Hay un hombre que, a punto de cumplir setenta años, vuelve a su pueblo después de casi catorce años dando vueltas por el mundo.
Vuelve cansado. Vuelve con la ropa gastada y con los bolsillos vacíos.
Y vuelve, sobre todo, con la sensación de haber fracasado.
Había intentado lo que se propuso desde joven, y no lo había conseguido. Había llamado a la puerta de reyes y de príncipes, y ninguno le hizo verdadero caso. Había pasado hambre. Había estado a punto de morir más de una vez. Le habían rodeado soldados que lo confundieron con otro. Un día, por los caminos, alguien lo describió como "un perro sin dueño". Y él, en lugar de enfadarse, se echó a reír y dijo que era verdad.
Ese hombre muere pocos años después. Sin poder, sin riquezas, sin haber visto cumplido su sueño.
Y aquí viene lo curioso.
Dos mil quinientos años más tarde, sus palabras siguen marcando la forma de pensar de cientos de millones de personas. Imperios enteros se organizaron según sus ideas. Durante siglos, para ser funcionario en el país más poblado del planeta había que aprenderse de memoria lo que él dijo. Hubo un emperador que quemó sus libros y gobernantes que intentaron borrarlo de la historia. Y en el siglo veinte hubo jóvenes que destrozaron su tumba. No lo consiguieron. Hoy su nombre está en escuelas de todo el mundo.
¿Cómo es posible que alguien que se sentía un fracasado acabe siendo uno de los hombres más influyentes que han existido?
Y hay otra pregunta que a lo mejor te toca más de cerca. Muchos hemos llegado a cierta edad mirando hacia atrás con la sensación de que las cosas no salieron como esperábamos. De que trabajamos, peleamos, hicimos lo que creíamos correcto… y el mundo no siempre nos lo reconoció.
Este hombre conoció muy bien esa sensación. Pero al final de su vida dejó una frase sobre lo que significa envejecer que, cuando la entiendes, te cambia la manera de mirar tus propios años. Esa frase te la voy a contar más adelante, en el momento adecuado.
Porque hoy vamos a hablar de Confucio.
No del Confucio de las frases bonitas en las tazas de café ni del de los chistes. Del hombre de carne y hueso. Del niño pobre, del funcionario honrado, del maestro que nunca se rindió y del viejo que enterró a casi todos los que quería.
Vamos a empezar por el principio.
Para entender a Confucio hay que entender primero el mundo en el que nació, porque sus ideas no salieron de la nada. Fueron una respuesta a un tiempo de caos.
Estamos en China, hace unos dos mil quinientos setenta años. En aquella época China no era un país unido como lo conocemos hoy. Había un rey, el de la dinastía Zhou, que en teoría mandaba sobre todo el territorio. Pero solo en teoría.
Durante siglos los reyes Zhou habían repartido tierras entre familiares y nobles fieles, y cada uno gobernaba su trozo como un pequeño estado. Al principio funcionaba. Había un orden, unas costumbres, unos rituales que todo el mundo respetaba. Cada cual sabía cuál era su lugar.
Con el paso del tiempo ese orden se fue pudriendo. El rey perdió poder. Los señores de cada estado empezaron a actuar por su cuenta, a guerrear entre ellos y a quitarse tierras. Y dentro de cada estado pasaba lo mismo a menor escala: las grandes familias nobles le comían el terreno a su propio señor.
Era un mundo donde la palabra dada valía poco. Donde los hijos traicionaban a los padres por una herencia y los ministros asesinaban a sus príncipes. Un mundo donde mandaba el que tenía más fuerza y no el que tenía más razón.
Los historiadores llaman a esa época el periodo de las Primaveras y Otoños, por el nombre de una crónica de entonces. El nombre suena poético, pero de poético tenía poco.
En uno de esos pequeños estados, llamado Lu, en lo que hoy es la provincia de Shandong, al este de China, nació nuestro protagonista. La fecha que se da tradicionalmente es el año quinientos cincuenta y uno antes de Cristo.
Los orígenes de Confucio y su vocación de aprendizaje
Su nacimiento ya tiene algo de historia curiosa.
Su padre se llamaba Shuliang He. Era un militar, un soldado veterano con fama de valiente y de una fuerza física enorme. Cuentan que en una batalla sostuvo él solo una pesada compuerta de una muralla para que sus compañeros pudieran escapar. Pertenecía a una familia de la baja nobleza que venía a menos, de esas que conservan un apellido con cierto prestigio pero ya no tienen fortuna.
Este hombre ya era mayor. Muy mayor para la época. Las fuentes antiguas dicen que rondaba los setenta años. Tenía varias hijas y un solo hijo varón, que había nacido con un problema en una pierna. Y en aquella sociedad, donde el culto a los antepasados lo era todo, necesitaba un heredero sano que pudiera hacerse cargo de los ritos familiares cuando él muriera.
Así que se unió con una muchacha muy joven, de apenas diecisiete años, llamada Yan Zhengzai.
Los antiguos historiadores chinos describen esa unión con una expresión un tanto incómoda, que se ha traducido como "unión fuera de lo apropiado". Se ha discutido mucho qué quería decir exactamente. Algunos creen que se refería a la enorme diferencia de edad, y otros a que no se siguieron los ritos matrimoniales completos. Sea como sea, el comienzo de la vida de Confucio ya estaba un poco fuera de las normas.
Cuenta la tradición que la pareja fue a rezar a una colina cercana, el monte Ni, para pedir un hijo. Y que el niño nació con una forma peculiar en la cabeza, con una especie de hundimiento en la parte de arriba. Por eso, y por la colina, le pusieron de nombre Qiu, que significa precisamente "colina". Más tarde recibiría también el nombre de Zhongni.
Lo de Confucio vino mucho después. Sus discípulos lo llamaban Kong Fuzi, que viene a significar "el maestro Kong". Siglos más tarde, cuando los misioneros jesuitas europeos llegaron a China, latinizaron ese nombre y lo convirtieron en Confucius. Y así ha llegado hasta nosotros.
Pero volvamos al niño.
Cuando el pequeño Qiu tenía unos tres años, su padre murió.
Y aquí la vida se le complicó del todo. La madre, joven y sin el respaldo de la familia del marido, se quedó sola con el niño. No hay registros de que la familia de Shuliang He la ayudara. Al contrario, parece que se mudó a la capital del estado, Qufu, y allí sacó adelante a su hijo como pudo.
