un lobo para el hombre. Que vivíamos en una guerra de todos contra todos, con miedo constante, y que por eso necesitábamos un gobierno fuerte que nos pusiera en orden.

Rousseau le dice a Hobbes: no, amigo. Te equivocas. Lo que tú estás describiendo no es el hombre natural. Es el hombre que ya ha vivido en sociedad, con todos sus vicios, y lo has trasladado al pasado.

Para Rousseau, el hombre primitivo era un ser solitario, sencillo, que vivía en el bosque, comía cuando tenía hambre, dormía cuando tenía sueño, y no necesitaba gran cosa. No era ni bueno ni malo en sentido moral, porque no tenía todavía conceptos de bien y mal. Pero tenía dos sentimientos básicos.

El primero, el amor de sí. Es decir, el instinto de cuidarse, de sobrevivir. Algo sano, natural.

El segundo, la piedad. La compasión. Ese malestar que sentimos al ver sufrir a otro ser vivo. Rousseau decía que eso es anterior a cualquier razonamiento. Que hasta los animales lo tienen. Que no hace falta que nadie te lo enseñe.

Fíjate qué bonito. Para Rousseau, la compasión no es algo que aprendemos en el colegio o en la iglesia. Viene de serie.

Además, el ser humano tenía una cualidad especial que lo distinguía de los animales: la perfectibilidad. La capacidad de cambiar, de aprender, de mejorar. Pero ojo, porque esta capacidad era un arma de doble filo. Gracias a ella progresamos. Y por culpa de ella también nos corrompimos.

Poco a poco, los hombres empezaron a juntarse. A vivir en cabañas, en familias, en pequeños grupos. Y Rousseau dice que ese momento, el de las primeras comunidades sencillas, fue probablemente la época más feliz de la humanidad.

Pero entonces empezaron a compararse.

La gente se reunía alrededor de una hoguera, se cantaba, se bailaba. Y empezó a importar quién cantaba mejor, quién era más guapo, quién era más fuerte, quién era más listo. Y cada uno empezó a querer que lo miraran. A querer ser el más valorado.

Ahí nace lo que Rousseau llama el amor propio. Que no es lo mismo que el amor de sí. El amor de sí es cuidarte. El amor propio es necesitar ser más que los demás. Vivir pendiente de la mirada ajena. Sentirte bien solo si estás por encima.

Y de ahí, dice Rousseau, salen la envidia, la vanidad, la vergüenza, el desprecio.

¿A que te suena? Piensa en la de veces que hemos hecho algo no porque nos apeteciera, sino por el qué dirán. Por quedar bien. Por no ser menos que el vecino. Rousseau lo vio hace casi trescientos años.

Pero el gran paso, el que lo estropea todo de verdad, viene después. Y aquí viene uno de los arranques más famosos de la historia de la filosofía. Te lo leo casi tal cual lo escribió:

El primero que, habiendo cercado un terreno, se le ocurrió decir "esto es mío", y encontró gente lo bastante simple para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores habría ahorrado al género humano aquel que, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra no es de nadie.

Con la agricultura y la metalurgia llegó la propiedad. Con la propiedad llegaron los ricos y los pobres. Con los ricos y los pobres llegaron los conflictos. Y entonces, dice Rousseau, los ricos tuvieron una idea genial.

Les dijeron a los pobres: vamos a unirnos todos, vamos a crear leyes y un gobierno que nos protejan a todos por igual, que acaben con esta violencia.

Y los pobres, de buena fe, aceptaron.

Pero aquellas leyes, en realidad, lo que hacían era proteger la propiedad de los que ya tenían. Convertían en legal una desigualdad que había nacido de la fuerza o de la astucia. Los pobres, dice Rousseau, corrieron hacia sus cadenas creyendo que corrían hacia su libertad.

Esto fue dinamita. Imagínate leer esto en una Francia donde la nobleza no pagaba impuestos y los campesinos se morían de hambre.

Ahora, una aclaración importante. Mucha gente dice que Rousseau quería que volviéramos a vivir en el bosque, como salvajes. Y no. Él nunca dijo eso. Él mismo lo explicó: una vez que hemos salido del estado de naturaleza, ya no se puede volver atrás. La pregunta no es cómo volver. La pregunta es cómo vivir en sociedad sin perder lo mejor de nosotros mismos.

