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Biografía de Immanuel Kant. Vida y Filosofía

Hay un hombre que durante décadas salió a caminar todos los días a la misma hora. Siempre a la misma hora. Tan puntual que, según cuentan, los vecinos de su ciudad ajustaban los relojes cuando lo veían pasar por delante de sus ventanas.

Era bajito, apenas pasaba del metro y medio. Tenía el pecho hundido, la salud frágil y una obsesión casi enfermiza por el orden. Nunca se casó. Nunca salió de su región. Nunca vio el mar abierto más allá de la costa que tenía cerca de casa, ni pisó una gran capital europea.

Y sin embargo, ese hombrecillo de costumbres fijas provocó uno de los mayores terremotos de la historia del pensamiento.

Pero hay algo más.

Un día, ese hombre que nunca fallaba no apareció en su paseo. Los vecinos se asomaron extrañados. Algo había pasado. Algo lo bastante importante como para romper la rutina más famosa de Europa.

Y hay otro misterio. Durante once años, en la mejor etapa de su vida intelectual, casi dejó de publicar. Sus colegas pensaban que se había apagado, que ya no tenía nada que decir. Estaban muy equivocados.

Y un tercero. Ya muy mayor, este hombre escribió en una libretita una frase muy extraña: que un determinado nombre debía ser olvidado por completo. Un nombre que había pronunciado cada mañana durante casi cuarenta años.

Te voy a contar quién era, qué pasó aquel día, qué estuvo haciendo durante ese largo silencio y por qué necesitaba olvidar ese nombre.

Y te adelanto una cosa que a lo mejor te toca de cerca. Este hombre escribió la obra que le haría inmortal cuando tenía cincuenta y siete años. A esa edad, mucha gente piensa que lo importante de su vida ya ha pasado. Él estaba a punto de empezar.

Se llamaba Immanuel Kant.

Y esta es su historia.

Para entender a Kant hay que viajar a un lugar que ya no existe tal como él lo conoció. Una ciudad a orillas del mar Báltico llamada Königsberg, en la antigua Prusia Oriental. Hoy esa ciudad tiene otro nombre, Kaliningrado, y pertenece a Rusia. Pero en el siglo dieciocho era una ciudad alemana, un puerto comercial bastante animado, con barcos que iban y venían, comerciantes ingleses, holandeses, polacos y rusos, y una universidad con cierto prestigio.

Allí nació Kant el veintidós de abril de mil setecientos veinticuatro.

No nació en una familia rica ni mucho menos. Su padre, Johann Georg Kant, era guarnicionero, es decir, fabricaba correajes y arreos de cuero para los caballos. Un oficio honrado, de manos curtidas, de trabajar de sol a sol. Su madre, Anna Regina, venía también de una familia de artesanos.

Fueron una familia numerosa, como era habitual entonces. Hubo nueve hijos, y varios murieron siendo pequeños, algo que por desgracia también era muy normal en aquella época. Immanuel era el cuarto.

Por cierto, al nacer no se llamaba Immanuel. Lo bautizaron como Emanuel, con E. Años después, cuando aprendió algo de hebreo, decidió cambiarlo por Immanuel, que se acercaba más al original y significa «Dios con nosotros». Ya desde joven era de los que querían las cosas bien hechas.

La familia era muy religiosa. Pertenecían a una corriente protestante llamada pietismo. El pietismo insistía mucho en la vida interior, en la honradez, en el trabajo, en la sencillez y en una relación personal y sincera con Dios. Menos ceremonias y más conciencia.

Kant diría mucho tiempo después que en su casa nunca oyó una palabra indecente ni vio una conducta indigna. Hablaba de sus padres con un respeto enorme. Decía que le habían dado una educación moral que no se podía mejorar.

Y de su madre guardaba un recuerdo muy especial.

Anna Regina era una mujer despierta, curiosa, sin estudios pero con mucha inteligencia natural. Le gustaba sacar al pequeño Immanuel al campo, enseñarle las plantas, las estrellas, explicarle cómo funcionaba la naturaleza. Kant contaba que fue ella quien sembró en él la primera semilla del bien y quien le abrió el corazón a lo que veía a su alrededor.

La infancia y la educación de Immanuel Kant

Fíjate en esto, porque es importante. Ese niño que miraba el cielo de noche de la mano de su madre acabaría escribiendo una de las frases más famosas de la filosofía, precisamente sobre el cielo estrellado. Pero no adelantemos acontecimientos.

Su madre murió cuando él tenía solo trece años. Fue un golpe duro. Kant nunca hablaba mucho de sus sentimientos, era un hombre reservado, pero quienes lo conocieron dicen que, siendo ya mayor, todavía se le notaba la emoción al recordarla.

A los ocho años, gracias al empeño de su madre y a la ayuda del pastor de la familia, un hombre llamado Franz Albert Schultz, entró en el Collegium Fridericianum, un colegio de mucha disciplina y mucha religión.

Y ahí Kant lo pasó regular, por decirlo suavemente.

Era un colegio donde se rezaba muchísimo, se vigilaba la conducta de los alumnos al milímetro y se les exigía mostrar continuamente su fervor religioso. Al joven Kant aquello le parecía forzado, casi falso. Una cosa era la religiosidad sencilla y sincera de su casa y otra muy distinta tener que demostrar devoción delante de los profesores para quedar bien.

Muchos años después, uno de sus compañeros de colegio le recordó aquella época y Kant contestó que pensar en aquella «esclavitud juvenil» todavía le producía angustia.

Eso sí, allí aprendió latín a fondo y adquirió una base sólida de autores clásicos. Y aprendió algo más, aunque fuera sin querer. Aprendió a desconfiar de la moral que se impone desde fuera, a golpe de normas y de miedo. Esa idea, que la moral de verdad tiene que salir de dentro de uno mismo, sería el corazón de su pensamiento.