Crecieron en la pobreza.
Muchos años después, cuando Confucio ya era un maestro respetado, alguien se maravilló de lo mucho que sabía hacer. Y él respondió, más o menos, esto: "De joven fui pobre, por eso aprendí a hacer muchas cosas humildes".
Esa frase dice mucho de él. No había nacido en un palacio con maestros particulares. Tuvo que espabilarse.
Cuentan que de niño, mientras otros chavales jugaban a las guerras, él jugaba a colocar vasijas y platos como si estuviera celebrando ceremonias. Imitaba los ritos que veía hacer a los mayores. Puede que sea una de esas historias que se inventan después para adornar la infancia de un gran hombre, pero encaja con lo que vino luego. Desde muy pronto le fascinó el orden, la ceremonia, la forma correcta de hacer las cosas.
Su madre murió cuando él era todavía muy joven. Las fuentes no coinciden, pero debió de rondar los diecisiete años, quizá algo más.
Y aquí hay un detalle que retrata su carácter. Confucio quería enterrar a su madre junto a su padre, como mandaban las costumbres. Pero no sabía dónde estaba enterrado su padre. Su madre, por los motivos que fuera, nunca se lo había dicho. Así que colocó provisionalmente el ataúd de su madre en un cruce de caminos y se puso a preguntar a todo el que pasaba, hasta que una anciana del lugar le indicó dónde estaba la tumba. Entonces enterró a sus padres juntos.
Un muchacho huérfano, sin dinero, empeñado en hacer las cosas como debían hacerse aunque nadie se lo exigiera. Ahí ya estaba el Confucio de después.
Hacia los diecinueve años se casó con una mujer de la familia Qiguan. Sabemos poquísimo de ella, casi nada. Al año siguiente nació su hijo. Y aquí hay otra anécdota bonita: el señor del estado de Lu, por algún motivo, le envió como regalo una carpa. Confucio, agradecido, llamó a su hijo Li, que significa "carpa". También tuvo al menos una hija.
Para mantener a su familia empezó a trabajar en puestos modestos al servicio de la familia Ji, una de las más poderosas de Lu. Primero llevó las cuentas de los graneros. Después se encargó de cuidar el ganado.
Y aquí viene algo que me parece admirable. No eran trabajos brillantes. Era un hombre inteligente haciendo tareas de contable y de capataz. Pero él mismo decía después que, cuando llevaba los graneros, se preocupaba de que las cuentas cuadraran, y cuando cuidaba el ganado, de que los animales estuvieran gordos y sanos. Ni más ni menos.
Hacer bien lo que te toca, aunque sea pequeño. Esa idea sería después uno de los pilares de su pensamiento.
Mientras tanto, estudiaba sin parar. En aquella época, un caballero de buena educación debía dominar lo que llamaban las seis artes: los ritos, la música, el tiro con arco, la conducción de carros, la escritura y las matemáticas. Confucio se empeñó en dominarlas todas. Y no tuvo un único maestro. Aprendía de quien podía. Él mismo decía que entre tres personas que caminan juntas siempre hay alguna de la que puedes aprender algo: de lo bueno que tienen, para imitarlo, y de lo malo, para corregirlo en ti mismo.
Se cuenta que estudió música con un maestro llamado Shi Xiang y que se pasó días tocando la misma pieza una y otra vez. El maestro le decía que ya podía pasar a otra, y él respondía que todavía no había captado el ritmo. Luego, que aún no había captado la intención. Luego, que todavía no sabía qué clase de hombre la había compuesto. Hasta que un día dijo que ya veía al autor: un hombre alto, de mirada lejana, que gobernaba el mundo. Era el rey Wen, uno de los fundadores de la dinastía Zhou, el gran héroe de Confucio. El maestro se levantó, le hizo una reverencia y le confesó que esa pieza era, efectivamente, la del rey Wen.
Exagerada o no, la historia muestra cómo aprendía: hasta el fondo, sin conformarse con la superficie.
Hacia los treinta años ocurrió algo que cambió su vida. Empezó a tener alumnos.
Y aquí Confucio hizo algo revolucionario, aunque hoy nos parezca normal.
En aquella China, la educación era cosa de nobles. Los hijos de las grandes familias tenían tutores y los demás se quedaban como estaban. Confucio dijo que no. Que en la enseñanza no debía haber distinción de clases. Que él enseñaría a cualquiera que viniera con ganas de aprender, aunque solo pudiera pagarle con un manojo de tiras de carne seca, que era el regalo más humilde que se podía ofrecer.
Piénsalo un momento. Hace dos mil quinientos años, un hombre decidió que el valor de una persona no dependía de la cuna en la que había nacido, sino de su esfuerzo por mejorar. Que la nobleza de verdad no se heredaba, se ganaba.
Sus alumnos fueron de lo más variado. Había hijos de nobles, pero también chicos pobres, gente de pueblo y hasta algún antiguo maleante.
Uno de ellos se llamaba Zilu. Era un tipo impulsivo, valiente hasta la temeridad, de esos que primero dan el puñetazo y luego preguntan. Se dice que al principio fue a burlarse de Confucio, y que acabó convertido en su discípulo más fiel. Confucio lo regañaba constantemente por su precipitación, pero lo quería muchísimo.
Otro era Zigong, listísimo, con mucha labia, buen comerciante, que con el tiempo se haría rico y sería un diplomático brillante.
Y estaba Yan Hui. De este hay que acordarse, porque será importante más adelante. Yan Hui era pobre de solemnidad. Vivía en un callejón miserable, con un cuenco de arroz y una calabaza de agua por todo sustento. Y sin embargo, decía Confucio, nunca perdía la alegría. Era el alumno favorito del maestro, el que mejor lo entendía. Confucio llegó a decir que Yan Hui era capaz de no apartarse de la virtud durante meses enteros, mientras que los demás lo lograban durante un día o un mes como mucho.
La tradición dice que a lo largo de su vida Confucio tuvo unos tres mil alumnos, y que setenta y dos de ellos llegaron a dominar las seis artes. Seguramente son números redondeados con el tiempo, pero dan una idea de su fama.
