Estás en mitad de la madrugada.
La casa está en silencio. Fuera no pasa ni un coche. Todo el mundo duerme.
Todo el mundo menos tú.
Llevas un buen rato mirando al techo. Has dado tantas vueltas en la cama que las sábanas parecen un campo de batalla. Y la cabeza, esa cabeza que durante el día parece más o menos tranquila, ahora no para.
Que si la salud. Que si los hijos. Que si aquella conversación que salió mal hace tres semanas. Que si el dinero. Que si lo que dijiste. Que si lo que no dijiste. Que si lo que podría pasar mañana, o el mes que viene, o dentro de diez años.
Y lo curioso es que, si te paras a pensarlo, en ese preciso momento no está pasando nada. Estás en tu cama. Tienes un techo. No hay ningún peligro real en la habitación.
Y sin embargo, no hay paz.
Si alguna vez te has visto así, quiero que sepas una cosa. No eres el único. Ni de lejos. Esa misma escena, esa misma noche en vela, la han vivido millones de personas a lo largo de la historia. Reyes, esclavos, emperadores, campesinos, sabios y gente corriente.
Y entre todos ellos hubo unos pocos que decidieron no conformarse. Que se hicieron la pregunta en serio. ¿Por qué no tengo paz? ¿Y se puede conseguir de verdad, de forma duradera, no solo un rato?
Aquí viene lo que me parece más asombroso de todo.
Hubo ocho hombres, separados por más de dos mil años y por miles de kilómetros, que vivieron en culturas que no tenían nada que ver entre sí, que hablaban idiomas distintos, que en muchos casos ni siquiera sabían que los otros existían. Y los ocho, cada uno por su camino, llegaron a la misma conclusión.
Una sola idea.
Una idea tan sencilla que cuesta creer que funcione, y tan difícil de aplicar que la mayoría de la gente se pasa la vida entera sin darse cuenta de ella.
Uno de ellos era un príncipe que lo tenía absolutamente todo y lo dejó. Otro era un esclavo al que su amo le rompió una pierna. Otro fue el hombre más poderoso del mundo en su época. Otro fue expulsado de su comunidad con apenas veintitrés años y se ganó la vida puliendo cristales.
Ninguno de ellos tenía una vida fácil. Ninguno vivió en un mundo tranquilo. Y aun así, los ocho encontraron algo que se parece mucho a la paz mental definitiva.
Te voy a contar sus historias, una por una. Y al final, cuando las hayas escuchado todas, te revelaré cuál es esa idea que los une. Te adelanto una pista, y quiero que te la guardes: lo que te quita la paz no es lo que te falta.
Es lo que te sobra.
Ya verás por qué.
Antes de empezar, una cosa. No vamos a hablar de filosofía de esa que se estudia en el instituto y que se olvida al día siguiente. Vamos a hablar de personas. De hombres de carne y hueso que tuvieron miedo, que perdieron a gente querida, que se enfermaron, que se equivocaron. Hombres que buscaron la paz no porque fuera un tema bonito para escribir libros, sino porque la necesitaban para seguir viviendo.
Igual que la necesitamos nosotros.
Así que vamos allá. Y vamos a empezar muy lejos, en el norte de la India, hace unos dos mil quinientos años.
Allí, en un pequeño reino al pie del Himalaya, nació un niño llamado Siddhartha Gautama. Su padre era el jefe del clan, una especie de rey local, y cuenta la tradición que, cuando el niño nació, un adivino le hizo una profecía. Le dijo que aquel crío sería una de dos cosas: o un gran rey que dominaría el mundo, o un gran sabio que renunciaría a todo.
Al padre, como es lógico, le gustaba mucho más la primera opción.
Así que decidió proteger a su hijo de cualquier cosa que pudiera hacerle pensar demasiado. Lo encerró en una vida de lujo absoluto. Palacios, jardines, música, banquetes, los mejores maestros, las mejores ropas. Dicen que hasta mandaba retirar las flores marchitas para que el chico no viera nada que se estropeara.
Siddhartha creció así. Se casó con una mujer bellísima, tuvo un hijo. Lo tenía todo. Absolutamente todo lo que cualquiera de nosotros podría desear.
Pero un día, ya con unos veintinueve años, salió del palacio. Y la tradición cuenta que en sus paseos vio cuatro cosas que le cambiaron la vida.