En mil setecientos cuarenta, con dieciséis años, entró en la Universidad de Königsberg, la Albertina.

Allí se encontró con un profesor que le cambió la vida: Martin Knutzen. Era un hombre joven, brillante, que enseñaba filosofía pero que estaba también fascinado por la ciencia de su tiempo. Y en aquella época la ciencia tenía un nombre propio: Isaac Newton.

Para que nos hagamos una idea, Newton había conseguido algo que parecía imposible. Con unas pocas leyes explicaba tanto la caída de una manzana como el movimiento de los planetas. El universo entero parecía obedecer unas reglas que la mente humana podía entender. Aquello era deslumbrante.

Knutzen le prestó libros de Newton al joven Kant, y Kant se enamoró de la física. Durante mucho tiempo, sus intereses fueron más científicos que filosóficos.

En mil setecientos cuarenta y seis murió su padre. Kant tenía veintidós años y se quedó en una situación económica bastante apurada. Cuentan que hubo que pagar el entierro con ayuda, porque la familia no tenía casi nada.

Así que hizo lo que hacían muchos jóvenes con estudios y sin dinero. Se marchó a trabajar como preceptor, una especie de profesor particular que vivía con familias acomodadas del campo y educaba a sus hijos.

Pasó así unos siete u ocho años, en casas de pastores, de terratenientes y hasta de una familia noble, los condes de Keyserlingk. Kant reconocía con humor que probablemente fue el peor preceptor del mundo, porque no tenía mucha paciencia con los niños. Pero aquellos años le sirvieron para pulir sus modales, aprender a desenvolverse en sociedad y, sobre todo, para seguir leyendo y escribiendo.

En mil setecientos cincuenta y cinco volvió a Königsberg y ese mismo año ocurrieron dos cosas muy importantes.

La primera, que consiguió el título que le permitía dar clases en la universidad. La segunda, que publicó un libro asombroso titulado «Historia general de la naturaleza y teoría del cielo».

En ese libro, un joven de treinta y un años que jamás había mirado por un telescopio importante propuso que el sistema solar se había formado a partir de una enorme nube de gas y polvo que giraba sobre sí misma y que, poco a poco, se fue condensando hasta formar el Sol y los planetas.

Hoy eso nos suena casi de libro de texto. Pero entonces era una idea tremendamente atrevida. Décadas después, el francés Laplace llegó a una idea parecida por su cuenta, y por eso se habla de la hipótesis de Kant y Laplace.

Kant fue todavía más lejos. Sugirió que algunas de esas manchas borrosas que se veían en el cielo nocturno no eran simples nubes de nuestro entorno, sino otros sistemas enormes de estrellas, lejísimos de nosotros. Es decir, otras galaxias. Lo dijo más de ciento cincuenta años antes de que los astrónomos pudieran confirmarlo.

¿Y qué pasó con aquel libro tan adelantado a su tiempo?

Pues algo que te va a parecer mala suerte de las que duelen. Lo publicó sin poner su nombre, y el editor quebró justo en ese momento. Los ejemplares quedaron retenidos y el libro apenas circuló. Aquella idea genial pasó casi desapercibida durante años.

Así empezó la carrera de Kant. Con una idea brillante que casi nadie leyó.

A partir de ahí comienza una etapa larga y bastante dura que a mucha gente le resultará familiar. La etapa de trabajar muchísimo sin que llegue el reconocimiento.

Kant era lo que se llamaba un profesor privado. No tenía sueldo fijo de la universidad. Cobraba directamente de los alumnos que se apuntaban a sus clases. Si venían muchos, comía bien. Si venían pocos, apretaba el cinturón.

Así que daba clases de todo. Y cuando digo de todo, es de todo. Lógica, metafísica, ética, matemáticas, física, geografía, antropología, y hasta clases sobre fortificaciones militares para oficiales. Llegaba a dar más de veinte horas de clase a la semana, a veces bastantes más.

Y aquí viene algo curioso. Uno de sus cursos más populares era el de geografía física. Hablaba de países lejanos, de montañas, de ríos, de costumbres de pueblos de todo el mundo. Lo hacía con tanto detalle que se cuenta que una vez describió el puente de Westminster de Londres con tal precisión que un inglés que le escuchaba le preguntó cuántos años había vivido en Londres.

Kant nunca había estado en Londres. Nunca estuvo. Todo lo había sacado de libros y de conversaciones con viajeros y marineros del puerto.

Eso sí, hay que ser honestos. En esas clases de geografía y de antropología también repetía ideas sobre otros pueblos y otras razas que hoy nos parecen profundamente equivocadas e injustas, prejuicios muy extendidos en la Europa de su tiempo. Ni siquiera las grandes mentes están libres de los errores de su época, y conviene no esconderlo.

Volviendo a su carrera, sus clases tenían fama. No era un profesor aburrido, al menos en aquellos años. Sus alumnos contaban que era ingenioso, que tenía chispa, que hacía bromas y que, sobre todo, no quería que aprendieran filosofía como quien se aprende una lista de reyes. Decía algo que merece la pena recordar: que no se puede enseñar filosofía, solo se puede enseñar a filosofar. Es decir, que no quería loros que repitieran, sino personas que pensaran por sí mismas.

Uno de sus alumnos más famosos, Johann Gottfried Herder, que con el tiempo sería un pensador importante, lo recordaba como un hombre alegre, con una frente hecha para pensar y una conversación llena de gracia.

Pero mientras tanto, el puesto de catedrático no llegaba.

Lo intentó en mil setecientos cincuenta y seis, y no lo consiguió. Lo volvió a intentar en mil setecientos cincuenta y ocho, y tampoco. En mil setecientos sesenta y cuatro le ofrecieron la cátedra de poesía, y la rechazó, porque aquello no era lo suyo. Prefería esperar a la plaza adecuada antes que aceptar cualquier cosa.