Pero ese malentendido le persiguió. Le mandó un ejemplar a Voltaire, que era entonces el escritor más famoso de Europa. Y Voltaire le respondió con una carta educada pero llena de veneno. Le decía algo así como: nunca se ha empleado tanto talento en querer convertirnos en bestias. Al leer su libro, entran ganas de andar a cuatro patas. Pero como hace más de sesenta años que perdí la costumbre, me temo que no podré recuperarla.

Voltaire y Rousseau. Dos gigantes del mismo siglo que acabarían odiándose a muerte. Y fíjate qué cosa: los dos murieron el mismo año, con apenas unas semanas de diferencia. Y hoy reposan en el mismo edificio. Pero eso lo veremos al final.

En mil setecientos cincuenta y seis, Rousseau ya no aguantaba París. El ruido, los salones, la hipocresía, todo aquello que él mismo criticaba. Una amiga rica, Madame d'Épinay, le ofreció una casita en el campo, en el bosque de Montmorency, al norte de la ciudad. Se llamaba el Ermitage. Y allí se fue con Thérèse y con la madre de Thérèse.

Por fin tenía paz. Paseaba por el bosque, escribía, soñaba.

Y entonces, con cuarenta y cuatro años, se enamoró como un adolescente.

Ella se llamaba Sophie d'Houdetot. Era cuñada de su protectora, estaba casada, y además tenía un amante oficial, un poeta militar llamado Saint-Lambert que era amigo de Rousseau. Sophie le tenía cariño a Jean-Jacques, le escuchaba, paseaba con él, pero no estaba enamorada de él. Él, en cambio, perdió completamente la cabeza. Dijo que fue el único amor verdadero de su vida.

Los conflictos personales y la soledad de Rousseau

Aquello no acabó bien. Hubo cotilleos, cartas, malentendidos, celos. Madame d'Épinay se sintió traicionada. Su amigo Grimm, que era un hombre bastante intrigante, echó leña al fuego. Y Diderot, que intentaba mediar, acabó metiendo la pata.

El resultado fue que Rousseau rompió con todos. Con Madame d'Épinay, con Grimm y también con Diderot, su gran amigo de juventud. Tuvo que dejar el Ermitage en pleno invierno y mudarse a otra casita cerca.

Y aquí empieza a aparecer algo que irá creciendo con los años. La sensación de que sus amigos le traicionaban, de que hablaban a sus espaldas, de que tramaban algo contra él. A veces tenía motivos. Otras veces, no tanto.

Lo increíble es que, en medio de toda esa tormenta personal, Rousseau escribió en apenas unos años tres libros que cambiarían el mundo.

El primero fue una novela. Se llamaba Julia, o la nueva Eloísa. Se publicó en mil setecientos sesenta y uno y fue el mayor éxito editorial del siglo. Contaba la historia de amor imposible entre una joven noble, Julia, y su profesor, un plebeyo. Se escribían cartas larguísimas, llenas de pasión, de lágrimas, de paisajes de montaña.

La gente se volvió loca con aquel libro. Los libreros no daban abasto. Había tiendas que lo alquilaban por horas porque no había ejemplares suficientes. Las señoras lloraban leyéndolo. Le llegaban a Rousseau cartas de lectores de toda Francia diciéndole que aquella novela les había cambiado la vida.

¿Por qué tanto éxito? Porque Rousseau hablaba de los sentimientos de una forma nueva. Sincera, desbordada, sin vergüenza. Hasta entonces la literatura era muy racional, muy pulida. Él puso el corazón por delante. Por eso se le considera uno de los padres del Romanticismo, aquel movimiento que llegaría unas décadas después.

Al año siguiente, en mil setecientos sesenta y dos, publicó los otros dos. Uno detrás de otro. Y aquí sí que se le vino el mundo encima.

El primero fue El contrato social.

Y empieza con una frase que es como un puñetazo. El hombre ha nacido libre, y en todas partes está encadenado.

Si en el discurso sobre la desigualdad Rousseau había explicado cómo nos habíamos metido en el lío, en El contrato social intenta explicar cómo salir de él. Cómo construir una sociedad justa.

