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Evolución histórica de la mente humana desde el pensamiento mágico hasta el psicoanálisis

¿Alguna vez has tocado madera después de decir algo bueno en voz alta?

No hace falta que contestes. Casi todos lo hemos hecho alguna vez. Dices "llevo años sin ponerme malo" y, casi sin darte cuenta, buscas la mesa con los nudillos. Toc, toc. Por si acaso.

Y si te preguntan por qué lo haces, probablemente te encojas de hombros. "Costumbre", dirás. "Cosas de mi abuela". Pero en el fondo sabes que hay algo más. Una parte de ti, pequeña y discreta, que no termina de fiarse.

O piensa en esto otro. Una noche sueñas con tu padre, que lleva años fallecido. En el sueño te dice algo. No recuerdas bien qué, pero te despiertas con una sensación rara en el pecho que te dura toda la mañana. Sabes perfectamente que fue un sueño. Lo sabes con la cabeza. Y aun así, algo dentro de ti se pregunta si no habrá sido algo más.

Hay otra cosa que nos pasa a todos. Llamas a tu mujer por el nombre de tu hermana. O se te escapa una palabra que no querías decir en el peor momento posible. O te olvidas, justo, de la cita que menos te apetecía. Y te ríes, claro. "Un despiste". Pero a veces, solo a veces, te quedas un segundo pensando si de verdad fue casualidad.

Pues bien. Lo que te voy a contar hoy es la historia de esa parte de ti. La que toca madera. La que se inquieta con los sueños. La que se equivoca de nombre en el momento justo.

Porque esa parte tiene una historia larguísima. Empieza hace decenas de miles de años, en el fondo de una cueva iluminada con antorchas, y termina, o al menos da un giro enorme, en un piso de Viena, a finales del siglo diecinueve, donde un médico con barba y un puro entre los dedos se atrevió a decir algo que escandalizó a media Europa.

Dijo que no somos dueños de nuestra propia casa.

Que dentro de cada uno de nosotros hay alguien más.

Y lo curioso es que, para llegar hasta ahí, la humanidad tuvo que dar una vuelta enorme. Tuvo que culpar a los demonios, a los dioses, a los humores del cuerpo, a la luna y a las estrellas. Tuvo que encadenar a la gente y luego liberarla. Tuvo que hipnotizar, magnetizar, abrir cráneos y escuchar a mujeres a las que nadie quería escuchar.

Al final de este artículo vas a entender por qué tocas madera. Y te aseguro que la respuesta tiene más que ver contigo de lo que imaginas.

Vamos allá.

Hay que empezar muy atrás. Mucho más atrás de lo que solemos pensar cuando hablamos de historia.

En el sur de Francia hay una cueva llamada Chauvet. La descubrieron en mil novecientos noventa y cuatro tres espeleólogos que iban buscando corrientes de aire entre las rocas. Cuando entraron, se encontraron con algo que les dejó sin palabras. Leones, caballos, rinocerontes, osos. Cientos de animales pintados en las paredes con una precisión asombrosa.

Esas pinturas tienen alrededor de treinta y seis mil años.

Para que te hagas una idea, entre esas pinturas y las pirámides de Egipto hay más tiempo que entre las pirámides y nosotros.

Y aquí viene la pregunta que nos interesa. ¿Por qué pintaban? Porque no lo hacían para decorar. Muchas de esas figuras están en zonas profundas, oscuras, de difícil acceso, donde nadie vivía. Había que arrastrarse, llevar fuego, adentrarse en la tierra. No era un salón. Era otra cosa.

Los estudiosos llevan más de un siglo discutiendo esto, y no hay una respuesta única. Pero una de las ideas más extendidas es que aquellas pinturas tenían que ver con la magia. Con la creencia de que, si pintabas al animal, de alguna manera lo atrapabas. Lo controlabas. Le pedías permiso o le pedías perdón.

Y aquí está el primer gran secreto de la mente humana. Al principio, para nuestros antepasados, no había una frontera clara entre lo de dentro y lo de fuera. Entre lo que pensabas y lo que pasaba en el mundo.

Si deseabas algo con fuerza, eso podía ocurrir. Si hacías un dibujo del bisonte, el bisonte quedaba ligado al dibujo. Si alguien enfermaba, era porque algo, o alguien, había entrado en él.

El pensamiento mágico y las primeras explicaciones del mundo

A esto los antropólogos lo llaman pensamiento mágico.

A finales del siglo diecinueve, un escocés llamado James Frazer escribió un libro enorme, "La rama dorada", donde intentó ordenar todas estas creencias de pueblos de todo el mundo. Y se dio cuenta de que la magia, en casi todas partes, seguía dos reglas muy sencillas.

La primera es que lo parecido produce lo parecido. Si haces un muñeco con la forma de tu enemigo y le clavas una aguja, a tu enemigo le dolerá.

La segunda es que lo que ha estado en contacto sigue unido para siempre. Si consigues un mechón de pelo de alguien, una uña, una prenda suya, tienes poder sobre esa persona.

Parece cosa de cuentos, ¿verdad? Pero piénsalo un momento. ¿Cuánta gente guarda todavía el reloj de su padre como si guardara algo de él? ¿Quién no ha sentido que tirar a la basura una carta de alguien querido era casi como hacerle daño? Esas dos reglas siguen vivas. Están ahí, muy al fondo.

Otro estudioso de la época, Edward Tylor, propuso una idea que a mí me parece preciosa. Se preguntó de dónde había sacado el ser humano la idea del alma. Y su respuesta fue: de los sueños.

Piensa en un hombre de hace treinta mil años. Duerme junto al fuego. Y en sueños se ve cazando lejos, o habla con su hermano, que murió el invierno pasado. Al despertar, su cuerpo no se ha movido de ahí. Entonces, ¿quién fue a cazar? ¿Quién habló con el hermano muerto?

La conclusión era casi lógica. Dentro de nosotros hay algo que puede salir del cuerpo. Algo que viaja mientras dormimos. Y si el hermano muerto aparece en sueños, es que él también tiene algo que sigue existiendo después de morir.

Así, según Tylor, nació la idea del espíritu. De los sueños. De esa experiencia nocturna que todos seguimos teniendo y que, por mucho que sepamos de neurología, nos sigue dejando inquietos por la mañana.

Hay otra pista que nos dejaron aquellos antepasados, y esta es más inquietante. En yacimientos de medio mundo, desde Europa hasta Perú, se han encontrado cráneos con agujeros. Agujeros hechos a propósito, con herramientas de piedra. Es lo que se llama trepanación.