Para redondear sus ingresos, llegó a trabajar como subbibliotecario en la biblioteca del castillo real. Un sueldo modesto, pero algo era algo.

Y así pasó los años. Uno tras otro.

Finalmente, en mil setecientos setenta, a los cuarenta y seis años, consiguió por fin la cátedra de lógica y metafísica en su universidad. La que había deseado siempre.

Cuarenta y seis años. Mucha gente a esa edad ya se ha resignado. Kant no. Pero lo más grande todavía no había empezado.

Antes de seguir, quiero que conozcas un poco al hombre de carne y hueso, porque detrás de la leyenda del filósofo frío y cuadriculado había alguien bastante más simpático de lo que se suele pensar.

De joven, Kant no era ningún ermitaño. Le gustaba vestir bien, iba a reuniones sociales, jugaba a las cartas y al billar, y por lo visto se le daba lo bastante bien como para sacarse unas monedas. Era buen conversador y muy apreciado en las cenas de la buena sociedad de Königsberg. Le gustaba la compañía de las mujeres inteligentes y era un invitado muy solicitado.

Nunca se casó, eso es verdad. Se cuenta que en un par de ocasiones estuvo a punto de pedir la mano de alguna dama, pero se lo pensó tanto, calculó tanto si sus ingresos le permitían mantener una familia, que cuando se decidió ya era tarde. Una se había casado con otro y la otra se había marchado de la ciudad. Hay quien dice que, de mayor, comentaba que cuando pudo haber necesitado una esposa no podía mantenerla, y cuando ya podía mantenerla ya no la necesitaba.

Hay una anécdota con un amigo suyo que lo retrata muy bien. Se llamaba Joseph Green y era un comerciante inglés afincado en Königsberg.

Resulta que Kant estaba un día en una reunión hablando de la guerra de independencia de las colonias americanas contra Inglaterra. Y Kant, delante de todos, defendió a los americanos y criticó a los ingleses con bastante energía.

De pronto, un hombre se levantó muy ofendido. Era Green. Dijo que aquello era un insulto a su país y retó a Kant a batirse en duelo.

Imagínate la escena. El pequeño profesor, con su pecho hundido, frente a un comerciante inglés furioso.

Pero Kant no se asustó. Siguió hablando, con calma, explicando sus razones, sus argumentos sobre la libertad de los pueblos y los derechos de los ciudadanos. Habló con tanta claridad y tanta sinceridad que, al final, Green se acercó, le tendió la mano y le dio la razón.

De aquel duelo que nunca ocurrió nació una de las amistades más profundas de la vida de Kant. Durante años, Kant iba casi todas las tardes a casa de Green. Charlaban durante horas. A veces Green se quedaba dormido en el sillón, Kant también daba una cabezadita, y luego llegaban otros amigos y seguían conversando hasta una hora fija en la que todos se marchaban.

Green era un hombre extremadamente puntual y ordenado. Y muchos piensan que buena parte de esa famosa rigidez de horarios de Kant se la contagió precisamente él.

Cuando Green murió, en mil setecientos ochenta y seis, Kant se quedó muy tocado. Dicen que desde entonces dejó de asistir a las reuniones de la tarde. Había perdido a su mejor amigo.

Y ahora sí, vamos con el primero de los misterios del principio. Ese largo silencio.

Cuando Kant consiguió su cátedra en mil setecientos setenta, presentó un trabajo académico en el que ya empezaba a apuntar ideas nuevas. Pero luego, durante once años, casi no publicó nada importante.

Sus colegas se extrañaban. Le escribían cartas preguntándole qué estaba haciendo. Algunos pensaban que ya había dado todo lo que tenía, que se había acomodado en su puesto y que ya no iba a hacer nada más.

Lo que nadie sabía es que Kant estaba metido en una pelea tremenda. Una pelea dentro de su propia cabeza.

Para entenderla, tenemos que hablar un momento del problema que tenía delante. Y tranquilo, que lo vamos a ver despacio y sin complicarnos.

En aquella época había dos grandes maneras de entender el conocimiento.

Por un lado estaban los llamados racionalistas, como Descartes o Leibniz. Ellos decían que la razón, por sí sola, podía descubrir grandes verdades. Que pensando con rigor, como quien resuelve un problema de matemáticas, podíamos llegar a saber cosas seguras sobre Dios, sobre el alma o sobre el origen del mundo.

Por otro lado estaban los empiristas, sobre todo los ingleses y escoceses, como Locke o David Hume. Ellos decían lo contrario. Que todo lo que sabemos nos llega por los sentidos, por la experiencia. Que nuestra mente al nacer es como una hoja en blanco y que todo lo que hay escrito en ella lo ha puesto la vida.

Kant había sido educado en la primera corriente, la racionalista. Estaba bastante cómodo ahí.

Hasta que leyó a David Hume.

Hume planteaba una cuestión que parece sencilla pero que es demoledora. Pensemos en una cosa tan corriente como la causa y el efecto. Pones la mano en el fuego y te quemas. Decimos que el fuego causa la quemadura.

Pero Hume preguntaba: ¿tú has visto alguna vez esa conexión necesaria? Lo que has visto es que primero hay fuego y luego hay quemadura. Muchas veces seguidas. Y por costumbre, tu mente da por hecho que siempre será así. Pero esa necesidad, esa seguridad de que tiene que pasar, no la ves con los ojos. La pones tú por costumbre.

Y si eso es así, la ciencia entera se tambalea. Porque la ciencia de Newton se basa en leyes necesarias, en que las cosas tienen que pasar de una manera y no de otra. Si todo es costumbre, entonces no sabemos nada con certeza. Solo tenemos hábitos.

Kant confesó después algo muy famoso. Dijo que fue Hume quien lo despertó de su «sueño dogmático». Es decir, que él vivía tranquilo creyéndose ciertas cosas sin haberlas examinado de verdad, y Hume le dio un buen meneo.