Primero vio a un anciano. Encorvado, con la piel arrugada, caminando con dificultad. Siddhartha le preguntó a su cochero qué le pasaba a aquel hombre. Y el cochero le respondió que nada, que simplemente era viejo. Que eso nos pasa a todos.
Siddhartha y el descubrimiento del sufrimiento humano
Después vio a un enfermo, retorciéndose de dolor. Y otra vez, la misma respuesta: eso le puede pasar a cualquiera.
Después vio un cadáver al que llevaban a quemar. Y la respuesta fue la más dura de todas. Eso, la muerte, nos llega a todos sin excepción.
Y por último vio a un hombre que lo había dejado todo. Un asceta, un buscador. Y en su cara había algo que Siddhartha nunca había visto en el palacio: serenidad.
Aquella noche no pudo dormir. Como tú a las tres y media de la madrugada.
Porque de golpe se había dado cuenta de algo terrible. Que todo aquel lujo, toda aquella comodidad, no le protegía de nada. Que él también envejecería. Que él también enfermaría. Que él también moriría. Y que la gente a la que quería, también.
Así que se marchó. Dejó el palacio, la familia, la herencia. Y se fue a buscar una respuesta.
Durante seis años lo intentó todo. Estudió con los mejores maestros de su tiempo. Se sometió a ayunos extremos. Dicen que llegó a comer un solo grano de arroz al día, que estaba tan delgado que podía tocarse la columna vertebral apretándose el estómago.
Y casi se muere.
Ahí tuvo su primera gran lección. Se dio cuenta de que torturarse no le había dado más paz que el lujo. Ni el exceso de placer ni el exceso de sacrificio. Ninguno de los dos extremos funcionaba.
Aceptó un cuenco de arroz con leche que le ofreció una joven del lugar. Recuperó fuerzas. Y se sentó bajo un árbol, una higuera, decidido a no levantarse hasta entender.
Y lo que entendió allí, bajo aquel árbol, es lo que le convirtió en el Buda, que significa algo así como "el que ha despertado".
Lo que vio, explicado de forma sencilla, es esto.
En la vida hay sufrimiento. Eso no lo puede evitar nadie. Hay dolor, hay pérdida, hay enfermedad. Eso es así.
Pero la mayor parte de nuestro sufrimiento no viene de esas cosas en sí. Viene de algo que hacemos nosotros con ellas. Viene del apego. De esa sed constante de que las cosas sean como nosotros queremos. De aferrarnos a lo que nos gusta y de rechazar con todas nuestras fuerzas lo que no nos gusta.
Queremos que lo bueno dure para siempre. Y no dura. Queremos que lo malo no llegue nunca. Y llega.
Y en esa pelea contra la realidad se nos va la paz.
Hay una historia que el Buda contaba y que a mí me parece de lo más sabio que se ha dicho nunca. La historia de las dos flechas.
Decía que cuando a una persona le pasa algo malo, es como si le alcanzara una flecha. Duele. Claro que duele. Eso no se puede evitar.
Pero luego, la mayoría de nosotros hacemos algo más. Nos clavamos una segunda flecha. Empezamos a darle vueltas. Por qué a mí. No es justo. Esto no debería haber pasado. Y si se pone peor. Y si no se arregla nunca.
Y esa segunda flecha, decía el Buda, muchas veces duele más que la primera.
La primera flecha te la manda la vida. La segunda te la clavas tú.
Piénsalo un momento. Un diagnóstico médico, por ejemplo. La noticia en sí es la primera flecha. Pero las noches sin dormir imaginando lo peor, la rabia, la sensación de injusticia, el repasar una y otra vez lo que podrías haber hecho distinto... todo eso es la segunda flecha. Y esa sí la podemos aprender a soltar.
Para el Buda, la paz no consistía en que no te pasara nada malo. Eso es imposible. Consistía en dejar de clavarte la segunda flecha.
Y el camino que propuso no era ni el palacio ni el ayuno extremo. Era lo que él llamó el camino medio. Vivir con sencillez, observar la propia mente, darse cuenta de los propios apegos, y poco a poco, con paciencia, ir soltándolos.
No de golpe. No a la fuerza. Soltando, como quien abre la mano.
El Buda vivió hasta los ochenta años, enseñando por los caminos de la India. Y cuentan que sus últimas palabras fueron algo así como: todo lo que está compuesto se descompone, esforzaos con diligencia.
