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Época de Oro de la filosofía

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Hay un momento en la vida de casi todos los hombres en que nos quedamos mirando por la ventana sin mirar nada.

Puede ser un domingo por la tarde. Puede ser de madrugada, cuando el sueño se ha ido y no hay manera de traerlo de vuelta. Y ahí, sin avisar, aparece una pregunta que llevaba años esperando en la puerta.

¿He vivido como quería vivir?

No hablo de si hemos ganado mucho o poco. Ni de si la casa está pagada, ni de si los hijos están bien encaminados. Hablo de otra cosa. Hablo de si lo que pensamos, lo que defendemos, lo que llevamos cuarenta o cincuenta años dando por cierto, lo hemos examinado alguna vez de verdad. O si simplemente lo heredamos, lo repetimos y seguimos adelante.

Si os ha pasado, quedaos, porque esta historia es vuestra. Y si no os ha pasado todavía, os aviso con cariño: os llegará. A mí también me llegó.

Lo curioso es que esa misma pregunta se la hizo un hombre hace dos mil cuatrocientos años. Descalzo, feo, mal vestido, con fama de pesado. Y esa pregunta acabó costándole la vida.

Pero no vengo a contaros solo la historia de un hombre. Vengo a contaros algo que todavía hoy nadie termina de explicar del todo.

Durante poco más de un siglo, en un rincón pequeño del Mediterráneo, en una ciudad de apenas unas decenas de miles de ciudadanos con derecho a voto, ocurrió algo que no había ocurrido antes y que no se ha repetido igual desde entonces. Un puñado de personas, casi todas conociéndose entre sí, fue soltando ideas una detrás de otra. Ideas sobre qué es la justicia, qué es la verdad, cómo se debe gobernar, cómo se debe vivir y cómo se debe morir. Y esas ideas siguen sosteniendo, sin que nos demos cuenta, la manera en que hablamos, en que discutimos, en que educamos a los hijos y hasta en que nos peleamos en el bar.

Uno de esos hombres no escribió ni una sola línea en toda su vida. Sus propios vecinos lo condenaron a muerte. Otro, alumno suyo, fundó una escuela que dio frutos durante siglos. Y un tercero, alumno del anterior, fue el maestro del joven que acabaría conquistando medio mundo conocido.

Tres generaciones. Tres hombres. Y una manera de pensar que ha aguantado más de dos mil años.

Ahora viene la pregunta que a mí me quita el sueño. ¿Por qué allí? ¿Por qué entonces? ¿Y por qué, después de aquello, la luz pareció apagarse tan de repente?

Y hay más. Hay un detalle que me pone la piel de gallina cada vez que lo pienso. Las últimas palabras de aquel hombre, con el veneno subiéndole ya por las piernas, no fueron una gran frase para la historia. Fueron para recordar una deuda. Un gallo. Un simple gallo que había que devolver. Todavía hoy se discute qué quiso decir con eso. Y os prometo que al final de este artículo os daré mi opinión.

Pero para llegar ahí hay que empezar por el principio. Un principio que no ocurre en Atenas, como mucha gente cree, sino en la orilla de enfrente del mar. Y que arranca con un hombre que se cayó en un pozo.

Se llamaba Tales y vivía en Mileto, una ciudad griega en la costa de lo que hoy es Turquía, hacia el año seiscientos antes de Cristo.

Cuentan que una noche salió a pasear mirando el cielo. Iba tan concentrado en las estrellas que no vio el pozo que tenía delante y se cayó dentro. Una criada que pasaba por allí, una muchacha de Tracia, se echó a reír y le dijo que se afanaba tanto en conocer lo que hay en el cielo que no era capaz de ver lo que tenía a los pies.

La anécdota lleva más de dos mil años dando vueltas. Y tiene gracia, porque desde aquel día esa burla ha perseguido a todos los filósofos. Ese cliché del hombre que sabe mucho de cosas raras y no sabe abrocharse la chaqueta.

Pero hay otra historia de Tales, menos conocida, que cuenta Aristóteles siglos después. Resulta que la gente le reprochaba que la filosofía no daba de comer. Que él, con tanta sabiduría, seguía siendo pobre. Y Tales, que estudiaba el cielo, dedujo por las señales del tiempo que aquel año la cosecha de aceituna iba a ser buenísima. Entonces, en pleno invierno, cuando nadie pensaba en ello, fue alquilando a bajo precio todas las almazaras de la zona, las prensas de aceite. Llegó la cosecha, todos las necesitaron a la vez, y él las fue alquilando al precio que quiso.

Con eso demostró, dicen, que un filósofo podría hacerse rico si quisiera. Solo que no era eso lo que le interesaba.

Y lo que le interesaba era una pregunta que hoy nos parece de niños, pero que entonces era una locura. ¿De qué está hecho el mundo?

Fijaos en lo que había antes de aquella pregunta. Hasta entonces, cuando algo pasaba, la respuesta era siempre la misma. Un dios. Si tronaba, era Zeus enfadado. Si el mar se picaba, Poseidón de mal humor. Si había un terremoto, alguien había ofendido a alguien de arriba. El mundo era un teatro de voluntades caprichosas y a los hombres solo les quedaba rezar y ofrecer sacrificios.

Tales hizo algo distinto. Se preguntó si el mundo no tendría una explicación que se pudiera entender sin necesidad de recurrir a un dios detrás de cada cosa. Una explicación natural. Algo que estuviera ahí, a la vista, para quien tuviera paciencia de mirarlo.

Su respuesta fue que todo está hecho de agua.

Hoy nos parece una respuesta equivocada, y lo es. Pero no os quedéis con la respuesta. Quedaos con el gesto. Un hombre se sentó y dijo: voy a buscar una razón que no dependa de los caprichos de nadie. Y con ese gesto empezó lo que hoy llamamos pensar con método.

Se le atribuye además haber anunciado un eclipse de sol. Hay quien duda de que pudiera hacerlo con tanta exactitud, pero la fama de aquel eclipse corrió por todo el mundo griego y le dio prestigio de hombre capaz de leer el cielo. Se cuenta que aquel día se estaba peleando una batalla entre dos ejércitos, y que al oscurecerse el sol en pleno combate los soldados se asustaron tanto que dejaron las armas y firmaron la paz.

Bueno, aquí tenemos a un señor que quiso entender la naturaleza y acabó, sin proponérselo, deteniendo una guerra.

Pero ¿por qué en Mileto? Es una pregunta importante, porque nos va a servir después para entender lo de Atenas.

Mileto era una ciudad de comerciantes. Sus barcos recorrían el Mediterráneo y el mar Negro. Sus marineros hablaban con egipcios, con fenicios, con babilonios. Traían mercancías, pero también historias, medidas, calendarios, trucos de geometría. Imaginad un puerto donde cada semana llega alguien que cuenta que en su tierra los dioses son otros, las leyes son otras y el mundo se explica de otra forma. Eso obliga a pensar. Cuando comprobáis que vuestra manera de ver las cosas no es la única, os entra la duda, y de la duda nace la pregunta.

Por qué Grecia abrió un nuevo camino al pensamiento

Y había algo más. En Egipto o en Mesopotamia los conocimientos estaban en manos de sacerdotes, que los guardaban como un secreto y los usaban para conservar su poder. En Grecia no existía una casta así. Ni un libro sagrado que dijera cómo era el mundo. Los poemas de Homero eran hermosos, todo el mundo los sabía de memoria, pero no eran una ley. Si un hombre quería proponer una explicación distinta, nadie lo iba a quemar por eso. Como mucho, otro le contestaría con una explicación mejor.

Ese detalle, el de que las ideas pudieran discutirse en público, va a ser la clave de todo lo que viene.

Después de Tales vino un discípulo suyo, Anaximandro. Este dio un paso más audaz todavía. Dijo que el principio de todo no podía ser algo tan concreto como el agua, porque el agua tiene su contrario, el fuego, y ¿cómo va a salir el fuego del agua? Tenía que ser algo indefinido, sin límites, una especie de materia primera de la que todo se separa. Lo llamó lo ilimitado.

Y de paso dibujó uno de los primeros mapas del mundo conocido. Y dijo algo que, cuando lo pensáis, es asombroso. Que la Tierra flotaba en el espacio, sin apoyarse en nada, sin columnas ni tortugas ni gigantes que la sostuvieran. Estaba quieta, decía, porque no había ninguna razón para que se moviera hacia un lado antes que hacia otro.

Un razonamiento de puro sentido común, hecho hace veinticinco siglos, sobre algo que nadie podía comprobar.

Luego vino Anaxímenes, otro milesio, que dijo que la sustancia de todo era el aire. Y que todo lo demás eran formas de aire más apretado o más suelto. El aire apretado se hacía agua, luego tierra, luego piedra. El aire suelto se hacía fuego.

Otra vez, la respuesta era discutible. Pero fijaos en el método. Ya no bastaba con decir una cosa. Había que explicar cómo se pasa de una a otra. Había que dar razones.

Y mientras esto ocurría en la costa de Asia, en la isla de Samos nacía un hombre que iba a hacer algo todavía más raro. Se llamaba Pitágoras.

De Pitágoras sabemos poco de cierto y mucho de leyenda. Lo que se cuenta es que viajó por Egipto y quizá por Babilonia, que volvió a Grecia, que no le gustó el gobierno de su isla y que se marchó al sur de Italia, a una ciudad llamada Crotona. Allí fundó una especie de comunidad donde los discípulos vivían juntos, compartían todo, seguían reglas estrictas y estudiaban matemáticas y música.

Porque a Pitágoras se le ocurrió que el secreto del universo eran los números.

La historia más bonita es la de las cuerdas. Dicen que pasó junto a una fragua, oyó los martillos golpear y notó que algunos sonidos combinaban bien y otros chirriaban. Se puso a investigar y descubrió que si tomas una cuerda y la pulsas, y luego la pulsas otra vez con la mitad de longitud, obtienes la misma nota una octava más alta. Con dos tercios, otra nota que suena armoniosa. La belleza de la música, algo que parece pura emoción, obedecía a proporciones exactas entre números sencillos.

Imaginad lo que eso significaba para un hombre de aquella época. Si algo tan misterioso como la música podía reducirse a números, quizá todo el universo estaba escrito en ese idioma. Los pitagóricos creían eso. Y aunque después mezclaron la idea con manías curiosas, como la de no comer habas o no recoger lo que se cae al suelo, la semilla ya estaba plantada. La idea de que el mundo tiene una estructura matemática que se puede descubrir con la razón es una de las ideas más fecundas de toda la historia. Nos ha llevado hasta los satélites que tenemos ahora mismo sobre nuestras cabezas.