Pero Kant no quería quedarse con la respuesta de Hume. Porque él estaba convencido de que la ciencia de Newton sí era conocimiento verdadero. Entonces, ¿cómo se resolvía aquello?

Esa fue la pregunta que le tuvo encerrado durante once años.

Y en mil setecientos ochenta y uno, con cincuenta y siete años, publicó la respuesta. Un libro enorme, de más de ochocientas páginas, titulado «Crítica de la razón pura».

Aquí hay que aclarar una cosa. La palabra «crítica» no significa aquí criticar en el sentido de hablar mal de algo. Significa examinar, analizar, poner a prueba. Kant quería someter a la propia razón humana a un juicio. Ver qué puede conocer, qué no puede conocer y dónde están sus límites.

Es como si un juez, antes de juzgar a nadie, se examinara primero a sí mismo para saber si está capacitado para juzgar.

¿Y qué descubrió Kant?

Pues algo que él mismo comparó con lo que había hecho Copérnico en la astronomía.

Durante siglos se pensó que la Tierra estaba quieta y que el Sol y las estrellas giraban a su alrededor. Copérnico propuso darle la vuelta al asunto: a lo mejor somos nosotros los que nos movemos. Y de repente todo encajaba mejor.

Kant hizo algo parecido con el conocimiento. Hasta entonces, todo el mundo daba por hecho que nuestra mente es pasiva, que se limita a recibir y copiar la realidad tal como es, como un espejo.

Kant dijo: ¿y si es al revés? ¿Y si es nuestra mente la que da forma a lo que conocemos?

Vamos a verlo con un ejemplo muy sencillo que se suele utilizar. Supón que naces con unas gafas de cristales azules pegadas a la cara y que nunca te las puedes quitar. Todo lo que veas lo verás azulado. No porque las cosas sean azules, sino porque tus gafas lo tiñen todo de ese color. Y además, como nunca te las has quitado, ni siquiera sabes que las llevas.

Kant pensaba que nuestra mente funciona un poco así. Tiene unas «gafas» de fábrica, unas formas propias de organizar la realidad, y todo lo que conocemos pasa por ellas.

¿Cuáles son esas gafas?

Las primeras son el espacio y el tiempo. Kant decía que no podemos imaginar ninguna cosa que no esté en algún lugar o que no ocurra en algún momento. Inténtalo. Piensa en algo que no ocupe espacio ni esté en el tiempo. No puedes. Eso, según Kant, es porque el espacio y el tiempo no son cosas que encontremos ahí fuera, sino la forma en la que nuestra sensibilidad recibe todo lo que le llega.

Las segundas gafas son unos conceptos básicos con los que nuestro entendimiento ordena lo que percibimos. Kant las llamó categorías, y hizo una lista de doce. Entre ellas está, precisamente, la causalidad. La idea de causa y efecto.

¿Y ves por dónde va la cosa?

Hume tenía razón en que la conexión necesaria entre causa y efecto no la vemos con los ojos. Pero no es una simple costumbre. Es una de las reglas con las que nuestra mente organiza la experiencia. Por eso es universal y necesaria. Porque todos los seres humanos tenemos las mismas «gafas».

Así Kant salvaba la ciencia. La física de Newton es verdadera y segura, porque estudia el mundo tal como se nos aparece a todos, organizado por esas formas comunes.

Pero el precio que pagó por esa solución es altísimo.

Porque si todo lo que conocemos pasa por nuestras gafas, entonces nunca podemos saber cómo son las cosas en sí mismas, sin gafas. Solo conocemos las cosas tal como se nos aparecen. Kant llamó a esto fenómeno. Y a la realidad tal como es en sí misma, independientemente de nosotros, la llamó noúmeno o «cosa en sí».

La cosa en sí existe, pensaba Kant, pero para nosotros es inalcanzable. Es como el otro lado de una pared que nunca vamos a poder atravesar.

Y aquí viene la parte que hizo temblar a media Europa.

Si solo podemos conocer lo que aparece en el espacio y en el tiempo, lo que llega a nuestros sentidos, ¿qué pasa con las grandes preguntas de siempre? ¿Existe Dios? ¿Tenemos un alma inmortal? ¿El mundo tuvo un comienzo o ha existido siempre? ¿Somos libres o todo está determinado?

Ninguna de esas cosas aparece en la experiencia. Dios no se ve con un microscopio. El alma no se pesa en una balanza.

Kant demostró que cuando la razón intenta responder a esas preguntas por su cuenta, se mete en un callejón sin salida. Llega a conclusiones contradictorias. Puede construir argumentos aparentemente impecables para decir que el mundo tuvo un comienzo, y argumentos igual de impecables para decir que no lo tuvo. Kant llamó a esos choques «antinomias».

Es como si la razón, cuando se sale de su terreno, empezara a dar vueltas sobre sí misma, igual que un pájaro que intenta volar en el vacío. Kant usó una imagen muy bonita: la paloma que, al notar la resistencia del aire, piensa que volaría mucho mejor sin él, sin darse cuenta de que es justamente el aire lo que la sostiene.

Así que la conclusión era clara. Esas preguntas no se pueden demostrar. Ni a favor ni en contra.

Kant derribó así las pruebas clásicas de la existencia de Dios que los filósofos habían ido construyendo durante siglos. Pero ojo, porque eso no significa que se volviera ateo. Ni mucho menos.

Él mismo lo explicó con una frase que se ha hecho célebre: tuvo que limitar el saber para dejar sitio a la fe.

Es decir, lo que Kant hizo fue marcar una frontera. Por un lado está lo que podemos conocer, que es el terreno de la ciencia. Y por otro lado está lo que no podemos conocer pero sí podemos pensar, esperar, creer. Y el ateo que dice «está demostrado que Dios no existe» se equivoca exactamente igual que el que dice «está demostrado que existe». Ninguno de los dos puede demostrarlo.