Lo más impresionante es que muchos de esos cráneos muestran que el hueso volvió a crecer alrededor del agujero. Es decir, la persona sobrevivió. Algunos sobrevivieron a varias operaciones.

¿Por qué lo hacían? No lo sabemos con certeza. Puede que fuera para tratar golpes en la cabeza, o dolores terribles. Pero muchos investigadores creen que, en ocasiones, se hacía para dejar salir algo. Un espíritu, una fuerza maligna que se había metido dentro y estaba volviendo loca a esa persona.

Fíjate en la idea, porque es la primera teoría de la mente que tenemos. Si alguien se comporta de forma extraña, si oye voces o tiene ataques, es porque hay algo dentro de él que no es él. Algo que vino de fuera.

Esa idea, la de que la locura viene de fuera, va a acompañarnos durante miles de años.

Demos un salto. Unos cinco mil años atrás, entre los ríos Tigris y Éufrates, en lo que hoy es Irak, nacen las primeras ciudades. Aparece la escritura. Y con la escritura, por fin, podemos leer lo que la gente pensaba sobre su propia cabeza.

En Mesopotamia había dos tipos de sanadores. Uno se llamaba asu, y era algo parecido a un médico. Usaba plantas, ungüentos, vendajes. El otro se llamaba asipu, y era una especie de exorcista. Su trabajo era averiguar qué demonio, qué dios ofendido o qué brujería estaba detrás de la enfermedad.

Y muchas veces trabajaban juntos. Uno ponía la cataplasma y el otro recitaba el conjuro. Por si acaso. Como quien toca madera.

Los mesopotámicos tenían demonios para casi todo. Había uno que atacaba a las embarazadas, otro que provocaba fiebres, otro que traía la desesperación. Y hay tablillas que describen lo que hoy llamaríamos ataques epilépticos, o cuadros de angustia profunda, siempre atribuidos a la mano de algún espíritu.

También daban una importancia enorme a los sueños. En el Poema de Gilgamesh, la obra literaria más antigua que conservamos, el héroe sueña una y otra vez, y su madre le interpreta los sueños. Los sueños eran mensajes. Avisos de los dioses. Había auténticos manuales para descifrarlos.

En Egipto pasaba algo muy curioso. Para los egipcios, el órgano que pensaba, que sentía, que recordaba, era el corazón. No el cerebro.

Tanto es así que, cuando momificaban a alguien, conservaban el corazón con muchísimo cuidado, porque lo iba a necesitar en el más allá. En cambio, el cerebro lo sacaban por la nariz con un gancho y lo tiraban. No le veían ninguna utilidad.

Y en el juicio final egipcio, el corazón del difunto se pesaba en una balanza frente a una pluma, la pluma de la diosa de la verdad. Si el corazón pesaba más que la pluma, cargado de malas acciones, el alma era devorada por un monstruo.

Hoy seguimos diciendo "lo sé de corazón", "me lo dice el corazón", "tengo el corazón encogido". Son ecos de aquella creencia que tiene miles de años.

En la Biblia hay un pasaje que siempre me ha llamado la atención. El rey Saúl, el primer rey de Israel, empieza a sufrir unos ataques terribles. El texto dice que un espíritu malo lo atormentaba. Y entonces sus servidores buscan a un joven que toque bien el arpa, y ese joven es David. Cada vez que Saúl tenía uno de esos ataques, David tocaba, y el rey se calmaba.

Es decir, hace casi tres mil años alguien ya había descubierto que la música podía aliviar el tormento de la mente. Seguían pensando que la causa era un espíritu. Pero el remedio era sorprendentemente humano.

Hay un investigador norteamericano, Julian Jaynes, que en los años setenta planteó una teoría muy discutida y muy atrevida. Decía que aquellos hombres antiguos quizá no tenían la conciencia interior tal como la tenemos nosotros. Que cuando oían una voz dentro de su cabeza diciéndoles qué hacer, no la vivían como un pensamiento propio, sino como la voz de un dios.

La mayoría de los especialistas no acepta su teoría tal cual. Pero tiene algo que hace pensar. Porque si lees la Ilíada, el gran poema de Homero, te das cuenta de que sus héroes casi nunca deciden nada por sí mismos.

Aquiles está a punto de sacar la espada contra Agamenón, y aparece la diosa Atenea y le agarra del pelo para detenerle. Los guerreros sienten miedo porque un dios se lo ha metido en el pecho. Se vuelven valientes porque un dios les infunde valor. Lo que pasa dentro de ellos viene casi siempre de fuera.

Y la palabra psique, de donde viene psicología, en Homero significaba algo así como el aliento. Ese último soplo que sale del cuerpo al morir y se va al reino de los muertos.

Pero entonces, en Grecia, pasa algo extraordinario.

Entre los siglos seis y cuatro antes de Cristo, un puñado de pensadores griegos empieza a hacer una pregunta muy incómoda. ¿Y si las cosas no las hacen los dioses? ¿Y si tienen causas naturales que podemos entender?

Un médico llamado Alcmeón de Crotona, que vivió en el sur de Italia hacia el año quinientos antes de Cristo, hizo disecciones de animales y llegó a una conclusión revolucionaria. El órgano del pensamiento no era el corazón. Era el cerebro. Observó que los ojos estaban unidos a la cabeza por unos conductos y dedujo que las sensaciones viajaban hasta allí.

Poco después llega el nombre que todos conocemos. Hipócrates.

Hipócrates vivió en la isla de Cos, y a él y a sus discípulos se atribuyen decenas de escritos médicos. Uno de ellos se titula "Sobre la enfermedad sagrada". La enfermedad sagrada era la epilepsia. Se la llamaba así porque se pensaba que era un castigo o una posesión divina.

Y aquel texto empieza diciendo, más o menos, lo siguiente: esta enfermedad no me parece más divina ni más sagrada que las demás. Tiene una causa natural, como todas. Y si la gente la llama sagrada es porque no la entiende.

Puede parecer poca cosa. Pero es una de las frases más valientes de la historia de la medicina.

En ese mismo escrito hay un párrafo que te voy a resumir, porque merece la pena. Dice que los hombres deben saber que del cerebro, y solo del cerebro, nacen nuestros placeres, nuestras alegrías, nuestras risas, y también nuestras penas, nuestros dolores y nuestras lágrimas. Que por el cerebro pensamos, vemos y oímos. Y que es el cerebro el que nos vuelve locos, el que nos llena de terrores y miedos de noche y de día.

Eso se escribió hace más de dos mil cuatrocientos años.