Mientras tanto, en Éfeso, otra ciudad de la costa, vivía un hombre muy distinto. Heráclito. Un tipo huraño, orgulloso, que hablaba a base de frases enigmáticas y que se ganó el apodo de el oscuro. Despreciaba a la multitud. Pensaba que la mayoría de la gente vivía dormida.

Lo suyo era el cambio. Para Heráclito todo fluye, nada permanece. Se le atribuye la idea de que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque cuando vuelves a meter el pie ya es otra agua la que corre, y tú tampoco eres el mismo. Y pensad en esto, que para los que ya tenemos ciertos años tiene un sabor especial. Miráis una fotografía de hace treinta años y os preguntáis quién es ese chaval. Y sois vosotros, y no lo sois. Heráclito lo sabía.

Para él, el mundo era como una llama que nunca se está quieta y que sin embargo mantiene su forma. Y detrás de ese cambio constante, decía, había una razón, un orden, que llamó logos. Una palabra que después dará muchísimo de qué hablar.

Y como en todo buen relato, el siguiente en aparecer dijo justo lo contrario.

Parménides, de la ciudad de Elea, en el sur de Italia, sostuvo que el cambio es una ilusión. Que lo que existe, existe, y lo que no existe no puede existir, y por tanto nada puede nacer ni morir ni moverse. Que nuestros sentidos nos engañan y que solo la razón, razonando en silencio, alcanza la verdad. Es un argumento muy difícil de digerir, y no os voy a torturar con los detalles. Lo importante es esto: por primera vez alguien ponía en duda que lo que vemos con los ojos sea lo real. Y por primera vez alguien defendía que la lógica podía llevarnos más lejos que los sentidos.

Su discípulo Zenón se dedicó a defender esa tesis con paradojas que todavía hoy dan dolor de cabeza. La más famosa es la de Aquiles y la tortuga. Aquiles, el más veloz de los héroes, echa una carrera con una tortuga y le da algo de ventaja. Cuando Aquiles llega al punto donde estaba la tortuga, esta ya ha avanzado un poquito. Cuando llega a ese nuevo punto, la tortuga ha avanzado otro poquito. Y así, siempre. Por tanto, dice Zenón, Aquiles nunca la alcanzará.

Sabemos que en la vida real la alcanzaría en un momento. Y sin embargo, encontrar el fallo de ese razonamiento costó siglos a los matemáticos. Esa es la clase de trampa que les gustaba a estos hombres. Una pregunta aparentemente absurda que, cuando intentáis responderla en serio, os obliga a pensar de verdad.

Y hubo un último gran nombre antes de que la acción se traslade a Atenas. Demócrito, de Abdera. Un hombre con fama de reírse de todo. Dijo que el mundo está hecho de partículas diminutas, indivisibles, que se mueven en el vacío y se combinan de mil maneras. Las llamó átomos, que significa que no se pueden cortar. Sin microscopios, sin laboratorios, solo pensando, llegó a una idea que la ciencia moderna confirmaría más de dos mil años después. No exactamente igual, por supuesto, pero la intuición de fondo estaba ahí.

Ya tenemos, pues, el cuadro completo de lo que ocurría antes de Atenas. Una serie de pensadores repartidos por las costas del mundo griego, desde Asia hasta Italia, que se hacían preguntas sobre la naturaleza. Se contradecían entre sí, pero lo hacían con razones. Se leían unos a otros. Se corregían.

Y en el año cuatrocientos noventa antes de Cristo, el destino puso a Atenas en el centro de la historia. Y lo hizo, como casi siempre, por culpa de una guerra.

El imperio persa era, en aquel tiempo, el más grande que había visto el mundo. Se extendía desde Egipto hasta la India. Y decidió que aquellas ciudades pequeñas y pendencieras del Egeo eran una molestia que convenía resolver. Envió un ejército enorme. Los atenienses, en inferioridad numérica, los derrotaron en una llanura llamada Maratón. Diez años después, los persas volvieron con más fuerza todavía. Atenas fue evacuada, quemada, saqueada. Y sin embargo, en las aguas estrechas de Salamina, la flota griega, con los atenienses a la cabeza, hundió a la flota persa y cambió el rumbo de la guerra.

Fijaos en lo que quedó tras aquella victoria. Una ciudad destruida, pero orgullosa. Con dinero de aliados que pagaban por su protección. Con una flota poderosa. Y con una convicción que se le metió a todo el mundo en la sangre: que los hombres libres, que deciden por sí mismos en asamblea, pueden derrotar al imperio más poderoso del planeta.

Con esa convicción, Atenas se puso a construir. Y a su frente apareció un político extraordinario, Pericles, que gobernó durante más de treinta años.

Bajo su mandato se levantó el Partenón. Trabajaba en él el escultor Fidias. En el teatro representaban sus obras Esquilo, Sófocles y Eurípides, y gente de toda la ciudad, incluidos los más humildes, iba a verlas. Herodoto escribía la primera gran historia. Hipócrates ponía las bases de una medicina que buscaba causas naturales a las enfermedades y no castigos divinos. La ciudad bullía.

Y en el centro de todo aquello estaba el ágora, la plaza. Un espacio abierto donde se compraba pescado, se cerraban tratos, se cotilleaba, se discutía de política y se echaban unas partidas. Un sitio muy parecido, si lo pensáis, a la plaza de cualquier pueblo o a la barra de cualquier bar de barrio. Solo que allí, entre el mercado y los tribunales, se estaba inventando una forma nueva de hablar.

Y es que la democracia ateniense, con todos sus defectos, que los tenía y muchos, exigía hablar. Los ciudadanos varones, hijos de padres atenienses, se reunían en asamblea y votaban las leyes, la guerra y la paz. Muchos cargos se sorteaban. Los jurados de los tribunales eran ciudadanos corrientes, cientos de ellos, que escuchaban a las partes y decidían por votación. En una ciudad así, quien sabía hablar bien tenía poder. Quien sabía convencer, mandaba.

Aquí hay que ser honestos y decir lo que hay que decir. Aquella democracia excluía a las mujeres, que no votaban. Excluía a los extranjeros, aunque llevaran generaciones viviendo allí. Y descansaba sobre el trabajo de miles de esclavos, sin los cuales muchos ciudadanos no habrían tenido tiempo libre para pasar la mañana en el ágora. Es una sombra que acompaña a toda esta historia, y no vamos a esconderla. Volveremos a ella.

Pero en ese ambiente, con esa necesidad de saber hablar, aparecieron unos personajes nuevos. Se llamaban sofistas.

Eran maestros itinerantes. Viajaban de ciudad en ciudad ofreciendo enseñar, a cambio de dinero, el arte de argumentar, de hablar en público, de salir airoso en un juicio o en una asamblea. Y sus clientes eran, sobre todo, jóvenes de familias ricas que querían hacer carrera política.

Los más famosos fueron Protágoras y Gorgias. De Protágoras se recuerda una frase que hizo historia: que el hombre es la medida de todas las cosas. Con eso venía a decir que no hay una verdad fija, sino que cada cual percibe y juzga a su manera. Gorgias, por su parte, era un orador tan brillante que se decía que podía defender cualquier cosa y hacerla parecer cierta.

Los sofistas no eran unos sinvergüenzas, como a veces se los pinta. Muchos eran gente inteligente y hacían un servicio real. Pero traían una idea que a muchos les resultaba inquietante. Si todo depende del punto de vista, ¿qué queda de la justicia? ¿Qué queda de la verdad? ¿No será que todo se reduce a quién habla mejor y quién gana la discusión?

Esa es la duda que va a mover a Sócrates. Y a Platón. Y a Aristóteles. Todos van a reaccionar, de una manera o de otra, contra la idea de que las cosas valen lo que uno consiga hacer creer a los demás.

Un dato más antes de conocer a nuestro protagonista. Aquella Atenas tan libre y tan brillante tenía un lado oscuro con las ideas. Anaxágoras, un filósofo extranjero, amigo de Pericles, se atrevió a decir que el sol no era un dios sino una piedra incandescente muy grande. Le montaron un proceso por impiedad, y tuvo que marcharse de la ciudad. Protágoras también se metió en líos por decir que no sabía si los dioses existían. Es decir, que Atenas presumía de libertad de palabra, pero esa libertad tenía un límite. Y ese límite tocaba a los dioses de la ciudad.

Recordad eso, porque más adelante va a costar una vida.

Llegó entonces la desgracia. En el año cuatrocientos treinta y uno antes de Cristo estalló la guerra contra Esparta, la gran rival. Una guerra que duraría casi treinta años. Durante los primeros meses, los campesinos del campo cercano fueron a refugiarse dentro de las murallas de Atenas, y aquella multitud apiñada trajo una plaga terrible. Murió una parte enorme de la población. Y murió también Pericles, en el año cuatrocientos veintinueve.

Con él se fue la época de la seguridad y del orgullo tranquilo. Empezó otra, de miedo, de rabia y de decisiones desesperadas. Y en medio de aquel escenario, un hombre feo caminaba descalzo por el ágora, parando a la gente para hacerle preguntas incómodas.

Ese hombre era Sócrates.

Vamos a ir despacio con él, porque es difícil hablar de Sócrates. Y lo primero que hay que decir es que no dejó nada escrito. Todo lo que sabemos de él lo sabemos por lo que dijeron otros. Sobre todo Platón, su discípulo, y Jenofonte, un soldado y escritor que lo conoció bien. Y también por la burla de un autor de comedias, Aristófanes, que lo puso en escena en una obra llamada Las nubes.

Nació hacia el año cuatrocientos setenta antes de Cristo, en Atenas. Su padre era cantero, un hombre que trabajaba la piedra. Su madre, según dicen, era comadrona. Y hay una tradición antigua que cuenta que el propio Sócrates trabajó de joven como escultor. Pero el oficio no le duró. Terminó dedicando su vida a otra cosa.

Su aspecto era el de todo menos un sabio de película. Bajito, robusto, con la nariz chata, los ojos saltones, los labios gruesos, la barriga algo prominente. Sus contemporáneos lo comparaban con un sátiro. Llevaba siempre el mismo manto y andaba descalzo, tanto en verano como en invierno. No le importaba nada su imagen.

Y aun así, era imposible no hacerle caso. Los jóvenes más brillantes de Atenas iban tras él como si fuera un imán. Algo tenía.