Y su respuesta es esta. Una sociedad solo es legítima si nace de un acuerdo entre todos. Un pacto en el que cada persona se entrega por completo a la comunidad. Pero como todos se entregan por igual, nadie queda por encima de nadie. Y así, al obedecer a la comunidad, en el fondo cada uno se está obedeciendo a sí mismo.

Aquí aparece la gran idea de Rousseau: la voluntad general.

La voluntad general no es lo que quiere la mayoría. Tampoco es la suma de lo que quiere cada uno. Es lo que quiere el pueblo cuando piensa en el bien común, no en su interés particular. Es como si la comunidad tuviera un yo común, que busca lo mejor para todos.

¿Y quién manda, según Rousseau? El pueblo. Siempre el pueblo. El pueblo es el soberano. No el rey, no los nobles, no Dios a través de un monarca. El pueblo.

Los gobernantes, para Rousseau, son simplemente empleados del pueblo. Funcionarios a los que se les encarga ejecutar las leyes, y que pueden ser cambiados cuando el pueblo quiera.

Ahora, imagina esto en mil setecientos sesenta y dos. En una Europa de reyes absolutos que decían gobernar por voluntad divina. Era una bomba de relojería.

Rousseau estaba pensando, sobre todo, en su Ginebra natal, en una pequeña república donde los ciudadanos se reúnen y deciden juntos. No estaba pensando en un país enorme como Francia. Pero eso dio igual. Sus ideas cruzaron fronteras.

Hay que decir, por honestidad, que El contrato social también tiene partes inquietantes. Rousseau escribe que si alguien se niega a obedecer la voluntad general, se le obligará a ser libre. Esa frase ha dado mucho que pensar. Hay quien ha visto en ella el germen de las dictaduras que en el siglo veinte decían actuar en nombre del pueblo. Otros piensan que es una lectura injusta. El debate sigue abierto.

Y en ese mismo libro habla de una religión civil, unas creencias mínimas que todo ciudadano debería aceptar para mantener la unidad. Tampoco eso gustó a casi nadie.

El otro libro de ese año fue el Emilio, o de la educación. Y para Rousseau era su obra más importante. La que más quería.

El Emilio empieza con otra frase célebre. Todo está bien al salir de las manos del autor de las cosas. Todo degenera en manos del hombre.

Es un libro enorme, a medio camino entre tratado y novela. Rousseau se imagina que le confían la educación de un niño, Emilio, desde que nace hasta que se casa. Y cuenta cómo lo educaría.

Y lo que propone era revolucionario.

Primero, que el niño es un niño. Parece una tontería, pero no lo es. En aquella época se veía a los niños como adultos pequeños e imperfectos a los que había que corregir cuanto antes. Rousseau dice: no. La infancia tiene su propio valor, su propia manera de ver y de sentir. Dejad a los niños ser niños.

Segundo, que se aprende mejor haciendo que escuchando. Nada de llenar la cabeza de los críos con lecciones de memoria que no entienden. Que aprendan geografía caminando por el campo. Que aprendan física experimentando. Que aprendan por curiosidad, no por obligación.

Tercero, que hay que fortalecer el cuerpo. Aire libre, ejercicio, ropa cómoda. Rousseau criticaba aquella costumbre de fajar a los bebés como momias. Y defendía que las madres dieran el pecho a sus propios hijos en lugar de mandarlos con nodrizas, cosa muy habitual entre las familias acomodadas. Y aquel consejo tuvo un efecto real: muchas madres de la época le hicieron caso.

Cuarto, que el niño aprenda un oficio manual. Emilio sería carpintero. Porque un oficio te da independencia, te hace útil y te mantiene humilde.

Muchas de las ideas pedagógicas que hoy nos parecen normales, como la educación activa o el respeto a las etapas del desarrollo del niño, tienen una raíz importante en el Emilio. Pedagogos posteriores como Pestalozzi o, mucho más tarde, María Montessori, le deben bastante.

Y aquí no puedo evitar volver a la pregunta del principio. El hombre que escribió el libro que más influyó en la manera de educar a los niños en Occidente había llevado a sus cinco hijos al orfanato.

