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Los filósofos presocráticos

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¿Sabes cuál es la pregunta más importante que se ha hecho jamás?

No es una pregunta religiosa. No es una pregunta política. No tiene que ver con el dinero ni con el poder.

Es una pregunta que cualquier niño de cinco años puede formular, pero que los mejores cerebros de la historia no han podido responder del todo.

¿De qué está hecho todo?

Eso es. Esa es la pregunta. Simple, directa, casi ridícula en su sencillez.

Y sin embargo. Esa pregunta, formulada en serio, con rigor, sin recurrir a dioses ni a mitos, cambió el curso del pensamiento humano para siempre.

Porque antes de que alguien se la tomara en serio de esa manera, la humanidad llevaba miles de años explicando el mundo con relatos sagrados. El trueno era Zeus enfadado. El mar era Poseidón caprichoso. La enfermedad era el castigo de un dios ofendido. Todo tenía una explicación, sí, pero esa explicación siempre era la misma: algún ser sobrenatural lo había decidido así.

Y entonces llegaron ellos.

Un grupo de hombres que vivieron entre los siglos seis y cinco antes de Cristo, en distintas ciudades del mundo griego, que decidieron que el mundo podía explicarse de otra manera. Sin dioses. Sin mitos. Con razón pura.

Los llamamos filósofos presocráticos, y lo que pensaron, lo que debatieron, lo que se contradijeron entre sí, sentó las bases de prácticamente todo el pensamiento occidental posterior. La ciencia, la matemática, la física, la metafísica, la lógica. Todo empieza aquí.

Hoy vamos a recorrer sus ideas como si fuera un viaje. Porque eso es lo que fue. Un viaje de la mente humana que duró más de cien años y que pasó por lugares increíbles.

Y te aviso de algo: al final de este artículo vas a entender por qué estos tipos, que no tenían ni telescopio, ni microscopio, ni ordenador, llegaron a conclusiones que la ciencia moderna no pudo confirmar hasta hace apenas unos siglos.

Así que quédate, porque esto se pone muy interesante.

Para entender quiénes fueron los presocráticos, primero hay que entender el mundo en el que vivieron. La Grecia del siglo sexto antes de Cristo no era lo que mucha gente imagina cuando piensa en la antigua Grecia. No era Atenas con el Partenón y Sócrates paseando por el ágora. Eso vino después.

En el siglo sexto, el mundo griego era una constelación de ciudades independientes repartidas por las costas del Mediterráneo y del Mar Egeo. Ciudades que comerciaban, que competían, que prosperaban. Y en ese caldo de cultivo de intercambio cultural, de contacto con Egipto, con Babilonia, con Persia, algo empezó a fermentar.

Los griegos de esas ciudades costeras empezaron a recibir conocimientos de todas partes. Matemáticas de Egipto. Astronomía de Babilonia. Técnicas agrícolas del Oriente Próximo. Y con todo ese material en las manos, algunos de ellos se pusieron a pensar.

No a copiar. A pensar.

Y la gran diferencia entre lo que hacían estos griegos y lo que hacían los demás pueblos del Mediterráneo es que los griegos empezaron a buscar explicaciones que no dependieran de la voluntad divina. Empezaron a buscar causas naturales para fenómenos naturales.

A eso lo llamamos el paso del mito al logos. Del mythos, que es el relato sagrado, la narración divina, al logos, que es la razón, el argumento, la explicación racional.

El arjé y la búsqueda del principio de todas las cosas

Y ese paso, que parece pequeño, fue en realidad una revolución.

Hay una palabra griega que vas a escuchar mucho en este artículo y que es fundamental para entender a estos filósofos. Esa palabra es arjé. El arjé, en griego antiguo, significa el origen, el principio, la sustancia fundamental de la que está hecho todo lo que existe.

Cada uno de estos filósofos, a su manera, estaba buscando lo mismo. Estaban buscando el arjé. Estaban preguntando: ¿hay algo que esté debajo de todo lo que vemos? ¿Hay una sustancia original, un principio último, del que todo proviene y al que todo regresa?

Es una pregunta que hoy podría hacerse un físico de partículas en el CERN. Y de hecho, se la hacen.

Pero la primera persona en hacérsela de manera sistemática, con un método, con un argumento, fue un señor llamado Tales. Y vivía en Mileto.

Mileto era una ciudad fascinante. Estaba situada en la costa occidental de lo que hoy es Turquía, en la región que los griegos llamaban Jonia. Era una ciudad rica, comercial, cosmopolita. Un lugar donde llegaban ideas de todas partes.

Y en esa ciudad, a finales del siglo siete y principios del seis antes de Cristo, vivió Tales de Mileto.

Tales es considerado el primer filósofo de la historia occidental. Eso no significa que antes de él no hubiera pensadores, ni sabios, ni gente muy inteligente. Los había, y muchos. Pero Tales fue el primero en dejar constancia de un argumento racional sobre la naturaleza del mundo que no apelaba a lo sobrenatural.

Su respuesta al problema del arjé fue directa y sorprendente: el principio de todas las cosas es el agua.

