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Soledad 7 filósofos te lo explican

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Hay una noche, en algún momento de tu vida, en la que te has quedado despierto, solo, mirando el techo, y has pensado: “¿esto es todo?”. No hace falta que estés en la cama de un hospital ni que hayas perdido a nadie. A veces basta con estar sentado en tu propio salón, con la tele encendida de fondo, rodeado de todo lo que has construido durante décadas, y sentir un vacío que no sabes ni nombrar. Lo raro es que esa sensación no avisa. Llega después de una jubilación, después de que los hijos se van de casa, después de un divorcio, o simplemente un martes cualquiera sin motivo aparente.

Y aquí viene lo interesante. Esa sensación que tú has sentido, esa que parece tan tuya, tan íntima, tan vergonzosa incluso, la sintieron exactamente igual algunos de los hombres y mujeres más lúcidos que ha dado la historia del pensamiento. No la sintieron desde fuera, como quien estudia un fenómeno en un laboratorio. La sintieron desde dentro, a veces durante años, a veces durante toda una vida. Y en lugar de esconderla, la miraron de frente. La escribieron. La convirtieron en la pregunta más importante de su obra.

Hoy vamos a hablar de siete de ellos. Siete personas que no se limitaron a mencionar la soledad de pasada, sino que la hicieron el centro de su pensamiento, porque la vivieron en carne propia, a veces de forma brutal. Vas a descubrir por qué un filósofo romano escribió sus mejores textos mientras estaba desterrado en una isla, por qué otro se encerró voluntariamente en una torre durante años, por qué otro murió prácticamente solo y sin que nadie entendiera lo que había escrito, y por qué una mujer que huyó de los nazis acabó definiendo mejor que nadie la diferencia entre estar solo y estar aislado. Vas a entender, al final, que lo que a ti te pasa por las noches tiene nombre, tiene historia, y sobre todo, tiene sentido.

Empezamos por el principio, por Roma, por un hombre que hoy llamaríamos, sin exagerar, un superviviente.

Séneca nació hace unos dos mil años en Córdoba, en la Hispania romana, y llegó a ser una de las figuras más poderosas del imperio. Fue tutor y consejero del emperador Nerón, uno de los hombres más ricos de su época, alguien acostumbrado a los palacios, a las intrigas políticas, a estar rodeado de gente constantemente. Y sin embargo, en un momento dado, ese mismo hombre fue acusado de adulterio, probablemente por motivos políticos más que reales, y desterrado a la isla de Córcega. Ocho años. Ocho años alejado de Roma, de su familia, de la vida que conocía, en un lugar que él mismo describía como hostil, pobre, sin cultura.

Séneca: aprender a mirar la soledad desde el exilio

Imagínate lo que supone eso para alguien que lo tenía todo. De estar en el centro del poder a estar aislado en una isla, sin saber si algún día volvería. Muchos se hubieran hundido. Y de hecho, en sus cartas de aquella época, Séneca no oculta el dolor. Hay tristeza de verdad, hay momentos de desesperación. Pero hay algo más importante todavía: hay un cambio de mirada que sucede poco a poco. Séneca empieza a escribir que la soledad física no tiene por qué significar soledad interior. Que un hombre puede estar rodeado de miles de personas en el foro de Roma y sentirse completamente vacío, y que ese mismo hombre puede estar solo en una isla y sentirse en paz consigo mismo, si ha aprendido a mirar hacia dentro.

De aquella experiencia salió una de las ideas más repetidas de la filosofía estoica: que no son las circunstancias las que nos hacen sufrir, sino el juicio que hacemos de ellas. La soledad, decía Séneca años después, ya de vuelta en Roma y ya mayor, no es el problema. El problema es no saber estar con uno mismo. Y esto lo escribió un hombre que había estado en el centro absoluto del poder y que había caído en el destierro más absoluto. No es teoría de despacho. Es experiencia pura, destilada en frases que todavía hoy se citan.