Ahora bien, Confucio no quería ser solo maestro. Su verdadera ambición era otra. Quería gobernar. O mejor dicho, quería que algún gobernante le dejara poner en práctica sus ideas. Estaba convencido de que, si un príncipe le daba la oportunidad, en pocos años podría transformar un estado entero.
Y la oportunidad tardó mucho en llegar.
Cuando Confucio tenía unos treinta y cinco años, el estado de Lu estalló. Hay que explicar un poco la situación. En Lu, el poder real no lo tenía el duque, que era el señor legítimo. Lo tenían tres grandes familias nobles: los Ji, los Meng y los Shu. Eran como tres clanes mafiosos que se repartían el estado y dejaban al duque como un adorno.
Confucio lo detestaba. Hay una historia famosa: la familia Ji celebró una fiesta en su casa con ocho filas de ocho bailarines. Eso, según los ritos antiguos, era un privilegio reservado únicamente al rey. Confucio, indignado, dijo: "Si esto se puede tolerar, ¿qué no se podrá tolerar?".
A nosotros nos puede parecer una tontería enfadarse por unos bailarines. Pero para él no era una cuestión de baile. Era un síntoma. Si una familia se atrevía a usurpar los símbolos del rey, era porque ya no respetaba ningún límite. Y donde no hay límites, empieza el caos.
Pues bien, en el año quinientos diecisiete antes de Cristo, el duque Zhao de Lu intentó quitarse de encima a la familia Ji. Le salió fatal. Las tres familias se unieron contra él y el duque tuvo que huir al estado vecino de Qi.
Confucio también se marchó a Qi.
Allí vivió una de las experiencias que más le marcaron. Escuchó por primera vez la música Shao, una música antiquísima que se atribuía al legendario emperador Shun. Le impresionó tanto que, según cuentan sus discípulos, durante tres meses no fue capaz de distinguir el sabor de la carne. Él mismo dijo que nunca había imaginado que la música pudiera llegar a tanta perfección.
En Qi tuvo además una entrevista con el duque Jing, que le preguntó por el arte de gobernar. Y Confucio le contestó con una de sus frases más célebres: "Que el príncipe sea príncipe, que el ministro sea ministro, que el padre sea padre y que el hijo sea hijo".
Parece una perogrullada, pero no lo es. Lo que estaba diciendo es que cada uno tiene que cumplir con lo que le corresponde por su papel. Que un padre que no se comporta como padre no merece ese nombre, y lo mismo un rey que no se comporta como rey. Cuando los nombres y la realidad no coinciden, todo se desmorona.
A esto se le llamó después "la rectificación de los nombres", y es una idea más profunda de lo que parece. Otro día, un discípulo le preguntó qué haría primero si le dieran el gobierno de un estado, y Confucio respondió que lo primero sería corregir los nombres. Que si los nombres no son correctos, el lenguaje no se ajusta a la verdad; si el lenguaje no se ajusta a la verdad, las cosas no se pueden llevar a cabo; y si las cosas no se llevan a cabo, al final el pueblo no sabe ni dónde poner las manos ni los pies.
¿No te suena? Cuántas veces hemos visto llamar "ayuda" a lo que es un abuso, o "reforma" a lo que es un desastre. Confucio ya lo había visto venir.
Al duque de Qi le gustó lo que oyó. Pensó en darle un cargo y unas tierras. Pero sus ministros, celosos y desconfiados, le convencieron de que aquel hombre era demasiado rígido y ceremonioso, poco práctico. El duque acabó diciéndole a Confucio que ya era viejo y no podía aprovechar sus consejos.
Confucio entendió el mensaje, recogió sus cosas y volvió a Lu.
Pasaron años y siguió enseñando. Durante ese tiempo hubo nuevos líos en Lu. Un tal Yang Hu, administrador de la familia Ji, llegó a hacerse con el control del estado. Intentó atraer a Confucio a su bando, pero Confucio lo evitó todo lo que pudo. No quería servir a un usurpador.
Finalmente, cuando Confucio rondaba ya los cincuenta años, llegó su momento.
Yang Hu había caído y el nuevo duque de Lu, el duque Ding, le dio un cargo: gobernador de una ciudad llamada Zhongdu. Según la tradición, en un solo año aquella ciudad se convirtió en un modelo de orden. Tanto que lo ascendieron. Primero fue ministro de obras públicas y después ministro de justicia, uno de los cargos más altos del estado.
Por fin tenía la oportunidad de demostrar que sus ideas funcionaban.
Hay un episodio de esos años que demuestra que Confucio no era solo un intelectual de despacho. En el año quinientos antes de Cristo, el duque de Lu tuvo que reunirse con el duque de Qi en un lugar llamado Jiagu para firmar un tratado. Confucio lo acompañaba como maestro de ceremonias. Los de Qi tenían preparada una encerrona: querían aprovechar la reunión para intimidar e incluso secuestrar al duque de Lu, usando para ello a unos guerreros de una tribu bárbara disfrazados de bailarines.
Confucio se dio cuenta. Se plantó, subió las escaleras y, con toda la autoridad de los ritos, denunció que aquello era una ofensa intolerable a las normas entre príncipes. Puso en tal evidencia al duque de Qi que este, avergonzado, tuvo que retirar a sus hombres. Y no solo eso: acabó devolviendo a Lu unas tierras que le había arrebatado tiempo atrás.
Sin un solo golpe de espada. Solo con firmeza y con la razón de su parte.
Después Confucio se atrevió con lo más difícil: debilitar a las tres grandes familias. Cada una tenía una ciudad fortificada con murallas enormes, que eran su base de poder. Confucio convenció al duque de que había que derribar esas murallas, con el argumento de que ningún vasallo debía tener fortalezas más fuertes que las de su señor.
Al principio funcionó. Se derribaron dos de las tres. Pero con la tercera, la de la familia Meng, la cosa se atascó. Hubo resistencia y el plan quedó a medias. Y a partir de ahí la posición de Confucio empezó a tambalearse. Se había ganado enemigos muy poderosos.
Y el golpe final vino desde fuera, y de una forma bastante retorcida.
El estado de Qi veía con preocupación cómo Lu se fortalecía con Confucio en el gobierno. Si Lu se volvía fuerte, podía convertirse en una amenaza. Así que el duque de Qi tuvo una idea. En vez de mandar soldados, mandó un regalo: ochenta muchachas bellísimas, expertas en música y danza, y ciento veinte caballos espléndidos.