Cuando lo escuchas por primera vez, puede parecer una respuesta casi ingenua. ¿El agua? ¿Todo está hecho de agua?

Pero espera. Porque hay más detrás de esta idea de lo que parece.

Tales había observado que el agua es el único elemento que puede existir en tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Había visto que la vida no existe sin agua. Que los embriones de los animales están rodeados de líquido. Que la tierra, según algunas tradiciones cercanas a su cultura, flotaba sobre el agua primordial. Que los egipcios, a quienes él había visitado, basaban toda su civilización en el Nilo.

El agua era, para Tales, la sustancia que podía transformarse en todo lo demás. Era fluida, cambiante, omnipresente. Era el arjé.

Ahora bien. Tales no nos dejó ningún texto escrito. Todo lo que sabemos de él viene de citas y referencias de filósofos posteriores, principalmente de Aristóteles. Eso es algo importante que hay que tener en cuenta con casi todos los presocráticos: la mayoría de sus textos originales se han perdido. Conocemos sus ideas a través de fragmentos, de citas, de interpretaciones.

Lo que sí sabemos de Tales es que fue un hombre extraordinariamente capaz. Se le atribuye haber predicho un eclipse solar en el año 585 antes de Cristo. Se le atribuye haber calculado la altura de las pirámides de Egipto utilizando las sombras. Hay una historia, que puede ser verdad o puede ser una leyenda, de que una noche iba caminando mirando las estrellas y cayó en un pozo, y una mujer que lo vio le dijo: "¿Cómo pretendes conocer lo que hay en el cielo si no ves lo que tienes a tus pies?"

La historia puede ser apócrifa. Pero dice mucho del tipo de hombre que era Tales. Un hombre completamente absorbido por las preguntas grandes.

Pero lo que más importa de Tales no es si tenía razón sobre el agua. Lo que importa es el método. Porque Tales inaugura una forma de pensar: observo el mundo, razono sobre lo que veo, formulo una hipótesis, la argumento. Sin dioses. Sin rituales. Con la razón como única herramienta.

Eso es lo que hace de Tales el padre de la filosofía occidental.

Y claro, cuando tienes un maestro tan brillante, los discípulos que vienen detrás también lo son. Y el primero de ellos fue Anaximandro.

Anaximandro era discípulo directo de Tales, y fue un paso más allá en el razonamiento. Su maestro había dicho que el arjé era el agua. Pero Anaximandro se hizo una pregunta incómoda: si el agua es el principio de todo, ¿de dónde viene el agua?

Y si decimos que el fuego es el arjé, entonces el fuego destruye el agua. Si decimos que la tierra es el arjé, el fuego destruye la tierra. ¿Cómo puede ser el arjé algo concreto, algo que vemos en el mundo, si ese algo concreto tiene siempre un contrario que lo destruye?

El razonamiento de Anaximandro era el siguiente: el principio de todas las cosas no puede ser nada que ya exista en el mundo, porque todo lo que existe en el mundo es finito, limitado, perecedero. El arjé tiene que ser algo distinto. Algo indefinido. Algo ilimitado.

Y a ese algo lo llamó el ápeiron.

El ápeiron. Que en griego significa precisamente eso: lo indefinido, lo ilimitado, lo que no tiene fronteras ni cualidades específicas.

El ápeiron no es agua, ni fuego, ni tierra, ni aire. El ápeiron es una sustancia primordial, eterna e indefinida, de la que surgen todas las cosas y a la que todas las cosas regresan cuando se destruyen.

Anaximandro describía el proceso de la siguiente manera: del ápeiron surgen los contrarios, el frío y el calor, lo húmedo y lo seco. Y de la interacción de esos contrarios nace el mundo tal y como lo conocemos.

Es una idea abstracta. Mucho más abstracta que la de Tales. Y en esa abstracción hay un salto enorme.

Porque Tales estaba mirando el mundo y diciendo: el arjé es algo que puedo ver, tocar, señalar. Anaximandro da un paso que ningún filósofo había dado antes: el principio fundamental de la realidad no es nada que puedas percibir con los sentidos. Es algo que está más allá de la experiencia directa. Solo puede ser alcanzado por la razón.

Ese salto, de lo concreto a lo abstracto, es uno de los más importantes en la historia del pensamiento humano.

Anaximandro también nos dejó algo más. Tenía ideas sobre el origen de los seres vivos que, guardando todas las distancias, no están tan lejos de algunas intuiciones evolutivas. Pensaba que los primeros seres vivos nacieron del lodo calentado por el sol. Y que los seres humanos, en particular, tuvieron que haber surgido de otros animales, porque un bebé humano es completamente dependiente durante años y no habría sobrevivido si hubiera aparecido directamente como lo que somos. Esta idea, hace dos mil quinientos años, es extraordinaria.

Pero la escuela de Mileto no terminó con Anaximandro. Hubo un tercero. Anaxímenes.

Anaxímenes fue probablemente discípulo de Anaximandro, y su propuesta fue, en cierta manera, un retorno a lo concreto. Porque Anaxímenes dijo: el arjé es el aire.