Lo curioso es que Séneca no idealizaba la soledad como si fuera algo maravilloso en sí mismo. Advertía de que estar solo, sin criterio, sin haber trabajado antes la propia mente, puede ser destructivo. Decía algo así como que la soledad sin lecturas, sin reflexión, es una cárcel, y que la misma soledad, acompañada de buenos pensamientos, se convierte en un refugio. Esa distinción es clave, y la vamos a ver repetida, de una forma u otra, en cada uno de los pensadores que vienen ahora.

Porque hay una diferencia enorme entre estar solo por obligación y estar solo por elección. Y el siguiente personaje de nuestra historia lo eligió. Voluntariamente. Y lo hizo de una forma que, para la época, resultaba casi escandalosa.

Estamos en Francia, en el siglo dieciséis. Michel de Montaigne era un hombre de familia noble, con una vida social intensa, con cargos públicos, con responsabilidades como alcalde de Burdeos, con una existencia llena de obligaciones, reuniones, compromisos. Y un día, a los treinta y ocho años, decidió que ya había tenido suficiente. Se retiró a una torre dentro de su propio castillo, una torre que todavía se puede visitar hoy, y allí, rodeado de más de mil libros, se encerró a pensar, a leer y a escribir.

No fue un destierro como el de Séneca. Fue una decisión propia. Pero no penséis que fue fácil. Montaigne había perdido poco antes a su mejor amigo, Étienne de la Boétie, un hombre con el que compartía una amistad tan profunda que él mismo decía que jamás volvería a sentir algo parecido con nadie más. Esa pérdida le marcó de una manera brutal. Y también había perdido a su padre, y a varios de sus hijos, que murieron siendo muy pequeños, como pasaba tantas veces en aquella época. Montaigne llegó a esa torre, en el fondo, cargando un peso enorme de ausencias.

Y allí, en soledad, escribió algo que cambió la historia del pensamiento occidental: los Ensayos. Fue de los primeros en usar la palabra “ensayo” tal y como la entendemos hoy, como un intento, una prueba, algo que se piensa mientras se escribe, sin pretender tener la verdad absoluta. Y uno de los ensayos más famosos que escribió se titula precisamente “De la soledad”.

En ese texto, Montaigne dice algo que sorprende por lo moderno que suena. Explica que uno puede retirarse físicamente del mundo, meterse en una habitación, cerrar la puerta, y seguir arrastrando dentro de la cabeza todo el ruido, todas las preocupaciones, todas las ambiciones que tenía fuera. Y que eso no es soledad de verdad, es simplemente cambiar de escenario mientras el problema sigue intacto dentro de uno mismo. La verdadera soledad, para Montaigne, no consiste en huir de la gente, sino en aprender a estar bien contigo mismo, tengas gente alrededor o no la tengas.

Es una idea que enlaza directamente con Séneca, pero Montaigne le añade algo nuevo: la idea de que hay que “reservarse una trastienda”, un espacio interior propio, al que nadie tenga acceso, ni siquiera la esposa o los hijos, decía él, literalmente. Un lugar solo tuyo, donde puedas ser completamente libre, donde no tengas que rendir cuentas a nadie. Para un hombre de sesenta o setenta años que ha pasado toda su vida cumpliendo con obligaciones familiares, laborales, sociales, esta idea tiene un peso enorme. Montaigne no está diciendo que abandones a tu familia. Está diciendo que, dentro de ti, guardes un rincón que sea solo tuyo, para no perderte del todo en lo que se espera de ti.

Y aquí hay una lección que muchos hombres descubren tarde, a veces demasiado tarde: que pasarse la vida entera siendo el proveedor, el responsable, el que aguanta, el que no se queja, puede acabar vaciándote por dentro si nunca te reservas ese pequeño espacio interior del que hablaba Montaigne. Él lo entendió con treinta y ocho años. Muchos lo entienden, si tienen suerte, a los setenta.

Avancemos dos siglos y medio. Nos vamos a Alemania, a conocer a uno de los hombres más pesimistas, y a la vez más honestos, que ha dado la filosofía: Arthur Schopenhauer.