Ahora bien, los hipocráticos acertaron en el dónde, pero se inventaron bastante el cómo. Desarrollaron la teoría de los cuatro humores. Según ellos, el cuerpo tenía cuatro líquidos fundamentales: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Cuando estaban en equilibrio, estabas sano. Cuando uno se desbordaba, enfermabas.

Y aquí nace una palabra que seguimos usando. La bilis negra, en griego, se decía "melaina chole". De ahí, melancolía. El hombre melancólico era aquel que tenía demasiada bilis negra, y por eso estaba triste, apagado, sin ganas de nada.

Es una explicación equivocada, claro. Pero fíjate en el cambio. La tristeza ya no la manda un demonio. La tristeza tiene una causa dentro del cuerpo. Se puede tratar con dieta, con descanso, con ejercicio, con baños. El enfermo deja de ser un poseído y pasa a ser un paciente.

Eso sí, la magia no desaparece de golpe. Al mismo tiempo que Hipócrates escribía, por toda Grecia funcionaban los templos de Asclepio, el dios de la medicina. Allí iban los enfermos a dormir. Literalmente. Pasaban la noche en el templo esperando tener un sueño en el que el dios les revelara la cura. A la mañana siguiente, los sacerdotes les ayudaban a interpretar lo que habían soñado.

Así que, en la misma época, unos buscaban la causa en el cerebro y otros en los sueños enviados por los dioses. Y lo curioso, como veremos, es que con el tiempo las dos cosas se van a juntar de una forma que nadie se esperaba.

Luego llegan los filósofos. Y con ellos, la mente empieza a mirarse a sí misma.

En el templo de Apolo en Delfos había una inscripción famosa: "Conócete a ti mismo". Sócrates la convirtió casi en su lema. Para él, el gran problema del ser humano no era la falta de conocimientos sobre el mundo, sino la falta de conocimiento sobre uno mismo. Vivimos sin examinarnos, decía. Y una vida sin examen no merece la pena vivirse.

Sócrates, además, contaba algo muy curioso. Decía que desde niño tenía una especie de voz interior, a la que llamaba su "daimon", que de vez en cuando le advertía de que no hiciera algo. Nunca le decía qué hacer, solo qué no hacer. Una voz que le frenaba.

Su discípulo Platón fue todavía más lejos. Platón propuso que el alma humana estaba dividida en tres partes. Una parte racional, que piensa y razona. Una parte que podríamos llamar el coraje o el orgullo, que se enfada y defiende lo que considera justo. Y una tercera parte, la de los deseos y los apetitos, que solo quiere comer, beber, placer.

Para explicarlo usó una imagen preciosa. El alma es como un carro tirado por dos caballos. Uno es noble y obediente. El otro es salvaje y tira hacia donde le da la gana. Y el cochero, la razón, tiene que arreglárselas para que el carro no se estrelle.

Quédate con esa imagen, porque dentro de un rato va a volver.

Pero lo que de verdad me impresionó cuando lo leí por primera vez es un pasaje de "La República". Platón dice que hay en nosotros deseos terribles, salvajes, que despiertan cuando dormimos. Cuando la parte racional del alma descansa, dice, esa bestia que llevamos dentro se levanta y se atreve a todo. En sueños no se detiene ante nada, ni ante el crimen, ni ante los deseos más vergonzosos, ni siquiera con su propia madre.

Lo escribió Platón. Dos mil trescientos años antes de que nadie hablara del complejo de Edipo.

Luego vino Aristóteles, el discípulo de Platón, que escribió un libro entero dedicado al alma. Para Aristóteles el alma no era una cosa separada del cuerpo, sino lo que le da vida y forma. Como la vista es al ojo, decía, así es el alma al cuerpo. Una idea muy moderna. Aunque, eso sí, Aristóteles volvió a poner el centro del pensamiento en el corazón, y pensaba que el cerebro servía sobre todo para enfriar la sangre. Ni los genios aciertan en todo.

Los siglos siguientes trajeron más avances. En Alejandría, en Egipto, dos médicos griegos llamados Herófilo y Erasístrato hicieron disecciones de cuerpos humanos y describieron los nervios, distinguiendo los que sirven para sentir de los que sirven para moverse.

Y los filósofos estoicos aportaron algo que hoy está más vigente que nunca. Decían que no nos perturban las cosas, sino las opiniones que tenemos sobre las cosas. Que el sufrimiento muchas veces nace de cómo interpretamos lo que nos pasa. Si alguna vez has ido a un psicólogo y te ha hablado de cambiar la forma de pensar sobre un problema, que sepas que eso tiene raíces en Epicteto y en Séneca, nuestro cordobés.

Pero el nombre que dominó todo lo que vino después fue el de Galeno.

Galeno fue un médico griego que trabajó en Roma en el siglo segundo después de Cristo. Fue médico de gladiadores, lo que le permitió ver muchas heridas por dentro, y luego médico de emperadores. Era brillante y un poco fanfarrón, todo hay que decirlo.

Galeno demostró en experimentos con animales que cortar ciertos nervios dejaba sin voz al animal. Confirmó que el cerebro mandaba. Y tomó la teoría de los cuatro humores y la convirtió en una teoría del carácter. De ahí vienen los cuatro temperamentos que seguimos nombrando. El sanguíneo, alegre y sociable. El colérico, de mecha corta. El flemático, tranquilo, lento. Y el melancólico, triste y reflexivo.

Seguro que conoces a gente de los cuatro tipos. Seguro que hasta te reconoces en alguno.

La autoridad de Galeno fue tan grande que durante casi mil quinchentos años, en Europa y en el mundo islámico, nadie se atrevió a contradecirle en serio.

Por cierto, en esa misma época vivió un hombre llamado Artemidoro, que escribió un libro entero para interpretar los sueños. Recogió miles de sueños de gente de todo tipo y trató de buscar patrones. Más de diecisiete siglos después, el médico de Viena del que te hablaba al principio citaría a Artemidoro en su libro más famoso. Las piezas, poco a poco, se van colocando.

El Imperio romano se derrumba y entramos en lo que solemos llamar la Edad Media. Y aquí hay que tener cuidado, porque solemos tener una imagen de esa época muy simplificada, como si todo hubiera sido oscuridad y superstición. No fue exactamente así.

Antes de la caída de Roma, en el norte de África, un hombre llamado Agustín escribió un libro que cambió para siempre la forma de mirarnos por dentro. Se llama "Confesiones". Y es, probablemente, la primera gran autobiografía íntima de la historia.

