Son las tres de la madrugada y no puedes dormir.
Seguro que te ha pasado. La casa está en silencio, todo el mundo duerme, y tú estás ahí, mirando al techo, dándole vueltas a la cabeza. No piensas en la factura de la luz ni en lo que vas a comer mañana. Piensas en otras cosas, las que durante el día apartamos porque no hay tiempo.
¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué queda de nosotros cuando nos vamos? ¿Habrá servido para algo lo que he vivido?
Son preguntas que llegan sin avisar. Quizá después de un entierro, o al ver una foto antigua en la que salen personas que ya no están.
Hace unos cuatro mil años, en una ciudad de barro junto a un río, un hombre se hizo exactamente esas mismas preguntas. Un escriba las grabó en tablillas de arcilla con un trozo de caña. Y esas tablillas, enterradas durante milenios bajo la arena, han llegado hasta nosotros.
En ellas se cuenta la historia de un rey que pierde a su mejor amigo. Lo ve morir y se queda junto al cuerpo siete días con sus noches, sin dejar que lo entierren, hasta que un gusano sale de la nariz del muerto. Entonces el rey entiende que él también va a morir, y sale corriendo al fin del mundo buscando la forma de no hacerlo.
Ese hombre sentía lo mismo que sientes tú a las tres de la madrugada. Exactamente lo mismo.
Pero hay otra escena que quiero que guardes en la cabeza, porque vamos a volver a ella.
Año 1966. Un laboratorio en Massachusetts, en Estados Unidos. Un profesor ha preparado un programa de ordenador muy sencillo, casi un juguete. Su secretaria, una mujer que había visto al profesor trabajar en aquello durante meses y sabía perfectamente que solo era una máquina, se sienta delante de la pantalla y empieza a escribirle.
A los pocos minutos se vuelve hacia su jefe y le pide, con toda la educación del mundo, que salga de la habitación.
Quería quedarse a solas con la máquina.
¿Qué le estaba contando? ¿Por qué una persona que sabía que al otro lado no había nadie necesitaba intimidad para hablar con ella? ¿Y qué tiene que ver aquella secretaria con un rey de barro de hace cuatro mil años?
Tiene que ver muchísimo. Entre ese rey y esa secretaria cabe toda la historia del pensamiento humano: cinco mil años intentando responder a las mismas preguntas de siempre. Un viaje que empieza con dioses que fabrican hombres de arcilla y termina, de momento, con hombres que fabrican máquinas que hablan.
Te lo voy a contar desde el principio. Y al final entenderás por qué aquella mujer pidió a su jefe que se marchara, y por qué eso dice tanto de ti y de mí.
Antes de que existieran las ciudades, la escritura o los reyes, ya había alguien pensando.
No sabemos qué pensaba, porque no dejó nada escrito. Pero dejó pistas.
Hace unos diecisiete mil años, en una cueva del sur de Francia llamada Lascaux, alguien se metió en la oscuridad con una lámpara de grasa animal y pintó en las paredes caballos, toros, ciervos. No eran garabatos. Muchos de esos animales están hechos con una precisión que hoy nos deja con la boca abierta, aprovechando los bultos de la roca para darles volumen.
¿Por qué alguien se iba a meter en lo más profundo de una cueva, donde nadie vivía, a pintar animales? No era para decorar el salón. Algo había detrás: un rito, una creencia, la idea de que pintar al animal daba algún poder sobre él, o una forma de hablar con algo que estaba más allá.
No lo sabemos con seguridad. Pero esas pinturas nos dicen que aquellos seres humanos ya no se conformaban con lo que veían. Imaginaban lo que no se ve.
Hay otra pista más antigua todavía, y más conmovedora: los enterramientos.
Hace decenas de miles de años, nuestros antepasados empezaron a enterrar a sus muertos con cuidado. Los colocaban en posición, a veces encogidos, como dormidos. A veces les ponían al lado herramientas, adornos, pigmento rojo. En una cueva de lo que hoy es Irak se encontraron restos de polen junto a un enterramiento neandertal, y algunos investigadores pensaron que alguien había dejado flores junto al difunto. Hoy se discute si fue así o si el polen llegó por otros medios, pero la idea por sí sola ya dice mucho.
Un animal no entierra a sus muertos con flores. Un animal no pone una lanza junto al cuerpo por si la necesita en otro sitio.
En el momento en que un ser humano dejó un objeto junto a un cadáver, estaba diciendo algo muy grande sin palabras: "Creo que esto no se acaba aquí".
Y ahí empieza, en el fondo, la historia que te quiero contar.
Hay un lugar en el sur de Turquía que cambió lo que creíamos saber. Se llama Göbekli Tepe. Son enormes pilares de piedra tallada, algunos de varias toneladas, decorados con zorros, jabalíes, serpientes y escorpiones, colocados en círculos. Tienen unos once mil años y medio.
Lo extraordinario es que se levantaron antes de la agricultura, antes de que el ser humano supiera cultivar trigo o tuviera ciudades. Lo hicieron grupos de cazadores y recolectores.
Durante mucho tiempo pensamos que primero vino el pan, después el pueblo y, por último, el templo. Göbekli Tepe sugiere que quizá fue al revés: que primero vino la necesidad de reunirse alrededor de algo sagrado, y que para alimentar a toda esa gente reunida hubo que aprender a cultivar.
No lo sabemos del todo, pero es una idea muy potente. Puede que lo primero que nos hiciera civilizados no fuera el estómago, sino las preguntas.
Avancemos unos milenios y vámonos a un lugar muy concreto: la tierra entre dos ríos, el Tigris y el Éufrates, en lo que hoy es Irak. Los griegos la llamaron Mesopotamia, que significa precisamente eso, "entre ríos".
Allí, hace algo más de cinco mil años, vivía un pueblo al que conocemos como los sumerios.
Los sumerios hicieron algo que parece sencillo pero lo cambió todo: construyeron ciudades de verdad. Uruk, Ur, Lagash, Nippur... Lugares con decenas de miles de personas, con murallas, templos gigantescos, canales de riego, mercados y funcionarios.
La escritura y las primeras formas de organizar el conocimiento
Y cuando juntas a tanta gente, aparece un problema muy práctico: hay que llevar las cuentas.
Quién ha entregado cuántas ovejas al templo, cuántos sacos de cebada se deben, cuántas jarras de cerveza le corresponden a cada trabajador. Porque sí, a los trabajadores se les pagaba en buena parte con cerveza, una cerveza espesa que se bebía con pajita.
Para no perderse con tanta cuenta, los sumerios empezaron a hacer marcas en tablillas de arcilla húmeda. Al principio eran dibujitos: una cabeza de buey para decir buey, una espiga para decir cebada. Con el tiempo, esos dibujos se fueron simplificando hasta convertirse en marcas con forma de cuña, hechas apretando una caña cortada sobre el barro. Por eso la llamamos escritura cuneiforme, de "cuña".
Fíjate qué cosa. El invento que nos permitió guardar la memoria de la humanidad, el que hace posibles la poesía, la filosofía, las leyes y la ciencia, nació de la contabilidad. De apuntar quién debía qué a quién.
Por cierto, los sumerios contaban en base sesenta, no en base diez como nosotros. Y esa costumbre ha sobrevivido cinco mil años sin que nos demos cuenta: por eso una hora tiene sesenta minutos, un minuto sesenta segundos y un círculo trescientos sesenta grados. Cada vez que miras el reloj estás usando un sistema que inventó un contable sumerio.
Pero la escritura no se quedó en las cuentas. Pronto empezaron a escribirse otras cosas: himnos, leyes, cartas y, sobre todo, mitos.
Y aquí tenemos que pararnos, porque entender lo que era un mito es fundamental para entender todo lo que vino después.
Hoy usamos la palabra mito como sinónimo de mentira. "Eso es un mito", decimos, para indicar que algo es falso. Para un sumerio, en cambio, un mito era la explicación del mundo, la mejor que tenían.
¿Por qué crece el río cada año y luego baja? ¿Por qué hay tormentas que lo arrasan todo? ¿Por qué nacemos, por qué trabajamos, por qué morimos? Los mitos daban respuesta a todo eso. No tenían microscopios ni telescopios, pero tenían la misma necesidad que tenemos nosotros de que el mundo tenga sentido.
Y las respuestas que encontraron dicen mucho de cómo veían la vida.
En los mitos de Mesopotamia, los dioses no crearon al ser humano por amor. Lo crearon para que trabajara.
Lo cuenta una historia que conocemos por textos algo posteriores, escritos ya en acadio, la lengua que fue sustituyendo al sumerio, pero que recogen tradiciones muy antiguas. Al principio, los dioses menores tenían que cavar los canales y trabajar la tierra para alimentar a los dioses mayores. Se cansaron, se rebelaron, tiraron las herramientas y rodearon la casa del dios principal.
¿Y cuál fue la solución? Fabricar un ser que hiciera el trabajo en su lugar. Mezclaron arcilla con la sangre de un dios sacrificado, y así nació el ser humano.
Somos barro y sangre divina, hechos para cavar canales.
Visto así, puede parecer una visión muy triste de la vida. Pero piensa en quién la escribía: gente que pasaba el día bajo un sol terrible, sacando barro de los canales para que la cosecha no se perdiera. Ese mito les decía que su trabajo tenía un lugar en el orden del universo y que, si dejaban de hacerlo, el mundo se venía abajo.