Schopenhauer tuvo una infancia complicada. Su padre, un comerciante rico, murió cuando él era joven, posiblemente por suicidio, aunque nunca se supo con certeza. Su relación con su madre, una escritora bastante conocida en su época, fue tensa desde siempre, hasta el punto de que dejaron de hablarse durante años. Schopenhauer creció, por tanto, sin ese apoyo emocional que muchos dan por hecho, y desarrolló desde joven una visión del mundo bastante oscura, influida también por la filosofía oriental, algo muy poco común entre los pensadores europeos de su tiempo.

Publicó su obra principal, “El mundo como voluntad y representación”, cuando era relativamente joven, convencido de que sería reconocido de inmediato como un genio. Y lo que pasó fue justo lo contrario. La obra fue prácticamente ignorada. Nadie la compró. Nadie habló de ella. Mientras tanto, otro filósofo de la época, Hegel, triunfaba en las universidades, daba clases repletas de alumnos, era la estrella indiscutible del pensamiento alemán. Schopenhauer, que despreciaba profundamente a Hegel, intentó competir dando clases a la misma hora que él en la misma universidad. El resultado fue humillante: a las clases de Schopenhauer apenas asistían un puñado de alumnos, mientras que las de Hegel se llenaban.

Schopenhauer pasó buena parte de su vida adulta prácticamente solo. No se casó, no tuvo hijos, vivió durante décadas en una habitación de alquiler en Fráncfort, con su única compañía fija siendo una serie de perros caniche a los que llamaba, todos ellos, con el mismo nombre. Fue, durante años, un hombre ignorado por el mundo intelectual que tanto ansiaba conquistar.

Y sin embargo, de esa soledad, de ese rechazo, de ese aislamiento casi total, salió una de las reflexiones más lúcidas que existen sobre por qué las personas buscamos compañía y por qué, al mismo tiempo, esa compañía tantas veces nos hace daño. Schopenhauer usó una imagen que se ha hecho muy famosa, la del dilema de los puercoespines. Imaginad un grupo de puercoespines en una noche fría. Se acercan entre ellos buscando calor, porque solos se congelan. Pero en cuanto se acercan demasiado, se pinchan con sus propias púas y se alejan de golpe, doloridos. Y luego, al sentir de nuevo el frío, vuelven a acercarse. Y vuelven a pincharse. Así, una y otra vez, hasta que encuentran la distancia justa, esa distancia intermedia en la que pueden darse algo de calor sin hacerse demasiado daño.

Para Schopenhauer, esa era exactamente la relación humana con la soledad y con la compañía. Necesitamos a los demás, sí, porque solos sufrimos. Pero los demás, tarde o temprano, nos hieren, nos decepcionan, nos exigen, nos hacen daño con sus propias púas, que son su carácter, sus intereses, sus egoísmos. Y por eso, decía él, cada persona tiene que encontrar su propia distancia óptima. Hay quien necesita mucha cercanía y tolera bien el roce. Y hay quien, con la edad, con la experiencia, va aprendiendo que necesita más espacio, más silencio, más soledad, no porque odie a la gente, sino porque ha aprendido a protegerse de tanto pinchazo acumulado durante una vida entera.

Curiosamente, al final de su vida, Schopenhauer sí encontró cierto reconocimiento. Sus últimas obras se hicieron populares, empezó a recibir cartas de admiradores, algo de fama tardía que él mismo describía con ironía, diciendo que llegaba cuando ya casi no tenía tiempo para disfrutarla. Murió solo, en su habitación de Fráncfort, sentado en su sillón, con uno de sus perros al lado. Pero murió, por fin, siendo alguien escuchado.

Y de Alemania nos vamos a Dinamarca, a Copenhague, para conocer a un hombre que convirtió su propia soledad en una especie de misión espiritual: Søren Kierkegaard.

Kierkegaard tuvo una vida marcada por la culpa y por la melancolía desde muy joven. Su padre, un hombre profundamente religioso y atormentado, le transmitió una visión muy oscura de la existencia, casi obsesiva, ligada al pecado y al sufrimiento. Perdió a varios hermanos siendo niño, y creció con la sensación, casi supersticiosa, de que su familia estaba marcada por una especie de maldición.