¿Y cómo recibió el mundo este libro monumental?

Pues al principio, fatal.

Casi nadie lo entendió. Era larguísimo, difícil, lleno de términos nuevos. Algunos de sus amigos más cercanos le confesaron que se habían quedado a mitad. Uno le dijo que lo había dejado porque temía volverse loco si seguía leyendo. Salieron críticas que lo malinterpretaban por completo.

Kant, lejos de rendirse, publicó en mil setecientos ochenta y tres un libro más breve para explicarse mejor, y años después una segunda edición revisada de la Crítica. Y poco a poco, como una ola que tarda en llegar a la orilla pero que cuando llega lo arrasa todo, sus ideas empezaron a extenderse por las universidades alemanas. En pocos años, Kant pasó de ser un profesor de provincias a ser el filósofo más comentado de Alemania.

A los sesenta años.

Pero Kant no se quedó ahí. Porque si la ciencia no podía responder a las grandes preguntas sobre la libertad, Dios o el alma, había que buscar otro camino. Y ese camino, para él, era la moral.

En mil setecientos ochenta y cinco publicó un libro más corto, «Fundamentación de la metafísica de las costumbres», y en mil setecientos ochenta y ocho, la «Crítica de la razón práctica». Aquí nos metemos en la parte de Kant que más ha influido en la vida corriente de la gente, aunque muchos no lo sepan.

Kant se hace una pregunta muy sencilla y muy profunda a la vez: ¿qué hace que una acción sea buena de verdad?

Y su respuesta empieza con una idea muy fuerte. Dice que lo único que es bueno sin ninguna condición en este mundo es una buena voluntad.

La inteligencia es buena, pero un criminal inteligente es más peligroso. El valor es bueno, pero un asesino valiente es peor. La riqueza es buena, pero puede corromper. En cambio, la buena voluntad, las ganas sinceras de hacer lo correcto, es buena siempre, aunque no consiga su objetivo. Kant dice que brillaría como una joya por sí misma, aunque las circunstancias le impidieran lograr nada.

Actuar por deber: la ética más allá del interés

Y entonces pone un ejemplo que me parece magnífico.

Piensa en un tendero que nunca engaña a sus clientes. Les da el cambio exacto, no se aprovecha de los niños ni de los despistados. Muy bien. Pero ahora pregúntate por qué lo hace.

A lo mejor lo hace porque le conviene. Porque si se corre la voz de que engaña, perderá clientes. En ese caso, actúa de manera correcta, sí, pero por interés. Kant diría que su acción es conforme al deber, pero no tiene verdadero valor moral.

En cambio, si el tendero no engaña porque sabe que engañar está mal, y no lo haría aunque nadie se fuera a enterar nunca, entonces sí, ahí hay valor moral.

Lo que importa para Kant no es solo lo que haces, sino por qué lo haces.

¿Y cómo sabemos qué es lo correcto?

Aquí Kant distingue dos tipos de mandatos. Hay unos que dependen de lo que quieras conseguir. Por ejemplo: «si quieres estar en forma, haz ejercicio». Si no te importa estar en forma, el consejo deja de valer. A eso lo llamó imperativos hipotéticos. Son condicionales.

Pero la moral, según Kant, no funciona así. La moral no dice «no mientas si quieres que te vaya bien». Dice simplemente «no mientas». Sin condiciones. A eso lo llamó imperativo categórico.

Y Kant lo formuló de varias maneras. La primera, dicho de forma sencilla, viene a ser esto: actúa solo de una manera que pudieras querer que se convirtiera en una ley para todo el mundo.

Pongamos un ejemplo que usa el propio Kant. Estás en apuros de dinero y le pides un préstamo a alguien, prometiéndole que se lo devolverás, aunque sabes perfectamente que no vas a poder. ¿Está bien?

Hazte la pregunta de Kant. ¿Qué pasaría si todo el mundo hiciera eso? Si todo el mundo hiciera promesas falsas cuando le conviene, nadie se creería ya ninguna promesa. Las promesas dejarían de existir. Es decir, tu forma de actuar solo funciona porque los demás no actúan como tú. Te estás haciendo una excepción a ti mismo. Y eso es precisamente lo que delata que está mal.

Es algo que, en el fondo, todos aprendimos de pequeños con aquella pregunta de nuestras madres o nuestros abuelos: «¿y si todo el mundo hiciera lo mismo?». Kant le dio a esa pregunta tan de andar por casa una profundidad filosófica enorme.

Pero la formulación que a mí más me emociona es la segunda. Kant la expresa más o menos así: trata siempre a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, como un fin y nunca simplemente como un medio.

¿Qué quiere decir eso?

Que las personas no son herramientas. Que no puedes usar a nadie como si fuera un objeto para conseguir lo que quieres. Claro que nos servimos unos de otros todos los días. El panadero me sirve para tener pan y yo le sirvo a él para ganarse la vida. Eso no es malo. Lo malo es tratar a alguien solo como un medio, olvidando que es una persona con su propia dignidad, con sus propios fines, con su propia vida.

Kant distinguía entre las cosas que tienen precio y las que tienen dignidad. Lo que tiene precio se puede sustituir por otra cosa equivalente. Un coche se cambia por otro coche. Pero una persona no tiene precio, tiene dignidad. No se puede sustituir ni comprar.

Esta idea, que hoy nos parece tan natural, está en la base de muchísimas cosas que damos por sentadas. Está detrás del rechazo a la esclavitud, de la idea de los derechos humanos, de que nadie puede ser utilizado como un objeto, por muy pobre o muy débil que sea. Cuando las constituciones modernas hablan de la dignidad humana, por debajo late, en buena medida, el pensamiento de Kant.