Sí, el aire. Algo que puedo respirar, que puedo sentir en mi piel cuando sopla el viento, pero que no puedo ver directamente.

Lo interesante de Anaxímenes no es tanto su elección del aire como arjé, sino el mecanismo que propuso para explicar cómo el aire se convierte en todo lo demás.

Ese mecanismo es la condensación y la rarefacción.

Cuando el aire se rarifica, se vuelve más tenue, más ligero, y se convierte en fuego. Cuando el aire se condensa, se vuelve más denso, y se convierte primero en nubes, luego en agua, luego en tierra, luego en piedra.

¿Ves lo que está haciendo Anaxímenes? Está proponiendo un mecanismo físico, cuantitativo, para explicar las transformaciones de la materia. No es magia. No es la voluntad de un dios. Es un proceso natural, regular, que funciona siempre de la misma manera.

Es, en germen, lo que mucho después llamaríamos física.

Juntos, Tales, Anaximandro y Anaxímenes forman la Escuela de Mileto. Los tres estaban buscando el arjé. Los tres usaban el razonamiento en lugar del mito. Y los tres llegaron a respuestas diferentes, lo que ya de por sí es significativo: porque significa que había debate. Había discusión. Había la posibilidad de estar equivocado y de que otro pensador te corrigiera.

Eso, también, es una novedad radical.

Pero mientras estos tres milesios debatían sobre si el arjé era el agua, el ápeiron o el aire, en otra parte del mundo griego estaba ocurriendo algo muy diferente.

Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante.

Pitágoras de Samos. Si hay un nombre de este período que todo el mundo ha escuchado, es ese. El del teorema. Pero Pitágoras era mucho más que un matemático. Era, en cierto sentido, el líder de una especie de secta.

Nació en la isla de Samos, probablemente hacia el 570 antes de Cristo. Viajó extensamente: a Egipto, a Babilonia, quizás a otras regiones del Oriente. Y después se estableció en Crotona, una ciudad griega del sur de Italia, donde fundó una comunidad filosófica y religiosa que tenía reglas muy estrictas.

Los pitagóricos, como se llamaban sus seguidores, no eran solo un club de debate filosófico. Eran una comunidad que vivía junta, que tenía normas de conducta, que practicaba rituales, que guardaba secretos. Había cosas que no podías comer si eras pitagórico. Los historiadores discuten sobre cuáles exactamente, pero la más famosa es que no podías comer habas. Sí, habas. Hay debates académicos serios sobre por qué Pitágoras prohibió las habas. Algunos dicen que es una cuestión religiosa, otros que médica, otros que puramente simbólica.

Pero dejando de lado las habas, la aportación filosófica de Pitágoras es monumental.

Su respuesta a la pregunta del arjé fue radicalmente distinta a la de los milesios. Porque Pitágoras no dijo que el arjé fuera una sustancia material. No dijo que fuera agua, ni aire, ni algo indeterminado.

Pitágoras dijo que el arjé son los números.

Los números. Las relaciones matemáticas. La estructura cuantitativa que subyace a la realidad.

A primera vista puede parecer incluso más abstracto que el ápeiron de Anaximandro. Pero Pitágoras tenía argumentos concretos.

El más famoso tiene que ver con la música. Los pitagóricos descubrieron que las relaciones entre los sonidos armónicos se podían expresar con relaciones matemáticas simples. Si tienes una cuerda de un instrumento y la divides exactamente por la mitad, obtienes una nota que suena una octava más alta que la original. Si la divides en la proporción de dos a tres, obtienes una quinta musical. Si la divides en tres a cuatro, obtienes una cuarta.

La armonía, que es una experiencia sensorial, que percibimos con nuestros oídos y que nos produce placer o desagrado, estaba gobernada por relaciones numéricas exactas.

Eso, para Pitágoras, era la prueba de que el número estaba en la base de la realidad. No solo en la música. En todo.

Los pitagóricos encontraron relaciones matemáticas en la astronomía. Pensaban que los planetas, al moverse, producían una armonía cósmica, una especie de música de las esferas que el oído humano no puede percibir pero que existe.

Y también, claro, desarrollaron la geometría que todos conocemos. El teorema de Pitágoras, que establece que en un triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, es el legado más conocido de esta escuela. Aunque hay que decir que este teorema era conocido en Babilonia y en Egipto antes que los griegos lo formularan. El mérito de los pitagóricos fue demostrarlo. Dar una prueba lógica, rigurosa, de que siempre tenía que ser así.

La demostración. Ese es otro regalo de los griegos al pensamiento occidental. No basta con observar que algo funciona de cierta manera. Hay que demostrar por qué tiene que ser así necesariamente.

Pero hay algo más oscuro en la historia pitagórica. Algo que tiene que ver con los límites del propio sistema.

Uno de los discípulos de Pitágoras, siguiendo los métodos del maestro, calculó algo que no debería haber calculado. Intentó encontrar la longitud de la diagonal de un cuadrado de lado uno. Y lo que encontró fue que esa longitud no puede expresarse como una fracción de números enteros. Es lo que hoy llamamos un número irracional. La raíz cuadrada de dos.