Sócrates fue también soldado, como todo ciudadano de aquella época. Combatió de hoplita, con lanza, escudo y coraza, en varias batallas. Y hay historias de aquellas campañas que ayudan a entender al hombre.

En un asedio, al norte de Grecia, se cuenta que una mañana se quedó de pie, inmóvil, pensando en algo. Pasó el mediodía y siguió allí. Pasó la tarde. Llegó la noche. Los soldados, curiosos, sacaron sus mantas para dormir al aire libre y vigilarlo. Estuvo así hasta el amanecer, y cuando salió el sol hizo una oración y se fue tan tranquilo. Con el frío que hace en aquellas tierras y sin zapatos.

Y en otra batalla, la de Delio, cuando el ejército ateniense fue derrotado y todos huían despavoridos, Sócrates se retiró caminando con calma, mirando a un lado y a otro, con tanta serenidad que los enemigos no se atrevieron a atacarlo. Sabían que aquel hombre, si lo tocaban, se defendería.

Era valiente, pues. Y sin embargo no fue la valentía lo que lo hizo célebre. Fue una forma de conversar.

Todos los días, a primera hora, se iba a la plaza. Paseaba entre los puestos, entre los tribunales, entre los talleres. Y detenía a la gente. A políticos, a artesanos, a generales, a poetas, a jóvenes ociosos. Y les hacía una pregunta.

Nunca empezaba diciendo lo que él pensaba. Siempre empezaba preguntando. Y siempre preguntas que parecían fáciles.

Supongamos que se encuentra con un general.

Le dice: tú, que has mandado ejércitos, dime, ¿qué es el valor? Y el general, encantado, responde rápido: valor es no huir del enemigo, mantenerse firme en la formación. Muy bien, dice Sócrates, pero ¿y el soldado que huye a propósito para atraer al enemigo y luego contraatacar? ¿Ese es cobarde? El general se rasca la cabeza. Pues no, claro que no. Entonces, dice Sócrates, ¿el valor es solo mantenerse firme? El general piensa. Bueno, será mantener el ánimo firme, la resistencia del alma. Perfecto. Pero entonces, ¿el que aguanta un dolor durante mucho tiempo sin ninguna razón, por puro capricho, es valiente? El general ya no sabe qué contestar.

Y así, pregunta a pregunta, aquel hombre que llegó seguro de que sabía lo que era el valor, se iba dando cuenta de que en realidad no tenía ni idea.

Eso es lo que hoy llamamos el método socrático. No enseñar dando respuestas, sino ayudar a cada cual a descubrir, a base de preguntas, dónde están las contradicciones en lo que cree. Sócrates decía, con humor, que él hacía el mismo oficio que su madre. Que ella ayudaba a nacer a los niños, y él ayudaba a nacer a las ideas. No las ponía él, las sacaba de dentro.

Y lo hacía gratis. Esto es importante. A diferencia de los sofistas, no cobraba nada. Vivía con muy poco, y su casa estaba siempre al borde de la miseria.

Se casó con una mujer llamada Jantipa, que ha pasado a la historia como el arquetipo de esposa regañona. Puede ser que fuera injusto. Lo cierto es que vivir con un marido que se pasa el día en la calle discutiendo con desconocidos, sin traer un céntimo a casa, con tres hijos que criar, sacaría de quicio a cualquiera. Se cuenta que un día, harta, le tiró encima un cubo de agua. Y que Sócrates, sin inmutarse, comentó que después de tantos truenos era natural que lloviera.

Bueno, no sabemos cuánto hay de verdad en esas historias, pero nos dan una idea de lo que era. Un hombre imperturbable, con humor, con una paciencia enorme y una terquedad más grande todavía.

Ahora bien. ¿Por qué se dedicó a esto? ¿Qué le hizo empezar a ir por la ciudad incordiando a todo el mundo?

Aquí llega una de las historias más famosas de toda la filosofía.

Un amigo suyo de la juventud, un tal Querefonte, muy entusiasta, viajó una vez hasta Delfos, al santuario de Apolo. Allí una sacerdotisa, la pitia, respondía a las preguntas de los visitantes en nombre del dios. Y Querefonte le preguntó si había alguien más sabio que Sócrates. Y la respuesta fue que no. Que nadie era más sabio.

Cuando Sócrates se enteró, se quedó desconcertado. Él sabía perfectamente que no era sabio. No tenía ninguna ciencia especial, ninguna técnica. ¿Qué quería decir el dios? Un dios no miente. Pero tampoco podía ser verdad.

Y decidió comprobarlo. Se puso a buscar a alguien más sabio que él para demostrar que el oráculo se equivocaba. Fue a ver a políticos, que tenían fama de listos. A poetas, que decían cosas hermosas. A artesanos, que dominaban sus oficios.

Y descubrió lo mismo en todos. Los políticos creían saber gobernar y no sabían explicar en qué consistía el buen gobierno. Los poetas escribían versos sublimes pero no sabían explicar lo que querían decir. Los artesanos sabían muy bien su oficio, y por eso se creían también expertos en todo lo demás, en lo importante, y ahí fallaban.

Así que, al final, Sócrates llegó a una conclusión curiosa. Puede que el dios tuviera razón, pensó. Puede que yo sea más sabio que estos, en una sola cosa: que ellos creen saber lo que no saben, y yo, al menos, sé que no lo sé.

De ahí viene aquella famosa idea de que solo sé que no sé nada. Aunque, ojo, las palabras exactas no aparecen así en los textos. Lo que Sócrates decía es más matizado. Que la sabiduría humana vale poco, y que la mayor ignorancia es creer que sabes lo que no sabes.

Pensad en lo incómodo que resulta eso. Vamos, en cómo suena a nuestros oídos ahora. Porque a los que ya pasamos de los cincuenta nos gusta sentir que lo que hemos vivido nos da autoridad. Y es cierto que la experiencia vale mucho. Pero Sócrates nos enseña otra cosa. Que se puede tener experiencia y seguir dando por bueno lo que nunca se ha examinado.

Y esa misión de examinar a los demás, que él veía como un encargo divino, se convirtió en su forma de vida. Decía que era como un tábano, un insecto molesto que pica a un caballo grande y perezoso para que no se duerma. La ciudad, decía, era ese caballo. Y él, el tábano.

Como podéis imaginar, esto no le hizo popular en todos los círculos.

Los políticos a los que dejaba en ridículo se ponían furiosos. Los padres de algunos jóvenes que imitaban a Sócrates, y salían a la calle a poner en aprietos a sus mayores, se sentían ofendidos. Al fin y al cabo, ¿quién era ese vagabundo para enseñar a sus hijos a dudar de todo?

En el año cuatrocientos veintitrés, el autor cómico Aristófanes estrenó Las nubes, una comedia donde Sócrates aparece colgado en una cesta, mirando el cielo y enseñando a los jóvenes a torcer los argumentos para no pagar sus deudas. Una caricatura cruel, y bastante injusta, porque Sócrates no era un sofista ni enseñaba a engañar. Pero la imagen caló. Y veinticuatro años después, cuando Sócrates se sentó ante el tribunal, dijo que aquella burla había sido la semilla de su desgracia. Que mucha gente había crecido oyendo que era un tipo raro que estudiaba las cosas del cielo y hacía pasar por bueno lo malo.

Pero había otros problemas más graves, y más recientes.

Entre los jóvenes que rodeaban a Sócrates había algunos que acabaron mal, muy mal. El más famoso fue Alcibíades.

Alcibíades era guapo, rico, brillante, de carácter arrollador. Sobrino de Pericles, en cierto modo. Todo Atenas hablaba de él. Y Sócrates, que le tenía cariño, intentó hacerle mejor persona. Pero no lo consiguió. Alcibíades, en plena guerra contra Esparta, se pasó al enemigo. Luego cambió otra vez de bando. Intrigó, traicionó, volvió a intrigar. Fue una de las causas del desastre ateniense.

Y hubo otro alumno, Critias. Un aristócrata inteligente y frío que, cuando Atenas perdió por fin la guerra, en el año cuatrocientos cuatro antes de Cristo, se convirtió en uno de los jefes de un gobierno impuesto por los espartanos. Los llamaron los Treinta Tiranos. En unos pocos meses mandaron matar a más de mil quinientos atenienses, confiscaron bienes, aterrorizaron a la ciudad.

Los atenienses recordaron con amargura que Critias y Alcibíades habían sido discípulos de Sócrates. Y no se olvidó fácilmente.

Ahora bien, ¿qué hizo el propio Sócrates durante aquel régimen? Aquí está algo que rara vez se cuenta y que retrata a fondo al hombre. Los Treinta, para comprometer a los ciudadanos y hacerlos cómplices, ordenaron a cinco hombres que fueran a otra localidad, Salamina, a detener a un tal León, un ciudadano honrado, para llevarlo a la muerte. Sócrates fue uno de los cinco. Los otros cuatro cumplieron. Sócrates se fue a su casa.

Se jugaba la vida. Muy probablemente lo habrían matado, y solo se salvó porque el régimen cayó poco después. Pero no quiso participar en una injusticia. Él lo contó así en su juicio: no me asustó la muerte, me asustaba cometer una injusticia.

Y ya había hecho algo parecido antes, años atrás, en el año cuatrocientos seis. Ese año, Atenas ganó una batalla naval en las islas Arginusas, pero una tormenta impidió recoger a los náufragos y a los muertos. La ciudad, furiosa, exigió condenar a los ocho generales vencedores. Y quiso hacerlo en bloque, en un solo voto, saltándose la ley. Sócrates ese día formaba parte del comité que dirigía la asamblea. Y se negó a poner a votación una cosa ilegal. Solo él, entre todos. La gente le gritaba, le amenazaba. Aguantó.

Fijaos, pues, en la paradoja. Un hombre que se negó a colaborar con la tiranía de un puñado. Y que también se negó a colaborar con la tiranía de la mayoría. Ni con los Treinta ni con la asamblea desatada. Un hombre que no pertenecía a ningún bando, y por eso acabó con enemigos en todos.

Cuando cayó la tiranía y volvió la democracia, en el año cuatrocientos tres, se aprobó una amnistía. Se prohibió perseguir a nadie por lo que había hecho durante la guerra civil. Fue un acto de sensatez, de esos que hacen falta cuando un país está roto y quiere volver a empezar.

Pero esa amnistía tuvo un efecto colateral. Impedía juzgar a Sócrates por su relación con Critias y con los Treinta. Así que quienes querían quitárselo de en medio tuvieron que buscar otro delito.