Pero el episodio que más define su relación con la soledad fue su ruptura con Regine Olsen, la mujer de la que estaba profundamente enamorado. Se prometieron. Todo parecía ir bien. Y sin embargo, Kierkegaard rompió el compromiso poco después, sin dar explicaciones claras, en una decisión que le atormentó durante el resto de su vida y que muchos historiadores todavía debaten hoy. Algunos creen que sentía que no podía combinar el matrimonio con la misión filosófica y religiosa que sentía que tenía que cumplir. Otros creen que simplemente tenía demasiado miedo a la intimidad, demasiado peso interior como para compartirlo con otra persona.

Sea como sea, aquella ruptura le condenó a una soledad que él mismo eligió y que, a la vez, le hizo sufrir enormemente. Kierkegaard nunca se casó, nunca formó una familia propia, y pasó el resto de su vida escribiendo, muchas veces bajo pseudónimos distintos, como si necesitara desdoblarse en varias voces para poder soportar el diálogo que no tenía con nadie más.

De esa experiencia nació una de sus ideas más importantes: la diferencia entre lo que él llamaba la multitud y el individuo. Kierkegaard criticaba duramente a la sociedad de su época, decía que la gente se escondía dentro de la masa, dentro de la multitud, precisamente para no tener que enfrentarse a las preguntas más difíciles de la vida, esas preguntas sobre el sentido, sobre la muerte, sobre la fe, sobre quién es uno realmente cuando nadie más está mirando. Para Kierkegaard, esas preguntas solo se pueden responder en soledad. La multitud, decía, es la mentira. El individuo, en soledad, frente a sí mismo, es donde empieza la verdad.

Esto puede sonar duro, pero tiene mucho sentido si lo piensas con calma. Cuántas veces hemos evitado quedarnos a solas con nuestros pensamientos llenando el día de ruido, de tareas, de televisión, de conversaciones superficiales, precisamente para no tener que hacernos esas preguntas incómodas. Kierkegaard, que vivió una soledad muy dura, muy dolorosa, llegó a la conclusión de que esa soledad, bien aprovechada, era el único camino hacia una vida auténtica. No la recomendaba como un capricho ni como una moda. La vivía como una necesidad casi dolorosa, casi religiosa.

Murió joven, con apenas cuarenta y dos años, tras colapsar en la calle. Se dice que en sus últimos días rechazó recibir la comunión de manos de un pastor amigo de su hermano, porque consideraba que la Iglesia oficial de su país había traicionado el verdadero mensaje cristiano. Murió, en cierto modo, tan solo y tan fiel a sus propias ideas como había vivido.

Y de la soledad elegida y sufrida a la vez de Kierkegaard, pasamos a uno de los casos más extremos y más conocidos de toda la historia del pensamiento: Friedrich Nietzsche.

Nietzsche fue, durante buena parte de su vida adulta, un hombre prácticamente sin hogar fijo, sin pareja estable, sin un grupo de amigos cercanos que le acompañara de forma constante. Tuvo una salud terrible desde joven, migrañas brutales, problemas de visión, problemas digestivos que le hacían sufrir casi a diario. Dejó su puesto de profesor universitario en Basilea por motivos de salud siendo todavía joven, y a partir de ahí empezó una vida errante, moviéndose por distintas ciudades de Suiza, Italia y Francia, buscando climas que le sentaran mejor, siempre solo, siempre escribiendo, siempre alojado en pensiones modestas.

Nietzsche y la soledad de la creación

Tuvo, además, varios desengaños amorosos dolorosos, el más conocido con Lou Andreas-Salomé, una mujer de una inteligencia extraordinaria de la que se enamoró profundamente y que le rechazó, prefiriendo mantener con él y con su amigo Paul Rée una relación puramente intelectual, algo que Nietzsche vivió como una herida muy profunda. A partir de ahí, su soledad se hizo todavía más radical.

Y en esa soledad, casi total, escribió sus obras más importantes, entre ellas “Así habló Zaratustra”, un libro que él mismo describía como el resultado de una experiencia casi mística, escrito en una especie de fiebre creativa, en soledad absoluta, paseando por los Alpes suizos. Nietzsche llegó a decir que sus mejores pensamientos le llegaban caminando solo, y que desconfiaba profundamente de las ideas que nacían sentado, rodeado de gente, en salones o en cafés.