Hay otro detalle que te va a sonar. Según esos mitos, cuando los humanos se multiplicaron demasiado y hacían tanto ruido que los dioses no podían dormir, el dios principal decidió acabar con ellos enviando un diluvio. Pero otro dios, más compasivo, avisó en secreto a un hombre para que construyera una barca enorme y metiera dentro a su familia y a los animales.
La lluvia cayó durante días. Cuando paró, el hombre soltó unos pájaros para comprobar si había tierra seca.
¿Te suena?
En el siglo diecinueve, un joven inglés llamado George Smith trabajaba en el Museo Británico clasificando tablillas traídas de las ruinas de Nínive. Era un hombre de origen humilde, que había empezado grabando billetes y había aprendido por su cuenta a leer cuneiforme. Un día de 1872, descifrando un fragmento, se dio cuenta de que tenía delante una historia del diluvio muchísimo más antigua que la que todo el mundo conocía.
Cuentan quienes estaban presentes que se puso tan nervioso que empezó a dar vueltas por la sala y a quitarse la ropa. Uno de los grandes descubrimientos de la historia, celebrado por un señor medio desvestido entre estanterías.
Y aquel fragmento formaba parte de una obra mucho más grande: la historia del rey que lloraba a su amigo, la que te contaba al principio.
Se llama la Epopeya de Gilgamesh, y es una de las obras literarias más antiguas que conservamos.
Gilgamesh fue, probablemente, un rey real de la ciudad de Uruk, aunque con el tiempo su figura se llenó de leyenda. En el relato es dos tercios dios y un tercio hombre, fortísimo, bello e insoportable. Abusa de su pueblo, no deja a nadie en paz y la gente se queja a los dioses.
Los dioses le mandan entonces a alguien a su altura: Enkidu, un hombre salvaje que vive en la estepa con los animales. Enkidu y Gilgamesh se pelean, y de esa pelea nace una amistad tremenda. Juntos viven aventuras, matan monstruos y desafían a los dioses.
Hasta que Enkidu enferma y muere.
Y es entonces cuando el relato se convierte en algo distinto. Ya no es la historia de un héroe que mata monstruos. Es la historia de un hombre que descubre que se va a morir.
Gilgamesh no puede soportarlo. Viaja hasta los confines del mundo buscando a Utnapishtim, el único hombre a quien los dioses concedieron la inmortalidad: el que sobrevivió al diluvio en su barca. Cruza montañas, atraviesa la oscuridad y navega por las aguas de la muerte.
Por el camino se encuentra con una tabernera, Siduri, que le dice unas palabras que llevan cuatro mil años emocionando a quien las lee. Le dice algo así: "Gilgamesh, la vida que buscas no la encontrarás. Cuando los dioses crearon a los hombres, les dieron la muerte y se quedaron la vida para ellos. Tú llena tu vientre, disfruta día y noche, ponte ropa limpia, lávate, mira al niño que te coge de la mano y haz feliz a tu mujer entre tus brazos. Eso es lo que le corresponde al hombre".
Es un consejo que podría darte tu abuelo.
Gilgamesh no le hace caso, claro. Sigue adelante, encuentra a Utnapishtim e incluso consigue una planta que devuelve la juventud. Pero mientras se baña en un estanque, una serpiente se la roba y se la come. Y la serpiente muda de piel y rejuvenece.
Gilgamesh se sienta y llora.
Al final vuelve a Uruk con las manos vacías, y el relato termina con él enseñando a alguien las murallas de su ciudad: mira qué ladrillos, mira qué cimientos, mira qué obra. Como si dijera que no podrá vivir para siempre, pero que lo que ha construido sí quedará.
Esa es la primera gran respuesta del pensamiento humano a la muerte que tenemos por escrito. No vas a ser inmortal, pero puedes dejar algo detrás: una obra, una ciudad, una memoria.
Y date cuenta de una cosa: lo único que ha quedado de Gilgamesh es precisamente eso, la historia escrita en barro. Las murallas de Uruk son hoy montículos de tierra. Pero el relato sigue vivo y tú lo estás escuchando ahora mismo.
Antes de dejar Mesopotamia quiero presentarte a alguien que casi nadie conoce, y debería.
Hacia el año 2300 antes de Cristo, un rey llamado Sargón de Acad creó lo que muchos consideran el primer imperio de la historia. Sargón tenía una hija, Enheduanna, a la que nombró gran sacerdotisa del dios de la luna en la ciudad de Ur.
Enheduanna escribió himnos a los dioses, sobre todo a la diosa Inanna. Y los firmó con su nombre.
Eso la convierte en la primera persona de la historia de la que conocemos su nombre como autora. Antes que Homero, antes que cualquier poeta griego, antes que nadie. La primera firma literaria de la humanidad es la de una mujer.
En uno de sus poemas cuenta cómo fue expulsada de su templo durante una rebelión, cómo lo pasó mal y cómo le suplicó a la diosa que la ayudara. Es un texto muy personal. Ya no es solo el relato de lo que hacen los dioses, sino de lo que siente una persona concreta.
Ahí, en ese momento, hay algo nuevo: el ser humano empieza a mirarse por dentro.
Mesopotamia nos dejó también otra cosa fundamental: las leyes escritas. El código de Hammurabi, rey de Babilonia, grabado en una piedra negra que hoy está en el Louvre, recoge cientos de leyes. Muchas nos parecen durísimas, como el famoso "ojo por ojo". Pero la idea de fondo era revolucionaria: la justicia ya no dependía del capricho de quien mandara ese día, sino que estaba escrita, a la vista de todos.
La idea de que hay normas por encima de las personas nace ahí, aunque fueran las normas de un rey.
Mientras tanto, siguiendo otro río, el Nilo, crecía otra gran civilización: Egipto.
Los egipcios tenían una relación muy especial con la muerte. Si los mesopotámicos imaginaban el más allá como un lugar oscuro y polvoriento donde los muertos comían barro, los egipcios lo imaginaban como una continuación de la vida, pero mejor. Campos fértiles, cosechas abundantes, la vida de siempre sin sus penas.
Eso sí, para llegar allí había que pasar un examen.
Según sus creencias, cuando una persona moría, su corazón se ponía en una balanza. En el otro platillo se colocaba una pluma, la pluma de Maat, la diosa que representaba la verdad, la justicia y el orden del mundo. Si el corazón pesaba menos que la pluma o lo mismo, el difunto pasaba. Si pesaba más, cargado con sus malas acciones, lo devoraba un monstruo con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león y patas traseras de hipopótamo.
Puede sonar a cuento infantil, pero detrás hay una idea enorme: lo que hagas en vida tiene consecuencias. Tu destino depende de cómo te hayas portado, no solo de los sacrificios que hayas ofrecido.
Los egipcios incluso preparaban textos para recitar ante los jueces del más allá, una especie de declaración de inocencia: "No he robado. No he matado. No he hecho llorar a nadie. No he dejado pasar hambre a nadie".
"No he hecho llorar a nadie". Hace más de tres mil años alguien pensaba que eso se tendría en cuenta el día del juicio final.
Y hubo un faraón que intentó algo impensable. Se llamaba Akenatón y reinó hacia el año 1350 antes de Cristo. Decidió que todos los dioses de Egipto, que eran muchísimos, sobraban, y que solo había que adorar a uno: el disco solar, Atón.
Cerró templos, cambió la capital y se enfrentó a los sacerdotes, que tenían muchísimo poder. Fue una de las primeras veces en la historia en que alguien planteó algo parecido a la idea de un solo dios.
No le salió bien. Cuando murió, todo volvió a ser como antes y sus sucesores intentaron borrar su nombre de los monumentos. Pero la idea ya había aparecido.
Esa idea, la de un solo dios, iba a tener un recorrido inmenso gracias a un pueblo pequeño, sin grandes imperios ni pirámides, que vivía entre Egipto y Mesopotamia: los hebreos.
Lo que hicieron los hebreos fue cambiar la relación entre el ser humano y lo divino. Su dios no era uno más entre muchos que se peleaban, comían y hacían ruido. Era un dios único que había creado todo, que se preocupaba por la justicia y que había hecho un pacto con su pueblo.
Y hay algo más que solemos pasar por alto. Para la mayoría de pueblos antiguos, el tiempo era circular: las estaciones vuelven, las cosechas vuelven, todo se repite. Para los hebreos, el tiempo tenía una dirección. Había un principio, la creación, y habría un final. La historia iba hacia algún sitio.
Esa idea de que la historia avanza y tiene un sentido la hemos heredado tan profundamente que ni la notamos. Cuando alguien habla de progreso, de que las cosas van a mejor o de que estamos construyendo un futuro, está pensando, sin saberlo, como un hebreo de hace tres mil años.
En la Biblia hay un libro que encaja perfectamente con el insomnio de las tres de la madrugada: el libro de Job. Job es un hombre bueno, justo y honrado al que le pasa de todo. Pierde a sus hijos, su ganado y su salud. Sus amigos vienen a consolarle y le dicen que algo malo habrá hecho, que Dios no castiga sin motivo. Y Job se planta: "Yo no he hecho nada. ¿Por qué me pasa esto?"
Es la pregunta de siempre. ¿Por qué sufren los buenos? ¿Por qué a mí?
El libro no da una respuesta sencilla. Y eso es lo más honesto que tiene.