Agustín no cuenta hazañas. Cuenta lo que pasaba dentro de él. Sus dudas, sus deseos, sus contradicciones. Cuenta, por ejemplo, que de joven robó unas peras de un huerto, no porque tuviera hambre, sino por el puro placer de hacer algo prohibido. Y se pasa páginas y páginas intentando entender por qué lo hizo.

Hay una frase suya que lo resume todo: "Me he convertido en un enigma para mí mismo".

Agustín describe la memoria como un palacio inmenso, lleno de salas y rincones, donde hay cosas guardadas que ni siquiera sabemos que están ahí. Y le preocupaban mucho sus sueños. Se preguntaba cómo podía ser que, durmiendo, deseara cosas que despierto rechazaba. Y si era responsable de lo que soñaba.

Esa pregunta, la de quién es el que desea en mis sueños, se quedará flotando durante siglos.

Mientras Europa atravesaba siglos difíciles, en el mundo islámico la medicina griega se conservó, se tradujo y se mejoró. En ciudades como Bagdad, Damasco o El Cairo se construyeron grandes hospitales, y en varios de ellos había secciones dedicadas a los enfermos mentales. Se les trataba con baños, con música, con jardines, con conversación.

El médico persa Al Razi, conocido en Occidente como Rasis, describió con detalle muchos trastornos mentales. Y Avicena, otro persa, escribió el "Canon de medicina", que se estudió en las universidades europeas durante siglos.

Avicena, además, planteó un experimento mental fascinante. Imagina, decía, un hombre creado de golpe, flotando en el aire, con los ojos tapados, sin tocar nada, sin sentir siquiera su propio cuerpo. Ese hombre no percibe nada del mundo. Y sin embargo, sabría que existe. Por tanto, decía Avicena, hay algo en nosotros, el yo, que se conoce a sí mismo antes que a cualquier otra cosa.

Te recomiendo que te quedes con esto también, porque unos seis siglos más tarde un francés va a decir algo muy parecido y se va a llevar toda la fama.

Y aquí quiero contarte algo que me llena de orgullo. En el año mil cuatrocientos nueve, en Valencia, un fraile mercedario llamado Juan Gilabert Jofré iba de camino a predicar cuando vio cómo unos chavales se burlaban y apedreaban a un hombre que tenía perturbada la mente. Aquello le conmovió tanto que, en su sermón, pidió ayuda a los valencianos para crear un lugar donde acoger a esas personas.

Así nació el Hospital de los Inocentes, considerado por muchos historiadores como la primera institución de Europa dedicada específicamente a los enfermos mentales. Después vinieron otras en Zaragoza, en Sevilla, en Toledo, en Valladolid.

Y en un pueblo de Bélgica llamado Geel, desde la Edad Media, las familias acogían en sus propias casas a personas con trastornos mentales que llegaban en peregrinación a la tumba de una santa. Una tradición que, por increíble que parezca, sigue existiendo hoy.

Pero no todo fue tan bonito. Porque la idea de que la locura venía de fuera, de los demonios, nunca se fue del todo. Y en los siglos quince, dieciséis y diecisiete volvió con una fuerza terrible.

En mil cuatrocientos ochenta y seis se publicó en Alemania un libro llamado "Malleus Maleficarum", el martillo de las brujas. Era un manual para identificar, interrogar y castigar a las brujas. Y durante los dos siglos siguientes, en buena parte de Europa, decenas de miles de personas fueron ejecutadas acusadas de brujería, la gran mayoría mujeres.

Muchas de aquellas personas, probablemente, sufrían alguna enfermedad mental. Otras eran simplemente viudas solas, curanderas, gente diferente o incómoda.

Hubo, eso sí, voces valientes. Un médico holandés llamado Johann Weyer publicó en mil quinientos sesenta y tres un libro en el que defendía que muchas de las supuestas brujas no eran más que mujeres enfermas, melancólicas, que necesitaban un médico y no una hoguera. Se jugó el pellejo escribiéndolo. Hoy algunos le consideran uno de los primeros psiquiatras de la historia.

Y en España, en mil quinientos setenta y cinco, un médico navarro llamado Juan Huarte de San Juan publicó un libro titulado "Examen de ingenios para las ciencias". Huarte defendía que cada persona tiene unas capacidades distintas, que no todos valemos para lo mismo, y que habría que estudiar a cada niño para orientarle hacia aquello para lo que está mejor dotado. El libro se tradujo a varios idiomas y muchos lo consideran un precursor de la psicología moderna.

Llega el siglo diecisiete, y con él una revolución en la forma de pensar. La ciencia empieza a medir, a experimentar, a desconfiar de la autoridad de los antiguos.

Y aparece René Descartes.

Descartes se propuso dudar de todo. De lo que veía, de lo que oía, incluso de si estaba despierto o soñando. ¿Cómo sé, se preguntaba, que este momento no es un sueño? ¿Cómo sé que no hay un genio maligno engañándome?

Y en medio de toda esa duda encontró una sola cosa segura. Puedo dudar de todo, pero mientras dudo, estoy pensando. Y si pienso, existo. "Pienso, luego existo".

Te suena a Avicena, ¿verdad? Pues eso.

Descartes dividió al ser humano en dos. Por un lado, el cuerpo, que funcionaba como una máquina, con sus tuberías y sus resortes. Por otro, la mente, que pensaba, que era libre y que, según él, se conocía perfectamente a sí misma. Pensaba que el punto de unión entre ambas estaba en una pequeña glándula del centro del cerebro, la glándula pineal.

Y aquí está la clave de todo lo que viene después. Para Descartes, la mente era transparente. Si estaba en tu mente, lo sabías. No podía haber pensamientos escondidos. Ser mente y ser consciente eran la misma cosa.

Durante más de dos siglos, esa idea fue casi indiscutible en Europa. Y será justamente eso, esa transparencia, lo que el médico de Viena va a hacer saltar por los aires.

Aunque no todos estaban de acuerdo con Descartes. Spinoza, un filósofo holandés de familia de origen ibérico, decía que los hombres se creen libres porque son conscientes de sus deseos, pero ignoran las causas que les llevan a desear. Como una piedra que, lanzada al aire, creyera que vuela porque quiere.

Y el alemán Leibniz habló de las "pequeñas percepciones". Decía que cuando oímos el rugido del mar, en realidad estamos oyendo el ruido de cada una de las olas, aunque no seamos conscientes de ninguna por separado. Es decir, que hay percepciones que están en nuestra mente sin que nos demos cuenta.

Primeras grietas en la mente transparente.