Y encontraron el que mejor funcionaba en Atenas. La impiedad.

En el año trescientos noventa y nueve antes de Cristo, Sócrates ya tenía setenta años. Un día, en el pórtico donde se presentaban las denuncias, se encontró con que un joven poeta llamado Meleto lo acusaba formalmente. Junto a él, dos personas más lo respaldaban: Ánito, un político poderoso, curtido en la resistencia democrática, y Licón, un orador. La acusación decía que Sócrates no reconocía a los dioses de la ciudad, que introducía divinidades nuevas y que corrompía a los jóvenes. La pena que pedían era la muerte.

Lo de las divinidades nuevas venía de que Sócrates hablaba de una especie de voz interior, un aviso que sentía desde niño y que lo frenaba cuando estaba a punto de hacer algo equivocado. Lo llamaba su daimonion, algo así como su señal divina. Para sus enemigos, era una excusa perfecta para acusarlo de inventarse dioses.

Y lo de corromper a los jóvenes, bueno, ya sabemos de dónde salía.

Lo normal en un caso así era que el acusado hiciera lo posible para evitar el juicio. Marcharse al exilio antes, pactar, pedir clemencia. Sócrates se quedó. Tenía setenta años y se creía inocente.

El tribunal estaba formado por quinientos un ciudadanos elegidos por sorteo, en una sola jornada. Tanto la acusación como la defensa disponían de un tiempo limitado, medido con un reloj de agua. Los jurados escuchaban, se sentaban, votaban con unas piezas de bronce, y se acabó.

Platón estuvo presente, y nos dejó su versión del discurso de Sócrates en una obra que se llama Apología, que significa defensa. No sabemos hasta qué punto es literal, seguramente mezcla lo que dijo con lo que Platón quiso que dijera. Pero es un texto extraordinario.

Sócrates no suplicó. No trajo a sus hijos llorando, como hacían muchos acusados para conmover a los jueces. No hizo el papel de víctima. Habló en el mismo tono con el que hablaba en el ágora. Les dijo que no sabía hablar como los oradores, que iba a contar la verdad, sencillamente. Les contó la historia del oráculo. Les explicó por qué llevaba años interrogando a todo el mundo. Y cuando llegó el momento de rebatir las acusaciones, interrogó a Meleto, su acusador, y lo dejó atrapado en sus propias contradicciones ante todo el mundo.

Les dijo que, si lo mataban, harían más daño a la ciudad que a él, porque no encontrarían otro tábano igual. Les dijo que un hombre bueno no puede ser dañado de verdad por uno malo. Y, sobre todo, les dijo algo que ha pasado a la historia: que una vida sin examen no merece la pena ser vivida.

Una frase que, releída a nuestra edad, pesa lo suyo.

Los jurados votaron. Y Sócrates fue declarado culpable. Pero por muy poco. Según algunas fuentes, por una diferencia de unos treinta votos. Si unos pocos hubieran votado distinto, se habría salvado.

Entonces vino la segunda parte. Según las costumbres atenienses, cuando el acusado era declarado culpable y la pena no estaba fijada por ley, la acusación proponía una pena y el acusado proponía otra. Los jueces elegían entre las dos. La idea era que el condenado propusiera algo razonable, que sonara aceptable, y así los jueces se decantaran por la más suave.

Sócrates propuso algo que a los jueces les sentó como una bofetada. Dijo que lo que merecía, si de verdad se le juzgaba por lo que había hecho por la ciudad, era ser alimentado a costa del Estado en el salón de honor, donde se agasajaba a los héroes y a los vencedores olímpicos.

Se armó un gran revuelo. Luego, tras insistir sus amigos, propuso pagar una multa, y Platón y otros ofrecieron garantizarla. Pero ya era tarde. Los jueces, molestos por la arrogancia, votaron la pena de muerte. Y esta vez la diferencia fue mucho mayor.

Sócrates habló otra vez, ya condenado. Dijo que no lamentaba cómo se había defendido. Que prefería morir por haberse defendido a su manera que vivir por haber suplicado. Que la muerte podía ser una de dos cosas: una nada, como un sueño sin sueños, o un viaje hacia otro lugar donde encontrarse con los grandes hombres del pasado y seguir conversando con ellos. Y que en cualquiera de los casos, un hombre bueno no tiene nada que temer.

Y se despidió con una frase que pone los pelos de punta. Que ya era hora de irse. Él a morir, ellos a vivir. Y que quién de los dos iba a mejor suerte, solo lo sabía el dios.

Ahora, algo extraño. La ejecución no fue inmediata. Resulta que en Atenas, en aquellos días, no se podía ejecutar a nadie durante la festividad en que un barco sagrado viajaba a la isla de Delos. Y ese año, la travesía se alargó. Así que Sócrates pasó treinta días en la cárcel, esperando.

Treinta días. Sus amigos lo visitaban cada mañana. Y uno de ellos, Critón, un hombre rico y leal, preparó la fuga. Había sobornado a los guardias. Todo estaba dispuesto. Solo hacía falta que Sócrates dijera que sí.

Y una madrugada, Critón entró en la celda, y lo encontró dormido. Se quedó mirándolo, admirado de que pudiera dormir así, tan tranquilo, a las puertas de la muerte. Cuando se despertó, Critón le explicó el plan. Le dijo que debía huir, que la gente pensaría mal de sus amigos si no lo salvaban, que sus hijos quedarían huérfanos.

Y Sócrates, con toda su calma, le respondió con una pregunta. Preguntó a Critón si debemos hacer caso a lo que piensa la mayoría o a lo que es justo. Y siguió con otras preguntas. Que si es justo devolver mal por mal. Que si un hombre que ha vivido setenta años bajo las leyes de una ciudad, y ha sido feliz allí, y ha tenido hijos allí, y podría haberse ido en cualquier momento y no se fue, no ha aceptado tácitamente respetar esas leyes. Y si las leyes, ahora, lo condenan, ¿es lícito escaparse para destruirlas?

Se imaginó a las leyes de Atenas hablándole en persona. Le dirían: nos has aceptado toda la vida, y ahora que no te conviene, ¿pretendes romper el pacto? Con qué cara iría a otra ciudad, a dar lecciones de justicia, después de haber huido de la propia.

Hay quien ve en esto una lección de civismo. Hay quien lo ve como una terquedad heroica, casi una locura. Lo que es indudable es que Sócrates estaba dispuesto a ser coherente hasta el final. Lo que había defendido durante toda su vida, lo iba a defender también con su muerte.

Llegó el último día. Sus amigos fueron a la cárcel al amanecer. Había allí un grupo de discípulos, entre ellos Critón y otros. Platón, según cuenta él mismo, no estaba, dice que estaba enfermo. Pasaron la jornada conversando sobre el alma y sobre lo que le sucede a uno cuando muere. Y Sócrates, que a esas alturas ya estaba tranquilo, les fue explicando por qué creía que el alma es inmortal. No hace falta que ahora entremos en cada uno de sus razonamientos. Lo que importa es el tono. Era una charla entre amigos, y él la dirigía con la misma serenidad de siempre.

Al caer la tarde, pidió darse un baño para no dar trabajo a las mujeres de la casa, que tendrían que lavar el cuerpo. Se despidió de su familia, que fue a verlo. Los guardias, que lo apreciaban, se pusieron a llorar. Y llegó el hombre encargado de traer la cicuta, una planta venenosa.

Sócrates le preguntó cómo debía hacerlo. El hombre le dijo que bebiera y luego paseara hasta que sintiera pesadez en las piernas, y entonces se tumbara. Y Sócrates tomó la copa con la misma calma con que habría tomado un vaso de vino, y se lo bebió de un trago.

Sus amigos no pudieron aguantar y se echaron a llorar. Él los reprendió con suavidad. Les dijo que se calmaran, que precisamente para evitar esas escenas había mandado fuera a las mujeres.

Paseó un rato, hasta que las piernas se le pusieron pesadas. Se tumbó. El hombre le apretó el pie y le preguntó si lo sentía. Dijo que no. Le fue apretando más arriba, y le decía que el frío iba subiendo, y que cuando llegara al corazón, sería el fin.

Cuando el frío llegó al vientre, Sócrates se destapó la cara, que tenía cubierta, y dijo sus últimas palabras.

Dijo: Critón, le debemos un gallo a Asclepio. No te olvides de pagarlo.

Y Critón le respondió que lo haría. Le preguntó si quería algo más. Pero ya no hubo respuesta. Sócrates se estremeció, y sus ojos quedaron fijos.

Ya os he dicho que volveríamos a esas palabras. Ahora, dejadlas ahí un momento, en el aire. Porque hay mucho más que contar antes de llegar a ellas.

Lo que sí os puedo decir ahora es lo que ocurrió con los que se quedaron. Los discípulos de Sócrates salieron de aquella celda rotos y confundidos. La ciudad que acababan de ver matar al hombre más justo que habían conocido seguía funcionando como si nada. Y algunos se marcharon de Atenas, por miedo.

Entre ellos estaba un joven de unos veintiocho años, de buena familia, alto, de espaldas anchas. Le habían puesto el apodo de Platón, que significa el ancho, por su complexión de luchador. Su verdadero nombre, según se cuenta, era Aristocles.

Este muchacho iba a cambiar la historia del pensamiento más que nadie.

Platón nació hacia el año cuatrocientos veintiocho, en una familia aristocrática ateniense. Por su parte materna estaba emparentado con Critias, aquel jefe de los Treinta Tiranos. Para un joven de su clase, lo natural era hacerse político. Y de hecho, en su juventud lo pensó. Pero conoció a Sócrates. Y luego vio cómo el régimen de los Treinta cometía atrocidades, y cómo la democracia restaurada mataba a su maestro. Y llegó a una conclusión amarga. Que ni los tiranos ni los demócratas gobernaban con sabiduría. Que las ciudades estaban mal mandadas, y que el problema era más profundo que un cambio de régimen.

Lo dice él mismo en una carta que se le atribuye. Que solo la verdadera filosofía podía distinguir lo que es justo, tanto en política como en la vida privada, y que los males de la humanidad no cesarían hasta que los filósofos gobernaran o los gobernantes se hicieran filósofos.

Tras la muerte de Sócrates viajó. Estuvo en Megara, con otros discípulos. Se supone que anduvo por Egipto y por Cirene. Y hacia el año trescientos ochenta y siete fue a Sicilia, a la ciudad de Siracusa, invitado por un tirano, Dionisio.