Ahora quiero que nos fijemos en algo que es casi un misterio de la historia.
Entre los años ochocientos y doscientos antes de Cristo, más o menos, en lugares muy alejados entre sí y sin aparente contacto, aparecieron de golpe algunas de las mentes más grandes que ha tenido la humanidad.
En la India, un príncipe llamado Siddhartha Gautama abandonó su palacio después de ver por primera vez a un enfermo, a un anciano y a un muerto. Se fue a buscar la forma de liberarse del sufrimiento. Le llamaron el Buda, el despierto. Su conclusión fue que sufrimos porque deseamos, porque nos aferramos a cosas que son pasajeras, y que la paz llega cuando aprendemos a soltar.
En China, un funcionario llamado Confucio se preguntó cómo vivir bien en sociedad. No le interesaban tanto los dioses como las relaciones entre las personas: entre padres e hijos, entre gobernantes y gobernados, entre amigos. Para él, la clave era el respeto, la educación y el ejemplo. Un buen gobernante debe ser, ante todo, una buena persona.
También en China, otra figura, Laozi, propuso todo lo contrario a tanto orden y tanta norma: dejarse llevar por el curso natural de las cosas, el Tao, como el agua que no lucha contra la piedra pero acaba desgastándola.
En Persia, el profeta Zaratustra, cuyas fechas son muy discutidas, enseñaba que el mundo es un campo de batalla entre el bien y la mal, y que cada persona elige de qué lado ponerse.
En Israel, los profetas clamaban contra los reyes injustos y recordaban que Dios quería justicia para la viuda y el huérfano más que sacrificios.
Y en Grecia... en Grecia pasó algo que merece que nos detengamos un buen rato.
A esta época, un filósofo alemán del siglo veinte, Karl Jaspers, la llamó la Era Axial, porque es como el eje sobre el que gira todo lo que vino después. Fue el momento en que el ser humano, en varios lugares a la vez, dejó de conformarse con lo que le contaban los mitos y empezó a preguntarse por su cuenta.
¿Por qué ocurrió todo a la vez? No lo sabemos con certeza. Ciudades más grandes, más comercio, crisis sociales, el contacto con otros pueblos... Algo en el ambiente empujó a la gente a pensar. Pero el hecho está ahí, y es fascinante.
Vámonos a Grecia. Más concretamente, a una ciudad llamada Mileto, en la costa de lo que hoy es Turquía, hacia el año seiscientos antes de Cristo.
Allí vivía un hombre llamado Tales. Era comerciante, ingeniero y astrónomo, y según la tradición predijo un eclipse de sol que ocurrió en el año 585 antes de Cristo. Se cuenta también que una noche, caminando mientras miraba las estrellas, se cayó en un pozo, y una criada que pasaba por allí se rió de él por querer saber lo que pasaba en el cielo sin ver lo que tenía a los pies.
Esa anécdota se ha repetido durante siglos para burlarse de los filósofos. Pero lo que hizo Tales fue muy serio.
Se hizo una pregunta: ¿de qué está hecho todo?
Y respondió: de agua.
Hoy nos parece una respuesta equivocada, y lo es. Pero fíjate en lo que no dijo. No dijo que el mundo lo había hecho Zeus. No contó una historia de dioses peleándose. Buscó una explicación natural, algo que se pudiera observar y discutir. El agua está en todas partes, la vida necesita agua, el agua puede ser sólida, líquida o vapor... Tenía su lógica.
Ese paso, de la explicación por los dioses a la explicación por la naturaleza, es el nacimiento de la filosofía. Y también, en cierto modo, de la ciencia.
Lo más bonito vino después. Un discípulo suyo, Anaximandro, dijo que su maestro se equivocaba, que el principio de todo no podía ser el agua, sino algo indeterminado, sin límites. Y otro, Anaxímenes, dijo que era el aire.
Se llevaban la contraria. Y eso era lo importante. Con los mitos no se discutía; los mitos se creían. Con estas ideas, en cambio, se podía discutir, criticar y mejorar. Había nacido la costumbre de llevarse la contraria con argumentos, que es probablemente el motor más poderoso que ha tenido nunca el pensamiento humano.
En los siglos siguientes, los griegos se lanzaron a pensar con una libertad asombrosa.
Heráclito decía que todo cambia, que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni el río ni la persona son ya los mismos. Parménides, en cambio, sostenía que el cambio es una ilusión de los sentidos y que la realidad verdadera es única e inmóvil. Dos visiones completamente opuestas que, si lo piensas, siguen enfrentándose hoy.
Pitágoras, sí, el del teorema, fundó una especie de secta en el sur de Italia. Creían que el universo estaba hecho de números, que la música de una cuerda dependía de proporciones matemáticas y que el cosmos entero sonaba como una armonía. También creían en la reencarnación y tenían prohibido comer habas, aunque nadie sabe muy bien por qué.
Pero esa intuición de que la naturaleza habla el idioma de las matemáticas fue una de las ideas más fértiles de toda la historia. Sin ella no habría física, ni ingeniería, ni ordenadores.
Demócrito, por su parte, dijo que todo estaba hecho de partículas diminutas e indivisibles que se movían en el vacío. Las llamó átomos, que en griego significa "lo que no se puede cortar". Lo dijo veinticuatro siglos antes de que nadie pudiera comprobarlo.
Y entonces llegamos a Atenas y a un hombre bajito, feo, de nariz chata, que iba descalzo y no escribió una sola línea en su vida.
Sócrates.
Sócrates se pasaba el día en la plaza pública haciendo preguntas a la gente. Al que presumía de saber qué era la justicia, le preguntaba qué era la justicia. El otro respondía, y Sócrates le hacía otra pregunta, y otra, y otra, hasta que el pobre hombre se daba cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
Imagínate lo popular que era.
Contaban que el oráculo de Delfos había dicho que no había nadie más sabio que Sócrates. Él se quedó desconcertado, porque estaba convencido de que no sabía nada. Al final llegó a una conclusión: quizá era el más sabio precisamente porque era el único que sabía que no sabía. Los demás creían saber y no sabían.
Ahí está la famosa frase: "Solo sé que no sé nada".
Para Sócrates, lo importante no era tener respuestas, sino examinar la propia vida. Decía que una vida sin examen no merece la pena ser vivida. Pararse, pensar en lo que haces, en por qué lo haces y en si está bien.
A los poderosos de Atenas aquello no les hizo ninguna gracia. En el año 399 antes de Cristo lo acusaron de corromper a la juventud y de no creer en los dioses de la ciudad, y lo condenaron a muerte. Sus amigos le prepararon una fuga, pero él se negó. Dijo que había vivido toda su vida bajo las leyes de Atenas y que no iba a huir ahora.
Se bebió la cicuta tranquilamente, rodeado de sus amigos, que lloraban. Él los regañó por llorar.
Uno de esos amigos era un joven aristócrata llamado Platón. Y gracias a Platón sabemos casi todo lo que sabemos de Sócrates, porque escribió decenas de diálogos en los que su maestro es el protagonista.
Platón llevó las cosas más lejos. Estaba convencido de que el mundo que vemos no es el verdadero, sino una copia imperfecta de un mundo perfecto de ideas. Para explicarlo inventó una de las imágenes más famosas de la historia.
Unos hombres viven encadenados desde que nacieron en el fondo de una cueva, mirando a la pared. Detrás de ellos hay un fuego, y entre el fuego y ellos pasan personas llevando objetos. Los prisioneros solo ven las sombras de esos objetos en la pared y creen que eso es la realidad.
Un día, uno de ellos se libera. Se da la vuelta, ve el fuego, sale de la cueva y, deslumbrado al principio, descubre el sol, los árboles y el mundo de verdad.
Cuando vuelve a la cueva para contárselo a los demás, no le creen. Se ríen de él. Y si pudieran, dice Platón, lo matarían.
Está claro en quién pensaba.
Esa imagen de la cueva lleva dos mil cuatrocientos años sirviendo para preguntarnos si lo que vemos es la realidad o solo sombras. Y fíjate que hoy, con tantas pantallas delante, la pregunta no ha perdido ni un ápice de actualidad.
Platón fundó una escuela en Atenas, la Academia. Y en ella estudió durante veinte años un joven que venía del norte, de Macedonia: Aristóteles.
Aristóteles respetaba a su maestro, pero no estaba de acuerdo con él. Para Aristóteles no había que buscar la verdad en un mundo de ideas perfecto, sino aquí, en la tierra, observando las cosas. Abrió animales para ver cómo eran por dentro, clasificó plantas, estudió el clima, la política, la poesía, el movimiento de los astros... Escribió sobre prácticamente todo.
Se dice que en el cuadro famoso de Rafael en el que aparecen los dos, Platón señala hacia arriba, hacia el cielo de las ideas, y Aristóteles extiende la mano hacia abajo, hacia la tierra. Es un buen resumen.
Aristóteles fue además preceptor de un muchacho que acabaría conquistando medio mundo: Alejandro Magno.
Pero hay una aportación de Aristóteles que quiero que retengas, porque será clave para el final de esta historia.
Aristóteles fue el primero en estudiar de forma sistemática cómo razonamos. Se preguntó cuándo un argumento es correcto y cuándo no, e inventó lo que llamamos lógica.
El ejemplo clásico es este: todos los hombres son mortales; Sócrates es hombre; luego Sócrates es mortal.