Él lo sabía. Y sus enemigos también lo iban a saber muy pronto.

Pero el problema gordo del Emilio no fue ese. Dentro del libro había un capítulo titulado La profesión de fe del vicario saboyano. En él, un humilde cura de pueblo explica sus creencias religiosas. Cree en Dios, cree en el alma, cree en la conciencia como una voz divina dentro de nosotros. Pero no cree en los milagros, ni en las revelaciones, ni en que una iglesia concreta tenga la verdad absoluta. La religión verdadera, dice, está en el corazón, no en los dogmas.

Eso hizo saltar por los aires a todos.

A los católicos, porque atacaba la autoridad de la Iglesia. A los protestantes, porque también atacaba la suya. Y a los filósofos ateos, como algunos de sus antiguos amigos, porque defendía a Dios.

Rousseau se quedó sin aliados en ningún bando.

En junio de mil setecientos sesenta y dos, el Parlamento de París condenó el Emilio. Ordenó quemar el libro y arrestar a su autor. Avisado a tiempo, Rousseau huyó esa misma noche en una carroza. Por el camino se cruzó con los guardias que iban a buscarle. Ellos le saludaron educadamente. No sabían quién era.

Huyó a Suiza. Pensaba que en su tierra estaría a salvo.

Pero a los pocos días le llegó la noticia. En Ginebra, su querida Ginebra, la ciudad cuyo nombre ponía orgulloso en la portada de sus libros, también habían quemado el Emilio y El contrato social. Y también habían dado orden de arrestarle.

Aquello le partió el alma.

Se refugió en el territorio de Berna, y de allí también le echaron. Finalmente encontró asilo en un pueblecito de montaña llamado Môtiers, en el principado de Neuchâtel. Aquel territorio pertenecía entonces al rey de Prusia, Federico el Grande, que, aunque no le tenía ninguna simpatía a sus ideas, aceptó protegerle.

En Môtiers, Rousseau empezó a vestirse con un caftán armenio. Una especie de túnica larga con un gorro de piel. Decía que era por su problema de vejiga, porque así le resultaba más cómodo. Pero la gente del pueblo lo miraba como a un bicho raro. Él se entretenía haciendo cordones de seda, que regalaba a las chicas del pueblo cuando se casaban, y paseando por el monte recogiendo plantas.

En mil seiscientos sesenta y tres, perdón, en mil setecientos sesenta y tres, dolido por la condena, renunció oficialmente a su ciudadanía de Ginebra. Aquella de la que tanto presumía.

Y en mil setecientos sesenta y cuatro le llegó el golpe más bajo.

Apareció en Ginebra un panfleto anónimo titulado El sentimiento de los ciudadanos. En él se atacaba a Rousseau con una crueldad tremenda. Se le acusaba de loco, de hipócrita, de enfermo. Y se revelaba, por primera vez en público, que había abandonado a sus cinco hijos en un orfanato.

El autor del panfleto era Voltaire.

Rousseau al principio pensó que había sido otro. Pero el daño estaba hecho. Su secreto más vergonzoso estaba en boca de todos.

Y fue precisamente eso lo que le empujó a tomar una decisión. Si el mundo iba a hablar de su vida, la contaría él mismo. Toda. Lo bueno y lo malo. Sin esconder nada.

Así nacieron las Confesiones.

Pero antes de poder escribirlas con calma, todavía le quedaban más golpes.

En Môtiers, el pastor del pueblo empezó a predicar contra él desde el púlpito. Que si era un hereje, que si era el Anticristo. Los vecinos, gente sencilla, se fueron calentando. Le insultaban por la calle. Le tiraban piedras.

Y una noche de septiembre de mil setecientos sesenta y cinco, una multitud apedreó su casa. Las piedras rompieron las ventanas. Una de ellas, enorme, cayó junto a su cama. Thérèse estaba aterrorizada.

Tuvieron que huir otra vez.

Y entonces llegó un pequeño paraíso. Muy breve, pero un paraíso.

Rousseau se refugió en una isla diminuta en el lago de Bienne, la isla de San Pedro. Apenas una granja, unos campos, unas viñas y el agua por todas partes. Y allí vivió las semanas más felices de su vida.