Aquí hay una historia que no sabemos si es cierta, pero que se cuenta desde la Antigüedad. Que Platón, hablando con el tirano, se atrevió a decirle que un gobernante que solo busca su provecho no es feliz. El tirano se enfadó tanto que lo entregó a un embajador espartano para que lo vendiera como esclavo. Lo vendieron en la isla de Egina. Y un hombre que lo reconoció, un filósofo de Cirene, pagó su rescate.

Sea verdad o no, lo cierto es que Platón volvió a Atenas y, con el dinero de sus amigos y de su familia, compró un terreno a las afueras de la ciudad, en un bosquecillo consagrado a un héroe llamado Academo. Allí fundó su escuela. La llamó la Academia. Y de ahí viene la palabra que usamos hoy.

Se dice que en la entrada había un cartel que advertía que no entrara quien no supiera geometría. No tenemos certeza de que fuera así, pero encaja muy bien con el espíritu del lugar. Platón había recogido la herencia de Pitágoras y estaba convencido de que las matemáticas entrenan la mente para captar verdades que no se ven con los ojos.

Aquella escuela fue, en muchos sentidos, la primera universidad. Los alumnos vivían y estudiaban allí durante años. Había matemáticos, astrónomos, juristas. Se debatía de todo. Y Platón dirigió aquel centro durante cuarenta años, hasta el final de su vida.

Bien, ¿qué pensaba Platón? Porque todo lo que ha dejado, más de veinte diálogos, casi siempre con Sócrates como protagonista, es un tesoro. Pero también un lío, porque nunca habla en primera persona. Siempre son otros los que hablan. Y a veces no se sabe si el Sócrates que aparece es el de verdad o un Sócrates a quien Platón ha ido dando sus propias ideas.

Vamos a ir a lo esencial. Y para ello os cuento una idea sencilla.

Pensad en un círculo. Un círculo perfecto. Nunca habéis visto uno de verdad. Por muy bien que lo dibujéis con un compás, si lo miráis con una lupa, encontraréis irregularidades. Y sin embargo, todos sabemos perfectamente lo que es un círculo perfecto. Es una idea que tenemos en la cabeza. ¿De dónde la hemos sacado, si nunca la hemos visto en la realidad?

Platón decía que existe un mundo de las ideas, o de las formas, donde están los círculos perfectos, la justicia en sí, la belleza en sí, el bien en sí. Un mundo que no vemos con los ojos pero que la razón puede alcanzar. Y que las cosas que vemos, los círculos dibujados, las personas justas, los cuerpos hermosos, son copias imperfectas, sombras de aquellas formas verdaderas.

Ya sé que esto suena abstracto. Vamos a hacerlo más humano con la imagen más famosa de toda su obra. La caverna.

La caverna de Platón y la búsqueda de la verdad

Platón cuenta esto en un libro llamado La república. Pide a quien lo escucha que se figure a unos hombres que viven encerrados desde niños en una cueva profunda. Están sentados, atados por las piernas y el cuello, de modo que solo pueden mirar hacia la pared del fondo. Detrás de ellos, a cierta distancia, arde un fuego. Y entre el fuego y los prisioneros pasan personas llevando objetos, estatuas, figuras de animales. Lo único que los prisioneros ven son las sombras de esos objetos proyectadas en la pared.

Como es lo único que han visto en su vida, creen que esas sombras son la realidad. Les ponen nombres, juegan a adivinar cuál pasará después, se dan premios a los más hábiles.

Ahora, sigue Platón, supongamos que uno de ellos es liberado. Se le obliga a levantarse, a darse la vuelta, a mirar el fuego. Le duelen los ojos. Se marea. Y le dicen que lo que veía antes eran solo sombras. No se lo cree. Preferiría volver a mirar la pared, que es lo que conoce.

Lo arrastran hacia la salida, cuesta arriba, por un camino áspero. Y cuando llega a la luz del sol, se queda cegado. Poco a poco se va acostumbrando. Primero ve sombras, luego reflejos en el agua, luego las cosas mismas, luego el cielo de noche, y finalmente el sol. Y entiende que es el sol lo que hace posible que todo lo demás se vea.

Y entonces piensa en sus compañeros, allá abajo. Siente compasión. Vuelve a la cueva para contárselo. Pero como viene de la luz, ahora sus ojos ven mal en la oscuridad. Tropieza, no distingue las sombras. Los prisioneros se ríen de él. Dicen que salir arriba le ha estropeado la vista, y que más vale no intentarlo. Y si alguien tratara de soltarlos y llevarlos arriba, lo matarían, si pudieran.

Cuando leéis esto y sabéis que Platón lo escribió pensando en Sócrates, os das cuenta de cuánto dolor hay detrás.

Pero la caverna nos habla también a nosotros. ¿Cuántas veces hemos vivido tomando las sombras por la realidad? Lo que dicen las noticias, lo que se lleva, lo que se espera de un hombre a cierta edad, lo que hay que tener y lo que hay que aparentar. Platón nos pregunta si hemos mirado alguna vez hacia atrás, hacia el fuego, hacia la luz.

Y también nos avisa de algo que los que tenemos ya algunos años reconocemos con una sonrisa triste. Que salir de la cueva y contarlo a los demás, sea a los hijos, a los amigos o a quien sea, es muy difícil. Casi nadie quiere que le cuenten que ha vivido mirando sombras.

Volvamos a La república, porque es una obra enorme. Empieza con una pregunta aparentemente pequeña. ¿Qué es la justicia? Y para responderla, Platón decide construir en el papel una ciudad ideal, imaginando que es más fácil ver la justicia en grande que en pequeño.

En esa ciudad habría tres clases de personas. Los gobernantes, que serían los más sabios. Los guardianes, que serían los valientes y defenderían la ciudad. Y los productores, agricultores, artesanos y comerciantes, que harían el trabajo material. Cada uno estaría en el sitio que le corresponde por su naturaleza, y la justicia consistiría en que cada parte cumpla su función sin meterse en la de los demás.

Lo mismo pasa, dice, dentro de cada persona. Tenemos una parte que razona, una parte que se enfada y quiere defender lo suyo, y una parte que desea, que tiene apetitos. Y el hombre justo es aquel en que la razón manda, el ánimo la ayuda y los apetitos obedecen. El hombre injusto es aquel en que los apetitos se han hecho con el timón.

Es una imagen que a cualquiera que haya luchado alguna vez con un mal hábito le resulta reconocible. Una parte de uno sabe lo que conviene, y otra parte tira hacia lo que apetece. Y la vida buena consiste en que las riendas las lleve quien tiene que llevarlas.

Ahora bien. Sería deshonesto no señalar que la ciudad de Platón tiene aspectos que a nosotros nos parecen bastante inquietantes. Propone que los gobernantes sean filósofos, con una educación durísima que dura décadas. Propone vigilar lo que leen y escuchan los niños. Propone que los guardianes no tengan propiedad privada ni familia propia. Ha habido muchos lectores modernos que han visto en La república un ideal peligroso, casi un manual de gobierno autoritario. Otros dicen que es una obra de crítica, una especie de experimento mental para invitar a pensar, no un programa político. No hay consenso. Y creo que es sano que no lo haya.

Lo que sí es indudable es que Platón se tomó muy en serio la pregunta de quién debe gobernar. Y lo hizo, como hemos visto, con una herida abierta. Una democracia había matado a Sócrates. ¿Cómo confiar el gobierno a una multitud sin criterio?

Lo hizo con un ejemplo que hoy nos resulta muy vivo. Comparó a la ciudad con un barco. Si tú tienes que hacer un viaje por mar, ¿escogerías al piloto por votación popular, o buscarías al que mejor conoce la navegación? Y sin embargo, con el gobierno, hacemos lo primero. El barco lo dirige el que mejor habla, el que más regala, el que más halaga a la tripulación. Y el que de verdad sabe de rumbos y estrellas queda como un inútil que mira el cielo y no sirve para nada.

Ahí están otra vez las estrellas, el hombre del pozo, el que sabe mirar arriba y es tomado por bobo.

No todo en Platón es tan severo. Hay una obra suya, El banquete, que es una de las más bellas y más divertidas de toda la literatura antigua. Cuenta una cena entre amigos, en una casa de Atenas, donde deciden que cada uno, por turnos, hará un elogio del amor. Habla un médico, habla un joven poeta, habla el dramaturgo Aristófanes, aunque tiene hipo y tiene que ceder el turno un rato.

Y cuando le toca a Aristófanes cuenta una historia deliciosa. Dice que al principio los seres humanos éramos redondos, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras, y que éramos tan fuertes que los dioses se asustaron. Así que Zeus nos cortó por la mitad. Desde entonces, cada mitad va por el mundo buscando a la otra, para abrazarse y volver a ser uno. Y eso, dice, es el amor.

Después habla Sócrates. Y cuenta que le enseñó todo esto una mujer sabia, una sacerdotisa llamada Diotima. El amor, según ella, no es solo el deseo de la persona amada. Es una escalera. Empiezas amando un cuerpo hermoso, luego te das cuenta de que la belleza está en muchos cuerpos, luego que la belleza del alma es más valiosa, luego la belleza de las leyes, de las ciencias, y así sucesivamente, hasta que contemplas la belleza en sí, la que no envejece ni se estropea.

Y cuando la conversación está en lo más alto, irrumpe por la puerta un Alcibíades borracho, coronado de flores, escoltado por flautistas. Se pone a hacer, a su modo, un elogio de Sócrates. Y es el más emotivo de todos. Cuenta que lo conoció y que nunca había sentido tanta vergüenza como estando a su lado, porque Sócrates le hacía ver todo lo que le faltaba. Y que a pesar de haber huido de él muchas veces, siempre volvía.

Hay algo muy humano en ese momento. Un hombre brillante y perdido reconoce, ante sus amigos, que hay alguien que le ha hecho mejor, y que no ha sabido aprovecharlo.

Platón pasó cuarenta años en la Academia, y no fue una vida tranquila. Dos veces más viajó a Siracusa, ya de viejo, invitado por el hijo del anterior tirano, con la esperanza de educar a un gobernante filósofo. Las dos veces fracasó. El joven Dionisio no era el tipo de hombre que se deja educar, y Platón estuvo en peligro de nuevo. Volvió a Atenas desengañado.