Mientras, el inglés John Locke decía que nacemos como una hoja en blanco y que todo lo que somos lo vamos escribiendo con la experiencia. Y habló de la asociación de ideas: cómo ciertas cosas quedan unidas en nuestra mente por haber ocurrido juntas, a veces de forma absurda. Si una vez enfermaste después de comer algo, quizá ese alimento te dé asco toda la vida. La experiencia, sobre todo la temprana, nos marca.

Otra pieza más.

Y entretanto, el médico inglés Thomas Willis estudió el cerebro con un detalle nunca visto y acuñó una palabra que usamos todos los días: neurología.

Ahora déjame que te lleve a un sitio bastante menos agradable. Londres, siglo dieciocho. Hospital de Bethlem, al que la gente llamaba Bedlam, una palabra que en inglés acabó significando caos, jaleo, locura.

Allí había enfermos mentales encerrados, muchos de ellos encadenados. Y durante una época, los domingos, los londinenses pagaban una pequeña entrada para ir a verlos. Como quien va al zoológico. Se reían de ellos, les tiraban cosas, les provocaban.

No era una excepción. En buena parte de Europa, el loco era alguien a quien había que apartar, encerrar y, en el mejor de los casos, olvidar.

Y entonces llega la Revolución Francesa.

En París, en el hospital de Bicêtre y luego en la Salpêtrière, trabajaba un médico llamado Philippe Pinel. Hay un cuadro muy famoso que le muestra quitando las cadenas a las enfermas, en un gesto heroico. La historia real es algo menos de película. Quien empezó de verdad a quitar las cadenas fue el encargado del hospital, un antiguo paciente llamado Jean Baptiste Pussin, junto con su mujer. Pinel vio lo que hacían, lo apoyó y lo convirtió en doctrina.

Pero lo importante es la idea. Pinel defendía que a los enfermos mentales había que tratarlos con humanidad. Hablar con ellos, escucharlos, darles una rutina, un trabajo, un trato digno. Lo llamó tratamiento moral.

Hacia una nueva mirada sobre la enfermedad mental

Pinel tomaba notas de todo. Observaba, preguntaba, escuchaba. Fue de los primeros en entender que el loco no estaba completamente perdido, que en él quedaba una parte razonable con la que se podía conectar.

Por la misma época, en Inglaterra, un comerciante de té cuáquero llamado William Tuke fundó en York un lugar llamado El Retiro, donde los enfermos vivían en un ambiente tranquilo, casi familiar.

Así que, a finales del siglo dieciocho, el loco ha dejado de ser un poseído y empieza a ser un enfermo al que se puede ayudar.

Pero falta algo. Falta entender por qué la mente enferma. Y aquí entra uno de los personajes más curiosos de esta historia.

Se llamaba Franz Anton Mesmer. Era un médico alemán que llegó a París en los años setenta del siglo dieciocho con una teoría asombrosa. Decía que existía un fluido invisible que recorría el universo y los cuerpos, al que llamó magnetismo animal. La enfermedad, según él, era un bloqueo de ese fluido. Y él podía desbloquearlo.

Sus sesiones eran todo un espectáculo. Los pacientes se sentaban alrededor de una gran cuba de madera llena de agua y limaduras de hierro, de la que salían varillas que se apoyaban en la parte enferma del cuerpo. Sonaba música suave. Mesmer aparecía vestido con ropas de seda, les miraba fijamente, les pasaba las manos por encima. Y muchos entraban en una especie de crisis: lloraban, gritaban, se convulsionaban. Y después, decían sentirse curados.

Media París se volvió loca con Mesmer. Tanto, que el rey Luis dieciséis encargó una comisión de investigación. Y en esa comisión estaban nada menos que Benjamin Franklin, que andaba por París como embajador de los recién nacidos Estados Unidos, y Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna.

Hicieron experimentos muy ingeniosos. Por ejemplo, decían a algunos pacientes que les estaban magnetizando cuando no era verdad, y tenían la crisis igualmente. O les magnetizaban sin que lo supieran, y no pasaba nada.

La conclusión fue clara. El fluido magnético no existía. Los efectos eran producto de la imaginación.

Y ahí está lo interesante. La comisión pensó que había desmontado a Mesmer. Pero en realidad había descubierto algo enorme sin darse cuenta: que la imaginación, la mente, era capaz de producir efectos reales en el cuerpo. Convulsiones, dolores, curaciones.

Uno de los discípulos de Mesmer, el marqués de Puységur, notó algo todavía más extraño. Al magnetizar a un joven campesino de sus tierras, este no tuvo convulsiones, sino que entró en una especie de sueño tranquilo. Y en ese estado hablaba con más soltura que despierto, parecía otra persona, y al despertar no recordaba nada de lo que había dicho.

Es decir, había dentro de aquel muchacho otro estado de la mente, con sus propios recuerdos, que la conciencia normal desconocía.

Décadas después, un médico escocés llamado James Braid estudió estos fenómenos dejando de lado los fluidos místicos y les puso el nombre con el que los conocemos: hipnosis.

Y mientras tanto, el siglo diecinueve trae consigo el Romanticismo. Los poetas y los filósofos se interesan por todo lo oscuro, lo nocturno, lo irracional. Los sueños, la locura, las pasiones.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer dijo que en el fondo de todo lo que existe hay una fuerza ciega, la voluntad, un impulso de vivir y de desear que no tiene nada de racional. Y que la razón es como un cojo que va montado sobre los hombros de un ciego fuerte. El ciego es el que camina. El cojo solo le indica el camino.

Otro alemán, el médico Carl Gustav Carus, escribió en mil ochocientos cuarenta y seis una frase que parece una profecía: la clave para entender la vida consciente del alma se encuentra en la región de lo inconsciente.

Y en mil ochocientos sesenta y nueve, un tal Eduard von Hartmann publicó un libro titulado precisamente "Filosofía del inconsciente", que fue un auténtico éxito de ventas.

Así que, como ves, la palabra inconsciente ya estaba en el aire. Faltaba alguien que la bajara del cielo de la filosofía y la llevara a la consulta del médico.

El siglo diecinueve también es el siglo del cerebro. Un médico alemán, Franz Joseph Gall, inventó la frenología, la idea de que podías conocer el carácter de alguien palpando los bultos de su cráneo. Era una tontería, pero tenía una intuición correcta: que distintas partes del cerebro hacen cosas distintas.

En mil ochocientos cuarenta y ocho, en Estados Unidos, un capataz de ferrocarril llamado Phineas Gage sufrió un accidente terrible. Una barra de hierro le atravesó la cabeza de abajo arriba. Sobrevivió. Pero sus compañeros decían que Gage ya no era Gage. El hombre amable y responsable se había vuelto grosero, impulsivo, incapaz de hacer planes.