Se levantaba temprano, paseaba, estudiaba las plantas de la isla, ayudaba en la cosecha de la fruta. Y por las tardes se subía a una barca, se tumbaba en el fondo, la dejaba ir a la deriva por el lago y se quedaba horas mirando el cielo, escuchando el agua, sin pensar en nada.

Años después escribiría sobre esos momentos algo que me parece de lo más bonito que dejó escrito. Dijo que la felicidad no estaba en los grandes placeres, que pasan en un instante, sino en un estado sencillo y duradero, en el que el alma descansa, sin echar de menos el pasado ni preocuparse por el futuro. Solo sintiendo que existes. Y que ese sentimiento, bastaba para llenar el alma entera.

Quien haya pasado una tarde tranquila junto al mar o en el campo, sin prisas, sabe exactamente de lo que hablaba.

Pero tampoco ahí le dejaron. Al cabo de unas seis semanas, el gobierno de Berna, del que dependía la isla, le ordenó marcharse.

Y entonces apareció un salvador inesperado. El filósofo escocés David Hume. Uno de los pensadores más respetados de su tiempo, un hombre bondadoso, sensato y muy querido en París. Hume le ofreció llevarle a Inglaterra, donde nadie le perseguiría.

Rousseau aceptó. En enero de mil setecientos sesenta y seis llegaron a Londres. Al principio todo fue de maravilla. La gente se agolpaba para ver al famoso filósofo del caftán armenio. Hume incluso le gestionó una pensión del rey Jorge Tercero.

Rousseau se instaló en una casa de campo en un lugar perdido del centro de Inglaterra, llamado Wootton. Thérèse se reunió con él. Y allí empezó a escribir las Confesiones.

Pero mientras tanto, en París, alguien hizo una broma cruel. Un escritor inglés, Horace Walpole, escribió una carta falsa, como si fuera del rey de Prusia, burlándose de Rousseau. Le decía, más o menos, que si quería persecuciones, él estaba encantado de ofrecérselas. La carta corrió por los salones de París y Londres. Todo el mundo se reía.

Rousseau se enteró. Y se convenció de que Hume estaba detrás. De que todo era un plan. De que Hume lo había llevado a Inglaterra para humillarlo, vigilarlo y destruirlo.

Le escribió a Hume una carta larguísima, acusándole de traición. Hume, desconcertado y herido, primero no entendía nada. Luego se enfadó y publicó toda la correspondencia para defender su honor. Aquel escándalo se convirtió en la comidilla de toda Europa.

A día de hoy, casi todos los historiadores coinciden en que Hume no tuvo nada que ver. Que había actuado de buena fe. Y que Rousseau, a esas alturas, estaba ya muy afectado por una especie de manía persecutoria. Después de tantos años huyendo, tantas condenas, tantas traiciones reales, empezó a ver enemigos por todas partes. Hasta donde no los había.

Es triste. Pero también es comprensible. A veces, cuando te han hecho daño de verdad muchas veces, ya no sabes distinguir.

En mayo de mil setecientos sesenta y siete, Rousseau huyó de Inglaterra, casi a escondidas. Volvió a Francia, donde seguía teniendo una orden de arresto, así que vivió unos años bajo un nombre falso: el señor Renou. Iba de un sitio a otro, de casa en casa de algún protector.

En mil setecientos sesenta y ocho, en un pueblecito llamado Bourgoin, por fin se casó con Thérèse. No en una iglesia, sino en una ceremonia sencilla, casi simbólica, ante dos testigos. Después de veintitrés años juntos.

En mil setecientos setenta, con las aguas algo más calmadas, le permitieron volver a París, a condición de que no publicara nada. Se instaló en un piso modesto en la calle Plâtrière. Hoy esa calle lleva su nombre. Y allí volvió a lo que hacía de joven: copiar partituras para ganarse la vida.

Terminó las Confesiones. Y aquel libro es, por sí solo, otra revolución.

Empieza así. Emprendo una tarea que nunca tuvo ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre con toda la verdad de la naturaleza. Y ese hombre seré yo.