Es decir, todo pasa. Lo bueno y lo malo. No te aferres.
Guárdate esta primera lección, porque vas a ver cómo vuelve una y otra vez en las historias que vienen.
Y ahora vamos a viajar más al este, a China, más o menos por la misma época. Aunque aquí, te lo digo ya, la historia se mezcla con la leyenda.
Allí vivió, o eso dice la tradición, un hombre al que conocemos como Lao Tsé. Que no es ni siquiera un nombre propio. Significa algo así como "el viejo maestro". Y de su vida sabemos muy poco. Tan poco que hay historiadores que dudan de que existiera de verdad, y que piensan que su obra la escribieron varias personas.
Pero la historia que se cuenta de él es preciosa, y merece la pena.
Dicen que Lao Tsé trabajaba como archivero en la corte del emperador. Un funcionario. Un hombre de papeles, de bibliotecas, de documentos antiguos. Y que pasó toda su vida allí, observando cómo funcionaba el poder. Las intrigas, las ambiciones, las guerras, la corrupción. Gente que se mataba por un cargo, por una tierra, por un poco más de dinero.
Y ya de viejo, harto de todo aquello, decidió marcharse. Se subió a un búfalo de agua y se dirigió hacia el oeste, hacia las montañas, para no volver.
Al llegar al último paso fronterizo, el guardia que lo custodiaba lo reconoció. Sabía que aquel anciano era un sabio. Y le dijo que no le dejaría pasar si no le dejaba antes por escrito lo que sabía.
Así que Lao Tsé se sentó, y en unos días escribió un librito de apenas cinco mil caracteres. Ochenta y un capítulos cortos. Y luego cruzó la frontera y nunca más se supo de él.
Ese libro es el Tao Te Ching. Y es uno de los libros más traducidos de toda la historia de la humanidad.
¿Y qué dice?
Pues dice cosas que, a primera vista, parecen extrañas. Pero que cuando uno ha vivido unos cuantos años, empiezan a tener muchísimo sentido.
La imagen favorita de Lao Tsé era el agua.
Decía que no hay nada en el mundo más blando y más débil que el agua. Y sin embargo, no hay nada que la supere para desgastar lo duro y lo fuerte. El agua no pelea. No se empeña. Si encuentra una piedra en su camino, la rodea. Si encuentra un hueco, lo llena. Siempre busca el lugar más bajo, el que nadie quiere. Y con paciencia, con los años, acaba abriendo cañones en la roca.
El agua no fuerza las cosas. Y precisamente por eso, nada la detiene.
Para Lao Tsé, la mayoría de la gente vive como una piedra que quiere detener un río. Empeñada. Rígida. Peleando contra todo. Queriendo controlar, imponer, ganar. Y así, claro, se pasan la vida agotados y sin paz.
Él proponía algo que en chino se llama "wu wei". Que se suele traducir como "no acción", pero que no significa quedarse tumbado sin hacer nada. Significa actuar sin forzar. Hacer lo que toca, cuando toca, sin empeñarte en que el mundo se doble a tu voluntad.
Hay un ejemplo muy bueno que se usa mucho para explicarlo. El del carpintero experto. Un aprendiz que no sabe lo que hace pelea con la madera, la fuerza, la astilla. Un maestro carpintero, en cambio, sigue la veta. Entiende cómo es la madera y trabaja con ella, no contra ella. Y el trabajo le sale fácil, casi sin esfuerzo.
Pues así quería Lao Tsé que viviéramos. Siguiendo la veta de la vida.
Pero hay otra idea suya que me parece todavía más importante para el tema que nos ocupa. Está en uno de esos capítulos cortitos y dice algo así:
No hay mayor desgracia que no saber cuándo es suficiente. No hay mayor error que el deseo de tener siempre más.
Y en otro capítulo lo remata: el que sabe que tiene suficiente, es rico.
Fíjate qué cosa más sencilla. Y qué difícil.
Porque vivimos rodeados de mensajes que nos dicen exactamente lo contrario. Que necesitamos más. Un coche mejor, una casa más grande, más dinero ahorrado, más seguridad, más reconocimiento. Y la trampa es que ese "más" no tiene fondo. Cuando llegas a la meta, la meta se mueve. Siempre hay un poquito más allá.