Por primera vez se veía, de forma brutal, que el carácter, la personalidad, eso que pensábamos que era el alma, dependía de la carne del cerebro.

En mil ochocientos sesenta y uno, el francés Paul Broca estudió a un paciente que solo era capaz de pronunciar una sílaba, "tan". Cuando murió, Broca examinó su cerebro y encontró una lesión en una zona concreta del lado izquierdo. Ahí estaba, al menos en parte, la capacidad de hablar.

Y en mil ochocientos setenta y nueve, en Leipzig, Wilhelm Wundt fundó el primer laboratorio de psicología experimental del mundo. La psicología dejaba de ser filosofía para convertirse en ciencia.

Pero había un tipo de enfermedad que se resistía a todo. Una enfermedad que no dejaba lesiones en el cerebro, que no se veía en las autopsias, y que sin embargo provocaba parálisis, cegueras, convulsiones, pérdidas de voz.

La histeria.

Y el gran especialista en histeria era un neurólogo francés llamado Jean Martin Charcot. Charcot dirigía la Salpêtrière, el mismo hospital donde había trabajado Pinel, y era la máxima figura de la neurología de su tiempo. Le llamaban el Napoleón de las neurosis.

Los martes daba unas lecciones públicas a las que acudían médicos, escritores, curiosos de toda Europa. Hay un cuadro famoso que muestra una de esas sesiones. Charcot, de pie, explica algo a un grupo de hombres trajeados mientras una paciente, desmayada, se desploma en brazos de un ayudante.

Charcot hacía algo que dejaba a todos boquiabiertos. Hipnotizaba a sus pacientes y, bajo hipnosis, era capaz de provocarles síntomas histéricos, y también de hacerlos desaparecer. Una parálisis de brazo que aparecía y desaparecía por una simple orden.

¿Qué quería decir eso? Que esos síntomas no venían de una lesión. Venían de una idea. Una idea que actuaba sobre el cuerpo sin que la persona fuera consciente de ella.

En otoño de mil ochocientos ochenta y cinco llegó a París un joven neurólogo vienés, de veintinueve años, con una beca para estudiar con Charcot. Era judío, ambicioso, más bien pobre, y estaba prometido con una chica a la que escribía cartas casi a diario.

Se llamaba Sigmund Freud.

Freud había nacido en mil ochocientos cincuenta y seis en un pequeño pueblo de Moravia, en lo que hoy es la República Checa. Su familia se mudó a Viena cuando él era niño. Era el hijo mayor del segundo matrimonio de su padre, y su madre le adoraba. Él la llamaba su "Sigi de oro".

Estudió medicina y se dedicó al principio a la investigación pura. Se pasó semanas en Trieste diseccionando cientos de anguilas buscando sus órganos sexuales, sin mucho éxito. También estudió el sistema nervioso de los peces. Y tuvo un episodio del que luego no le gustaba hablar: durante un tiempo defendió con entusiasmo la cocaína como remedio para casi todo, hasta que se vieron sus efectos.

Pero lo que vio en París con Charcot le marcó para siempre. Freud volvió a Viena convencido de que en la histeria había algo que la neurología de su tiempo no estaba sabiendo ver. Y se trajo una reproducción de aquel cuadro de la lección de Charcot, que colgaría en su consulta durante el resto de su vida.

Freud contó años después una anécdota de aquella época. En una reunión, oyó a Charcot comentar sobre un caso de una mujer con síntomas nerviosos que, en esos casos, el problema siempre era la cosa sexual. Siempre, siempre, siempre. Y lo dijo con un gesto muy expresivo. Freud se quedó de piedra. Pensó: si lo sabe, ¿por qué no lo dice nunca en público?

En Viena, Freud tenía un amigo y protector, un médico mayor que él y muy respetado, llamado Josef Breuer. Y Breuer le había contado un caso extraordinario.

Entre mil ochocientos ochenta y mil ochocientos ochenta y dos, Breuer había tratado a una joven a la que en los libros conocemos como Anna O. Su nombre real era Bertha Pappenheim. Era una chica de familia acomodada, muy inteligente, que cayó enferma mientras cuidaba a su padre moribundo.

Los síntomas eran tremendos. Parálisis en un brazo, alteraciones de la vista, toses nerviosas. Durante una temporada solo podía hablar en inglés, olvidando su alemán natal. Y pasó semanas sin poder beber agua, aunque se moría de sed.

Breuer empezó a visitarla cada día. Y descubrió algo. Cuando ella, en un estado parecido al trance, le contaba recuerdos, y en particular cuando lograba recordar el momento exacto en que había aparecido un síntoma, el síntoma desaparecía.

Por ejemplo, lo del agua. Un día, en trance, recordó con mucho asco que había visto a la perrita de su institutriz, una mujer que le caía fatal, beber de su vaso. En su momento no dijo nada por educación. Pero al contarlo, al soltar por fin toda aquella rabia y asco, pidió un vaso de agua y se lo bebió sin problemas.

La propia Bertha le puso nombre a lo que hacían. Lo llamó "la cura por la palabra". Y también, con humor, "deshollinar la chimenea".

Freud se quedó fascinado. Durante años trató a sus pacientes con hipnosis, como Charcot, como Breuer. Pero tenía un problema: no era muy bueno hipnotizando. Muchos pacientes no entraban en trance.

Así que empezó a probar otra cosa. Les pedía que se tumbaran en un diván, que cerraran los ojos y que le dijeran todo lo que se les pasara por la cabeza. Todo. Aunque pareciera absurdo, aunque fuera vergonzoso, aunque no tuviera nada que ver.

Hay una anécdota preciosa. Una paciente, a la que conocemos como Emmy von N., le dijo un día, bastante molesta, que dejara de interrumpirla preguntándole de dónde venía esto y aquello, y que la dejara contar lo que ella tenía que decir.

Y Freud, en vez de ofenderse, le hizo caso. Se calló y escuchó.

Esto, que hoy nos parece de sentido común, fue una revolución. Durante siglos, el médico era el que hablaba y el enfermo el que obedecía. Ahora, el enfermo hablaba y el médico escuchaba. Y no solo escuchaba lo que se decía, sino también lo que no se decía. Los silencios. Los olvidos. Los momentos en que el paciente cambiaba de tema de golpe.

Freud lo llamó asociación libre.

En mil ochocientos noventa y cinco, Freud y Breuer publicaron juntos "Estudios sobre la histeria". Allí aparece una frase que lo resume todo: los histéricos sufren principalmente de reminiscencias. Es decir, de recuerdos. Recuerdos dolorosos que la mente ha apartado de la conciencia, pero que no han desaparecido. Siguen ahí, actuando, convirtiéndose en síntomas.