Parece una tontería, pero lo que descubrió Aristóteles es que la validez de un razonamiento depende de su forma, no de su contenido. Puedes cambiar "hombres" por "gatos" y "Sócrates" por "Misi", y el razonamiento sigue funcionando. La lógica tiene sus propias reglas, como un mecanismo.
Y si el razonamiento es un mecanismo... ¿podría hacerlo una máquina?
Esa pregunta tardaría más de dos mil años en hacerse en serio. Pero la semilla la plantó Aristóteles.
Curiosamente, los griegos ya habían soñado con máquinas que pensaran. En sus mitos, el dios herrero Hefesto fabricaba sirvientas de oro que podían hablar y moverse, y un gigante de bronce llamado Talos que daba vueltas a la isla de Creta para protegerla de los invasores. El propio Aristóteles escribió que, si los instrumentos pudieran trabajar solos, los amos no necesitarían esclavos.
Y en el fondo del mar, cerca de una isla griega llamada Anticitera, se encontró a principios del siglo veinte un mecanismo de bronce lleno de engranajes, de hace más de dos mil años, que servía para calcular las posiciones del sol, la luna y probablemente los planetas, además de predecir eclipses. Una especie de calculadora astronómica. Nada comparable se volvería a construir en más de mil años.
Los griegos no solo pensaban. Ya empezaban a construir máquinas que calculaban.
Tras la muerte de Alejandro, el mundo griego se extendió por todo el Mediterráneo y Oriente, y la filosofía cambió de tono. Ya no se trataba tanto de saber de qué estaba hecho el universo, sino de algo más práctico: cómo vivir bien en un mundo que se había vuelto enorme, inseguro y cambiante.
Surgieron dos escuelas que, si me permites, son de las más útiles que han existido para el día a día.
Una fue la de Epicuro. Epicuro tiene mala fama porque se le asocia con los banquetes y el placer sin freno, pero era justo lo contrario. Vivía en un huerto con sus amigos, comía pan y agua y, de vez en cuando, como gran lujo, un poco de queso. Para él la felicidad consistía en no sufrir: tener el cuerpo sin dolor y la mente sin angustia. Pocas necesidades, buenos amigos y no tenerle miedo a la muerte.
Sobre la muerte tenía un argumento muy sencillo: "Donde está la muerte, yo no estoy. Y donde estoy yo, no está la muerte". Mientras vives no la sufres, y cuando llega ya no estás para sufrirla. ¿Por qué temerla entonces?
La otra escuela fue la de los estoicos. Su idea central es una de esas que, si la entiendes de verdad, te cambia la vida. Hay cosas que dependen de ti y cosas que no. Lo que depende de ti son tus opiniones, tus decisiones y cómo reaccionas. Lo que no depende de ti es todo lo demás: el tiempo, la salud, lo que piensen los otros, la economía, la muerte. Preocuparse por lo que no depende de uno es perder el tiempo y amargarse la vida. Hay que ocuparse de lo que sí depende de uno y aceptar lo demás con serenidad.
Entre los estoicos hubo un esclavo, Epicteto, y un emperador, Marco Aurelio. El hombre más poderoso del mundo escribía por las noches, en su tienda de campaña durante las guerras, notas para sí mismo recordándose que debía ser paciente, humilde y justo, y que pronto estaría muerto y olvidado como todos los demás. Esas notas, que nunca pensó publicar, siguen leyéndose hoy.
Y hubo uno nacido aquí, en Córdoba: Séneca. Escribió cartas a un amigo hablándole del paso del tiempo, de la brevedad de la vida y de cómo no desperdiciarla. Decía que la vida no es corta, sino que la hacemos corta malgastándola.
Mientras tanto, en Alejandría, en Egipto, se levantaba la biblioteca más famosa de la Antigüedad, con cientos de miles de rollos. Allí se calculó el tamaño de la Tierra con una precisión asombrosa, se estudió anatomía y se hicieron máquinas de vapor de juguete. Y allí enseñó, ya en tiempos del Imperio romano, una mujer matemática y filósofa, Hipatia, que fue asesinada brutalmente en el año 415 por una turba en medio de las tensiones religiosas y políticas de la ciudad.
Su muerte se ha convertido en símbolo del final de una época.
Porque el mundo estaba cambiando. El Imperio romano se había hecho cristiano, y el cristianismo traía una forma nueva de ver las cosas.
Recogía la herencia hebrea, con un solo Dios y una historia con sentido, pero añadía algo que resultaba revolucionario en un imperio construido sobre la fuerza: que todas las personas, esclavos y emperadores, hombres y mujeres, tienen el mismo valor ante Dios. Y que el amor, incluso a los enemigos, es la ley más alta.
Muchas de las ideas que hoy consideramos obvias, como la dignidad de cada persona o la compasión hacia el débil, tienen ahí una de sus raíces más profundas, sea uno creyente o no.
El gran pensador de este momento fue Agustín de Hipona, un norteafricano que de joven fue bastante juerguista. Él mismo lo cuenta en un libro, las Confesiones, que es una de las primeras autobiografías de verdad de la historia. En él cuenta cómo robó unas peras de niño, no porque tuviera hambre, sino por el gusto de hacer algo prohibido, y se pregunta durante páginas por qué hizo aquello.
Agustín mira hacia dentro como pocos antes. Habla de la memoria, del tiempo y de la inquietud que todos llevamos dentro. Tiene una frase muy conocida: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Es la inquietud de las tres de la madrugada, puesta en palabras hace mil seiscientos años.
Agustín escribió también algo curioso. Para responder a quienes decían que no se puede estar seguro de nada, argumentó: "Si me equivoco, existo". Porque para equivocarse hay que existir. Fíjate en esta idea, porque mil doscientos años después alguien la convertiría en la frase más famosa de la filosofía.
En el año 476 cae el último emperador romano de Occidente y empieza lo que llamamos la Edad Media.
Durante mucho tiempo se le ha llamado una época oscura, de ignorancia y superstición. Hay algo de verdad: se perdieron muchos libros, las ciudades se vaciaron y la vida se volvió más dura. Pero no se dejó de pensar, ni mucho menos.
En los monasterios, los monjes copiaban a mano, letra a letra, los textos antiguos que se habían salvado. Gracias a esa paciencia infinita, de vela y pluma, hoy podemos leer a muchos autores latinos.
Y mientras Europa occidental pasaba apuros, en otro lugar el pensamiento brillaba con una fuerza tremenda.
En el siglo séptimo nace el islam y, en muy poco tiempo, los árabes construyen un imperio que va desde la India hasta la península ibérica. Y en el siglo noveno, en Bagdad, los califas crean algo extraordinario: la Casa de la Sabiduría.
Era un centro donde se reunían sabios musulmanes, cristianos, judíos y persas para traducir al árabe todo lo que caía en sus manos: filosofía griega, medicina, astronomía, matemáticas de la India... Aristóteles, por ejemplo, se leyó y comentó en árabe con enorme profundidad.
En esa casa trabajó un matemático persa llamado Al-Juarismi. Escribió un libro sobre cómo resolver ecuaciones, y del título de ese libro viene la palabra álgebra. Además ayudó a difundir los números indios, los que hoy llamamos arábigos, con el cero incluido. Imagínate hacer cuentas complicadas con números romanos: no hay quien multiplique con eso.
Pero lo más curioso es esto: cuando sus obras se tradujeron al latín, su nombre, Al-Juarismi, se fue deformando, y de él nace la palabra algoritmo.
Un algoritmo es una serie de pasos ordenados para resolver un problema. Como una receta de cocina. Y hoy, todo lo que hace un ordenador, todo lo que hace la inteligencia artificial, todo lo que te aparece en el teléfono, funciona con algoritmos.
Un sabio de Bagdad de hace mil doscientos años está, literalmente, en el nombre de la tecnología que domina nuestras vidas.
Y aquí, en la península ibérica, en Al Ándalus, el pensamiento vivió una época dorada. En Córdoba, que llegó a ser una de las ciudades más grandes y cultas de Europa, nacieron dos de los grandes filósofos de la Edad Media, casi al mismo tiempo.
Uno fue Averroes, musulmán, médico y juez, que dedicó su vida a comentar a Aristóteles. Lo hizo tan bien que en Europa le llamaban simplemente "el Comentador". Defendía que la razón y la fe no tenían por qué estar enfrentadas, que si Dios nos dio inteligencia era para usarla. Esto le trajo bastantes problemas: acabó desterrado y sus libros fueron quemados.
El otro fue Maimónides, judío, también médico, que tuvo que huir de Córdoba con su familia por la persecución religiosa y acabó siendo médico del sultán en Egipto. Escribió una obra titulada Guía de perplejos, para ayudar a quienes estaban confundidos entre lo que decía la fe y lo que decía la razón.
Guía de perplejos. Qué título tan bonito. Y qué bien le vendría a cualquiera de nosotros en muchos momentos de la vida.
Luego llegó Toledo. En los siglos doce y trece, después de que los cristianos tomaran la ciudad, se formó allí un grupo que hoy conocemos como la Escuela de Traductores. Sabios cristianos, judíos y musulmanes trabajaban juntos traduciendo del árabe al latín, y luego también al castellano, impulsados por Alfonso X, el Sabio. Por esa puerta, por Toledo, entró en Europa gran parte del saber griego y árabe que se había perdido.