El regalo era para el jefe de la familia Ji, Ji Huanzi, el hombre más poderoso de Lu. Y funcionó como un reloj. Ji Huanzi se pasaba los días con las bailarinas y arrastró al duque con él. Dejaron de atender los asuntos de gobierno. Durante días no hubo audiencias.
Zilu, el discípulo impulsivo, le dijo a su maestro que había llegado la hora de marcharse. Confucio decidió esperar a una última prueba. Se acercaba una ceremonia importante de sacrificio al Cielo, y la costumbre mandaba que, al terminar, se repartiera la carne del sacrificio entre los altos funcionarios. Si le enviaban su parte, era señal de que aún contaban con él.
La carne no llegó.
Confucio se marchó de Lu. Tenía unos cincuenta y cinco años.
Y aquí quiero detenerme un momento, porque esto es algo que muchos de los que tenemos ya unos años podemos entender perfectamente. Confucio había esperado toda su vida esa oportunidad. Por fin la tenía. Estaba haciendo un buen trabajo. Y se la quitaron, no por incompetencia ni por corrupción, sino por las intrigas de otros y por la frivolidad de sus jefes.
Cuántos hombres han vivido algo parecido en su trabajo. Años de esfuerzo honrado y, de repente, llega alguien con más labia o con mejores contactos y te pasa por encima. Confucio podría haberse amargado. Podría haberse quedado rumiando su rencor. Pero no hizo eso.
Se echó al camino.
Lo que viene ahora son catorce años de peregrinaje. Confucio, acompañado de un grupo de discípulos fieles, recorrió los estados vecinos buscando un gobernante que quisiera ponerlo a prueba. Un príncipe que de verdad quisiera gobernar bien.
Y lo que encontró fue una sucesión de desengaños, peligros y humillaciones.
Primero fue al estado de Wei. El duque Ling de Wei lo recibió con cortesía y le asignó un sueldo, pero no le dio ningún poder real. Allí ocurrió un episodio que dio mucho que hablar. La esposa del duque, una mujer llamada Nanzi, tenía muy mala fama por sus escándalos. Pidió conocer a Confucio, y él, por cortesía y por los ritos, aceptó la visita. Zilu se enfadó muchísimo con su maestro por haberse dejado ver con aquella mujer. Y Confucio, molesto, tuvo que jurarle que no había hecho nada indebido.
Me gusta esta anécdota porque muestra la relación que tenía con sus alumnos. No era un gurú intocable. Sus discípulos le llevaban la contraria, le pedían explicaciones y le reñían si hacía falta. Y él daba la cara.
Más adelante, en otro viaje, pasando por un lugar llamado Kuang, le ocurrió algo increíble. Resulta que se parecía físicamente a Yang Hu, aquel usurpador de Lu, que tiempo atrás había maltratado a la gente de Kuang. Los lugareños lo confundieron con él y lo rodearon durante días con intención de matarlo. Sus discípulos estaban aterrados. Y Confucio, tranquilo, dijo algo así: "Si el Cielo quisiera que la cultura de los antiguos desapareciera, yo no la habría recibido. Y si el Cielo no quiere que desaparezca, ¿qué pueden hacerme los de Kuang?". Al final se aclaró el malentendido y lo dejaron ir.
En el estado de Song estuvo a punto de morir otra vez. Un militar llamado Huan Tui, que lo odiaba, intentó matarlo. Confucio estaba enseñando a sus discípulos debajo de un gran árbol, y Huan Tui mandó talar el árbol para que les cayera encima. Los discípulos le suplicaron que huyeran deprisa. Y él, de nuevo, sin perder la calma: "El Cielo ha puesto la virtud en mí. ¿Qué puede hacerme Huan Tui?".
Ese aplomo ante el peligro no era chulería. Era la tranquilidad de quien sabe que está haciendo lo correcto y que no tiene nada de lo que avergonzarse.
Pero el momento más duro llegó entre los estados de Chen y Cai. Se quedaron atrapados, sin provisiones, posiblemente rodeados por gente que no quería que Confucio llegara a ponerse al servicio de un estado rival. Pasaron siete días sin apenas comer. Los discípulos estaban enfermos, débiles, no se podían ni levantar.
Y Zilu, que ya no podía más, se plantó delante de su maestro y le soltó, enfadado: "¿Es que también el hombre noble tiene que pasar por estas miserias?".
Era una pregunta cargada de rabia. Como diciendo: si somos los buenos, si hacemos lo correcto, ¿por qué nos va tan mal?
Y Confucio le contestó: "Claro que el hombre noble pasa miserias. La diferencia es que el hombre noble, en la miseria, se mantiene firme. El hombre mezquino, en la miseria, se desborda y hace cualquier cosa".
Esa respuesta merece un momento de pausa. Confucio no prometía que portarse bien te garantizara el éxito. Eso lo saben hasta los niños, que la vida no funciona así. Lo que decía es que tu carácter no se demuestra cuando las cosas van bien, sino cuando van mal. Cualquiera es honrado con la nevera llena. La prueba de verdad llega cuando la nevera está vacía.
Se cuenta que, en esos días de hambre, Confucio siguió tocando su instrumento y cantando. Y que reunió a sus discípulos uno a uno para preguntarles si su camino estaba equivocado, ya que nadie lo aceptaba. Zilu dudó. Zigong le sugirió que quizá debería rebajar un poco sus ideales para que la gente los aceptara mejor. Confucio le reprendió con suavidad: un buen agricultor siembra bien, pero no puede garantizar la cosecha.
Y entonces le tocó a Yan Hui, el discípulo pobre y querido. Yan Hui le dijo que el camino del maestro era tan grande que el mundo no podía aceptarlo, pero que eso no era una vergüenza para el maestro, sino para los que gobernaban. Que precisamente el hecho de no ser aceptado demostraba que era un hombre noble.
Confucio sonrió y le dijo, medio en broma, que si Yan Hui llegaba a ser rico, él se haría su administrador.
En otro momento de su peregrinación, en el estado de Zheng, Confucio se separó de sus discípulos y se quedó solo junto a la puerta este de la ciudad. Zigong lo buscaba por todas partes. Un hombre del lugar le dijo que había visto en la puerta este a un tipo con la frente como la de un emperador antiguo y con el porte de un sabio, pero con el aspecto cansado y perdido de un perro sin dueño.