Lao Tsé lo había visto en la corte del emperador. Hombres que lo tenían todo y vivían consumidos por la ansiedad de perderlo o por la envidia de lo que tenía el de al lado. Y él, el viejo archivero, se fue montado en un búfalo con lo puesto. Y probablemente era el hombre más rico de todo el reino.
Porque sabía cuándo era suficiente.
Hay otra imagen suya que me encanta. La del tronco sin tallar. Decía que deberíamos volver a ser como un bloque de madera en bruto. Sencillo. Natural. Sin tantas capas de pretensiones, de máscaras, de expectativas. Un hombre sencillo, decía, es un hombre en paz.
Y fíjate que esto lo decía un chino hace dos mil quinientos años, y que no sabía absolutamente nada del Buda, que estaba enseñando más o menos lo mismo al otro lado del Himalaya.
Dos hombres. Dos culturas. La misma intuición.
Y ahora vamos a dar un salto hasta Grecia. Unos doscientos años después. A Atenas.
Allí, hacia el año trescientos seis antes de Cristo, un hombre llamado Epicuro compró un terreno a las afueras de la ciudad. Un huerto, un jardín. Y allí fundó una escuela que no se parecía a ninguna otra.
Para empezar, en el Jardín de Epicuro entraban todos. Hombres y mujeres. Ricos y pobres. Incluso esclavos. Algo que en la Grecia de entonces era casi un escándalo.
Y para seguir, lo que se enseñaba allí era una cosa que sonaba muy rara. Epicuro decía que el objetivo de la vida era el placer.
Ahora bien. Cuidado. Porque aquí es donde casi todo el mundo se equivoca con Epicuro.
Hoy usamos la palabra "epicúreo" para hablar de alguien que disfruta de la buena mesa, del buen vino, de los lujos. Y no puede haber nada más lejos de lo que pensaba aquel hombre.
Epicuro comía pan y bebía agua. Ese era su menú habitual. Y en una carta que se conserva le pide a un amigo que le mande un tarrito de queso, para darse un capricho de vez en cuando.
Un tarrito de queso. Ese era el gran lujo del filósofo del placer.
¿Entonces de qué placer hablaba?
Pues hablaba de algo muy concreto. Para Epicuro, el mayor placer no era la euforia ni la fiesta. Era la ausencia de dolor en el cuerpo y la ausencia de inquietud en el alma. A esto último lo llamaba "ataraxia". Que viene a significar "sin perturbación". Un alma tranquila, como el mar en un día sin viento.
Esa era su idea de la felicidad. No el subidón. La calma.
Y para llegar a esa calma, Epicuro hizo algo muy práctico. Se puso a analizar los deseos. Porque se dio cuenta de que la mayor parte de nuestra inquietud viene de ahí, de desear cosas.
Y los dividió en tres tipos.
Primero, los deseos naturales y necesarios. Comer cuando tienes hambre, beber cuando tienes sed, tener un techo, abrigo, amigos. Estos hay que satisfacerlos. Y además, decía Epicuro, son facilísimos de satisfacer. Un trozo de pan y un vaso de agua quitan el hambre igual que un banquete.
Segundo, los deseos naturales pero no necesarios. Comer algo exquisito en lugar de algo sencillo, por ejemplo. No están mal. Si llegan, se disfrutan. Pero no hay que obsesionarse con ellos.
Y tercero, los deseos vanos. Ni naturales ni necesarios. La fama, el poder, la riqueza sin límite, el ser admirado. Y aquí Epicuro era tajante. Estos deseos no tienen fin. Nunca se sacian. Y son los que más nos roban la paz.
¿Ves por dónde va? Es lo mismo que decía Lao Tsé con lo de saber cuándo es suficiente. Exactamente lo mismo, con otras palabras.
Pero Epicuro fue un paso más allá. Porque se dio cuenta de que hay otra cosa que nos roba la paz más que cualquier deseo. El miedo.
Y en concreto, dos miedos. El miedo a los dioses y el miedo a la muerte.
Con los dioses no me voy a entretener mucho, porque es un asunto de su época. Pero con la muerte sí, porque eso nos toca a todos. Y más a medida que vamos cumpliendo años.
Epicuro tenía un argumento sobre la muerte que es famosísimo. Decía así: la muerte no es nada para nosotros. Porque mientras nosotros existimos, la muerte no está. Y cuando la muerte llega, nosotros ya no estamos. Así que nunca nos encontramos con ella.