Nietzsche habló de la soledad de una forma muy distinta a los anteriores. Para él, la soledad no era solo un refugio ni solo una vía hacia la verdad interior, como pensaba Kierkegaard. Era, sobre todo, el precio que hay que pagar cuando uno se atreve a pensar por sí mismo, cuando uno deja de aceptar automáticamente los valores que le han enseñado desde niño. Decía que quien se atreve a cuestionar lo que todo el mundo da por hecho, tarde o temprano se queda solo, porque la mayoría prefiere seguir cómoda dentro del rebaño, dentro de las ideas ya masticadas, antes que enfrentarse al vértigo de pensar de forma independiente.

Nietzsche no dulcificaba nada. Reconocía que esa soledad dolía, y mucho. Pero también insistía en que era necesaria para cualquiera que quisiera convertirse en lo que él llamaba, con esa expresión tan suya, en alguien que “llega a ser lo que es”. La soledad, para Nietzsche, era una especie de forja. Un lugar duro, incómodo, a veces desesperante, pero el único sitio donde una persona puede realmente encontrar su propia voz, en lugar de repetir la de los demás.

El final de su vida fue trágico. Sufrió un colapso mental en Turín, en 1889, y pasó sus últimos once años prácticamente sin poder comunicarse con coherencia, cuidado primero por su madre y después por su hermana, que además manipuló buena parte de su obra tras su muerte para acercarla a ideas que él jamás habría suscrito. Nietzsche, el hombre que había escrito sobre la fuerza, sobre la superación, sobre atreverse a estar solo, acabó sus días completamente dependiente de otros, incapaz ya de defender ni su propio pensamiento.

Es una de las paradojas más tristes de esta historia. Pero también, si lo piensas bien, es un recordatorio de algo muy humano: que ni siquiera quien más ha reflexionado sobre la fortaleza interior está libre de acabar necesitando, literalmente, que otros cuiden de él. La soledad, al final, tiene también sus límites.

Saltamos ahora al siglo veinte, y cambiamos completamente de escenario. De la soledad filosófica y personal pasamos a una soledad de otro tipo, una soledad política, colectiva, provocada por la historia misma. Y para eso tenemos que hablar de Hannah Arendt.

Hannah Arendt nació en Alemania, en una familia judía, y tuvo que huir de su país cuando los nazis llegaron al poder. Fue detenida brevemente por la Gestapo, logró escapar, y pasó años como refugiada, primero en Francia, donde llegó a estar internada en un campo de detención para extranjeros considerados sospechosos, y más tarde en Estados Unidos, adonde consiguió emigrar en 1941, ya sin apenas nada, habiendo perdido su nacionalidad, su idioma cotidiano, su entorno, buena parte de su familia y amigos.

Arendt vivió, por tanto, la soledad del exiliado, esa soledad muy particular de quien ha perdido no solo a la gente que quería, sino el propio mundo en el que esa gente tenía sentido. Y desde esa experiencia tan dura, se convirtió en una de las pensadoras más importantes del siglo veinte, especialmente conocida por sus análisis sobre el totalitarismo, sobre cómo regímenes como el nazi o el estalinista consiguieron controlar a millones de personas.

Y aquí llega una de sus aportaciones más valiosas para entender la soledad tal y como la vivimos hoy. Arendt distinguía con mucha claridad tres conceptos que solemos mezclar sin darnos cuenta: la soledad elegida, que ella llamaba solitud, y que es ese estar a solas con uno mismo del que hablaban Montaigne o Séneca, un estado que puede ser incluso enriquecedor porque uno se hace compañía a sí mismo; el aislamiento, que es no tener contacto con otros, algo doloroso pero que todavía permite conservar cierta relación con uno mismo y con el mundo, aunque sea a distancia; y por último, lo que ella llamaba la soledad en sentido más destructivo, esa sensación de no pertenecer a nada, de sentirse completamente desarraigado, sin lugar en el mundo, incluso estando rodeado de gente.