Para los pitagóricos, que creían que todo en la naturaleza podía expresarse con números enteros o con proporciones entre ellos, esto era una catástrofe. Era la prueba de que su sistema tenía una grieta fundamental.

Hay una leyenda que dice que el discípulo que hizo este descubrimiento fue arrojado al mar para que no revelara el secreto. No sabemos si es verdad. Pero ilustra bien la tensión que existe cuando una creencia profunda choca con un hecho matemático irrefutable.

Ahora bien. Si los pitagóricos creían que todo era número y estructura, en el otro extremo del espectro filosófico de la época había un hombre que creía exactamente lo contrario. Un hombre que pensaba que no hay ninguna estructura fija en el universo. Que todo es cambio. Que todo fluye.

Ese hombre era Heráclito de Éfeso.

Heráclito es, probablemente, el más literario de todos los presocráticos. Sus textos, los fragmentos que han llegado hasta nosotros, están escritos en un estilo oscuro, críptico, lleno de paradojas e imágenes poderosas. Le llamaban el Oscuro, y no era solo un apodo. Era una descripción de cómo escribía.

Vivió aproximadamente entre el 535 y el 475 antes de Cristo, en Éfeso, otra ciudad jonia de la costa de lo que hoy es Turquía. Era de familia aristocrática, y al parecer tenía un carácter bastante difícil. Despreciaba a la mayoría de sus contemporáneos, incluidos pensadores ilustres. Hay fragmentos suyos donde critica a Pitágoras, a Hesíodo, a Jenófanes. Tenía una visión muy poco favorable de la humanidad en general.

Pero sus ideas. Ah, sus ideas.

La más famosa es la del panta rei. En griego, panta rei significa todo fluye. Todo está en constante movimiento. Nada permanece igual ni por un instante.

Y la imagen que utilizaba Heráclito para ilustrar esto es una de las más poderosas de toda la filosofía: el río.

No puedes bañarte dos veces en el mismo río, decía Heráclito. Porque cuando vuelves al río, el agua que te moja ya no es la misma agua. Y tú tampoco eres el mismo que eras la primera vez. Todo ha cambiado. El río y tú.

Pero hay una versión más radical todavía, atribuida a un discípulo suyo llamado Crátilo: ni siquiera puedes bañarte una vez en el mismo río. Porque mientras te estás bañando, el río ya está cambiando. Y tú también.

El cambio, para Heráclito, no era una apariencia. No era algo superficial. Era la realidad más profunda del universo.

Y aquí es donde su elección del arjé resulta perfectamente coherente. Para Heráclito, el arjé es el fuego.

No el fuego como una sustancia estática, como el agua de Tales. Sino el fuego como símbolo y realidad del cambio perpetuo. El fuego nunca está en reposo. Nunca es igual a sí mismo de un momento al siguiente. Consume y transforma constantemente. Es vida y es destrucción al mismo tiempo.

El mundo entero, para Heráclito, era como una hoguera eterna. Un proceso de transformación continua en el que todo se convierte en otra cosa y en el que esa transformación es la única constante.

Pero Heráclito añadía algo más. Algo que lo hace todavía más interesante. Decía que en ese cambio perpetuo hay un orden oculto. Una lógica. Un principio que gobierna las transformaciones.

A ese principio lo llamaba el logos. Y aquí la palabra logos tiene un significado muy específico: es la razón que gobierna el cosmos, la ley que subyace al aparente caos del cambio.

Para Heráclito, los contrarios no se excluyen. Se necesitan. El día necesita a la noche. El bien necesita al mal. La tensión entre los contrarios es lo que mantiene vivo el mundo. Es lo que lo hace funcionar.

Tenía una imagen para esto también: el arco y la lira. El arco para disparar flechas y la lira para hacer música son dos instrumentos que tienen la misma estructura: un palo curvado con una cuerda tensa. Y esa tensión, esa oposición entre la madera que quiere enderezarse y la cuerda que la retiene, es lo que da su poder a ambos instrumentos. Sin tensión, no hay música. Sin tensión, no hay flecha.

La tensión de los contrarios es la vida del mundo.

Es una visión del universo que, guardando las distancias, tiene ecos en la dialéctica de Hegel, en la física cuántica donde las partículas y las antipartículas se crean y se destruyen mutuamente, en la termodinámica donde el flujo de energía produce orden y desorden simultáneamente.

Heráclito pensó todo eso sin ninguna herramienta científica. Solo con su mente y sus observaciones.

Hay mucho más por venir.

Pero sigamos. Porque ahora llegamos a algo que va a parecer la negación absoluta de todo lo que Heráclito defendía.

Mientras Heráclito decía que todo cambia, que nada permanece, que el movimiento es la esencia del universo, en la ciudad de Elea, en el sur de Italia, un filósofo llamado Parménides estaba llegando a la conclusión exactamente contraria.

El movimiento no existe.

El cambio no existe.

La realidad es una, inmóvil, eterna, perfecta.

Parménides vivió probablemente entre el 515 y el 450 antes de Cristo. Y nos dejó un poema filosófico, del que conservamos fragmentos importantes, en el que describe un viaje imaginario a los dominios de una diosa que le revela la verdad sobre la realidad.