España fue durante siglos el puente por el que pasó el pensamiento entre Oriente y Occidente. Es algo de lo que deberíamos sentirnos muy orgullosos, y que muy poca gente conoce.
Y ya que estamos aquí, déjame presentarte a un mallorquín muy peculiar que vivió en el siglo trece: Ramon Llull.
Llull fue un hombre de vida movida. De joven era un cortesano mujeriego hasta que tuvo unas visiones religiosas y cambió de vida por completo. Se obsesionó con convencer a musulmanes y judíos de la verdad del cristianismo, pero no a la fuerza, sino con argumentos que nadie pudiera rebatir.
Para ello inventó un artefacto curiosísimo: unos discos de papel concéntricos, con letras que representaban conceptos como bondad, grandeza o eternidad. Girando los discos se combinaban los conceptos de forma mecánica para generar todas las afirmaciones posibles y comprobar cuáles eran verdaderas.
Era, en el fondo, la idea de que el razonamiento se podía mecanizar. De que combinando símbolos según unas reglas se podía llegar a la verdad.
Muchos lo consideran uno de los precursores lejanos de la informática. Un mallorquín con discos de papel en el siglo trece. Recuérdalo, porque su idea va a reaparecer.
La gran síntesis de la Edad Media la hizo Tomás de Aquino, un italiano grandullón y callado al que sus compañeros llamaban "el buey mudo". Aquino se propuso unir la filosofía de Aristóteles, que había llegado a través de los árabes, con la fe cristiana. Su idea era que la razón puede llegar muy lejos por sí misma, hasta demostrar que existe Dios, y que la fe completa lo que la razón no alcanza.
En esa época aparecen también las universidades: Bolonia, París, Oxford, Salamanca... Lugares donde se discutía, se argumentaba y se defendían tesis contra los ataques de los demás. La costumbre griega de llevarse la contraria con argumentos se convertía en institución.
De la navaja de Ockham a la revolución de la imprenta
A finales de la Edad Media, un fraile inglés, Guillermo de Ockham, enunció un principio que todavía hoy usan los científicos: entre dos explicaciones, quédate con la más sencilla. No multipliques las cosas sin necesidad. Lo llamamos la navaja de Ockham, porque sirve para afeitar todo lo que sobra.
Y entonces, hacia 1450, en Maguncia, en Alemania, un orfebre llamado Johannes Gutenberg perfeccionó un invento que iba a cambiar el mundo tanto como la escritura: la imprenta de tipos móviles.
Hasta entonces, un libro se copiaba a mano y tardaba meses. Era carísimo. Con la imprenta, en pocas décadas había millones de libros circulando por Europa. Las ideas empezaron a viajar a una velocidad nunca vista. Lo que alguien pensaba en Florencia se leía poco después en Londres, en Sevilla o en Cracovia.
Fue, en su momento, algo tan revolucionario como Internet. Y con consecuencias parecidas: más conocimiento al alcance de todos, pero también más bulos, más panfletos y más peleas. Una de esas peleas partió en dos a la cristiandad, cuando Lutero aprovechó la imprenta para difundir su protesta contra Roma.
Llega el Renacimiento. Los europeos redescubren a los clásicos griegos y romanos y vuelven a poner al ser humano en el centro. Leonardo da Vinci dibuja máquinas voladoras y disecciona cadáveres para entender cómo funcionan los músculos. Pico della Mirandola escribe que el ser humano es el único ser que no tiene una naturaleza fija, que puede elegir lo que quiere ser, rebajarse hasta las bestias o elevarse hasta los ángeles.
Y entonces llega un golpe que sacude todo lo anterior.
Un canónigo polaco, Nicolás Copérnico, después de muchos años de cálculos, llega a la conclusión de que la Tierra no está quieta en el centro del universo, sino que gira alrededor del Sol. Su libro se publica en 1543, el mismo año en que muere. Cuenta la tradición que recibió el primer ejemplar impreso en su lecho de muerte.
Puede parecer un detalle técnico de astrónomos, pero no lo era. Durante miles de años el ser humano había vivido convencido de que estaba en el centro de todo, de que el universo entero giraba a su alrededor. Y de pronto resultaba que vivíamos en un planeta cualquiera dando vueltas alrededor de una estrella.
Fue la primera gran humillación del orgullo humano. No sería la última.
Galileo Galilei apuntó un telescopio al cielo y vio montañas en la Luna, manchas en el Sol y lunas girando alrededor de Júpiter. Todo eso contradecía la idea de unos cielos perfectos e inmutables. Defendió a Copérnico y acabó ante la Inquisición en 1633, obligado a retractarse de rodillas. La leyenda dice que, al levantarse, murmuró: "Y sin embargo, se mueve". Seguramente no lo dijo, pero la frase ha quedado como símbolo de que la verdad no se puede encerrar.
Galileo dejó otra frase que sí escribió y que es fundamental: el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático. Pitágoras lo había intuido dos mil años antes. Ahora se convertía en el método de la ciencia moderna: observar, medir, calcular y comprobar.
Y entonces aparece un francés que se encierra en una habitación con una estufa durante un invierno para pensar.
René Descartes estaba harto de que todo lo que le habían enseñado pudiera ser falso. Así que decidió hacer limpieza: dudar de todo. De los sentidos, porque a veces nos engañan. De si estaba despierto o soñando, porque en sueños también creemos que todo es real. Incluso de las matemáticas, porque quizá un genio maligno le estaba engañando.
Y en medio de esa duda total encontró algo de lo que no podía dudar: de que estaba dudando. Y si dudaba, pensaba. Y si pensaba, existía.
"Pienso, luego existo".
Agustín lo había rozado. Descartes lo convirtió en el cimiento de toda la filosofía moderna.
Pero esa frase tiene una consecuencia que nos interesa muchísimo para el final de nuestra historia. Descartes separó el mundo en dos: por un lado la mente, que piensa, y por otro el cuerpo y la materia, que funcionan como máquinas. Para él, los animales eran autómatas, mecanismos complicados como los relojes. Y el cuerpo humano también. Lo único que nos hacía distintos era la mente, el alma que piensa.
Descartes llegó a preguntarse cómo podríamos distinguir a un hombre de una máquina que lo imitara perfectamente. Y respondió que una máquina nunca podría usar el lenguaje con flexibilidad, responder con sentido a todo lo que se le dijera, como hace hasta el hombre más torpe.
Es decir, en 1637 Descartes ya había planteado la pregunta de si una máquina podría hablar como una persona. Y había dicho que no.
Guárdate esto también.
En esa misma Francia, un muchacho de diecinueve años, Blaise Pascal, vio a su padre, que era recaudador de impuestos, pasarse las noches haciendo cuentas interminables. Para ayudarle inventó una máquina con ruedas dentadas que sumaba y restaba sola. La llamaron la pascalina, y es una de las primeras calculadoras mecánicas de la historia.
Pascal, por cierto, fue un genio de las matemáticas, pero acabó dedicándose a escribir sobre Dios y el sentido de la vida. Dejó frases que parecen escritas para las tres de la madrugada. Por ejemplo: "El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña que piensa". O esta otra: "Toda la desgracia de los hombres viene de no saber quedarse tranquilos en una habitación".
Y luego vino Leibniz, un alemán que sabía de todo y que inventó el cálculo matemático al mismo tiempo que Newton, lo que provocó entre ambos una de las peleas más amargas de la historia de la ciencia.
Leibniz leyó a Ramon Llull, el mallorquín de los discos de papel, y le entusiasmó la idea. Soñaba con un lenguaje universal hecho de símbolos en el que cualquier pensamiento pudiera expresarse con la precisión de una fórmula. Así, decía, cuando dos personas discutieran no tendrían que gritarse. Bastaría con sentarse y decir: "Calculemos". Y la máquina daría la respuesta.
Leibniz también construyó una calculadora mejor que la de Pascal, capaz de multiplicar y dividir. Y desarrolló el sistema binario, el que cuenta solo con unos y ceros.
Unos y ceros. Si te dedicas a la informática o tienes algún hijo o nieto que lo haga, sabrás que todos los ordenadores del mundo funcionan exactamente así, con unos y ceros. Leibniz lo dejó escrito hace más de trescientos años y le pareció tan bello que lo relacionó con la creación del mundo: el uno era Dios y el cero era la nada.
Fíjate cómo se va tejiendo el hilo. Aristóteles descubre que el razonamiento tiene reglas como un mecanismo. Al-Juarismi da nombre a los procedimientos paso a paso. Llull gira discos para combinar ideas. Pascal y Leibniz construyen máquinas que calculan, y Leibniz sueña con una máquina que razone.
Nadie lo sabía todavía, pero estaban construyendo, pieza a pieza a lo largo de los siglos, el camino hacia algo que llegaría trescientos años después.
Y llegó Isaac Newton. Con sus leyes del movimiento y la gravitación, publicadas en 1687, explicó con las mismas ecuaciones por qué cae una manzana y por qué la Luna gira alrededor de la Tierra. El cielo y la tierra obedecían las mismas leyes. El universo entero parecía un reloj gigantesco y perfecto que se podía entender.
Aquello generó una confianza enorme en la razón humana. Si podíamos entender el movimiento de los planetas, ¿qué no podríamos entender?
Así llegamos al siglo dieciocho, el Siglo de las Luces, la Ilustración.