Cuando Zigong encontró a Confucio y se lo contó, el maestro se rió y dijo que lo del parecido con los sabios antiguos era exagerado, pero que lo del perro sin dueño… eso sí, eso era totalmente cierto.
Es la frase que te contaba al principio. Un hombre capaz de reírse de su propia desgracia. Eso, para mí, dice más de su grandeza que cualquier teoría.
Durante esos viajes se cruzó también con unos personajes curiosos: ermitaños, hombres sabios que habían renunciado al mundo y vivían retirados en el campo. Varios se burlaron de él. Le decían que el mundo era un desastre sin remedio, que era una tontería intentar arreglarlo, que lo sensato era retirarse a cultivar la tierra y no complicarse la vida.
Uno de ellos, un hombre que fingía estar loco, pasó cantando junto a su carro una canción que le venía a decir que dejara de una vez la política, que era peligrosa e inútil.
Y en una ocasión, un portero de las murallas de una ciudad le preguntó a Zilu de dónde venía. Cuando supo que venía de parte de Confucio, dijo con ironía: "¿Ese no es el que sabe que es imposible y aun así sigue intentándolo?".
Lo decía como una burla. Pero esa frase acabó siendo el mejor retrato que se ha hecho de Confucio. Sabía que era imposible y aun así seguía intentándolo.
Confucio respetaba a esos ermitaños, pero no estaba de acuerdo con ellos. Decía que él no podía irse a vivir con los pájaros y las fieras. Que tenía que vivir entre los hombres, y que si el mundo estuviera en orden, no haría falta que él intentara cambiarlo.
El regreso del maestro y la transmisión de sus enseñanzas
Después de catorce años, ningún príncipe le había dado la oportunidad que buscaba. Y fue entonces cuando lo llamaron desde su tierra.
Uno de sus antiguos discípulos, Ran Qiu, se había convertido en un hombre importante al servicio de la familia Ji y había obtenido una victoria militar. Cuando le preguntaron dónde había aprendido el arte de la guerra, contestó que de Confucio. Y gracias a su influencia, invitaron al viejo maestro a volver a Lu.
Corría el año cuatrocientos ochenta y cuatro antes de Cristo. Confucio tenía unos sesenta y ocho años.
Volvió a casa. Lo recibieron con respeto, le consultaban de vez en cuando, pero nunca le dieron un cargo de verdadero poder. Ya era una figura venerable, un consejero honorario, pero nada más.
Así que hizo lo que mejor sabía hacer: enseñar. Y además se dedicó a recopilar y ordenar los textos antiguos que tanto amaba.
La tradición le atribuye la edición de los grandes clásicos de la cultura china: el Libro de las Odas, una colección de poemas y canciones antiguas; el Libro de los Documentos, con discursos de los reyes antiguos; los textos sobre los ritos y la música; y unos comentarios al Libro de los Cambios, el famoso I Ching. También se dice que escribió los Anales de Primavera y Otoño, la crónica del estado de Lu que da nombre a toda la época.
Los historiadores de hoy discuten cuánto hizo realmente él y cuánto le atribuyeron después. Pero lo importante es la intención. Confucio siempre dijo que él no inventaba nada, que solo transmitía la sabiduría de los antiguos. Se definía a sí mismo como un transmisor, no como un creador.
Era su modestia. En realidad, al transmitir, reinterpretaba y le daba a todo un sentido nuevo.
Pero estos últimos años, que deberían haber sido de descanso, se convirtieron en una sucesión de golpes terribles.
Primero murió su hijo, Kong Li, el niño al que había llamado Carpa. Murió antes que él, con unos cincuenta años.
Poco después murió Yan Hui. Su discípulo más querido. El chico pobre del callejón, el que más lo entendía, el que debía continuar su obra. Murió joven, con poco más de cuarenta años.
Y Confucio, que siempre había defendido la mesura y el control de las emociones, se derrumbó. Lloró con tal desconsuelo que sus discípulos le dijeron que se estaba excediendo, que aquello era demasiado. Y él contestó: "¿Me excedo? Si no me excedo llorando por este hombre, ¿por quién iba a hacerlo?".
Y dijo también una frase desgarradora: "¡Ay! El Cielo me destruye. El Cielo me destruye".
Ese es un Confucio que no suele aparecer en los libros de frases célebres. Un hombre que siente, que sufre y que llora. No una estatua de mármol.
Y aún faltaba otro golpe. Zilu, el discípulo impulsivo, el que lo había acompañado durante décadas y le llevaba la contraria, estaba sirviendo en el estado de Wei cuando estalló una revuelta. Zilu podía haberse quedado al margen, pero no era de esos. Se metió en la pelea para defender a su señor. En el combate, un golpe le cortó las cintas del gorro y el gorro se le cayó. Y Zilu, herido de muerte, dijo: "Un caballero no muere con el gorro caído". Se detuvo a atarse las cintas del gorro y lo mataron.
Algunos lo verán como una locura. Pero era fiel a todo lo que había aprendido: hasta el último momento, la dignidad.
Cuando Confucio se enteró de la muerte de Zilu, se cuenta que mandó tirar todos los alimentos en conserva que había en su casa. No podía soportar verlos.
Había perdido a su hijo, a su discípulo favorito y a su compañero más leal en muy poco tiempo.
Y ahora sí, ha llegado el momento de contarte la frase que te prometí al principio. Ya estaba viejo cuando hizo un repaso de su propia vida en unas pocas líneas. Dice así:
"A los quince años me propuse aprender. A los treinta me mantuve firme. A los cuarenta ya no tenía dudas. A los cincuenta comprendí el mandato del Cielo. A los sesenta mi oído se volvió dócil. Y a los setenta podía seguir los deseos de mi corazón sin salirme de lo correcto".
Fíjate bien en lo que está diciendo, porque es extraordinario.
Para Confucio, la vejez no era una decadencia. Era la culminación. Toda la vida sirve para trabajar el carácter, para corregirse, para pulirse como se pule una piedra. Y llega un momento en que lo que deseas y lo que está bien se vuelven la misma cosa. Ya no tienes que hacer esfuerzo para portarte bien. Te sale solo. Tu corazón y tu conciencia van de la mano.