Y hay otra palabra clave en su ética: autonomía.

Kant pensaba que la verdadera moral no consiste en obedecer normas que nos imponen desde fuera, ya sea el miedo al castigo, la presión de los demás o la esperanza de una recompensa. Eso es lo que él llamaba heteronomía, que viene a significar que la ley te la pone otro. La moral de verdad es cuando tú mismo, usando tu razón, reconoces lo que es correcto y te lo exiges a ti mismo.

¿Recuerdas al niño que sufría en aquel colegio donde le obligaban a mostrar devoción? Pues aquí está la respuesta del hombre adulto. La moral no se impone a palos. Nace de dentro.

Ahora bien, también hay que decir que la ética de Kant es muy exigente. A veces, demasiado.

Ya muy mayor, tuvo una polémica famosa con un pensador francés, Benjamin Constant, sobre este caso. Supón que un asesino llama a tu puerta y te pregunta si tu amigo, al que está persiguiendo, se ha escondido en tu casa. ¿Puedes mentirle?

La mayoría de nosotros diríamos que por supuesto. Que mentir para salvar una vida es lo correcto.

Kant, sorprendentemente, sostuvo que no. Que mentir nunca está permitido, ni siquiera en ese caso.

Muchos de sus seguidores han intentado matizar esta postura y los filósofos siguen discutiéndola hoy. Pero nos muestra algo importante de Kant: llevaba sus principios hasta el final, aunque las conclusiones resultaran incómodas. No era un hombre de medias tintas.

Y aquí llega algo que conecta con lo que dijimos antes. La razón teórica no podía demostrar que somos libres, ni que hay un Dios, ni que el alma es inmortal. Pero la vida moral, decía Kant, nos obliga a suponerlo.

Si sentimos el deber, es que tenemos que poder cumplirlo, y eso significa que somos libres. Porque nadie puede estar obligado a algo que no está en su mano. Y como en este mundo los buenos muchas veces sufren y los malvados prosperan, la razón práctica necesita esperar que haya un orden más allá, un Dios justo y una vida que continúe. Kant los llamó postulados. No son demostraciones, son exigencias del corazón moral.

Fue en esta obra, la «Crítica de la razón práctica», donde escribió aquella frase que te prometí al principio, la que conecta con el niño que paseaba de la mano de su madre mirando las estrellas:

«Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto siempre nuevos y crecientes, cuanto más a menudo y con más constancia reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.»

El cielo estrellado, que nos hace sentir diminutos ante la inmensidad del universo. Y la ley moral, que nos devuelve nuestra grandeza, porque nos dice que, por pequeños que seamos, tenemos dentro algo que vale más que todas las estrellas.

Kant completó su gran edificio con una tercera obra en mil setecientos noventa, la «Crítica del juicio», dedicada, entre otras cosas, a la belleza y al arte.

Y aquí dice cosas preciosas. Por ejemplo, que cuando algo nos parece bello de verdad, lo disfrutamos sin ningún interés. No queremos poseerlo, ni comerlo, ni sacarle partido. Simplemente lo contemplamos. Una puesta de sol no te sirve para nada práctico, y sin embargo te detiene.

Y además, cuando decimos que algo es bello, no decimos «a mí me gusta», como quien dice que le gusta el vino dulce. Decimos «esto es bello», como si esperáramos que todo el mundo estuviera de acuerdo. Hay algo en la belleza que nos une.

Habló también de lo sublime. De esa sensación que tenemos ante una tormenta en el mar, ante una montaña inmensa, ante un cielo cargado de rayos. Nos sentimos pequeños, casi amenazados, y a la vez algo dentro de nosotros se eleva. Porque descubrimos que, aunque la naturaleza pueda aplastarnos físicamente, hay en nosotros una dignidad que la naturaleza no puede tocar.

Sin haber salido nunca de su tierra, Kant había conseguido pensar el universo entero, la ciencia, la moral y la belleza.

Y ahora vamos con el segundo misterio. El día en que no salió a pasear.

Pero antes, déjame contarte cómo era ese día normal de Kant, porque es casi una leyenda en sí mismo.

Su criado, un antiguo soldado llamado Martin Lampe, entraba en su habitación cada mañana a las cinco menos cinco y le decía siempre la misma frase: «Es la hora». Y Kant, que le había dado orden de no dejarle dormir ni un minuto más aunque protestara, se levantaba sin rechistar.

Se tomaba una o dos tazas de té muy flojo, y fumaba una sola pipa. Una. Mientras, repasaba sus clases. De siete a nueve, más o menos, daba clase. Luego escribía hasta el mediodía.

A la hora de comer llegaba uno de los momentos más importantes del día. Kant comía una sola vez al día y lo hacía con invitados. Tenía una regla: el número de comensales debía estar entre el de las Gracias, que eran tres, y el de las Musas, que eran nueve. Ni menos de tres, para que hubiera conversación, ni más de nueve, para que no se formaran corrillos.

Y en esas comidas, prohibido hablar de filosofía. Se hablaba de política, de ciencia, de noticias del mundo, de comida, de lo que fuera. Las sobremesas duraban horas. Kant era un anfitrión generoso y divertido, muy lejos de la imagen de hombre seco que tenemos.

Y después, el famoso paseo. Siempre a la misma hora, siempre por el mismo camino, una avenida arbolada que acabaron llamando «el paseo del filósofo». Iba solo, porque tenía la manía de respirar únicamente por la nariz, ya que pensaba que era más sano, y si iba acompañado tendría que hablar y abrir la boca.

Por la tarde leía, y a las diez en punto se acostaba.

Así un día, y otro, y otro, durante años.

De ahí nace la leyenda de que los vecinos ponían en hora sus relojes al verle pasar. Probablemente es una exageración, pero refleja muy bien cómo lo veía la gente.

Pues bien. Cuentan que, en todos esos años, hubo una ocasión en que Kant no apareció a la hora de su paseo.