Se puede estar de acuerdo o no. Pero lo que Epicuro quería decir es que la muerte en sí no duele. Lo que duele es el miedo a la muerte. Y ese miedo nos lo fabricamos nosotros mientras estamos vivos. Es otra vez la segunda flecha del Buda.
Y para combatir todos estos miedos, Epicuro propuso una especie de receta. Sus discípulos la llamaban el cuádruple remedio. Cuatro frases para recordar siempre:
No hay que temer a los dioses.
No hay que temer a la muerte.
El bien es fácil de conseguir.
El mal es fácil de soportar.
Pero hay algo más. Algo que para Epicuro era fundamental, y que muchas veces se olvida cuando se habla de él. La amistad.
Epicuro decía que de todas las cosas que la sabiduría nos proporciona para ser felices, la más grande con diferencia es la amistad. Y el Jardín no era solo una escuela. Era una comunidad de amigos que vivían juntos, que conversaban, que se cuidaban unos a otros.
Y esto me lleva a la forma en que murió, que me parece de las cosas más bonitas que se han escrito.
Epicuro murió con unos setenta años, de una enfermedad muy dolorosa. Piedras en el riñón, probablemente. Pasó catorce días con unos dolores terribles. Y el último día le escribió una carta a un amigo.
En esa carta le decía, más o menos, esto: te escribo en el día más feliz de mi vida, que es también el último. Los dolores son tan fuertes que no pueden ser mayores. Pero a todos ellos se opone la alegría de mi alma al recordar nuestras conversaciones.
El día más feliz de su vida. Con dolores insoportables.
Porque su paz no dependía de que el cuerpo estuviera bien. Dependía de algo que ya nadie le podía quitar: los recuerdos de una vida bien vivida y de los amigos que había tenido.
Eso es la ataraxia. No que no te duela nada. Sino que, aunque te duela, por dentro estés en calma.
Y ahora toca hablar de un español. O, bueno, de un cordobés que vivió cuando Córdoba era parte del Imperio romano.
Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba, más o menos en la época en que nacía Jesucristo. Su familia era rica y se trasladó a Roma cuando él era pequeño. Y allí Séneca hizo una carrera brillante. Fue abogado, senador, escritor famoso. Y llegó a ser el tutor y consejero del joven emperador Nerón.
Sí. De Nerón. Ya te puedes imaginar que eso no acabó bien.
Pero antes de llegar ahí, conviene saber que Séneca era un hombre de contradicciones. Y me parece importante decirlo, porque lo hace más humano. Escribía sobre la sencillez y era uno de los hombres más ricos de Roma. Hablaba de la virtud y trabajaba para un emperador que acabó siendo un tirano. Sus enemigos se lo echaban en cara constantemente.
Y él, en lugar de esconderlo, lo reconocía. Decía algo así como: no soy un sabio, soy alguien que intenta mejorar. No hablo como quien ha llegado, sino como quien está de camino.
A mí eso me gusta. Porque es honesto. Séneca no te habla desde un pedestal. Te habla desde el barro, como uno más.
Y además sabía de lo que hablaba en cuanto a desgracias. Porque con unos cuarenta y tantos años, el emperador Claudio lo desterró a la isla de Córcega. Lo acusaron de un supuesto adulterio con una sobrina del emperador, que probablemente era una intriga política. Y Séneca pasó ocho años allí, en una isla que entonces era salvaje y casi desierta, lejos de todo lo que conocía.
Ocho años. Perdiendo la carrera, el prestigio, los amigos, la vida que había construido.
Y en lugar de hundirse, se puso a escribir. Y a pensar. Y de ahí salieron algunas de sus ideas más profundas sobre cómo mantener la paz cuando la vida te lo quita todo.
Séneca pertenecía a una escuela de pensamiento que se llamaba el estoicismo. Y es una palabra que hoy usamos mal también, como la de epicúreo. Decimos que alguien es estoico cuando aguanta las cosas sin quejarse. Y algo de eso hay. Pero el estoicismo es mucho más que apretar los dientes.
Una de sus obras se titula precisamente De la tranquilidad del alma. Es una especie de carta a un amigo suyo, un tal Sereno, que le confiesa que se siente inquieto. Que no está mal del todo, pero tampoco bien. Que va de un lado a otro, que empieza cosas y las deja, que nada le termina de llenar.
¿Te suena? A mí me suena muchísimo. Es una descripción perfecta de cómo se siente mucha gente hoy en día.