Y en su madurez, algo notable. Platón revisó sus propias ideas. En diálogos tardíos, como el Parménides, se hace él mismo las objeciones más duras a su teoría de las formas. Pone en boca de un viejo filósofo argumentos que dejan en apuros a un joven Sócrates. Es una lección de honestidad intelectual que impresiona. A los setenta años, un hombre que había levantado un sistema entero se sentaba a ver dónde flaqueaba.

Murió hacia el año trescientos cuarenta y siete, con unos ochenta años. Dicen que estaba en una boda, o escribiendo. La tradición cuenta que lo encontraron muerto sobre sus papeles.

Y su influencia fue tan grande que, siglos después, un pensador inglés del siglo veinte llegó a decir que toda la filosofía europea se reduce, más o menos, a notas al pie de página de Platón. Es una exageración, y Platón habría sido el primero en discutirla. Pero da una idea de la huella.

Porque cada vez que alguien dice que hay cosas justas e injustas más allá de lo que opine la mayoría, está siendo, sin saberlo, un poco platónico. Cada vez que un matemático cree que un teorema es verdadero aunque nadie lo haya demostrado todavía, y lo descubre en vez de inventarlo, está siendo platónico. Cada vez que uno siente que hay algo más allá de lo que se ve, un ideal, una belleza, una verdad que merece la pena perseguir, ahí está el ancho de espaldas, sonriendo.

En la Academia, durante casi veinte años, estudió un joven que no era ateniense. Venía del norte, de una ciudad pequeña de Macedonia llamada Estagira. Tenía diecisiete años cuando llegó y se llamaba Aristóteles.

Su padre era médico del rey de Macedonia. Eso ya dice algo. Aristóteles creció entre instrumentos, hierbas, observaciones. Con esa cultura de mirar cuerpos, de examinar detalles, de curiosidad práctica. Quedó huérfano joven, y lo cuidó un tutor. Y a los diecisiete años se marchó a Atenas, a estudiar con Platón.

Se cuenta que Platón lo llamaba el lector, o la inteligencia de la escuela. Y también que a veces lo consideraba un poco contestatario, y que decía de él que se comportaba como los potros que dan coces a la madre que los ha criado. Son historias de biógrafos posteriores, sin garantías. Pero nos dan una idea. Aristóteles era brillante, y desde muy pronto tuvo criterio propio.

Y aquí llegamos a la diferencia fundamental entre maestro y alumno. Una diferencia que hay quien ha resumido en una imagen. En un famoso fresco pintado por Rafael, en el Vaticano, llamado La escuela de Atenas, aparecen los dos en el centro. Platón, con el dedo señalando hacia arriba, hacia el cielo, hacia el mundo de las ideas. Aristóteles, a su lado, con la mano extendida hacia delante, con la palma hacia abajo, señalando la tierra, el mundo que nos rodea.

Platón mira hacia arriba. Aristóteles mira alrededor.

Para Aristóteles, las cosas verdaderas no están en un mundo aparte, sino aquí, en cada árbol, en cada caballo, en cada hombre. No existe un caballo perfecto flotando en el cielo de las ideas. Existen los caballos concretos, cada uno con su naturaleza, con su forma y su materia. Y la manera de entender el mundo no es escapar de él, sino observarlo con atención y ordenarlo.

Cuando murió Platón, en el año trescientos cuarenta y siete, la dirección de la Academia pasó a su sobrino Espeusipo. Aristóteles, que se consideraba con más méritos, o al menos con otras ideas, se fue de Atenas.

Se marchó a la costa de Asia, a una ciudad llamada Aso, invitado por un gobernante, Hermias, que había sido discípulo de la Academia. Allí se casó con una sobrina de Hermias, Pitias. Luego pasó a la isla de Lesbos, donde hizo una cosa extraordinaria. Se puso a estudiar animales.

No lo digo en broma. Aristóteles pasó años observando la fauna marina, describiendo peces, moluscos, mamíferos, aves. Diseccionó decenas de especies. Describió con precisión cómo se reproduce el pulpo, cómo es el aparato digestivo de las aves, cómo se desarrolla el embrión de un pollo, abriendo huevos día tras día para ver cómo se iba formando. Observó que los delfines respiran aire, que paren crías vivas, que amamantan, y los clasificó junto a los animales de sangre caliente, en lugar de con los peces, como hacía la gente. Casi dos mil años después, los naturalistas seguían usando sus descripciones.

Fue, en cierto modo, el primer biólogo. Y el primero que buscó ordenar todo el conocimiento en categorías. Porque ese era su gran afán. Aristóteles quería ordenar el saber humano. Entender qué ciencias había, cómo se relacionaban, cómo se razonaba en cada una.

Y para eso inventó algo que hoy damos por sentado. La lógica.

Aristóteles se dio cuenta de que hay razonamientos válidos y razonamientos falsos, y de que se puede estudiar por qué un argumento funciona. Ideó lo que llamó silogismo. Un razonamiento en el que, dadas dos premisas, la conclusión se sigue necesariamente. El ejemplo de siempre: todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal.

Puede sonar muy simple. Pero pensad lo que supone. Por primera vez alguien había analizado la estructura del pensamiento, había descubierto que hay leyes en el razonar. Y esas leyes eran las mismas para todos, para un griego y para un persa, para un rico y para un pobre. Sobre esa base se apoyaron durante veinte siglos los estudios de lógica.

Hacia el año trescientos cuarenta y dos, Aristóteles recibió una invitación del rey Filipo de Macedonia. Necesitaba un maestro para su hijo, un muchacho de trece años, inquieto, ambicioso y con un carácter difícil. El chico se llamaba Alejandro.

Durante unos tres años, Aristóteles fue su tutor, en un retiro tranquilo en una localidad llamada Mieza. Le enseñó literatura, política, ciencias, ética. Se dice que le preparó una edición comentada de la Ilíada, que Alejandro llevó luego siempre consigo en sus campañas, bajo la almohada.

No sabemos mucho más de lo que hablaron. Ni cuánto de lo que aprendió el joven rey influyó en su vida posterior. Lo que sí es cierto es que aquel muchacho, con veinte años, subió al trono, y en poco más de una década había conquistado Persia, Egipto y llegó hasta el borde de la India. Y el mismo hombre que le había explicado a un chaval las ideas del bien y de la justicia veía cómo su alumno creaba el mayor imperio que el mundo conocía.

Hay quien cree que Aristóteles no logró comunicarle su moderación. Y hay quien piensa que Alejandro sí llevó una llama helénica hasta los confines de Asia. Probablemente hay un poco de las dos cosas.

Cuando Alejandro emprendió sus conquistas, Aristóteles regresó a Atenas, hacia el año trescientos treinta y cinco. Tenía cerca de cincuenta años. Y fundó su propia escuela, en un recinto dedicado a Apolo Licio. La llamó el Liceo. De ahí viene la palabra liceo, que todavía usamos.

Tenía un jardín con paseos arbolados. Y se cuenta que a Aristóteles le gustaba enseñar caminando de un lado a otro con sus discípulos. Por eso a sus seguidores se les llamó peripatéticos, que quiere decir los que pasean. Fijaos, otra vez, en esta imagen tan de nuestra edad. Charlar mientras se camina. Los que recorréis a diario el paseo marítimo con un amigo, hablando de lo divino y de lo humano, estáis haciendo, sin saberlo, filosofía peripatética.

El Liceo se convirtió en un centro de investigación enorme. Reunieron una biblioteca. Coleccionaron mapas. Estudiaron plantas, animales, constituciones. Se cuenta que Aristóteles y su equipo recopilaron la descripción de ciento cincuenta y ocho constituciones de ciudades griegas y extranjeras, para estudiar cómo se gobernaba cada una. De todas ellas solo se conserva la de Atenas.

Y de esa investigación salió su libro Política, donde deja una de las frases más citadas de la historia: que el ser humano es, por naturaleza, un animal político. Es decir, que nadie se realiza del todo viviendo solo. Que necesitamos la comunidad, los amigos, la ciudad, para ser lo que somos. Alguien que no necesita de nadie, decía, o es una bestia o es un dios.

Aristóteles analizó las formas de gobierno, y concluyó que las más sanas son las que buscan el bien común, y las más corruptas las que sirven al interés de quien manda. Distinguió entre gobierno de uno, de pocos, de muchos, y sus versiones buenas y malas. Y llegó a la idea de que lo más estable es un régimen mixto, con una amplia clase media, ni demasiado rica ni demasiado pobre, que sirva de contrapeso.

Esa idea, sobre la importancia de una clase media fuerte para que un país sea estable, sigue apareciendo en cualquier debate serio de hoy. Y la formuló un señor hace más de dos mil trescientos años.

Pero si hay una obra suya que puede tocarnos en lo personal, es la Ética a Nicómaco, que lleva el nombre de su hijo. Y aquí, os lo aseguro, hay mucho que aprovechar.

La pregunta con la que empieza es simple. ¿Para qué hacemos lo que hacemos? Buscamos dinero para comprar cosas. Compramos cosas para estar cómodos. Buscamos comodidad para ser felices. Pero la felicidad, ¿para qué la buscamos? Para nada. La felicidad es lo único que se busca por sí mismo. Ese es el fin último de la vida.

Aristóteles la llamaba eudaimonía, una palabra que no se traduce fácilmente. No es sentirse contento un rato. Es algo más parecido a vivir bien, a florecer, a realizar plenamente lo que uno puede ser. Y decía que la felicidad no es algo que se tiene, sino algo que se hace. Es una actividad. Consiste en vivir de acuerdo con la virtud, a lo largo de toda una vida, no en un día suelto. Con una frase que se ha hecho famosa: una golondrina no hace verano.

¿Y qué es la virtud? Aristóteles decía que las virtudes se adquieren con el hábito. No se nace valiente ni justo. Se llega a serlo haciendo actos valientes y actos justos, una y otra vez, hasta que se vuelven carácter. Del mismo modo que uno se hace constructor construyendo, uno se hace justo practicando la justicia.

Y añadió una idea muy sabia, la del término medio. La virtud, decía, suele estar entre dos extremos. El valor está entre la cobardía y la temeridad. La generosidad, entre la tacañería y el derroche. La amabilidad, entre el mal genio y la adulación. No se trata de una media matemática, sino de encontrar, en cada situación y para cada persona, lo adecuado. Y eso no lo da ninguna regla. Lo da la experiencia, el juicio, lo que él llamaba prudencia.

Aquí me gustaría deteneros un instante. Porque esa idea de que la sabiduría práctica se gana con los años es un consuelo para quienes ya no somos jóvenes. Aristóteles dice que un joven puede ser un gran matemático, pero difícilmente será prudente, porque la prudencia requiere haber vivido. En eso, los años están de nuestro lado.