Es una estructura literaria. Pero el argumento que desarrolla es de una dureza lógica aplastante.

El argumento central de Parménides es este: el ser es, y el no-ser no es.

Parece una tautología. Parece que no dice nada. Pero tiene consecuencias demoledoras.

Si el ser es, entonces el ser es eterno. Porque si el ser hubiera comenzado a existir en algún momento, entonces antes de ese momento había no-ser. Pero el no-ser no es. Por tanto, no puede haber habido un momento en el que el ser no existía. El ser siempre ha existido.

Del mismo modo, el ser no puede dejar de existir. Porque si dejara de existir, dejaría de ser. Habría no-ser. Pero el no-ser no es. Por tanto, el ser nunca puede desaparecer.

Y si el ser es eterno, si no puede aparecer ni desaparecer, entonces tampoco puede cambiar. Porque cambiar es pasar de ser una cosa a ser otra cosa diferente. Pero si algo cambia, en el proceso del cambio, hay un momento en que deja de ser lo que era y todavía no es lo que va a ser. Hay un instante de no-ser. Y el no-ser no es. Por tanto, el cambio es imposible.

Parménides y el desafío a la realidad del cambio

Y si el cambio es imposible, el movimiento también lo es. Porque el movimiento es el cambio de posición de algo en el espacio. Y si el cambio no puede ocurrir, el movimiento tampoco puede ocurrir.

Por tanto, concluye Parménides, todo lo que percibimos con los sentidos, todo el cambio y el movimiento que creemos ver en el mundo, es una ilusión. Los sentidos nos engañan. La razón pura nos dice que la realidad es una, inmóvil, homogénea y eterna.

Y aquí tenemos la primera gran fractura de la historia de la filosofía occidental: el conflicto entre los sentidos y la razón. Entre lo que vemos y lo que pensamos. Entre la apariencia y la realidad.

Heráclito decía: confía en la experiencia, el cambio que ves es real.

Parménides decía: desconfía de los sentidos, la razón te dice que el cambio es imposible.

¿Cuál de los dos tenía razón?

Esta pregunta no tiene una respuesta simple. Y el hecho de que todavía hoy los filósofos y los físicos debatan versiones de esta misma pregunta dice mucho sobre su profundidad.

Pero en el siglo quinto antes de Cristo, el debate entre seguidores de Heráclito y seguidores de Parménides era el debate filosófico central. Y el discípulo más brillante de Parménides, Zenón de Elea, decidió defenderlo con una batería de argumentos que son, quizás, los más ingeniosos de toda la filosofía antigua.

Las paradojas de Zenón.

Zenón vivió probablemente entre el 490 y el 430 antes de Cristo. Y su estrategia filosófica era la reducción al absurdo. Si el movimiento existe, entonces llegamos a contradicciones lógicas insolubles. Por tanto, el movimiento no puede existir.

La más famosa de sus paradojas es la de Aquiles y la tortuga.

Aquiles es el héroe más veloz de la mitología griega. La tortuga es el animal más lento que uno puede imaginar. Propongamos una carrera. Le damos a la tortuga una ventaja inicial. Cuando suena el disparo de salida, Aquiles comienza a correr y la tortuga también.

Aquiles es mucho más rápido. En poco tiempo llega al punto donde estaba la tortuga al principio. Pero para entonces, la tortuga ya se ha movido un poco más adelante. No mucho, porque es lenta, pero se ha movido.

Aquiles llega ahora a ese segundo punto. Pero la tortuga, mientras tanto, ha avanzado un poquito más.

Y así sucesivamente. Cada vez que Aquiles llega al punto donde estaba la tortuga, la tortuga ha avanzado un poco más. Siempre hay una distancia, por pequeña que sea, entre Aquiles y la tortuga.

Por tanto, Aquiles nunca puede alcanzar a la tortuga.

¿Qué?

Sabemos por experiencia que esto no puede ser verdad. Aquiles alcanzaría a la tortuga en cuestión de segundos. Lo vemos. Lo podemos medir. Pero el argumento lógico de Zenón parece no tener fisuras.

El problema, como la matemática moderna ha explicado, está en la suma de infinitas cantidades. Zenón asumía implícitamente que la suma de infinitos intervalos de tiempo tiene que ser infinita. Pero eso no es verdad. La suma de una serie infinita de números que disminuyen de manera adecuada puede ser un número finito. La suma de un medio más un cuarto más un octavo más un dieciseisavo y así sucesivamente es igual a uno. No a infinito.

No fue hasta el desarrollo del cálculo infinitesimal, con Newton y Leibniz en el siglo diecisiete, que las matemáticas proporcionaron las herramientas para resolver formalmente la paradoja de Zenón.

Durante dos mil años, nadie pudo resolver el argumento de Zenón de manera completamente satisfactoria.

Eso es lo que significa plantear las preguntas correctas.