Al poco tiempo Breuer y Freud se distanciaron. Breuer no quería seguir a Freud en su insistencia de que en el fondo de casi todo había deseos y conflictos sexuales.

Y en mil ochocientos noventa y seis murió el padre de Freud. Aquello le removió por dentro mucho más de lo que esperaba. Se sorprendió sintiendo cosas contradictorias: dolor, sí, pero también culpa, rencor antiguo, recuerdos de infancia que creía olvidados.

Y entonces Freud hizo algo que nadie había hecho de esa manera. Decidió analizarse a sí mismo. Empezó a anotar sus sueños, cada mañana, y a aplicar en ellos el mismo método que usaba con sus pacientes. A dejar que cada elemento del sueño le llevara a otro recuerdo, a otra idea, a otra asociación.

Y lo que encontró allí le cambió la vida.

En noviembre de mil ochocientos noventa y nueve se publicó "La interpretación de los sueños". El editor puso en la portada el año mil novecientos, como si quisiera inaugurar con él el nuevo siglo.

Al principio fue un fracaso. En los primeros seis años se vendieron unos pocos cientos de ejemplares. Pero aquel libro iba a cambiar la forma en que la humanidad se entiende a sí misma.

¿Qué decía Freud? Decía que los sueños no son tonterías sin sentido, ni mensajes de los dioses. Son mensajes de nosotros mismos. De una parte de nosotros que durante el día está callada.

Según Freud, todo sueño es la realización disfrazada de un deseo. Un deseo que normalmente no nos atrevemos a reconocer. Y como ese deseo es inconfesable, la mente lo disfraza. Lo mezcla, lo desplaza, lo convierte en símbolos, para que podamos seguir durmiendo sin escandalizarnos.

Por eso los sueños son tan raros. Por eso sueñas que estás en tu casa, pero tu casa es otra, y tu hermano tiene la cara de tu jefe. No es un error. Es un disfraz.

Freud llamó a los sueños "la vía regia hacia el inconsciente". El camino real.

¿Te acuerdas de los templos de Asclepio, donde los griegos dormían para que los dioses les revelaran su cura en sueños? ¿Y de Artemidoro, con su libro de interpretación? Fíjate en la vuelta que ha dado la historia. Freud vuelve a mirar a los sueños como fuente de curación. Pero ahora el mensaje no viene del cielo. Viene de dentro.

Y aquí está, por fin, la gran palabra. El inconsciente.

Para Freud, la mente no es transparente, como creía Descartes. Es más bien como un iceberg. Lo que vemos, lo consciente, es solo la punta. Debajo del agua hay una masa enorme de deseos, recuerdos, miedos y conflictos que no conocemos, pero que nos mueven.

En mil novecientos uno publicó otro libro, "Psicopatología de la vida cotidiana", y este quizá te toque más de cerca. Ahí Freud analizaba los pequeños fallos de todos los días. Los olvidos, los lapsus, las equivocaciones.

Cuando llamas a tu mujer por el nombre de otra. Cuando olvidas justo la cita con el dentista, o con aquel pariente que te cae mal. Cuando pierdes las llaves precisamente el día que no querías salir. Cuando dices una palabra en lugar de otra y la frase sale justo al revés de lo que pretendías.

Para Freud, nada de eso es del todo casual. Son pequeñas grietas por donde se asoma lo que llevamos dentro.

Y piensa en aquel presidente de un parlamento que Freud cita en el libro, que abrió una sesión diciendo solemnemente: "Señores, declaro cerrada la sesión". Cuando quería decir abierta. Freud comentaba, con su ironía, que seguramente el hombre no esperaba nada bueno de aquella reunión y estaba deseando que se acabara.

Después vinieron más ideas, algunas muy polémicas. Freud sostuvo que la sexualidad no empieza en la adolescencia, sino desde la infancia, y que los primeros años de vida, la relación con el padre y con la madre, marcan para siempre la personalidad.

De ahí sacó la idea del complejo de Edipo. Lo tomó de la tragedia griega de Sófocles, en la que Edipo, sin saberlo, mata a su padre y se casa con su madre. Freud pensaba que en todo niño hay, en algún momento, un deseo oscuro de quedarse con la madre y una rivalidad con el padre. Deseos que luego se reprimen y se olvidan, pero que dejan huella.

¿Recuerdas lo que decía Platón de la bestia que despierta en los sueños? Freud no inventó del todo la idea. Pero la convirtió en una teoría y en un método.

Más adelante, en mil novecientos veintitrés, Freud propuso un mapa de la mente que seguramente has oído nombrar. La dividió en tres instancias.

Por un lado el Ello. La parte más primitiva, llena de impulsos y deseos, que solo busca el placer y no entiende de normas ni de tiempo.

Por otro el Superyó. La voz de la conciencia moral, las normas que nos han metido desde niños, la figura del padre interiorizada. La que nos dice "eso no se hace" y nos castiga con la culpa.

Y en medio, el Yo. El pobre Yo, que tiene que negociar entre lo que desea el Ello, lo que prohíbe el Superyó y lo que permite la realidad.

Y Freud usó, para explicarlo, una imagen que te va a sonar. Dijo que el Yo es como un jinete que intenta dominar a un caballo mucho más fuerte que él. Y que muchas veces, al jinete no le queda más remedio que llevar al caballo hacia donde el caballo quiere ir.

Es el carro de Platón. Dos mil trescientos años después, el cochero sigue peleando con sus caballos.

En mil novecientos diecisiete, Freud escribió un texto en el que decía que la humanidad había recibido tres grandes golpes a su orgullo.

El primero se lo dio Copérnico, cuando demostró que la Tierra no es el centro del universo.

El segundo, Darwin, cuando mostró que el hombre no es una criatura aparte, sino un animal más, emparentado con los demás.

Y el tercero, decía Freud, se lo daba el psicoanálisis. Al demostrar que el Yo no es dueño en su propia casa.

Esa es la frase que te decía al principio. Y ahora entiendes lo que significa. No es que estemos poseídos por un demonio, como creían los antiguos. Es que dentro de nosotros hay fuerzas que no controlamos y que ni siquiera conocemos, pero que son nuestras. Somos nosotros mismos.

Freud reunió a su alrededor a un grupo de seguidores que se juntaba los miércoles en su casa de Viena, en la calle Berggasse, número diecinueve. Algunos acabaron rompiendo con él, como Carl Gustav Jung o Alfred Adler, y fundaron sus propias escuelas. Freud tenía un carácter difícil y no llevaba bien que le llevaran la contraria.