Los ilustrados querían aplicar la razón a todo: no solo a los planetas, sino también a la sociedad, a la política, a la religión, a la educación y a las leyes. Pensaban que muchos de los males del mundo venían de la ignorancia, la superstición y el poder sin control, y que la luz de la razón los iría disipando.
En Inglaterra, John Locke había defendido que todos nacemos con la mente como una página en blanco y que todo lo que sabemos lo aprendemos por la experiencia. Y defendió también que los gobiernos existen para proteger los derechos de las personas, la vida, la libertad y la propiedad, y que si no lo hacen, el pueblo tiene derecho a cambiarlos.
En Francia, Voltaire combatía con ironía feroz el fanatismo y la intolerancia. En Escocia, David Hume, un hombre bonachón y escéptico, ponía en duda casi todo, incluso la relación entre causa y efecto. Decía que si vemos mil veces que el sol sale por la mañana, esperamos que salga mañana por pura costumbre, no porque podamos demostrarlo.
Y en una ciudad del este de Alemania vivía Immanuel Kant, un profesor tan puntual que, según se cuenta, los vecinos ponían el reloj en hora cuando lo veían pasar en su paseo diario. Se dice que solo se saltó ese paseo un par de veces: una de ellas por estar enfrascado leyendo un libro de Rousseau.
Kant intentó responder a la gran pregunta: ¿qué podemos conocer realmente? Y llegó a una conclusión sorprendente. Nunca conocemos las cosas tal como son en sí mismas, sino tal como se nos aparecen a través de nuestra mente. Nuestra mente es como unas gafas que no nos podemos quitar: ordena el mundo en espacio, tiempo y causas. Vemos la realidad a través de nuestra forma de pensar.
En 1784 escribió un artículo breve respondiendo a qué era la Ilustración. Su respuesta: es la salida del ser humano de su minoría de edad. La minoría de edad es no atreverse a pensar por uno mismo sin que otro te guíe. Y lanzó un lema: "Atrévete a saber. Ten el valor de servirte de tu propia razón".
Ese lema lo resume todo. Desde los primeros griegos que se atrevieron a llevar la contraria a los mitos, la historia del pensamiento ha sido la historia de gente que se atrevió a pensar por su cuenta.
De aquellas ideas salieron la independencia de los Estados Unidos, la Revolución francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y la idea de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Con muchos excesos y mucha sangre, también es verdad. La razón, como luego veremos, no siempre garantiza que hagamos las cosas bien.
Al mismo tiempo, en Inglaterra arrancaba la Revolución Industrial. Máquinas de vapor, telares mecánicos, fábricas y ferrocarriles. Por primera vez en la historia, las máquinas hacían el trabajo que antes hacían los músculos de personas y animales.
Recuerda el mito sumerio: los dioses crearon al hombre para que trabajara en su lugar. Ahora era el hombre el que creaba máquinas para que trabajaran en su lugar.
Y empezó también un miedo que hoy conocemos muy bien. En Inglaterra, grupos de trabajadores textiles, los luditas, entraban de noche en las fábricas y rompían los telares mecánicos porque les estaban quitando el trabajo. Temían que las máquinas los dejaran sin sustento.
Dos siglos después, ese miedo ha vuelto con otra cara.
En esa Inglaterra industrial, un matemático llamado Charles Babbage diseñó una máquina mecánica gigantesca que, en teoría, podía hacer cualquier cálculo si se le daban las instrucciones adecuadas mediante tarjetas perforadas. La llamó la máquina analítica. Nunca llegó a terminarla, por falta de dinero y porque la tecnología de la época no daba para tanto.
Pero alguien entendió esa máquina mejor que nadie, incluso mejor que el propio Babbage: Ada Lovelace, hija del poeta Lord Byron. Ada escribió unas notas sobre la máquina en las que incluyó lo que hoy se considera el primer programa informático de la historia. Y se dio cuenta de algo que nadie había visto: que una máquina así no tenía por qué limitarse a los números. Podría manipular cualquier símbolo, incluso componer música.
Pero añadió una advertencia: esa máquina no tendría pretensiones de crear nada por sí misma. Solo podría hacer lo que nosotros supiéramos ordenarle.
Ese debate, el de si una máquina puede crear algo propio o solo obedece, sigue abierto hoy en día. Y Ada lo planteó en 1843.
También en el siglo diecinueve, un maestro de escuela inglés, George Boole, que había aprendido matemáticas por su cuenta, publicó un libro con un título muy ambicioso: Las leyes del pensamiento. En él convirtió la lógica de Aristóteles en una especie de álgebra, con operaciones como "y", "o" y "no", y con solo dos valores: verdadero o falso.
Verdadero o falso. Uno o cero. ¿Te suena? Leibniz otra vez.
Boole murió sin imaginar que su álgebra sería, un siglo después, el lenguaje con el que funcionarían los circuitos de todos los ordenadores del mundo.
Y entonces, en 1859, llegó la segunda gran humillación del orgullo humano.
Charles Darwin, un naturalista inglés que había dado la vuelta al mundo en un barco llamado Beagle, publicó El origen de las especies. Su idea era que todos los seres vivos, incluidos nosotros, venimos de antepasados comunes y hemos ido cambiando a lo largo de millones de años por un proceso que llamó selección natural. Los individuos mejor adaptados sobreviven y tienen más descendencia, y así las especies se transforman poco a poco.
Copérnico nos había sacado del centro del universo. Darwin nos sacaba de un lugar aparte en la naturaleza. Éramos parientes de los monos, de los perros, de las setas.
El escándalo fue enorme. Pero también nos dio algo hermoso: la idea de que estamos emparentados con toda la vida del planeta, de que formamos parte de una historia larguísima que empezó hace miles de millones de años.
En esa época también escribía un alemán barbudo, Karl Marx, que miraba las fábricas, la pobreza de los obreros y las enormes fortunas de los dueños, y llegó a la conclusión de que la historia era una lucha entre clases sociales. Sus ideas inspiraron movimientos obreros y revoluciones, y también regímenes que en el siglo veinte causaron un sufrimiento terrible. Es una figura que despierta pasiones encontradas, pero no se puede contar la historia del pensamiento sin él.
Y luego llegó un hombre atormentado, con un bigote enorme, que escribió una frase que todavía hoy se repite muchas veces sin entenderla: "Dios ha muerto".
Friedrich Nietzsche no lo decía celebrándolo. Lo decía con angustia. Quería decir que la sociedad europea había dejado de creer de verdad en Dios, aunque siguiera yendo a misa, y que con eso se derrumbaban todos los valores que se apoyaban en esa fe. ¿Qué íbamos a poner en su lugar? ¿Sobre qué íbamos a construir el sentido de la vida?
Nietzsche temía que el siglo siguiente sería un siglo de catástrofes, de vacío y de nihilismo. No se equivocó mucho.
La tercera gran humillación vino de Viena. Un médico llamado Sigmund Freud, atendiendo a pacientes con problemas nerviosos, llegó a la conclusión de que la mayor parte de lo que pasa en nuestra mente no lo controlamos. Hay un inconsciente lleno de deseos, miedos y recuerdos que nos mueve sin que nos demos cuenta. Freud dijo que el ser humano no es dueño ni siquiera en su propia casa.
Copérnico nos sacó del centro del universo. Darwin, del centro de la naturaleza. Freud, del centro de nuestra propia mente.
Y así entramos en el siglo veinte, un siglo de contrastes brutales.
Por un lado, el conocimiento avanzó como nunca. En 1905, un empleado de la oficina de patentes de Berna, en Suiza, llamado Albert Einstein, publicó varios artículos que cambiaron la física. Demostró que el tiempo y el espacio no son absolutos, que el tiempo puede pasar más despacio o más deprisa según lo rápido que te muevas. El reloj perfecto de Newton resultaba no ser tan perfecto.
Poco después, la física cuántica descubrió que en el mundo de lo diminuto las cosas se comportan de forma rarísima: las partículas pueden estar en varios sitios a la vez, y no se puede saber al mismo tiempo dónde está algo y a qué velocidad va. Heisenberg lo llamó el principio de incertidumbre. Einstein nunca lo aceptó del todo y dijo aquello de "Dios no juega a los dados".
Incluso las matemáticas, el refugio más seguro de la certeza, recibieron un golpe. En 1931, un joven austriaco llamado Kurt Gödel demostró que en cualquier sistema matemático lo bastante complejo siempre habrá verdades que no se pueden demostrar dentro de ese sistema.
El sueño de Leibniz de que todo se podría resolver calculando acababa de toparse con un muro. Ni siquiera las matemáticas lo pueden demostrar todo.
Y por otro lado, ese mismo siglo vio dos guerras mundiales, el Holocausto y la bomba atómica. Las naciones más cultas y avanzadas, las de Kant, Goethe y Beethoven, organizaron fábricas de muerte. La razón técnica y la eficiencia industrial se pusieron al servicio del exterminio.
Aquello rompió algo. La confianza ilustrada en que más conocimiento traería automáticamente un mundo mejor saltó por los aires. Los filósofos de posguerra se preguntaban cómo había sido posible. Uno de ellos, el alemán Theodor Adorno, llegó a decir que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie.