Y dedicó dos libros enteros a la amistad, algo que a nuestros ojos tiene mucha sustancia. Distinguió tres tipos. La amistad por interés, la que dura mientras sea útil. La amistad por placer, la que dura mientras nos lo pasemos bien. Y la amistad por virtud, entre personas que se quieren por lo que son y se desean el bien mutuamente. Esa, decía, es la verdadera, y es rara, y se cultiva con tiempo. No se puede tener muchos amigos así, porque requiere haber compartido mucha vida.

Y añadía que sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los demás bienes. Cuántos de nosotros, con el paso de los años, lo hemos comprobado. Se cuentan con los dedos de una mano los amigos de verdad.

Aristóteles escribió de muchas más cosas. De física, de cosmos, de poesía, de retórica. En su Poética, por ejemplo, analizó la tragedia, y sostuvo que el espectáculo trágico produce una especie de limpieza de las emociones, lo que llamó catarsis. Uno va al teatro, siente miedo y compasión ante lo que le ocurre al héroe, y sale más ligero. Cualquiera que haya llorado con una película y se haya sentido mejor después sabe de qué habla.

Y también, en su Metafísica, planteó una de las preguntas más profundas: ¿qué significa existir? ¿Qué tienen en común todas las cosas que son? Y concluyó que detrás del movimiento de todo el universo debe haber algo que mueva sin ser movido, un motor inmóvil, un pensamiento que se piensa a sí mismo. Una idea que, siglos después, filósofos cristianos, judíos y musulmanes usarían para pensar a Dios.

Sería injusto no decir que Aristóteles se equivocó en muchas cosas. Pensó que los cuerpos pesados caen más rápido que los ligeros. Sostuvo que la Tierra estaba quieta en el centro del universo, y que los astros giraban alrededor. Creyó que las mujeres eran, en cierto modo, inferiores a los hombres. Defendió que algunos seres humanos eran esclavos por naturaleza, una idea que hoy nos resulta repugnante, y que fue usada durante siglos para justificar lo injustificable.

Nos toca aceptarlo con honestidad. Un genio puede ser también hijo de su tiempo, y cegarse ante las injusticias que le tocan de cerca. Y esto, fijaos, es una lección aparte. No hay que adorar a nadie. Se puede admirar a Aristóteles y saber, a la vez, que en algunas cosas erró de lleno. Eso es lo más aristotélico que podemos hacer: mirar con atención y corregir.

De hecho, muchos errores suyos tardaron siglos en ser corregidos, porque su autoridad era tan grande que discutirle parecía una osadía. Es una paradoja triste. Un hombre que enseñó a observar la realidad acabó convertido en un dogma que impedía observar.

En el año trescientos veintitrés murió Alejandro Magno, en Babilonia, con apenas treinta y dos años. Y en Atenas estalló un movimiento antimacedonio. Los atenienses, que llevaban años bajo la influencia del imperio, sintieron que era el momento de sacudírsela. Y Aristóteles, que había sido maestro de Alejandro y había tenido amistad con la corte macedonia, se convirtió en un blanco.

Le acusaron de impiedad. Igual que a Sócrates. Cuenta la tradición que Aristóteles, sabiendo lo que había pasado hacía tres cuartos de siglo, decidió marcharse, para no dar ocasión a los atenienses de cometer un segundo delito contra la filosofía.

Se refugió en una ciudad de la isla de Eubea, Calcis, donde su madre tenía propiedades. Y allí murió al año siguiente, a los sesenta y dos años, de una enfermedad del estómago.

Su testamento se conserva, y es muy humano. Deja instrucciones para el cuidado de sus hijos, de su compañera, de sus esclavos. Ordena liberar a varios de ellos. Pide que sus restos sean enterrados junto a los de su esposa fallecida. Es la carta de un hombre que, después de haber pensado en las grandes cosas, se preocupa por las pequeñas. Que sabía que la vida buena se juega, al final, en cómo tratas a los tuyos.

Ya tenemos los tres grandes nombres. Pero no hemos terminado. Porque lo que ocurrió después resulta, a su modo, aún más sorprendente.

Cuando Alejandro murió, su imperio se deshizo. Sus generales se lo repartieron. Atenas quedó bajo el control macedonio, sin la independencia de antes. Aquel mundo de ciudades libres que se gobernaban solas, el mundo en el que habían nacido Sócrates, Platón y Aristóteles, se acabó para siempre. Ahora se vivía dentro de grandes reinos, con reyes lejanos, ejércitos mercenarios y una sensación de inseguridad.

Y en ese nuevo mundo, la filosofía cambió de tono. Ya no se trataba tanto de preguntarse cómo debe ser la ciudad ideal. La ciudad ya no decidía nada. La cuestión, ahora, era otra. ¿Cómo puede vivir una persona tranquila y digna en un mundo que no controla?

Fue una pregunta que sirvió a millones de personas, y sigue sirviendo. Y surgieron varias respuestas.

La primera llegó de un personaje que se hizo famoso por sus excentricidades. Diógenes de Sinope, apodado el Perro. Un hombre que decidió que la felicidad consistía en necesitar lo menos posible. Vivía, según cuentan, en una gran vasija de barro, en la plaza pública. Iba con un manto viejo y un bastón. Comía lo que le daban. Y se burlaba de las convenciones, de los ricos y de los poderosos.

Se cuenta que iba por la calle a plena luz del día con una lámpara encendida, y cuando le preguntaban qué hacía, respondía que buscaba a un hombre honrado.

Y la historia más famosa de todas es la de su encuentro con Alejandro Magno. El joven rey fue a visitarlo, curioso, y lo encontró tomando el sol. Le dijo que pidiera lo que quisiera. Y Diógenes, sin levantarse, le pidió que se apartara un poco, que le tapaba el sol.

Alejandro, según cuentan, quedó tan impresionado que comentó que, de no ser Alejandro, le habría gustado ser Diógenes.

Es probable que esa escena sea una leyenda. Pero es tan buena que merece la pena repetirla. Cuenta que hay una libertad que no depende de lo que tengas, y que un hombre con casi nada puede ser más libre que el amo del mundo.

La segunda respuesta vino de un hombre de la isla de Samos, Epicuro. Hacia el año trescientos seis, compró una casa con un huerto en Atenas y fundó una comunidad de amigos, que llamaron el Jardín. Allí vivían de manera sencilla, cultivaban su huerto, conversaban, se cuidaban unos a otros. Y admitían a todo el que quisiera, incluidas mujeres y esclavos, algo muy raro para la época.

Epicuro sostenía que el objetivo de la vida es el placer. Y esto ha dado lugar a muchos malentendidos. Porque hoy, cuando alguien es epicúreo, pensamos en banquetes y borracheras. Para Epicuro era lo contrario. El placer verdadero, decía, no es el exceso, sino la ausencia de dolor en el cuerpo y de perturbación en el alma. Y para conseguirlo bastaba con pan, agua, un huerto, buenos amigos y una mente serena.

Decía que había tres tipos de deseos. Los naturales y necesarios, como comer o abrigarse. Los naturales pero innecesarios, como los manjares refinados. Y los vanos, como la fama o la riqueza sin fin. Y que la clave de una vida tranquila era cubrir los primeros, moderar los segundos y olvidarse de los terceros.

También decía que no hay que temer a la muerte. Porque mientras estamos, ella no está, y cuando ella llega, ya no estamos nosotros. Es un argumento que a veces nos parece de una lógica fría, pero tiene su consuelo. Un hombre que ha dejado de temer a la muerte, decía, ha quitado la mayor fuente de angustia de su vida.

Y sobre todo, valoraba la amistad. Consideraba que de todo lo que la sabiduría proporciona para vivir feliz, lo más grande es la posesión de amigos. Cuánto me resuenan esas palabras cuando pienso en las tertulias de nuestros mayores.

La tercera respuesta llegó de un naufragio. Un comerciante de Chipre, llamado Zenón, viajaba con un cargamento de tinte púrpura cuando su barco se hundió cerca de Atenas, y perdió todo. Se dice que, ya en la ciudad, entró en una librería, empezó a leer sobre Sócrates y quedó tan fascinado que preguntó dónde podía encontrar hombres como aquel. Y se hizo filósofo.

Hacia el año trescientos doce empezó a enseñar en un pórtico decorado con pinturas, la Stoa Poikile. Por eso a sus seguidores los llamaron estoicos, los del pórtico.

Los estoicos enseñaban que hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. De nosotros dependen nuestros juicios, nuestros deseos, nuestras acciones. No dependen de nosotros la salud, la fortuna, el reconocimiento, ni la vida de los demás. Y que el secreto de la tranquilidad es no desear con angustia lo que no está en nuestra mano, y dedicar todas las fuerzas a lo que sí lo está.

Con el tiempo, el estoicismo llegó a Roma y ahí produjo tres grandes figuras. Un senador y dramaturgo, Séneca. Un esclavo liberto, Epicteto. Y un emperador, Marco Aurelio. Un esclavo y un emperador, pensando lo mismo. Y esa es una demostración de que las ideas no entienden de clases sociales.

Y hubo una cuarta respuesta, la de los escépticos. Pirrón, un hombre que había acompañado a Alejandro hasta la India y había conocido allí a sabios ascetas, volvió con una idea. Que como no podemos estar seguros de nada, lo más prudente es suspender el juicio, no afirmar ni negar. Y que así se consigue la paz de espíritu.

Cada una de estas escuelas convivió con las demás durante siglos. Y sin todas ellas, la filosofía habría sido otra cosa.

Ahora, vayamos a otro misterio. ¿Cómo es que sabemos todo esto? ¿Cómo llegaron hasta nosotros esas ideas, después de tantos siglos, guerras, incendios y desastres?

La historia es asombrosa. Hay una tradición que cuenta que los libros de Aristóteles, tras su muerte, pasaron a manos de su discípulo Teofrasto, y luego a un heredero. Y que la familia de este los escondió en un sótano húmedo para evitar que los reyes de Pérgamo, que estaban formando una biblioteca, se los llevaran. Allí, se dice, se quedaron durante casi doscientos años, comidos por la humedad y por las polillas, hasta que un rico coleccionista los compró y los llevó a Atenas. Y cuando el general romano Sila conquistó la ciudad, se los llevó a Roma como botín, y allí un estudioso los ordenó y los publicó.