Fumaba unos veinte puros al día. Decía que le ayudaban a trabajar. En mil novecientos veintitrés le diagnosticaron un cáncer de mandíbula y pasó más de treinta operaciones en los años siguientes. Aun así, no dejó de fumar ni de escribir.

En mil novecientos treinta y ocho, los nazis entraron en Austria. Quemaban sus libros. La Gestapo llegó a detener e interrogar a su hija Anna. Gracias a la presión internacional y a la ayuda de amigos influyentes, Freud consiguió salir de Viena con buena parte de su familia y se instaló en Londres. Cuatro de sus hermanas no pudieron salir y murieron en campos de concentración.

Freud murió en Londres el veintitrés de septiembre de mil novecientos treinta y nueve, pocas semanas después de que empezara la Segunda Guerra Mundial. El cáncer le causaba un dolor insoportable, y pidió a su médico que le ayudara a irse en paz.

Y ahora vamos a lo que te prometí al principio. Porque Freud también se preguntó por qué tocamos madera.

En mil novecientos trece escribió un libro titulado "Tótem y tabú", en el que comparó tres cosas que, en apariencia, no tienen nada que ver. Las creencias mágicas de los pueblos antiguos. Los pensamientos de los niños pequeños. Y las manías de sus pacientes obsesivos, aquellos que tenían que lavarse las manos veinte veces o repetir un ritual para evitar que pasara una desgracia.

Y descubrió que las tres tenían algo en común. Algo que, tomando una expresión de uno de sus pacientes, llamó la "omnipotencia de las ideas".

Es la creencia, profunda y escondida, de que lo que pensamos puede hacer que ocurran cosas en el mundo. De que si deseamos algo malo a alguien, puede pasarle de verdad. De que si decimos en voz alta que nos va bien, podemos provocar que nos vaya mal.

Un niño pequeño que en un arrebato desea que su hermanito desaparezca, y luego el hermanito enferma, puede sentirse culpable durante años, como si su deseo hubiera causado la enfermedad. El hombre que pintaba un bisonte en la cueva para atraparlo pensaba igual. Y el paciente que tenía que tocar tres veces el pomo de la puerta para que no muriera su madre, también.

Según Freud, el pensamiento mágico no desapareció con el paso de la historia. Simplemente se fue hacia dentro. Lo seguimos llevando con nosotros, guardado en el lugar más antiguo de la mente, en ese niño que fuimos y que nunca termina de irse del todo.

Por eso tocas madera. No porque creas en los espíritus del bosque, ni porque tu razón lo apruebe. Sino porque hay una parte de ti, muy antigua, que todavía piensa que las palabras tienen poder. Y que si has presumido de tu buena suerte, algo o alguien podría estar escuchando.

Ahora bien, quiero ser honesto contigo. El psicoanálisis no es la última palabra sobre la mente humana. Ni de lejos.

Muchas de las ideas de Freud han sido muy criticadas. El filósofo Karl Popper decía que sus teorías eran imposibles de comprobar, porque todo podía encajar en ellas. Si el paciente estaba de acuerdo con la interpretación, era que el analista había acertado. Si no lo estaba, era que se resistía. Así no hay forma de saber si algo es falso.

Hoy sabemos que buena parte de lo que dijo sobre la sexualidad infantil o sobre la mujer estaba muy influido por la sociedad de su tiempo. Y que muchos trastornos que él trató con la palabra tienen también una base biológica que en su época no se podía conocer.

Pero aquí viene lo curioso. La neurociencia moderna ha confirmado algo que Freud intuyó. Que la inmensa mayoría de lo que hace nuestro cerebro ocurre sin que nos demos cuenta. Que tomamos decisiones antes de saber que las hemos tomado. Que nuestros recuerdos se modifican, se esconden y vuelven. Que la mente no es transparente.

No es exactamente el inconsciente de Freud, con sus deseos ocultos y sus disfraces. Pero la idea de fondo, la de que no somos del todo dueños de nuestra casa, ha sobrevivido.

Y hay algo que Freud nos dejó y que nadie le podrá quitar. La idea de que hablar cura. De que sentarse delante de alguien que te escucha de verdad, sin juzgarte, y poner en palabras lo que te pesa, puede aliviar un sufrimiento que ninguna pastilla alcanza.

Esa idea la intuyó un joven llamado David tocando el arpa para un rey atormentado. La practicaron los estoicos, la buscó Agustín escribiendo sus confesiones, la defendió Pinel cuando decidió hablar con los locos en lugar de encadenarlos. Pero fue una joven vienesa enferma, Bertha Pappenheim, la que le puso nombre. La cura por la palabra.

Por cierto, Bertha se recuperó. Y años después se convirtió en una de las grandes defensoras de los derechos de las mujeres en Alemania, luchando contra la trata de mujeres y dirigiendo un orfanato. Me gusta recordarlo, porque a veces en esta historia se habla mucho de los médicos y poco de los pacientes. Y sin ellos, sin su valor para contar lo que les pasaba, nada de esto habría sido posible.

Si me preguntas qué pienso yo después de recorrer todo este camino, te diría lo siguiente.

Durante miles de años, el ser humano buscó fuera la causa de lo que le pasaba dentro. En los dioses, en los demonios, en las estrellas, en la bilis negra, en un fluido magnético invisible. Y poco a poco, a base de errores, de crueldades y de descubrimientos, fue dándose cuenta de que lo que buscaba estaba mucho más cerca.

El gran viaje de la mente humana no ha sido del mito a la ciencia, aunque también. Ha sido de fuera hacia dentro.

Y lo que encontramos dentro no es un lugar ordenado y transparente, como quería Descartes. Es un sitio lleno de capas. Ahí sigue el cazador que pintaba bisontes. Ahí sigue el niño que creía que sus deseos podían cambiar el mundo. Ahí sigue el hombre que se despierta inquieto porque ha soñado con su padre.

Yo no creo que haya que avergonzarse de esa parte. Ni de tocar madera, ni de guardar el reloj del abuelo, ni de quedarse pensativo tras un sueño. Esa parte es la más antigua que tenemos. Es la que nos une con todos los que vinieron antes que nosotros, hasta el fondo de aquella cueva de Francia.

Lo que sí creo es que merece la pena conocerla. Escucharla un poco. Preguntarse, de vez en cuando, por qué hacemos lo que hacemos. Porque a lo mejor no somos los dueños absolutos de nuestra casa. Pero al menos podemos aprender a conocer a quien vive con nosotros.

Y eso, ya es mucho.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.