Un médico vienés, Viktor Frankl, sobrevivió a los campos de concentración y escribió un libro breve contando lo que vio allí. Su conclusión fue que quienes tenían un motivo para vivir, un sentido, alguien que les esperaba o una tarea que terminar, resistían mejor. Que al ser humano se le puede quitar todo menos una cosa: la libertad de elegir cómo afronta lo que le pasa.
Es lo que decían los estoicos, comprobado en el peor lugar imaginable.
Pero vamos a quedarnos en esa guerra, porque allí ocurre algo decisivo para nuestra historia.
En Inglaterra, en una casa de campo llamada Bletchley Park, el gobierno británico reunió en secreto a matemáticos, lingüistas y aficionados a los crucigramas con una misión: descifrar los mensajes cifrados de los alemanes, que usaban una máquina llamada Enigma con millones de combinaciones posibles.
Entre aquellos cerebros había un joven matemático tímido, algo desaliñado, que iba en bicicleta con una máscara antigás para evitar la alergia al polen y que encadenaba su taza al radiador para que no se la quitaran: Alan Turing.
Años antes, en 1936, Turing había escrito un artículo en el que imaginaba una máquina teórica muy simple: una cinta infinita dividida en casillas y un cabezal que lee, escribe y se mueve siguiendo unas reglas. Y demostró que esa máquina tan sencilla podría, en principio, realizar cualquier cálculo que se pudiera describir paso a paso. Cualquier algoritmo.
Esa máquina imaginaria es el fundamento teórico de todos los ordenadores que existen hoy.
En Bletchley Park, Turing ayudó a diseñar máquinas electromecánicas que rompían el código Enigma. Muchos historiadores creen que ese trabajo acortó la guerra y salvó un número enorme de vidas.
Y después de la guerra, en 1950, Turing escribió un artículo que empieza con una frase muy directa: "Propongo considerar la siguiente pregunta: ¿pueden pensar las máquinas?"
Como esa pregunta era muy difícil de definir, propuso un juego. Una persona conversa por escrito con dos interlocutores a los que no ve: uno es un ser humano y el otro es una máquina. Si la persona no es capaz de distinguir cuál es cuál, deberíamos aceptar que la máquina piensa, o al menos que se comporta como si pensara.
Es lo que conocemos como el test de Turing.
Acuérdate de Descartes. En 1637 dijo que una máquina jamás podría conversar con sentido como lo hace una persona. Trescientos años después, Turing proponía precisamente eso como prueba.
La historia de Turing acabó mal. En 1952 fue condenado por ser homosexual, que entonces era delito en Inglaterra, y obligado a someterse a un tratamiento químico con hormonas. Murió en 1954, a los cuarenta y un años, envenenado con cianuro. Junto a él había una manzana a medio comer. Oficialmente fue un suicidio, aunque todavía se discute. Muchas décadas después, el gobierno británico le pidió perdón públicamente.
El hombre que imaginó las máquinas pensantes fue destruido por la incapacidad de sus semejantes para aceptar lo diferente. Hay mucho que pensar en eso.
En el verano de 1956, en una universidad de Estados Unidos llamada Dartmouth, un grupo de jóvenes investigadores se reunió durante unas semanas con un objetivo muy ambicioso. Uno de ellos, John McCarthy, había inventado un nombre para lo que querían conseguir: inteligencia artificial.
Estaban convencidos de que, en cuestión de unos pocos años, las máquinas podrían hacer cualquier cosa que hiciera un ser humano: traducir idiomas, demostrar teoremas, reconocer caras y conversar.
Se equivocaron por mucho. Lo que parecía fácil resultó dificilísimo. Una máquina podía hacer en segundos cálculos que a un matemático le llevaban meses, pero era incapaz de reconocer un gato en una foto, algo que un niño de dos años hace sin esfuerzo. Lo difícil para nosotros resultaba fácil para la máquina, y lo fácil para nosotros resultaba casi imposible para ella.
Y ahora sí, volvamos a aquel laboratorio de Massachusetts, en los años sesenta.
El profesor se llamaba Joseph Weizenbaum. Había nacido en Berlín en una familia judía y había huido de los nazis siendo un niño. Trabajaba en el MIT, una de las universidades tecnológicas más importantes del mundo.
Entre 1964 y 1966 escribió un programa al que llamó ELIZA, en honor a la protagonista de una obra de teatro, una florista humilde a la que un profesor enseña a hablar como una dama. La versión más famosa de su programa imitaba a un tipo de psicoterapeuta que se limitaba a devolver las preguntas al paciente.
El truco era muy sencillo. El programa no entendía nada de nada. Solo buscaba algunas palabras clave en lo que escribías y te respondía con frases preparadas. Si escribías "estoy triste", te contestaba algo como "¿Por qué dices que estás triste?". Si hablabas de tu madre, te decía: "Háblame más de tu familia". Si no encontraba nada que reconocer, soltaba un "Entiendo" o un "Continúa".
Nada más. Un espejo con unas cuantas reglas.
Y aquí viene la escena. Su secretaria, que había visto a Weizenbaum construir aquel programa durante meses y sabía perfectamente que solo eran unas cuantas reglas, se sentó a probarlo. Escribió unas frases. El programa le devolvió sus preguntas. Ella siguió escribiendo. Y al poco rato se volvió hacia él y le pidió que saliera de la habitación.
Quería contarle a ELIZA cosas que no quería que nadie más leyera.
Weizenbaum se quedó helado. Y no solo con ella. Vio a mucha gente que se abría ante aquel programa, que le contaba sus problemas íntimos y que sentía que aquella cosa la comprendía. Algunos psiquiatras llegaron a proponer que programas así podrían atender pacientes de forma automática.
Aquello asustó tanto a Weizenbaum que se convirtió en uno de los críticos más duros de su propio campo. Escribió un libro advirtiendo que había cosas que nunca deberíamos dejar en manos de las máquinas, no porque no pudieran hacerlas, sino porque hacerlo nos deshumanizaría.
Ese es el misterio del principio. La secretaria no pidió intimidad porque la máquina fuera muy lista. La máquina era tontísima. La pidió porque necesitaba que alguien la escuchara.
Y aquí está la clave de toda esta historia, que vamos a retomar al final. Lo que reveló ELIZA no fue nada sobre las máquinas. Fue algo sobre nosotros. Que somos capaces de ver una mente, un alguien, en cualquier cosa que nos responda. Que tenemos tanta necesidad de ser escuchados que nos basta con un espejo que nos devuelva nuestras palabras.
Lo mismo que hacían nuestros antepasados cuando veían dioses en el trueno, espíritus en los árboles o rostros en las nubes. Proyectamos.
Pero sigamos, porque la historia no termina ahí.
Tras el entusiasmo de los primeros años llegaron las decepciones. Las promesas no se cumplían y el dinero se cortó. Hubo épocas que los propios investigadores llamaron "inviernos de la inteligencia artificial", en las que casi nadie quería financiar el tema. Parecía que aquel sueño, el de Llull, el de Leibniz y el de Turing, iba a quedarse en eso, en un sueño.
Mientras tanto, los ordenadores iban cambiando el mundo de otra forma. De ocupar habitaciones enteras pasaron a caber en una mesa. Llegaron a las oficinas, luego a las casas y después a los bolsillos. Apareció Internet, que conectó a todo el planeta. Una nueva imprenta, aún más poderosa que la de Gutenberg.
En 1997 ocurrió algo que muchos de vosotros seguramente recordáis, porque salió en todos los telediarios. Garri Kaspárov, el campeón mundial de ajedrez, posiblemente el mejor jugador de la historia, perdió una partida a seis contra una máquina de IBM llamada Deep Blue.
Kaspárov se levantó de la mesa enfadado. Llegó a sospechar que había humanos ayudando a la máquina, porque algunas jugadas le parecieron demasiado humanas.
Fue un golpe simbólico enorme. El ajedrez había sido durante siglos el ejemplo de la inteligencia humana más pura. Pero conviene matizar. Deep Blue no pensaba como Kaspárov. Calculaba a una velocidad bestial, cientos de millones de posiciones por segundo, siguiendo reglas que le habían dado sus programadores. Era fuerza bruta. Muy refinada, pero fuerza bruta.
Lo que vino después fue diferente.
En lugar de darle a la máquina todas las reglas, los investigadores empezaron a hacer otra cosa: dejar que aprendiera por sí misma a partir de ejemplos. Se inspiraron, de forma muy simplificada, en cómo funcionan las neuronas del cerebro, conectadas en redes. Le enseñaban a la máquina miles, millones de fotos de gatos, y la máquina iba ajustando sus conexiones hasta aprender a reconocer un gato sin que nadie le explicara qué es un gato.
Esa idea existía desde hacía décadas, pero no funcionaba bien porque hacían falta dos cosas que no había: muchísimos datos y una potencia de cálculo enorme. A principios de este siglo, gracias a Internet y a ordenadores cada vez más potentes, por fin hubo las dos cosas.
Y en 2016 ocurrió algo que a muchos expertos les pareció más impresionante que lo del ajedrez.
Existe un juego oriental antiquísimo llamado go. Se juega en un tablero con piedras blancas y negras, y aunque sus reglas son sencillas, el número de partidas posibles es inimaginablemente mayor que el del ajedrez, mayor que el número de átomos del universo. No se puede ganar por fuerza bruta. Los grandes maestros juegan muchas veces por intuición, por una especie de sensación de lo que es bello o equilibrado en el tablero.