¿Qué había pasado?

Se había quedado en casa leyendo un libro. Un libro que le atrapó de tal manera que no pudo soltarlo. Era el «Emilio», de Jean-Jacques Rousseau, una obra sobre la educación y sobre la bondad natural del ser humano.

Hay otra versión de la historia que dice que lo que le hizo romper su rutina fue la espera de las noticias de la Revolución francesa, que él siguió con enorme interés. Como pasa con muchas leyendas, no sabemos con total seguridad cuál es la verdadera. Pero lo de Rousseau tiene mucho sentido, y te explico por qué.

En toda la casa de Kant había un solo cuadro colgado en la pared. Uno solo. Un retrato de Rousseau.

Kant escribió una confesión muy bonita sobre él. Dijo que durante un tiempo había despreciado a la gente sencilla que no sabía nada, porque creía que el valor de un ser humano estaba en su conocimiento. Y que Rousseau le había corregido. Que le había enseñado a respetar a los seres humanos por lo que son, no por lo que saben. Y que se consideraría más inútil que el trabajador más humilde si su filosofía no sirviera para defender los derechos de la humanidad.

Fíjate qué cosa. El hijo del guarnicionero, convertido en el sabio más grande de su tiempo, reconociendo que estuvo a punto de olvidar de dónde venía, y que un libro le devolvió al buen camino.

Ese libro le hizo faltar a su paseo. Y si lo piensas bien, ese día en que rompió su rutina explica toda su filosofía moral: la dignidad de cualquier persona, sea quien sea.

Kant también se preocupó mucho por la sociedad y la política. En mil setecientos ochenta y cuatro, un periódico de Berlín lanzó una pregunta: ¿qué es la Ilustración? Kant respondió con un artículo breve que hoy se sigue leyendo en institutos y universidades.

Decía que la Ilustración es la salida del ser humano de su minoría de edad. Y que esa minoría de edad es culpa de uno mismo. No porque nos falte inteligencia, sino porque nos falta valor para usarla sin que nadie nos lleve de la mano.

Y lo explicaba con una claridad que asusta. Es muy cómodo, decía, ser menor de edad. Si tengo un libro que piensa por mí, un sacerdote que tiene conciencia por mí, un médico que decide mi dieta por mí, no necesito esforzarme. No necesito pensar.

Y lanzaba un lema en latín que se convirtió en el grito de toda una época: «Sapere aude». Atrévete a saber. Ten el valor de servirte de tu propia razón.

Pero ese atrevimiento le iba a traer problemas.

En mil setecientos ochenta y seis murió el rey Federico el Grande, un monarca que, con todos sus defectos, había permitido bastante libertad de pensamiento. Le sucedió su sobrino, Federico Guillermo segundo, mucho más conservador en lo religioso, rodeado de consejeros que veían con malos ojos todo lo que oliera a crítica de la religión oficial.

En mil setecientos noventa y tres, Kant publicó un libro titulado «La religión dentro de los límites de la mera razón». En él defendía que la esencia de la religión es la vida moral, y no los ritos ni los dogmas.

Al año siguiente recibió una carta del propio rey. Una carta de reprimenda en toda regla. Le acusaban de deformar y menospreciar las doctrinas fundamentales del cristianismo, y le advertían de que, si seguía por ese camino, habría consecuencias desagradables.

Kant tenía setenta años. ¿Y qué hizo?

Contestó con mucha prudencia. Prometió, como «el más fiel súbdito de Su Majestad», no volver a escribir ni a dar clases sobre religión. Y cumplió.

Pero fíjate en el detalle. Esa expresión, «como el más fiel súbdito de Su Majestad», la eligió con cuidado. Porque en su cabeza aquella promesa le ataba a ese rey en concreto. Y cuando el rey murió, en mil setecientos noventa y siete, Kant se consideró libre de su palabra y volvió a publicar sobre esos temas.

Hay quien lo ha visto como una pequeña astucia. Otros lo ven como el gesto de un hombre que no quería ni mentir ni renunciar del todo a sus ideas. Juzga tú mismo.

Y todavía le quedaba una obra que, vista desde hoy, parece casi una profecía. En mil setecientos noventa y cinco publicó un pequeño libro titulado «Sobre la paz perpetua».

El título lo sacó, con algo de ironía, del cartel de una posada holandesa que mostraba un cementerio. La paz perpetua de los muertos. Kant quería encontrar otra, la de los vivos.

En ese libro proponía que los Estados tuvieran constituciones en las que los ciudadanos participaran en las decisiones, porque pensaba que si son los propios ciudadanos los que tienen que pagar la guerra con su dinero y con su sangre, se lo pensarán mucho antes de empezarla. Proponía también una federación de pueblos libres que resolvieran sus conflictos mediante acuerdos y no a cañonazos. Y defendía el derecho de cualquier persona a ser recibida con hospitalidad en cualquier lugar de la Tierra, porque, decía, la Tierra es redonda y no podemos dispersarnos hasta el infinito, así que tenemos que acabar soportándonos unos a otros.

Más de un siglo después, tras dos guerras mundiales espantosas, nacieron la Sociedad de Naciones y luego las Naciones Unidas. Y en las ideas que las inspiraron se reconoce, en buena parte, la huella de aquel profesor de Königsberg.

Y llegamos a los últimos años. Y al último de nuestros misterios.

Kant dejó de dar clases en mil setecientos noventa y seis, con setenta y dos años. Siguió escribiendo, pero poco a poco las fuerzas le fueron fallando. Primero la memoria. Luego la vista. Empezó a perder el hilo de las conversaciones, a repetir las mismas historias, a olvidar palabras.

Para un hombre que había vivido para pensar, aquello era terrible. Y él lo sabía.

Y fue en esa época cuando ocurrió lo de su criado, Martin Lampe.