Arendt observó algo escalofriante y muy actual: que los regímenes totalitarios necesitan precisamente ese último tipo de soledad para funcionar. Necesitan personas que se sientan desarraigadas, sin comunidad real, sin vínculos sólidos, porque esas personas son mucho más fáciles de manipular, mucho más vulnerables a discursos que les prometen pertenencia, identidad, un sitio en el mundo, aunque sea a través del odio hacia otros. La soledad extrema, decía Arendt, no es solo un sufrimiento personal. Es también una condición que, a gran escala, puede volverse peligrosa para toda una sociedad, porque siembra el terreno perfecto para el fanatismo.

Esta reflexión, nacida de su propia experiencia como refugiada, como mujer que lo perdió casi todo por culpa del odio y de la propaganda, tiene una vigencia enorme hoy en día, en un mundo donde mucha gente mayor se siente cada vez más aislada, más desconectada de sus vecinos, de sus antiguas comunidades, de las estructuras que antes daban sentido a la vida cotidiana. Arendt nos enseña que cuidar los vínculos reales, la familia, los amigos, el barrio, las asociaciones, los grupos de siempre, no es solo una cuestión de bienestar personal. Es también, de alguna manera, una forma de protegerse, y de proteger a la sociedad entera, de los discursos que se aprovechan de la soledad para hacer daño.

Y para cerrar este recorrido, pasamos a una figura muy distinta a todas las anteriores, alguien que no buscó la soledad por desengaño ni por destierro ni por rechazo, sino como camino espiritual consciente: el monje Thomas Merton.

Merton nació en Francia, quedó huérfano de madre siendo muy niño y de padre siendo adolescente, y tuvo una juventud bastante desordenada, marcada por los excesos, la falta de rumbo, una vida bastante alejada de cualquier disciplina espiritual. Y sin embargo, en un momento dado de su vida adulta, ya en Estados Unidos, decidió ingresar en un monasterio trapense, la abadía de Getsemaní, en Kentucky, una orden conocida precisamente por su voto de silencio y por una vida dedicada casi por completo a la soledad y a la contemplación.

Merton pasó el resto de su vida, hasta su muerte en 1968, dentro de ese monasterio, viviendo una existencia de silencio, oración y, sobre todo, soledad buscada de forma consciente y sostenida. Pero lo interesante de Merton es que no defendía esa soledad como una huida del mundo, como un simple “no quiero saber nada de nadie”. Al contrario. Para él, cuanto más se adentraba en la soledad y en el silencio, más sentía una conexión profunda con el resto de la humanidad, una especie de paradoja que explicaba con mucha claridad en sus escritos.

Merton decía que la mayoría de las personas huyen de la soledad porque temen encontrarse con su propio vacío interior, con sus miedos, con sus contradicciones. Y que por eso llenamos la vida de ruido, de ocupaciones, de distracciones constantes, precisamente para no tener que enfrentarnos a ese silencio interior. Pero también decía que quien se atreve a atravesar ese miedo inicial, quien aguanta la incomodidad de los primeros momentos de silencio real, acaba descubriendo algo sorprendente: que en el fondo de esa soledad no hay solo vacío, sino también una especie de conexión más honda con todo lo que existe, con la propia vida, con los demás, incluso con lo divino, si uno tiene fe, o simplemente con un sentido de pertenencia al mundo, si no la tiene.

Merton insistía en que la soledad bien vivida no aleja a las personas, las acerca, porque quien ha aprendido a estar en paz consigo mismo deja de necesitar que los demás le llenen los vacíos, y por tanto puede relacionarse desde la libertad, y no desde la necesidad desesperada. Escribió mucho sobre esto, y curiosamente, a pesar de vivir encerrado en un monasterio, se convirtió en una de las voces más escuchadas de su época sobre temas sociales, sobre la guerra de Vietnam, sobre la injusticia racial, sobre la paz entre religiones. La soledad, lejos de aislarle del mundo, le dio una perspectiva más clara para mirarlo y para hablarle a millones de personas que nunca llegó a conocer en persona.