Una máquina llamada AlphaGo, que había aprendido jugando millones de partidas, se enfrentó al surcoreano Lee Sedol, uno de los mejores jugadores del mundo.
En la segunda partida, en la jugada treinta y siete, la máquina colocó una piedra en un lugar que ningún humano habría elegido. Los comentaristas pensaron que se había equivocado. Uno de ellos dijo que era una jugada muy extraña. Lee Sedol se levantó y salió de la sala un rato para pensar.
Aquella jugada resultó ser brillante y decisiva. Uno de los expertos que la presenció dijo que no era una jugada humana, y que nunca había visto a un humano jugar algo así.
¿Recuerdas lo que escribió Ada Lovelace, que la máquina solo haría lo que nosotros supiéramos ordenarle? Pues nadie le había ordenado a AlphaGo aquella jugada. Nadie la conocía. La había encontrado ella.
Lee Sedol perdió cuatro partidas a una. Pero ganó una, la cuarta, con otra jugada brillante, la jugada setenta y ocho, que desconcertó a la máquina. Años después se retiró del juego profesional diciendo que había una entidad a la que no se podía vencer.
Y llegamos a nuestros días.
A finales de 2022 se puso a disposición de todo el mundo un programa capaz de mantener una conversación escrita sobre prácticamente cualquier tema, de redactar cartas, resumir libros, explicar conceptos, escribir poemas y responder preguntas con una fluidez asombrosa. En pocas semanas lo estaban usando decenas de millones de personas. Y después llegaron muchos otros parecidos.
Estos programas funcionan, explicado de forma muy sencilla, después de haber "leído" una cantidad descomunal de textos escritos por seres humanos: libros, artículos, conversaciones... Han aprendido de todo eso cómo se encadenan las palabras, y a partir de ahí son capaces de generar respuestas que parecen escritas por una persona. A veces aciertan de maravilla y a veces se inventan cosas con total seguridad, como ese cuñado que lo sabe todo.
Pero el caso es que conversan. Y lo hacen tan bien que, en muchos casos, es difícil distinguir si al otro lado hay una persona o una máquina.
El test de Turing, la prueba que Descartes creía imposible de superar, se ha vuelto, al menos en conversaciones cortas, cada vez más difícil de aplicar.
Y ahora, con toda esta historia a la espalda, podemos entender lo que está pasando.
Cuando una de estas máquinas te responde, no te responde una mente extraterrestre. Te responde, en cierto modo, un eco de todos nosotros. De todo lo que la humanidad ha escrito. Dentro de esas respuestas hay restos de Platón y de Séneca, de Averroes y de Kant, de Darwin y de Freud, pero también de millones de personas anónimas que escribieron en foros, en periódicos y en cartas. Un espejo enorme hecho con nuestras propias palabras.
Igual que ELIZA, pero muchísimo más grande y muchísimo más pulido.
Y hay gente, mucha gente, que hoy hace lo mismo que aquella secretaria. Hay personas que hablan con estas máquinas por las noches, que les cuentan sus problemas, sus miedos, su soledad. Personas a las que nadie llama. Personas que no quieren molestar a sus hijos. Personas a las que les da vergüenza contarle algo a un amigo.
Y la máquina les responde. Siempre está ahí. Nunca se cansa ni se impacienta. Nunca dice "ahora no puedo".
Hay incluso quien le pregunta a la máquina las mismas cosas que se preguntaba Gilgamesh. ¿Qué pasa cuando morimos? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Por qué tengo miedo?
Y la máquina responde con frases muy bien construidas, recogiendo lo que han dicho las religiones, los filósofos y los poetas. Y quien pregunta, a veces, se siente consolado.
Te he prometido que entenderías qué une al rey de barro con aquella secretaria de los años sesenta, y creo que ya lo intuyes.
Es la misma necesidad.
Gilgamesh lloraba a su amigo y buscaba una respuesta al miedo a la muerte. Cruzó el mundo buscándola. La secretaria pidió quedarse a solas con un programa porque necesitaba hablar con alguien que la escuchara sin juzgarla. Y quien hoy, a las tres de la madrugada, le escribe a una máquina preguntándole por el sentido de su vida está haciendo exactamente lo mismo.
En cinco mil años hemos cambiado las tablillas de barro por pantallas. Hemos pasado de explicar el rayo con un dios enfadado a explicarlo con la electricidad. Hemos viajado a la Luna, hemos descifrado el código de la vida y hemos construido máquinas que conversan.
Pero las preguntas son las mismas. Exactamente las mismas.
Y ahora déjame que te diga lo que pienso yo, después de recorrer todo este camino.
Creo que la inteligencia artificial es, en cierto modo, la culminación de un sueño muy antiguo. El sueño de Hefesto con sus sirvientas de oro, el de Aristóteles con su lógica, el de Llull con sus discos, el de Leibniz con su "calculemos" y el de Turing con su máquina. Es el resultado de miles de años de gente pensando en cómo pensamos. Y eso, en sí mismo, es una hazaña tremenda de la que la humanidad entera puede estar orgullosa.
Pero también creo que, cuando nos preguntamos si las máquinas piensan, nos estamos haciendo la pregunta equivocada. O, mejor dicho, nos estamos haciendo solo la mitad de la pregunta.
Porque fíjate en una cosa. A lo largo de toda esta historia, cada vez que hemos creído entender algo nuevo, hemos tenido que replantearnos quiénes somos. Copérnico nos sacó del centro del universo. Darwin nos colocó en el árbol de la vida junto a los demás animales. Freud nos dijo que ni siquiera controlamos nuestra mente. Y ahora, una máquina que conversa nos obliga a preguntarnos qué tiene de especial nuestra forma de pensar, si una máquina puede imitarla.
Puede que esta sea otra humillación, la cuarta. Pero también puede ser una oportunidad.
Porque, ¿qué tiene Gilgamesh que no tenga la máquina?
Gilgamesh tenía miedo. Gilgamesh perdió a su amigo y lo lloró siete días. Gilgamesh sabía que iba a morir. Y precisamente porque sabía que iba a morir, todo lo que hacía tenía peso: cada día, cada abrazo, cada ladrillo de su muralla.
La máquina puede hablarte de la muerte con palabras preciosas, sacadas de todos los poetas de la historia. Pero no va a morir. No ha perdido a nadie. No ha pasado una noche en vela junto a un hijo con fiebre. No sabe lo que es mirar una foto antigua y que se te haga un nudo en la garganta.
Las preguntas de las tres de la madrugada no son preguntas de información. No las hacemos porque nos falten datos. Las hacemos porque somos mortales, porque queremos a gente que se va a ir, porque sabemos que nuestro tiempo es limitado. Son preguntas que nacen de la herida de estar vivo.
Y una herida solo la entiende de verdad quien también la tiene.
Por eso creo que la mayor sabiduría que nos han dejado cinco mil años de pensamiento no está en ninguna máquina, sino en lo que le dijo la tabernera Siduri a Gilgamesh: "Disfruta de cada día, mira al niño que te coge de la mano, abraza a quien quieres".
Lo que nos dijeron los estoicos: ocúpate de lo que depende de ti.
Lo que dijo Sócrates: examina tu vida.
Lo que descubrió Viktor Frankl en el infierno: busca tu sentido.
Las máquinas pueden ser herramientas magníficas. Pueden ayudarnos a curar enfermedades, a entender el universo, a aprender cosas nuevas a cualquier edad e incluso a hacernos compañía en un rato de soledad. No hay que tenerles miedo ni despreciarlas. Hay que usarlas con cabeza, como cualquier herramienta poderosa que hemos inventado, desde el fuego hasta la imprenta.
Pero no deberíamos cometer el error de aquella secretaria, o mejor dicho, el error de un mundo que la dejaba sola con una máquina para tener a alguien con quien hablar.
Si hay algo que me deja esta historia, es esto: lo que la secretaria necesitaba no era un programa mejor. Necesitaba a alguien. Y lo que necesitaba Gilgamesh no era la planta de la inmortalidad. Necesitaba aceptar su vida y volver a casa.
Quizá la gran pregunta de nuestra época no sea si las máquinas pueden pensar, sino si nosotros vamos a seguir escuchándonos los unos a los otros.
Porque las máquinas van a seguir mejorando, eso está claro. Hablarán cada vez mejor, sabrán cada vez más cosas y parecerán cada vez más humanas. Pero ser humano no consiste en hablar bien ni en saber muchas cosas. Consiste en llamar por teléfono a un amigo que está pasando un mal momento. En sentarse a escuchar a alguien que necesita contar algo, aunque sea la misma historia de siempre. En estar.
Eso no lo puede hacer nadie por nosotros. Ni un dios de arcilla, ni una máquina de silicio.
Así que, la próxima vez que te despiertes a las tres de la madrugada con esas preguntas dándote vueltas, acuérdate de que no eres el primero. Un rey sumerio, un esclavo griego, un emperador romano, un filósofo cordobés, un fraile mallorquín, un matemático inglés... Todos se hicieron las mismas preguntas en la oscuridad. Ninguno encontró la respuesta definitiva. Pero todos, de alguna forma, encontraron la manera de seguir adelante y dejar algo para los que venían detrás.
Esa cadena de preguntas, que va desde una tablilla de barro hasta la pantalla que tienes delante, es lo más valioso que tenemos. Y tú también formas parte de ella.