Antes, cuando alguien escribía sobre su vida, era un rey contando sus batallas o un santo contando su conversión. Rousseau cuenta su vida íntima. Sus vergüenzas, sus deseos, sus manías, sus miedos. Lo del peine, lo de la cinta de Marion, lo de Madame de Warens, lo de sus hijos. Lo cuenta todo.

Es la primera autobiografía moderna. Y abrió un camino que hoy, en cierto modo, recorremos todos cuando hablamos de nosotros mismos sin tapujos.

Rousseau organizó lecturas privadas del libro en algunas casas de París. Leía durante horas. La gente escuchaba en silencio. Pero Madame d'Épinay, que salía muy mal parada en la historia, pidió a la policía que lo prohibiera. Y la policía se lo prohibió.

Otra vez silenciado.

Y su sensación de persecución fue a más. Escribió entonces un libro rarísimo, Rousseau juez de Jean-Jacques. Unos diálogos en los que él mismo se defiende ante un desconocido de todas las acusaciones de un supuesto complot mundial contra su persona.

Y en febrero de mil setecientos setenta y seis hizo algo que a mí me parece profundamente conmovedor.

Desesperado, sin saber a quién confiar el manuscrito, decidió dejarlo en manos de Dios. Literalmente. Fue a la catedral de Notre-Dame de París con la intención de depositarlo sobre el altar mayor. Pensaba que allí llegaría de algún modo al rey, o a la posteridad, o a alguien justo.

Y cuando llegó al coro de la catedral, se encontró con que una verja que no había visto nunca estaba cerrada.

Las puertas, otra vez cerradas.

Como aquella noche de sus quince años en Ginebra.

Él lo vivió como una señal. Como si hasta el cielo le diera la espalda. Se fue de allí y estuvo vagando por las calles todo el día, sin rumbo.

Pero poco a poco, en sus últimos años, Rousseau encontró algo parecido a la paz. Dejó de luchar. Y se dedicó a pasear por las afueras de París, recogiendo plantas. La botánica se había convertido en su gran consuelo. Decía que las plantas no le hablaban de hombres, ni de conspiraciones, ni de política. Solo de la naturaleza.

En octubre de mil setecientos setenta y seis, volviendo de uno de esos paseos por Ménilmontant, un enorme perro gran danés que iba delante del carruaje de un noble lo arrolló. Rousseau cayó al suelo y se dio un golpe tremendo en la cabeza. Quedó inconsciente. Corrió incluso el rumor de que había muerto.

Se recuperó. Y aquel accidente le inspiró las primeras páginas de su último libro. Quizá el más hermoso de todos.

Las ensoñaciones del paseante solitario.

Ahí ya no hay rabia, o hay muy poca. Hay un hombre mayor, cansado, que pasea solo y piensa en su vida. Que recuerda la isla de San Pedro. Que se pregunta qué es la felicidad, qué es la verdad, por qué mintió aquella vez. Que se reconcilia, poco a poco, consigo mismo.

Empieza con una frase muy triste. Heme aquí, pues, solo sobre la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo.

Y sin embargo, en esas páginas hay una serenidad que no encontramos en ningún otro libro suyo.

En mayo de mil setecientos setenta y ocho, un admirador, el marqués de Girardin, le invitó a vivir en su finca de Ermenonville, al norte de París. Un parque precioso, con lagos, árboles y caminos. Rousseau aceptó encantado. Allí se dedicó a pasear, a herborizar y a enseñar música al hijo pequeño del marqués.

Unas semanas antes, el treinta de mayo, había muerto en París su gran enemigo, Voltaire.

Y el dos de julio de mil setecientos setenta y ocho, por la mañana, después de su paseo, Jean-Jacques Rousseau se sintió mal. Le dijo a Thérèse que tenía dolores y frío. Al poco rato cayó al suelo. Había muerto. Probablemente de un derrame cerebral. Tenía sesenta y seis años.

Corrieron rumores de que se había suicidado. Hoy se descartan. Murió, sencillamente, como muere tanta gente a esa edad.

Lo enterraron en una pequeña isla en medio del lago de Ermenonville, rodeado de álamos. La isla de los Álamos. Durante años, aquel lugar se convirtió en un sitio de peregrinación. Miles de personas iban a llorar ante su tumba. Incluso la reina María Antonieta fue a visitarla.