Y Séneca le responde con una serie de consejos que podrían haberse escrito ayer.
Pero hay una frase suya, de las cartas que escribió a otro amigo, Lucilio, que es la que quiero que te quedes. Dice así:
Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad.
Piénsalo bien. Repasa tu vida. ¿Cuántas veces te has angustiado durante días, o semanas, por algo que al final no pasó? ¿O que pasó, pero no fue ni la mitad de malo de lo que te habías imaginado?
Séneca decía que tenemos la costumbre de sufrir por adelantado. Que muchas cosas nos asustan más de lo que nos dañan. Y que nos atormentamos con lo que ya pasó, con lo que está pasando, y con lo que podría pasar. Tres tormentos a la vez, cuando a lo sumo nos tocaría uno.
¿Y cuál era su remedio? Aquí viene algo curioso.
Séneca proponía un ejercicio que parece contradictorio. Pensar en lo malo a propósito. Imaginar, con calma, con la cabeza fría, las cosas malas que podrían pasarte. Perder el dinero, perder la salud, perder a alguien querido.
Dirás: pero hombre, si eso es justo lo que me quita el sueño.
Pues no. Hay una diferencia enorme. Una cosa es que los pensamientos te asalten a las tres de la mañana, sin control, como una tormenta. Y otra cosa es sentarte de día, con calma, y mirar esos miedos a la cara, uno por uno. Y preguntarte: si esto pasara, ¿qué haría? ¿Podría soportarlo?
Y casi siempre, la respuesta es que sí. Que sería duro, pero que lo soportarías. Que otros lo han soportado antes.
Séneca decía que las desgracias golpean más fuerte a quien no las espera. Y que el que se ha preparado mentalmente, cuando llega el golpe, lo recibe con más entereza. No porque no le duela, sino porque no le pilla por sorpresa.
Él mismo hacía otro ejercicio. De vez en cuando, durante unos días, vivía como un pobre. Comía poco, dormía en el suelo, vestía ropa basta. Y luego se preguntaba: ¿era esto lo que tanto temía?
Porque al probarlo, se daba cuenta de que podía vivir con muy poco. Y entonces el miedo a perder sus riquezas se hacía más pequeño.
Otra idea de Séneca que me parece fundamental tiene que ver con el tiempo. Escribió un libro que se llama Sobre la brevedad de la vida. Y en él dice algo que me parece demoledor.
Dice que la vida no es corta. Que lo que pasa es que desperdiciamos mucha. Que somos tacaños con el dinero, que no se lo damos a cualquiera, y en cambio regalamos nuestro tiempo, que es lo único que de verdad es nuestro, a cualquiera que nos lo pida. Y que nos pasamos la vida preparándonos para vivir, posponiendo siempre la vida para más adelante.
Y eso también nos roba la paz. Esa sensación de que la vida se nos escapa entre los dedos.
Séneca vivió lo que predicaba hasta el final. Cuando volvió del destierro, Nerón ya era emperador y él fue su consejero durante años. Al principio, todo fue bien. Pero Nerón se fue volviendo cada vez más cruel, más paranoico. Séneca intentó retirarse, le ofreció incluso devolverle toda su fortuna. Nerón no se lo permitió.
Y en el año sesenta y cinco, acusado de participar en una conspiración, Nerón le ordenó que se quitara la vida.
Cuenta el historiador Tácito que Séneca recibió la orden con una calma total. Que sus amigos lloraban y él les pedía que no lo hicieran. Que les preguntaba dónde habían quedado todas aquellas lecciones que habían aprendido juntos durante tantos años. Y que, como no le dejaron hacer testamento, les dijo que les dejaba lo único que le quedaba y lo mejor que tenía: el ejemplo de su vida.
Murió como había vivido. Intentando, hasta el último momento, no sufrir más en la imaginación que en la realidad.
Y ahora te voy a contar la historia del hombre que, para mí, tiene la lección más poderosa de todas. Porque si alguien tenía motivos para perder la paz, era él.
Se llamaba Epicteto. Y nació esclavo.
Nació en una ciudad de lo que hoy es Turquía, unos cincuenta años después de Cristo. Ni siquiera sabemos cuál era su nombre real. Epicteto, en griego, significa "adquirido". Comprado. Ese era su nombre. Una etiqueta de mercancía.