Y lo de que a los sesenta el oído se vuelve dócil se ha interpretado de varias formas, pero una de las más bonitas es esta: que a esa edad uno es capaz de escuchar cualquier cosa, incluso lo que no le gusta, sin alterarse. Escuchar sin juzgar enseguida. Entender antes de responder.
Esa es la vejez que proponía Confucio. No la de quien se queja de todo y añora lo que perdió, sino la de quien ha ido ganando serenidad con cada año.
Confucio murió en el año cuatrocientos setenta y nueve antes de Cristo, con setenta y dos años. Se cuenta que unos días antes paseaba apoyado en su bastón delante de su puerta y cantó en voz baja unos versos: "La gran montaña se derrumba. La viga maestra se quiebra. El sabio se marchita como una planta".
Murió convencido de que no había conseguido su propósito. De que ningún gobernante había querido escucharle.
Sus discípulos lo enterraron junto al río Si, al norte de Qufu, y guardaron luto por él durante tres años, como si fuera su propio padre. Zigong, el discípulo listo y rico, se quedó tres años más. Construyó una cabaña junto a la tumba y vivió allí, cuidándola, seis años en total.
Y ahí podría haber terminado todo. Un maestro de provincias, querido por sus alumnos, olvidado por el mundo.
Pero no terminó ahí. Ahí fue donde empezó.
Antes de ver qué pasó después, vamos a detenernos en lo que de verdad enseñaba Confucio. Porque si su vida es interesante, su pensamiento lo es todavía más.
Lo primero que hay que saber es que Confucio no escribió ningún libro con su filosofía. Lo que conocemos de sus ideas viene sobre todo de un libro llamado las Analectas, que en chino se llama Lunyu y significa algo así como "conversaciones ordenadas". Lo recopilaron sus discípulos y los discípulos de sus discípulos después de su muerte. Son frases sueltas, diálogos cortos y anécdotas. No es un tratado, es como un cuaderno de apuntes de alumnos que querían conservar lo que decía su maestro.
Y esto tiene su encanto. Porque no estamos ante un sistema cerrado, sino ante un hombre que habla con otros hombres.
La idea central de todo su pensamiento se dice en chino "ren". Se traduce de muchas formas: humanidad, bondad, benevolencia. El carácter chino que lo escribe está formado por dos partes: el signo de "persona" y el número dos. Es decir, lo que ocurre entre dos personas. Para Confucio, ser humano no es algo que se es en soledad. Uno se hace humano en su relación con los demás.
Un discípulo le preguntó un día qué era el ren. Y Confucio respondió con dos palabras: "Amar a los hombres".
Así de sencillo y así de difícil.
En otra ocasión, Zigong le pidió una sola palabra que pudiera servir de guía para toda la vida. Y Confucio le contestó: "Reciprocidad. Lo que no quieras para ti, no se lo hagas a los demás".
Esto es lo que en Occidente se llama la regla de oro, y aparece en muchas tradiciones. Pero fíjate en que Confucio la formuló hace dos mil quinientos años, más de cinco siglos antes de Cristo, en el otro extremo del mundo.
Ahora bien, Confucio no era un ingenuo. Alguien le preguntó una vez si había que devolver bien por mal, si había que responder con bondad a quien te hace daño. Y él respondió: "Entonces, ¿con qué devolverás la bondad? Responde al mal con justicia, y a la bondad con bondad".
No era un hombre de poner la otra mejilla. Era un hombre de sentido común. Ser bueno no significa ser tonto.
La segunda gran idea es lo que en chino se llama "li", que se traduce como ritos o normas de cortesía. Y aquí hay que tener cuidado, porque a nosotros la palabra "ritos" nos suena a ceremonias religiosas o a protocolo de palacio. Para Confucio era mucho más que eso.
El li son todas esas formas, gestos y costumbres que hacen que la convivencia funcione. Saludar, dar las gracias, ceder el paso a un mayor, vestirse adecuadamente para un funeral, levantarse cuando entra alguien a quien respetas. Pequeñas cosas que hoy muchos desprecian como formalismos vacíos.
Confucio sabía que podían quedarse vacías. Él mismo decía que unos ritos sin corazón no sirven de nada, que un funeral con mucha pompa pero sin dolor sincero es una farsa. Pero también sabía que la forma educa el fondo. Que si te acostumbras a tratar a los demás con respeto en los gestos, acabas respetándolos también por dentro.
Seguro que a muchos de los que estáis viendo esto os enseñaron de pequeños a quitaros la gorra al entrar en una casa, a ceder el asiento a una persona mayor y a dar la mano mirando a los ojos. Y seguro que más de uno echa de menos esas cosas hoy en día. Pues Confucio os entendería perfectamente.
La tercera gran idea es la figura del "junzi". Esta palabra originalmente significaba "hijo de señor", es decir, un noble de nacimiento. Pero Confucio le cambió el sentido por completo. Para él, el junzi es el hombre noble por su conducta, no por su sangre. Se suele traducir como "el caballero" o "el hombre superior".
Y lo contraponía al "xiaoren", el hombre pequeño o mezquino.
Gran parte de las Analectas son comparaciones entre los dos. Por ejemplo: el hombre noble piensa en lo que es justo, el hombre mezquino piensa en lo que le conviene. El hombre noble se exige a sí mismo, el hombre mezquino exige a los demás. El hombre noble es sereno y abierto, el hombre mezquino vive siempre angustiado. El hombre noble se avergüenza de que sus palabras vayan por delante de sus actos. El hombre noble es lento al hablar y rápido al actuar.
Y una que me encanta: el hombre noble no se preocupa de que los demás no lo conozcan, sino de no conocer él a los demás.
Detrás de todo esto había una idea clara: cualquiera puede llegar a ser un caballero. No depende de tu dinero ni de tu apellido, depende de tu esfuerzo diario.
La cuarta gran idea es la piedad filial, que en chino se llama "xiao". Es el respeto y el cuidado a los padres. Para Confucio era la raíz de toda la virtud. Si un hombre no es capaz de respetar a sus padres, ¿cómo va a respetar a nadie?
Pero ojo, no hablaba solo de obedecer. Un discípulo le preguntó qué era la piedad filial y Confucio le dijo que hoy en día se llama piedad filial simplemente a mantener a los padres. Pero que también los perros y los caballos reciben comida. Si no hay respeto y cariño, ¿cuál es la diferencia?