Zenón planteó también la paradoja de la flecha. Una flecha en vuelo, en cualquier instante dado, ocupa un espacio exactamente igual a su tamaño. En ese instante, está en reposo. Y si en cada instante está en reposo, ¿cuándo se mueve? Si el tiempo está compuesto de instantes, y en cada instante la flecha está en reposo, entonces la flecha nunca se mueve.

Esta paradoja toca algo que la mecánica cuántica rozó en el siglo veinte. La pregunta de qué significa que algo esté en un lugar determinado en un instante determinado resulta ser mucho más complicada de lo que parece.

Zenón era un genio provocador. Sus paradojas no resuelven el problema del movimiento. Lo complican de manera irreversible. Y en esa complicación está su valor filosófico inmenso.

Pero volvamos a la corriente principal del pensamiento presocrático. Porque después de Parménides y Zenón, otros filósofos intentaron salir del atolladero. Intentaron conciliar el movimiento que vemos con las exigencias lógicas de Parménides. Y lo hicieron de maneras muy distintas.

Los llamamos los pluralistas. Porque su estrategia fue la de postular que la realidad no está hecha de una sola cosa, sino de muchas.

El primero y más colorido de ellos fue Empédocles de Agrigento. Sicilia. Siglo quinto antes de Cristo.

Empédocles era un personaje extraordinario. Era filósofo, poeta, médico, político, y al parecer creía que era un semidiós. Hay una historia, probablemente apócrifa pero irresistible, que dice que se lanzó al volcán del Etna para demostrar que era inmortal. La historia añade que el volcán expulsó una de sus sandalias de bronce, lo que arruinó la prueba.

Dejando de lado su posible megalomanía, sus ideas filosóficas son notables.

Empédocles rechazó la idea de un arjé único. No hay una sola sustancia primordial de la que todo proviene. Hay cuatro. Las llamó las cuatro raíces, y son el fuego, el agua, la tierra y el aire.

Estas cuatro raíces son eternas e indestructibles. No se crean ni se destruyen. Solo se combinan y se separan. Y de sus combinaciones en distintas proporciones surgen todas las cosas que existen en el mundo.

El hueso, por ejemplo, estaba hecho de cuatro partes de fuego, dos de tierra y dos de agua, según Empédocles. La sangre tenía proporciones diferentes. Cada cosa tenía su receta, su proporción específica de los cuatro elementos.

Con esto, Empédocles resolvía el problema de Parménides de manera elegante. El ser no cambia. El fuego siempre es fuego, el agua siempre es agua. Pero lo que cambia son las combinaciones. La silla que ahora existe es una combinación de los cuatro elementos. Cuando la silla se quema, se deshace, los elementos que la componían se liberan y pueden combinarse de otra manera. El ser no desaparece. Solo se reorganiza.

Pero para que los elementos se muevan, para que se combinen y se separen, necesitan una causa. Empédocles propuso dos fuerzas cósmicas opuestas: el Amor y el Odio. El Amor, o Philía en griego, es la fuerza que atrae y une los elementos. El Odio, o Neikos, es la fuerza que los separa y los dispersa.

El universo, para Empédocles, estaba en un ciclo eterno gobernado por estas dos fuerzas. Hay momentos en los que el Amor domina y los cuatro elementos se funden en una esfera perfecta y unida, el Esphairos. Y hay momentos en que el Odio domina y los elementos se separan completamente. El mundo que conocemos está en un estado intermedio, en el que el Amor y el Odio están en tensión, mezclando y separando continuamente.

La teoría de los cuatro elementos de Empédocles tuvo una influencia extraordinaria en la historia de la ciencia y la medicina. Aristóteles la adoptó, la sistematizó, y a través de Aristóteles dominó el pensamiento occidental durante casi dos mil años. Hasta bien entrado el siglo diecisiete, la medicina y la química occidentales trabajaban con la teoría de los cuatro elementos.

Dos mil años. El pensamiento de un hombre del siglo quinto antes de Cristo que posiblemente se creía un semidiós dominó la ciencia occidental durante dos mil años.

Pero hay otro pluralista que merece atención especial. Anaxágoras de Clazómenas. Un contemporáneo de Empédocles, aunque vivió más tiempo y tuvo la peculiaridad de ser, que se sepa, el primer filósofo que vivió en Atenas.

Anaxágoras llegó a Atenas y fue amigo personal de Pericles, el gran político ateniense del siglo quinto. Esa amistad lo protegió durante años, pero al final no fue suficiente: fue acusado de impiedad por negar la naturaleza divina del sol, al que describía como una roca incandescente más grande que el Peloponeso. Fue juzgado y exiliado.

Su contribución filosófica es singular. Anaxágoras creía que en toda cosa hay una porción de todo. En el hueso hay hueso, pero también hay tierra, fuego, agua, aire, y una pequeña porción de todo lo demás que existe en el universo. Las diferencias entre las cosas se deben a qué elemento predomina en cada cosa. Pero nada está absolutamente puro.

Y el agente que produce el orden en el universo, que da origen al movimiento y a la organización, es el nous, que en griego significa mente o inteligencia. El nous es la única cosa que es absolutamente puro, que no se mezcla con nada. Y fue el nous quien inició el movimiento del cosmos, quien puso en marcha el torbellino primordial del que surgió el mundo.