Murió de forma accidental, por electrocución, durante un viaje a Asia en el que estaba precisamente dialogando con monjes budistas sobre la contemplación y la soledad como caminos hacia la sabiduría. Una muerte inesperada, casi irónica, para un hombre que había dedicado su vida a pensar en el silencio y en el sentido de estar a solas.

Y aquí terminamos el recorrido. Siete vidas, siete formas distintas de vivir la soledad. Un romano desterrado que aprendió que la paz no depende del lugar donde estás, sino de cómo has entrenado tu propia mente. Un noble francés que se encerró voluntariamente en una torre y descubrió que había que reservarse un espacio interior intocable. Un alemán ignorado durante décadas que entendió que todos necesitamos encontrar nuestra propia distancia con los demás, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Un danés que rompió su propio compromiso de matrimonio y encontró en la soledad el único camino hacia una vida auténtica. Otro alemán, enfermo, errante y rechazado, que convirtió su aislamiento en la forja donde se construyó a sí mismo.

Una mujer que huyó del horror nazi y nos enseñó que la soledad extrema puede convertirse en el caldo de cultivo perfecto para el fanatismo si no cuidamos nuestros vínculos reales. Y un monje que, encerrado por elección propia, descubrió que el silencio, lejos de separarnos, puede ser el camino más directo hacia los demás.

Y ahora viene la parte donde me toca a mí decirte lo que pienso de todo esto, después de haber pasado tiempo con estas siete vidas.

Yo creo que hemos convertido la soledad, hoy en día, en una palabra casi maldita. Como si estar solo fuera sinónimo de fracaso, de haber hecho algo mal en la vida, de no tener suficientes amigos, suficiente familia, suficiente éxito social. Y creo que esa idea nos hace mucho daño, sobre todo a quienes, con la edad, empiezan a pasar más tiempo a solas, ya sea porque los hijos se han ido, porque la pareja ha faltado, porque los amigos de toda la vida han ido desapareciendo uno a uno. Vivimos esos momentos con vergüenza, casi como si tuviéramos que ocultarlos, en lugar de vivirlos como lo que de verdad son: una parte absolutamente normal, e incluso necesaria, de una vida completa.

Lo que estos siete pensadores nos enseñan, cada uno a su manera, es que la soledad no es en sí misma buena ni mala. Es una herramienta. Puede destruirte si la vives sin sentido, sin propósito, sin haber trabajado antes tu propio mundo interior, tal y como advertía Séneca. O puede convertirse en el lugar donde por fin te encuentras contigo mismo de verdad, donde dejas de repetir lo que todos esperan de ti y empiezas a escuchar tu propia voz, como le pasó a Nietzsche, a Kierkegaard, a Montaigne. Lo importante, creo yo, no es evitar la soledad a toda costa, llenando cada minuto del día de ruido para no sentirla, sino aprender a estar en ella sin miedo, sabiendo que ahí dentro, tarde o temprano, hay algo valioso esperando.

Y al mismo tiempo, no quiero quedarme solo con el lado bonito, porque estos siete también nos enseñan lo contrario: que hay una soledad que hace daño de verdad, que aísla, que empobrece, que puede volvernos más vulnerables, más rígidos, incluso más manipulables, como advertía Hannah Arendt. Por eso, cuidar los vínculos reales, llamar a ese amigo con el que hace tiempo que no hablas, quedar con esos compañeros de siempre aunque cueste un poco levantarse del sillón, seguir formando parte de algo, de un grupo, de una comunidad, de una familia, sigue siendo tan necesario como saber estar a solas de vez en cuando. No son cosas contrarias. Son dos caras de la misma vida bien vivida.

Así que si esta noche te vuelves a quedar solo, mirando el techo, con esa sensación extraña en el pecho, quiero que te acuerdes de estos siete nombres. Acuérdate de que un romano desterrado, un noble francés, un alemán ignorado, un danés que rompió su compromiso, otro alemán que caminaba solo por los Alpes, una mujer que huyó del horror y un monje que eligió el silencio, todos ellos pasaron por ahí. Y todos ellos, cada uno a su manera, salieron de esa soledad con algo más grande de lo que tenían antes de entrar en ella.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.