Es decir, no basta con pagarle la residencia al padre. Hay que ir a verlo. Hay que escucharlo. Hay que tratarlo con dignidad.
Y añadía otra cosa interesante: si los padres se equivocan, el hijo debe advertírselo, con suavidad y respeto, pero debe hacerlo. La piedad filial no era sumisión ciega, aunque con los siglos muchos la entendieron así.
La quinta gran idea tiene que ver con el gobierno. Confucio creía que la mejor forma de gobernar era con el ejemplo y no con el miedo. Decía que si gobiernas al pueblo con leyes y lo mantienes en orden con castigos, la gente procurará evitar los castigos, pero no tendrá sentido de la vergüenza. Pero si lo gobiernas con la virtud y lo mantienes en orden con los ritos, la gente tendrá vergüenza y además se corregirá a sí misma.
Lo que estaba diciendo es que una sociedad no se sostiene solo con policías y multas. Se sostiene porque la gente tiene principios. Y la gente aprende principios viendo a quienes mandan comportarse con principios.
Un poderoso de Lu, preocupado porque había muchos ladrones, le preguntó a Confucio qué hacer. Y él le respondió, con bastante mala intención: "Si vos no fuerais codicioso, aunque pagarais a la gente por robar, no robarían".
Le estaba diciendo a la cara que el problema empezaba por arriba.
Comparaba la virtud del gobernante con el viento y la del pueblo con la hierba. Cuando el viento sopla, la hierba se inclina.
La sexta idea, y no por ello menos importante, es su amor por el estudio. La primera frase de las Analectas dice: "Aprender y practicar a su debido tiempo lo aprendido, ¿no es eso un placer?".
Confucio decía que no se consideraba un sabio de nacimiento, sino alguien que amaba lo antiguo y lo buscaba con empeño. Y tenía una frase muy sabia sobre el conocimiento: "Saber que sabes lo que sabes y saber que no sabes lo que no sabes, eso es el verdadero saber". Y otra: "Aprender sin pensar es tiempo perdido. Pensar sin aprender es peligroso".
Qué actuales son estas palabras en una época en la que todo el mundo opina de todo sin haber estudiado nada.
Y hay algo más que conviene saber. Confucio era un hombre muy prudente con los temas religiosos. Respetaba el Cielo, respetaba a los antepasados y cumplía con los sacrificios, pero no le gustaba especular sobre el más allá. Cuando Zilu le preguntó cómo servir a los espíritus, respondió: "Si todavía no sabes servir a los hombres, ¿cómo vas a servir a los espíritus?". Y cuando le preguntó por la muerte, dijo: "Si todavía no conoces la vida, ¿cómo vas a conocer la muerte?".
Sus discípulos anotaron que el maestro no hablaba de prodigios, ni de la fuerza bruta, ni de desórdenes, ni de espíritus. Lo suyo era esta vida, este mundo y estas personas.
Hay una anécdota pequeñita que resume todo esto. Un día se quemaron los establos de su casa. Cuando Confucio volvió de la corte y se enteró, preguntó: "¿Hay algún herido?". No preguntó por los caballos.
Hay que entender lo que eso significaba. En aquella época un caballo valía muchísimo más que la vida de un mozo de cuadra. Y lo primero que preguntó Confucio fue por las personas.
Y ahora sí, volvamos a la historia. Porque lo que pasó después de su muerte es casi tan increíble como su vida.
Sus discípulos se dispersaron y fueron enseñando por diferentes estados. Las ideas de Confucio se fueron extendiendo, pero no sin competencia. Fue la época de las llamadas cien escuelas de pensamiento. Estaban los taoístas, que decían que había que dejarse llevar por la naturaleza y no complicarse con normas. Estaban los moístas, que criticaban los ritos caros y defendían un amor universal igual para todos. Y estaban los legalistas, que creían que a la gente solo se la controlaba con leyes durísimas y castigos terribles.
Unos cien años después de su muerte apareció un pensador llamado Mencio, que defendió las ideas de Confucio con enorme talento. Mencio sostenía que el ser humano es bueno por naturaleza, que todos tenemos dentro una semilla de bondad. Ponía un ejemplo precioso: si ves a un niño a punto de caer en un pozo, sientes inmediatamente un sobresalto, sin pararte a pensar si te conviene o no ayudarle. Esa reacción espontánea demuestra que la bondad está en nosotros.
Después vino otro pensador, Xunzi, que pensaba justo lo contrario: que el ser humano es malo por naturaleza y que la educación y los ritos son los que lo enderezan, como se endereza la madera torcida.
Pero entonces llegó el golpe más duro.
En el año doscientos veintiuno antes de Cristo, el rey del estado de Qin conquistó a todos sus rivales y unificó China por primera vez. Se proclamó primer emperador: Qin Shi Huang, el mismo del famoso ejército de guerreros de terracota.
Este emperador gobernaba según las ideas de los legalistas: mano de hierro, leyes implacables y castigos brutales. Y los seguidores de Confucio, que siempre andaban recordando que los antiguos reyes gobernaban con virtud, le resultaban muy molestos.
Así que en el año doscientos trece antes de Cristo ordenó quemar los libros. Todos los textos de historia que no fueran los de su propio estado, los poemas antiguos y los documentos de los antiguos reyes. Solo se salvaron los libros de medicina, de agricultura y de adivinación. Y la tradición cuenta que al año siguiente mandó enterrar vivos a cientos de eruditos. Los historiadores discuten hasta qué punto ocurrió así, pero la persecución fue real.
Parecía el final del legado de Confucio.
Pero el imperio Qin, tan fuerte y tan temible, se derrumbó apenas quince años después. Pocos años después de morir su fundador, el pueblo se rebeló.
Y la dinastía que vino después, los Han, aprendió la lección. Comprendieron que un imperio no se puede sostener solo con el miedo. Hacia el año ciento treinta y seis antes de Cristo, el emperador Wu de Han convirtió el confucianismo en la doctrina oficial del Estado. Los textos que se habían salvado, algunos escondidos dentro de paredes de casas por sabios valientes, se recuperaron y se estudiaron.
A partir de ahí, la historia dio un giro completo.