Esta idea del nous como principio ordenador del universo tuvo una influencia enorme. Platón y Aristóteles la criticaron, porque pensaban que Anaxágoras no la desarrollaba suficientemente, que usaba el nous solo como un mecanismo de arranque y luego lo dejaba de lado. Pero la intuición de que detrás del orden del cosmos hay algo que podríamos llamar inteligencia o razón es una intuición que recorre toda la filosofía posterior, hasta el debate contemporáneo sobre si el universo tiene o no propósito.

Pero ahora llegamos al último y quizás el más sorprendente de todos los presocráticos. Los atomistas. Y en particular, el más sistemático de ellos: Demócrito de Abdera.

Demócrito vivió entre aproximadamente el 460 y el 370 antes de Cristo. Era de Abdera, una ciudad en el norte de Grecia. Era contemporáneo de Sócrates, lo que técnicamente lo sitúa casi fuera del período presocrático. Pero sus ideas pertenecen claramente a esa tradición, y su influencia directa fue enorme.

La teoría atomista fue iniciada por su maestro Leucipo, de quien sabemos muy poco, y desarrollada por Demócrito con un detalle y una sistematicidad extraordinarios.

La propuesta es la siguiente: si seguimos dividiendo cualquier trozo de materia, ¿hasta dónde podemos llegar? ¿Podemos dividir indefinidamente? ¿O llegamos en algún momento a algo que ya no puede dividirse más?

Demócrito respondió que no, que la división no puede ser infinita. En algún momento llegamos a partículas tan pequeñas que son indivisibles. Y a esas partículas las llamó átomos, del griego a-tomos, que significa precisamente eso: lo que no puede cortarse, lo indivisible.

Los átomos son eternos, indestructibles, no tienen cualidades sensoriales propias. No son rojos ni azules, ni calientes ni fríos, ni suaves ni rugosos. Solo tienen forma, tamaño y posición. Pueden ser lisos o rugosos, redondos o angulosos, grandes o pequeños. Y se mueven en el vacío.

El vacío. Esto es fundamental. Porque los eleáticos, los seguidores de Parménides, habían rechazado la posibilidad del vacío. El vacío es el no-ser. Y el no-ser no es. Por tanto, el vacío no puede existir.

Demócrito los desafió directamente. El vacío existe. Sin vacío, los átomos no pueden moverse. Y si los átomos no pueden moverse, no puede haber cambio ni organización del mundo.

El universo, para Demócrito, es esto: átomos y vacío. Nada más. No hay fuerzas cósmicas como el Amor y el Odio de Empédocles. No hay nous como el de Anaxágoras. Solo partículas materiales moviéndose en el vacío, chocando entre sí, combinándose en estructuras complejas, separándose.

Todo lo demás, todo lo que percibimos, toda la riqueza del mundo sensorial, es el resultado de la interacción de átomos. El olor de una flor se debe a átomos de cierta forma que encajan en receptores de cierta forma en nuestra nariz. El sabor de la miel se debe a átomos suaves y redondos. El sabor amargo se debe a átomos rugosos y angulosos.

Las cualidades que experimentamos no están en las cosas mismas. Están en la interacción entre los átomos del objeto y los átomos de nuestros sentidos.

Y aquí Demócrito hace una distinción que resulta ser extraordinariamente moderna: la distinción entre cualidades primarias y cualidades secundarias. Las cualidades primarias son objetivas, están en los objetos: la forma, el tamaño, la posición de los átomos. Las cualidades secundarias, el color, el olor, el sabor, el calor, son subjetivas. Dependen del observador.

John Locke haría esta misma distinción en el siglo diecisiete de nuestra era. Demócrito la hizo en el siglo quinto antes de Cristo.

Pero hay algo más en Demócrito que no podemos ignorar. Su cosmología es completamente mecanicista. No hay propósito en el universo. No hay un dios o una inteligencia que guíe el proceso. Los átomos se mueven, chocan, se combinan, se separan, siguiendo leyes mecánicas. No hay por qué ni para qué. Solo hay causas y efectos.

Este mecanicismo puro, esta visión de un universo que funciona como una máquina sin que nadie la haya diseñado ni la controle, es una visión que dominó la física clásica desde Newton hasta finales del siglo diecinueve. Y que todavía hoy, en versiones actualizadas, es la base de gran parte de la física.

Y ahora viene la parte que más me impresiona de todo esto.

La teoría atómica de Demócrito fue, filosóficamente hablando, correcta en sus líneas esenciales. No en los detalles. Demócrito no sabía nada de protones, neutrones, electrones. No sabía nada de quarks o de bosones. Pero la idea fundamental, que la materia está hecha de partículas elementales, indivisibles en algún nivel fundamental, que se mueven en el vacío y que de sus combinaciones surge toda la riqueza del mundo material, esa idea es la que está en la base de la física moderna.

Y Demócrito llegó a ella solo razonando. Sin experimentos. Sin instrumentos. Con pura reflexión sobre la naturaleza de la materia.