Lampe había estado a su lado unos cuarenta años. Era el que le despertaba cada mañana con aquel «Es la hora». El que le acompañaba de lejos en sus paseos con un paraguas por si llovía. Formaba parte de su vida tanto como sus libros.

Pero con los años, Lampe empezó a beber más de la cuenta, a comportarse mal, a aprovecharse de la debilidad de su amo. Al parecer, llegó a faltarle al respeto de forma grave. Y en mil ochocientos dos, Kant, muy a su pesar, tuvo que despedirlo.

Y aquí está la frase misteriosa. Para un hombre tan dependiente de sus costumbres, el cambio fue un trastorno enorme. El nuevo criado lo hacía todo bien, pero Kant se equivocaba y le llamaba Lampe. Le costaba muchísimo. Así que, para obligarse a olvidarlo, escribió en su cuaderno de notas: «El nombre de Lampe debe ser ahora olvidado por completo».

Piénsalo un momento. El gran filósofo de la razón, el que había explicado cómo funciona la mente humana, escribiendo una nota para ordenar a su propia memoria que olvidara. Y precisamente al escribirla, la estaba recordando.

Hay algo muy humano, y muy tierno, en esa nota. Porque nos dice que hasta las mentes más grandes están atadas a sus afectos, a sus costumbres, a las personas que han compartido su día a día. Por mucho que nos digamos que algo hay que olvidarlo, el corazón tiene su propia memoria.

En sus últimos meses lo cuidó un antiguo alumno, un pastor llamado Wasianski, con muchísimo cariño. Cuentan que, pocos días antes de morir, ya casi ciego y muy débil, recibió la visita de su médico. Kant se levantó con gran esfuerzo de su silla y no quiso sentarse hasta que el médico se sentara primero. Cuando por fin lo hizo, Kant murmuró que el sentido de la humanidad todavía no le había abandonado.

Hasta el final, el respeto por la dignidad del otro.

El doce de febrero de mil ochocientos cuatro, poco antes de cumplir ochenta años, le dieron a beber un poco de vino con agua. Lo probó y dijo sus últimas palabras: «Es gut». Está bien.

Al entierro acudió una multitud. La ciudad entera quiso despedirle. Le enterraron junto a la catedral de Königsberg.

Y aquí la historia tiene un epílogo curioso. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad quedó prácticamente arrasada por los bombardeos y los combates. La catedral quedó en ruinas. Después de la guerra, la ciudad pasó a manos de la Unión Soviética, fue repoblada y rebautizada como Kaliningrado. Casi todo lo alemán desapareció.

Pero la tumba de Kant sobrevivió.

Hoy sigue allí, junto a la catedral reconstruida, y los recién casados de la ciudad tienen la costumbre de ir a llevarle flores. Y en una pared cercana hay una placa con aquella frase: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.

Después de su muerte, su influencia fue sencillamente gigantesca. Los grandes filósofos alemanes que vinieron después, Fichte, Schelling, Hegel o Schopenhauer, partieron de él, aunque fuera para llevarle la contraria. El poeta Heinrich Heine escribió que la vida de Kant era difícil de contar porque no tenía ni vida ni historia, que vivía una existencia mecánica y casi abstracta en una callejuela de una ciudad de provincias. Pero que aquel hombrecillo tan ordenado había provocado una revolución en el pensamiento más radical que cualquier revolución política. Y que si los vecinos de Königsberg hubieran sabido lo que pasaba por su cabeza, se habrían echado a temblar al verle pasar.

Hasta aquí la historia. Y ahora déjame que te diga lo que pienso yo.

Cuando uno conoce la vida de Kant, lo primero que le llama la atención es la rutina, los horarios, el paseo a la misma hora. Y es fácil quedarse con la caricatura del filósofo raro y cuadriculado.

Pero yo creo que la verdadera lección de Kant está en otra parte.

Está en un hombre que nació sin nada, que perdió a su madre siendo un niño, que tuvo que ganarse la vida de profesor de casa en casa, que vio cómo su mejor idea de juventud se perdía en el almacén de un editor arruinado, que fue rechazado una y otra vez para el puesto que deseaba, y que no se rindió. Que siguió trabajando, callado, durante años, sin que nadie le aplaudiera. Que se tomó once años para pensar una sola pregunta, sin prisas, mientras otros le daban por acabado. Y que escribió lo mejor de su vida cuando ya pasaba de los cincuenta y siete.

En un mundo como el nuestro, donde parece que todo tiene que ocurrir rápido y donde a partir de cierta edad parece que ya no tienes nada que aportar, Kant es la prueba viviente de lo contrario. La madurez no es el final del camino. A veces es justo el momento en que uno, por fin, sabe lo que quiere decir.

Y luego está su idea central. Que cada persona tiene dignidad y no precio. Que no se usa a nadie como si fuera una herramienta. Que lo que hace buena una acción es la intención honrada con la que se hace, aunque nadie te esté mirando. Que hay que atreverse a pensar por uno mismo.

Son ideas que, en el fondo, muchos aprendimos en casa, de padres y abuelos que nunca leyeron a Kant. Gente sencilla, como el guarnicionero de Königsberg y su mujer, que enseñaban que la palabra dada se cumple y que a las personas se las respeta. Kant no inventó la decencia. Lo que hizo fue demostrar, con toda la fuerza de la razón, que esa decencia de la gente sencilla tiene unos cimientos tan sólidos como las leyes de los planetas.

Por eso creo que aquella frase de su tumba sigue siendo tan actual. Mira al cielo de noche y te sentirás pequeño. Pero mira dentro de ti, a esa voz que te dice lo que está bien aunque te cueste, y descubrirás que no eres tan pequeño como pensabas.

Kant nunca salió de su ciudad. Pero, desde ella, nos enseñó a todos a viajar muy lejos sin movernos de casa.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.