Durante dos mil años, con algunos altibajos, las ideas de Confucio fueron la columna vertebral de China. Se crearon exámenes imperiales para elegir a los funcionarios del Estado, y esos exámenes se basaban en los clásicos confucianos. Cualquier joven, en teoría, aunque fuera hijo de campesinos, podía estudiar, presentarse y llegar a ser un alto funcionario.
Exactamente lo que Confucio había defendido: que el mérito y el estudio valen más que la cuna.
Esos exámenes duraron, con interrupciones, hasta el año mil novecientos cinco. Piénsalo bien. Hasta hace poco más de un siglo, para gobernar en China había que conocer a fondo lo que dijo aquel maestro que murió creyéndose un fracasado.
Y no solo en China. Las ideas de Confucio se extendieron por Corea, por Japón y por Vietnam. Dieron forma a la manera de entender la familia, el respeto a los mayores, la educación y el trabajo de buena parte de Asia oriental. Aún hoy, cuando ves lo que se valora en esos países el esfuerzo en los estudios o el respeto a los padres, ahí está la huella de Confucio.
En el siglo doce, un gran pensador llamado Zhu Xi renovó el confucianismo y lo dotó de una base filosófica más amplia. Es lo que se conoce como neoconfucianismo, que fue la doctrina oficial durante siglos.
Su familia, además, se convirtió en algo único en el mundo. Los descendientes de Confucio han mantenido su genealogía durante más de ochenta generaciones. Es probablemente el árbol genealógico más largo y mejor documentado de la historia de la humanidad. Durante siglos, los emperadores concedieron títulos nobiliarios a sus descendientes directos. Aquel niño pobre, hijo de una unión mal vista, acabó fundando la familia más venerada de China.
En el siglo dieciséis llegaron a China los misioneros jesuitas, como el italiano Matteo Ricci. Quedaron asombrados con aquel sabio y tradujeron sus textos al latín. Así fue como Confucio llegó a Europa. Algunos filósofos de la Ilustración, como Voltaire, lo admiraron muchísimo. Veían en él a un sabio que había construido una moral basada en la razón, sin necesidad de milagros.
Pero la historia todavía tenía un último capítulo dramático.
En el siglo veinte, muchos chinos empezaron a culpar a Confucio del atraso de su país. Decían que sus ideas sobre la jerarquía, la obediencia y el respeto a la tradición habían convertido a China en una sociedad rígida, incapaz de modernizarse. Algunos jóvenes intelectuales gritaban que había que derribar la tienda de Confucio.
Y cuando llegó la Revolución Cultural, a partir de mil novecientos sesenta y seis, los Guardias Rojos atacaron todo lo antiguo. Fueron a Qufu, la ciudad natal de Confucio. Destrozaron templos, quemaron libros, rompieron estatuas y profanaron el cementerio de la familia Kong, donde llevaban siglos enterrados sus descendientes. Unos años después se organizó incluso una campaña oficial para criticar a Confucio.
Por segunda vez en la historia, el poder intentó borrarlo.
Y por segunda vez, no lo consiguió.
Hoy, en la propia China, Confucio ha vuelto a ser respetado. Se restauraron los templos de Qufu, su cumpleaños se celebra con ceremonias y se volvieron a estudiar sus textos. Su nombre se usa en instituciones culturales repartidas por todo el mundo. Habrá quien lo utilice con buenas intenciones y quien lo utilice por interés político, que eso también le habría hecho pensar mucho al viejo maestro.
Pero ahí sigue, dos mil quinientos años después.
Y ahora déjame que te diga lo que pienso yo de todo esto.
Al principio te planteaba un misterio: cómo es posible que un hombre que murió convencido de haber fracasado acabara siendo uno de los más influyentes de la historia.
Creo que la respuesta está en algo muy sencillo. Confucio fracasó en lo que él creía que era su misión, pero triunfó en lo que realmente era su misión, aunque él no lo supiera.
Él pensaba que su destino era llegar al poder y arreglar un estado. Y eso nunca lo logró. Pero mientras perseguía ese objetivo, sin darse cuenta, estaba haciendo algo mucho más grande: formar personas. Sembrar ideas en la cabeza de unos chavales que lo seguían por los caminos, que pasaban hambre con él y que lo escuchaban debajo de los árboles.
Ningún ministro cambia el mundo durante dos mil años. Un maestro sí puede hacerlo.
Y aquí es donde creo que la vida de Confucio nos habla directamente a muchos de nosotros.
Llega un momento en la vida, normalmente pasados los cincuenta o los sesenta, en que uno empieza a hacer balance. Y a veces ese balance escuece. Piensas en lo que querías conseguir y en lo que conseguiste. En los ascensos que no llegaron, en los negocios que no salieron o en los proyectos que se quedaron a medias. En las veces que hiciste lo correcto y te lo pagaron mal.
Y es fácil caer en la tentación de pensar que todo fue en vano.
Confucio nos dice que no. Que la medida de una vida no está en los cargos que tuviste ni en el dinero que juntaste. Está en la clase de persona que fuiste. En cómo trataste a tu mujer, a tus hijos, a tus padres y a tus amigos. En si mantuviste la palabra cuando romperla te convenía. En si fuiste firme cuando vinieron mal dadas.
Y está, sobre todo, en lo que dejaste en los demás. Cada consejo que le diste a un hijo, cada cosa que le enseñaste a un nieto, cada vez que ayudaste a un compañero más joven en el trabajo… Todo eso son semillas. A lo mejor no ves crecer el árbol. Confucio tampoco lo vio. Pero el árbol crece.
Hay una cosa más que me conmueve de este hombre. Que nunca se rindió y que, al mismo tiempo, nunca se amargó. Sabía que era imposible y siguió intentándolo. Pasó hambre y siguió cantando. Lo llamaron perro sin dueño y se rió. Perdió a quienes más quería y lloró sin vergüenza, pero siguió enseñando hasta el final.
Y nos dejó esa idea de la vejez que, sinceramente, me parece de lo más bonito que se ha dicho nunca sobre envejecer. Que los años no son una cuesta abajo, sino una subida. Que con el tiempo podemos llegar a escuchar sin alterarnos y a que lo que deseamos y lo que está bien acaben siendo lo mismo.
No sé si alguno de nosotros llegará a eso. Confucio decía que él lo había logrado a los setenta. Pero merece la pena intentarlo. Aunque sepamos que es casi imposible.
Porque, al final, eso es lo que hacen los hombres que de verdad merecen la pena.