Fue esclavo en Roma de un hombre llamado Epafrodito, que a su vez había sido esclavo y que llegó a ser secretario del mismísimo Nerón. Y Epicteto era cojo. Toda su vida caminó con dificultad.
Sobre cómo se quedó cojo hay una historia que cuentan algunos autores antiguos. No sabemos si es del todo cierta, pero dice mucho del personaje.
Dicen que un día su amo, por crueldad o por diversión, empezó a retorcerle la pierna. Epicteto, sin alterarse, le dijo: si sigues, me la vas a romper. El amo siguió retorciendo. Y la pierna se rompió. Y Epicteto, con la misma calma, le dijo simplemente: ¿ves? Ya te lo había dicho.
Sea verdad o leyenda, esa calma casi inhumana es la que define a este hombre.
En algún momento, su amo le permitió estudiar filosofía con un maestro estoico. Y más tarde consiguió la libertad. Se hizo maestro él mismo, en Roma. Pero cuando ya tenía unos cuarenta años, el emperador Domiciano, que desconfiaba de los filósofos, los expulsó a todos de la ciudad.
Otra vez a empezar de cero. Epicteto se fue a una ciudad de Grecia llamada Nicópolis, y allí abrió una escuela. Vivía en una casa humildísima, con una esterilla para dormir y una lámpara de barro. Y aun así, su escuela se hizo tan famosa que venían jóvenes de todo el imperio a escucharle.
Epicteto no escribió nada. Pero uno de sus alumnos, un tal Arriano, tomó apuntes de sus clases y los recopiló. Y gracias a él tenemos un librito que se llama el Enquiridión, que significa algo así como "manual". Algo que se lleva a mano, para consultarlo en cualquier momento.
Y ese manual empieza con una idea que, si la entiendes de verdad, puede cambiarte la vida. Es tan importante que te la voy a explicar con calma.
Epicteto dice que hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no dependen de nosotros.
Así de simple.
¿Qué depende de nosotros? Nuestras opiniones, nuestros juicios, nuestros deseos, nuestras decisiones, cómo respondemos a lo que nos pasa. Es decir, lo que pasa dentro de nuestra cabeza.
¿Y qué no depende de nosotros? Todo lo demás. Nuestro cuerpo, en buena parte. La salud. El dinero. Lo que piensan los demás de nosotros. La economía del país. El tiempo que hará mañana. Lo que hagan nuestros hijos con su vida. Cuánto vamos a vivir.
Y aquí viene la clave. Epicteto dice que casi toda nuestra angustia nace de un error muy concreto: querer controlar lo que no depende de nosotros. Y descuidar lo que sí depende de nosotros.
Nos pasamos la vida peleándonos con lo que no podemos cambiar. Y mientras, dejamos sin atender lo único que sí podemos cambiar: nuestra actitud.
Piénsalo con un ejemplo cotidiano. Estás en un atasco. Llegas tarde. Te pones de los nervios, pitas, maldices. ¿Sirve de algo? ¿Se mueve el atasco más rápido porque tú te enfades? No. El atasco no depende de ti. Lo único que depende de ti es cómo vives esos veinte minutos. Y puedes vivirlos echando humo o puedes vivirlos escuchando la radio tranquilamente. El atasco va a durar lo mismo.
Parece una tontería. Pero aplícalo a cosas más serias y verás que no lo es.
Hay otra frase de Epicteto, quizá la más famosa de todas, que dice así:
No nos perturban las cosas, sino las opiniones que tenemos sobre las cosas.
Y pone un ejemplo muy fuerte. Dice que la muerte, en sí, no es terrible. Si lo fuera, a Sócrates también le habría parecido terrible, y él la afrontó con serenidad. Lo terrible es la opinión que tenemos sobre la muerte. Eso es lo que nos asusta.
Fíjate cómo vuelve la idea del Buda. La primera flecha es la cosa. La segunda flecha es la opinión que tenemos sobre la cosa. Y la segunda, esa sí depende de nosotros.
Epicteto y el aprendizaje de la serenidad
Epicteto tenía una forma muy práctica de entrenar esto. Decía que había que empezar por cosas pequeñas. Si se te rompe una taza, di: se ha roto una taza. No es más que eso. Una taza es algo que se puede romper. Y así, poco a poco, vas entrenando la mente para no dramatizar.