Los historiadores dudan de algunos detalles. Pero lo cierto es que buena parte de lo que leemos de Aristóteles son notas de sus clases, apuntes internos de la escuela, no los pulidos diálogos que él publicó y que, por desgracia, se perdieron. Así que lo que ha llegado a nosotros es, en cierto modo, un archivo de trabajo. Un cuaderno de un profesor.

Con Roma, las ideas griegas se difundieron. Cicerón las trajo al latín, con mucho cariño. Los emperadores tuvieron filósofos por consejeros. Las escuelas de Atenas seguían funcionando, y allí se estudiaba a Platón y a Aristóteles. Hasta que en el año quinientos veintinueve después de Cristo, el emperador Justiniano cerró las escuelas paganas de Atenas. Casi mil años después de Sócrates, la luz que él había encendido se apagaba oficialmente en la ciudad donde nació.

Pero los libros no se habían perdido del todo. En Occidente, durante la Edad Media temprana, se conocían solo fragmentos, gracias a autores como Boecio, un romano que tradujo parte de la lógica aristotélica al latín y que, mientras esperaba su ejecución en prisión, escribió un libro de consuelo filosófico, muy leído después.

El grueso de Aristóteles y de Platón se conservó en Oriente. Los cristianos de Siria y Bizancio los copiaron. Y luego los musulmanes, cuando su imperio se extendió por Oriente Medio, se encontraron con las bibliotecas griegas y se pusieron a traducirlas al árabe. En Bagdad, en la llamada Casa de la Sabiduría, sabios de distintos orígenes, musulmanes, cristianos y judíos, tradujeron, comentaron y ampliaron las obras de los griegos.

Y hay un capítulo que a nosotros, en España, nos toca de cerca. En la Córdoba andalusí nació, en el año mil ciento veintiséis, un juez y médico llamado Averroes. Dedicó buena parte de su vida a comentar a Aristóteles con tanta claridad que en la Europa cristiana se le conoció simplemente como el Comentador. Sus libros, traducidos al latín, se estudiaron en las universidades de París, de Oxford, de Bolonia.

Y en Toledo, durante los siglos doce y trece, se formó una gran escuela de traductores, donde eruditos cristianos, judíos y musulmanes trabajaban juntos pasando del árabe al latín las obras de los antiguos griegos. Muchos de los textos de Aristóteles regresaron a Europa por esa puerta, por una ciudad de Castilla. Cuando lo pensamos, resulta emocionante que las ideas de un macedonio del siglo cuarto antes de Cristo volvieran a Occidente pasando por Bagdad, Córdoba y Toledo.

Con ellas llegó a la universidad medieval un frenesí de discusión. Santo Tomás de Aquino, en el siglo trece, se sirvió de Aristóteles para construir una gran síntesis con la fe cristiana. Tanto lo respetaba que lo llamaba, sin más, el Filósofo. Como si no hubiera otro.

Y con el Renacimiento, los platónicos volvieron con fuerza. En Florencia, en el siglo quince, se tradujeron todas las obras de Platón. Y pocos años después, un joven pintor llamado Rafael, que aprendió de los humanistas de su tiempo, pintó en una pared del Vaticano aquella Escuela de Atenas, con Platón y Aristóteles en el centro y todos los demás alrededor. Un homenaje de un mundo que se reconocía en el suyo.

Así que aquí estamos, veinticuatro siglos después, hablando de ellos.

Y ahora que hemos recorrido todo el camino, os quiero devolver a las preguntas del principio. ¿Por qué allí? ¿Por qué entonces? ¿Y por qué se acabó?

Yo creo que no hay una única respuesta, pero sí varias piezas que encajan. Y os cuento cuáles me parecen las más importantes.

La primera es la libertad. Relativa, imperfecta, llena de exclusiones, pero real. En Atenas, un hombre podía levantarse y decir lo que pensaba, y otros podían contestarle. Nadie tenía el monopolio de la verdad. Ni un rey, ni un sacerdote, ni un libro sagrado. Cuando las ideas pueden discutirse abiertamente, mejoran. Cuando no, se pudren.

La segunda es la conversación. Fijaos en que todo lo que hemos visto nació de conversar. Sócrates preguntaba. Platón escribía diálogos. Aristóteles paseaba hablando. Ninguno de ellos se encerró en una torre a escribir tratados solemnes. Pensaban en compañía. Creo que hoy hemos perdido algo de eso. Discutimos mucho, pero conversamos poco. Discutir es querer ganar. Conversar es querer entender.

La tercera es la crisis. Los grandes pensadores atenienses surgieron en una ciudad que pasó de la gloria al desastre. Vieron la plaga, la guerra, la tiranía, la traición, la derrota. Y se preguntaron cómo se había llegado a eso, y cómo se debía vivir para no repetirlo. Muchas veces son los tiempos malos, y no los buenos, los que nos obligan a pensar de verdad.

Y hay una cuarta pieza, que hay que decir aunque incomode. Aquellos hombres pudieron dedicarse a pensar porque otros trabajaban por ellos. Los esclavos, y en general las mujeres, que llevaban las casas y los campos. Esa es la parte oscura del cuadro. Y no se puede admirar la Edad de Oro sin recordar quién pagó su precio. No para quitar mérito a lo que lograron, sino para no idealizarlo.

Y ¿por qué se acabó? En realidad, no se acabó. Se transformó. Cambió el mundo político, se perdió la ciudad libre, llegaron los reyes y los imperios. Pero las ideas siguieron rodando. Cambiaron de idioma, de religión, de continente. Y volvieron.

Dicho esto, ahora sí, volvamos al gallo.

Asclepio era el dios de la medicina. Cuando alguien se curaba de una enfermedad, era costumbre ofrecerle un sacrificio de agradecimiento, muchas veces un gallo. ¿Por qué querría Sócrates, en su último aliento, agradecer una curación?

Hay varias interpretaciones. La más antigua y famosa dice que Sócrates consideraba la vida como una enfermedad, y la muerte como la curación. Que agradecía al dios por librarlo del mal de vivir. Nietzsche, siglos después, la defendió con bastante dureza, y le reprochó a Sócrates una especie de cansancio de la vida.

Otros piensan que no es tan simple. Que Sócrates estaba pensando en el alma, que la muerte la libera del cuerpo, y que ese es el alivio que agradece. Otros creen que era una deuda personal, un voto hecho por alguien cercano que estaba enfermo. Y otros que, sencillamente, era un último gesto de coherencia religiosa, después de haber sido acusado de impiedad. Un modo de decir, en voz baja, que él siempre había honrado a los dioses de su ciudad.

Y yo, que no soy filósofo, ni pretendo serlo, sino solo un hombre que ha dado muchas vueltas a esta escena, os voy a decir lo que pienso.

Pienso que lo más importante de esa frase no es lo que dice, sino cuándo la dice. Un hombre que en su último minuto se acuerda de que tiene una deuda pendiente. Un hombre que, en el momento en que cualquiera pensaría solo en sí mismo, está pensando en cumplir su palabra. Para mí ahí está todo Sócrates. Toda su filosofía cabe en ese gesto.

Porque Sócrates no era un teórico. No le interesaban las ideas por las ideas. Le interesaba que lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace fueran la misma cosa. Que la vida y las palabras no se contradijeran. Y quien es capaz de mantener esa coherencia hasta el último aliento, con setenta años, con el veneno en las piernas, a mí me parece que ha ganado.

Además, os diré que me gusta pensar que ese gallo tenía un poco de agradecimiento. No por la muerte. Sino por la vida. Por haber podido hacer lo que hizo. Por haber tenido amigos con los que conversar hasta el último día. Porque si algo transmite el final del Fedón es que Sócrates murió rodeado de gente que lo quería, hablando de lo que más le gustaba, con la cabeza clara. ¿Cuántos de nosotros podemos aspirar a algo mejor?

Y ya que estamos en confesiones, os digo lo que me llevo yo de todo esto.

Primero, que nunca es tarde. Sócrates tenía setenta años y seguía haciendo preguntas. Platón, a esa edad, revisaba sus propias teorías. Aristóteles, a los cincuenta, fundó una escuela nueva. Si alguna vez hemos pensado que ya no está el horno para bollos, que ya hemos aprendido lo que tocaba, aquí tenemos tres ejemplos de que no.

Segundo, que la duda es una forma de respeto. Dudar no es ser débil ni estar perdido. Es tomarse en serio la verdad. El que nunca duda es porque no ha pensado lo suficiente. Y sospecho que muchos de los enfados que vemos cada día vienen de personas que están demasiado seguras de todo.

Tercero, que la amistad es la mejor escuela. Todos los grandes pensadores de los que hemos hablado aprendieron conversando con otros. No hay sabiduría solitaria que valga tanto como una buena charla con alguien que te escuche y que te lleve la contraria con cariño. Si hay un gesto sencillo que os puedo recomendar después de este artículo es el de llamar a un amigo y proponerle un café. Y hablar, de verdad, de lo que os preocupa. Sin prisa.

Y cuarto, que hay que ser cuidadosos con las sombras. Todos vivimos, en parte, en una caverna. Todos creemos cosas que nunca hemos comprobado. Y no pasa nada, es humano. Lo que sí sería una pena es no volver a mirar nunca hacia el fuego. Hacerse de vez en cuando aquella pregunta: ¿esto que creo, por qué lo creo? Y que la respuesta no sea siempre porque siempre lo he creído.

Yo, después de darle tantas vueltas a esta historia, he llegado a una conclusión que quizá parezca modesta. Creo que la filosofía, la de verdad, no es cosa de gente con estudios ni de bibliotecas polvorientas. Es una actitud. Es la de quien se sienta a mirar su vida con honestidad y se pregunta si va por buen camino. Y eso lo puede hacer cualquiera. Un albañil, un tendero, un jubilado. De hecho, Sócrates hablaba con albañiles, con tenderos y con soldados. Y creo que los entendía mejor que a nadie.

Lo que nos regalaron aquellos hombres no fue un conjunto de respuestas. Muchas se han quedado obsoletas. Lo que nos dejaron fue un modo de preguntar. Y ese modo de preguntar, dos mil cuatrocientos años después, sigue siendo lo más valioso que tenemos.

Esa fue, para mí, la verdadera edad de oro. No la de los mármoles y los templos, sino la de un puñado de hombres que descubrieron que pensar juntos, con libertad y con respeto, puede cambiar el mundo.

Ojalá no se acabe nunca.

Si has llegado hasta aquí, quiero darte las gracias por dedicarme este rato. Sé que no es poco. Dale una oportunidad. Creo que te va a interesar.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.