Pero la historia no terminó ahí. Porque las ideas de Rousseau empezaron a hacer su trabajo.

Once años después de su muerte, en mil setecientos ochenta y nueve, estalló la Revolución Francesa. Y los revolucionarios tenían a Rousseau como a un santo laico. Citaban El contrato social en las asambleas. Hablaban de la soberanía del pueblo, de la voluntad general, de la virtud republicana.

Robespierre, uno de los líderes más radicales, lo veneraba. Decía que lo había conocido de joven y que aquel encuentro le había marcado. Y es una de las grandes paradojas de esta historia: en nombre de un hombre que amaba la naturaleza y la compasión, se levantaron también guillotinas.

¿Era culpa de Rousseau? Es difícil decirlo. Las ideas, una vez sueltas, van donde quieren.

En octubre de mil setecientos noventa y cuatro, los restos de Rousseau fueron trasladados en una gran ceremonia al Panteón de París, el templo donde Francia honra a sus grandes hombres. Y allí, en la misma cripta, descansa también Voltaire. Los dos enemigos, uno frente al otro, para toda la eternidad.

Su influencia no se quedó en la política. El gran filósofo alemán Immanuel Kant, un hombre tan puntual que, según se cuenta, los vecinos ponían en hora el reloj al verle pasar, dicen que solo se saltó su paseo diario una vez: el día que se quedó enganchado leyendo el Emilio. Puede que sea una leyenda. Lo que sí es cierto es que el único retrato que Kant tenía colgado en su casa era el de Rousseau. Y que decía que Rousseau le había enseñado a respetar a los hombres corrientes.

Poetas, novelistas, pedagogos, revolucionarios, ecologistas. Todos, de una forma u otra, le deben algo a aquel muchacho que se quedó fuera de las murallas de Ginebra.

Y ahora, si me lo permites, te voy a contar lo que pienso yo.

Rousseau fue un hombre lleno de contradicciones. Eso nadie lo puede negar. Habló de la educación y abandonó a sus hijos. Habló de la compasión y fue durísimo con sus amigos. Habló de la virtud y mintió para salvar el pellejo cuando era joven. Habló de la libertad y acabó prisionero de sus propios miedos.

Sería muy fácil señalarle con el dedo y decir: este hombre era un hipócrita, no hay que hacerle caso.

Pero yo creo que eso sería quedarse en la superficie.

Porque, si lo piensas, todos tenemos algo de Rousseau. Todos sabemos cómo deberíamos vivir y no siempre lo hacemos. Todos hemos cometido errores que nos han pesado durante años. Todos, alguna vez, hemos sentido que el mundo iba demasiado deprisa, que la gente vivía de las apariencias, que nos importaba demasiado lo que pensaran los demás.

La diferencia es que Rousseau tuvo el valor de decirlo en voz alta. Y de contar sus propias miserias en lugar de esconderlas.

Quizá precisamente porque conocía tan bien la distancia entre lo que uno quiere ser y lo que uno es, supo escribir sobre ella como nadie.

Hay una idea suya que a mí me parece especialmente valiosa a cierta edad. Esa diferencia entre el amor de sí y el amor propio. Entre cuidarte y necesitar estar por encima de los demás. Cuando uno ha vivido unos cuantos años, se da cuenta de cuánta energía ha gastado en lo segundo. En aparentar, en competir, en quedar bien. Y de lo poco que, en realidad, nos ha dado a cambio.

Rousseau, al final de su vida, después de haberlo tenido todo y haberlo perdido todo, descubrió que la felicidad estaba en una barca a la deriva en un lago. En un paseo por el campo. En una planta recogida en el camino. En sentir, simplemente, que uno existe.

No me parece mala lección para alguien que se pasó la vida peleándose con el mundo.

Y me quedo con una última imagen. La de aquel hombre de treinta y siete años, sentado bajo un árbol a las afueras de París, llorando sin darse cuenta. Un hombre que creía que su vida ya estaba hecha, que no había llegado a nada. Y que, justo en ese momento, empezaba de verdad.

Nunca es tarde para ver las cosas con otros ojos. Eso, al menos, nos lo enseñó Jean-Jacques Rousseau.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.