Hubo que esperar hasta el siglo diecinueve para que John Dalton propusiera la teoría atómica moderna en química. Y hasta principios del siglo veinte para que la física demostrara experimentalmente que los átomos existen. Dos mil cuatrocientos años después de Demócrito.

Ahora, antes de terminar este recorrido, quiero hacer una pausa y mirar atrás a todo lo que hemos visto. Porque hay algo que me parece verdaderamente sorprendente en estos pensadores.

Vivieron en un mundo sin ciencia moderna. Sin microscopio. Sin física. Sin química. Sin telescopio. Sin matemáticas avanzadas en el sentido en que hoy las entendemos. Con la sola herramienta de la razón y la observación directa del mundo.

Y sin embargo. Tales intuyó que la materia puede transformarse en otras formas. Anaximandro propuso que el origen de la vida estaba en el barro primordial, en una especie de evolución primitiva. Anaxímenes describió un mecanismo físico de transformación de la materia. Pitágoras descubrió que la naturaleza habla el lenguaje de las matemáticas. Heráclito describió un universo en constante flujo y cambio, gobernado por una lógica oculta. Parménides planteó preguntas sobre la naturaleza del ser que siguen sin respuesta definitiva. Zenón formuló paradojas que no fueron resueltas matemáticamente hasta el siglo diecisiete. Empédocles propuso una teoría de cuatro elementos que dominó la ciencia durante dos mil años. Demócrito describió un universo de átomos y vacío que la física del siglo veinte confirmaría.

No todos tenían razón en todo. Pero todos hicieron algo más importante que tener razón: formularon las preguntas correctas. Y esas preguntas, una vez formuladas, no pudieron ser ignoradas.

Me parece significativo también que estos filósofos vivieron en una época y en un lugar donde el comercio, el contacto entre culturas y la prosperidad económica habían creado las condiciones para que la gente tuviera tiempo de pensar. La filosofía no surge en la miseria ni en el aislamiento. Surge en la confluencia, en el intercambio, en el ocio que permite la reflexión.

Y hay algo más que me llama la atención. Estos filósofos no se ponían de acuerdo entre sí. Se criticaban, se refutaban, construían sus teorías en parte como respuestas a las teorías de los demás. Tales propone el agua, y Anaximandro le responde que el arjé no puede ser una cosa concreta. Heráclito dice que todo fluye, y Parménides le responde que el movimiento es imposible. Los atomistas responden a Parménides aceptando su lógica pero rechazando una de sus premisas.

Ese debate continuo, esa voluntad de criticar y de ser criticado, es también un regalo. Es la semilla del método científico.

El método científico no funciona con certezas absolutas. Funciona con hipótesis que se contrastan, con teorías que se refutan, con modelos que se mejoran. Y ese espíritu, ese espíritu de que ninguna idea está por encima de la crítica racional, arrancó con los presocráticos.

Hay algo que me parece profundamente humano en todos estos hombres. Estaban mirando el mismo mundo que miramos nosotros, el cielo, el mar, el fuego, la piedra, el cuerpo humano, y se negaban a aceptar que no podían entenderlo. Se negaban a conformarse con la respuesta de que los dioses lo habían hecho así y punto.

Esa negativa, esa obstinación en buscar una explicación racional, es quizás lo más moderno de todo lo que hicieron.

Porque en el fondo, eso es lo que seguimos haciendo. El físico que hoy trabaja en el CERN buscando el bosón de Higgs, el cosmólogo que estudia los instantes iniciales del Big Bang, el biólogo que investiga el origen de la vida en los océanos primitivos, todos están haciendo lo mismo que hicieron Tales y Anaximandro y Heráclito y Demócrito. Están mirando el mundo y preguntando: ¿de qué está hecho? ¿Cómo funciona? ¿Hay un principio que lo explique todo?

El arjé sigue siendo la pregunta.

Y lo que me parece más poderoso de los presocráticos es que no solo formularon esa pregunta. Establecieron que esa pregunta tenía respuesta. Que el universo era inteligible. Que la razón humana podía alcanzar verdades sobre la naturaleza del mundo.

Esa confianza en la razón, esa apuesta por la inteligibilidad del cosmos, es el fundamento sobre el que se construye toda la ciencia y toda la filosofía posteriores.

Sin los presocráticos, no hay Platón. Sin Platón, no hay Aristóteles. Sin Aristóteles, no hay toda la tradición filosófica y científica medieval. Sin esa tradición, no hay Galileo, no hay Newton, no hay Einstein.

Todo el edificio del pensamiento occidental tiene sus cimientos en esos hombres del siglo sexto y quinto antes de Cristo que se sentaron a mirar el mundo y decidieron entenderlo.

La próxima vez que mires el cielo de noche, o el mar, o simplemente el agua que corre de un grifo, piensa en ellos. En Tales preguntándose si el agua lo explica todo. En Heráclito mirando una hoguera y viendo en ella la imagen del universo. En Demócrito mirando un granito de arena y pensando en los átomos infinitesimales que lo componen.

Pensaron con lo que tenían. Y lo que tenían era solo la mente humana.

Y eso resultó ser suficiente para cambiar el mundo.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.