Y luego iba más allá. Y aquí viene una de sus enseñanzas más duras, pero también más profundas. Decía que con las personas que queremos deberíamos hacer algo parecido. Recordar, de vez en cuando, que son mortales. Que no nos pertenecen. Que la vida nos las ha prestado.
Decía: nunca digas de nada "lo he perdido". Di "lo he devuelto". ¿Ha muerto tu hijo? Ha sido devuelto. ¿Ha muerto tu mujer? Ha sido devuelta.
Ya sé que suena durísimo. Y yo no voy a decirte que sea fácil, porque no lo es. Pero creo que Epicteto no lo decía por frialdad. Lo decía al revés. Porque si sabes que las personas que quieres te han sido prestadas, las valoras más cada día que las tienes. No las das por supuestas. Y cuando llega la pérdida, que llegará, puedes sentir, además del dolor, gratitud por el tiempo que estuvieron contigo.
Hay algo más que me fascina de Epicteto. Y es que él, que había sido esclavo, decía que el único hombre verdaderamente libre es el que domina su propia mente. Y que muchos hombres ricos y poderosos eran en realidad esclavos. Esclavos de sus deseos, de sus miedos, de la opinión ajena.
Él había tenido cadenas en el cuerpo. Y aun así, nadie consiguió ponérselas en el alma.
Y lo que viene ahora es una de esas casualidades preciosas de la historia. Porque las enseñanzas de aquel antiguo esclavo cojo llegaron a manos del hombre más poderoso del mundo.
Marco Aurelio fue emperador de Roma desde el año ciento sesenta y uno hasta su muerte, diecinueve años después. Gobernaba un imperio que iba desde Escocia hasta Egipto, desde Portugal hasta Irak. Millones de personas. Tenía un poder absoluto. Podía tener lo que quisiera, a quien quisiera, cuando quisiera.
Y sin embargo, fue uno de los hombres que con más empeño buscó la paz interior.
Desde muy joven se interesó por la filosofía. Y uno de sus maestros, un tal Rústico, le prestó un ejemplar de las enseñanzas de Epicteto. Marco Aurelio lo menciona con gratitud en su propio libro. El emperador aprendió del esclavo.
Pero lo que de verdad me impresiona de Marco Aurelio no es su poder. Es todo lo que sufrió a pesar de su poder.
Su reinado fue un desastre tras otro. Nada más subir al trono hubo inundaciones en Roma. Luego vino una guerra contra los partos en Oriente. Los soldados que volvían de aquella guerra trajeron consigo una epidemia terrible, una peste que mató a millones de personas en todo el imperio. Luego vinieron las invasiones de los pueblos germánicos en el norte, y Marco Aurelio pasó años y años en el frente, en campamentos militares junto al río Danubio, con frío, con barro, lejos de Roma.
Y en lo personal, fue todavía peor. Tuvo, que sepamos, unos trece o catorce hijos. Y la mayoría murieron siendo niños. Enterró a hijo tras hijo. Su mujer murió también estando él en campaña. Y uno de sus generales de más confianza se sublevó contra él y se proclamó emperador.
Así que aquí tenemos al hombre más poderoso del mundo, y no pudo evitar ni una sola de esas desgracias.
¿Y qué hacía Marco Aurelio por las noches, en su tienda de campaña, después de un día de batallas y decisiones terribles?
Escribía. Escribía para sí mismo.
No eran libros para publicar. Eran notas personales, como un diario. Recordatorios. Consejos que se daba a sí mismo para no perder el norte. El título original, en griego, significa literalmente "para sí mismo". Hoy los conocemos como las Meditaciones.
Y leerlas es una experiencia muy especial. Porque no es un emperador dándote lecciones. Es un hombre cansado, preocupado, a veces triste, hablándose a sí mismo para no venirse abajo.
Hay un pasaje que me encanta, con el que empieza uno de los libros. Dice algo así:
Al amanecer, dite a ti mismo: hoy me voy a encontrar con gente entrometida, desagradecida, insolente, envidiosa, egoísta. Todo eso les pasa porque no saben distinguir el bien del mal. Pero yo sí lo sé. Y ninguno de ellos puede hacerme daño, porque nadie puede arrastrarme a lo que está mal. Ni puedo enfadarme con ellos, porque hemos nacido para colaborar, como los pies, las manos o los párpados.
Fíjate qué realismo. No se engaña pensando que todo el mundo va a ser maravilloso. Se prepara para lo peor, como enseñaba Séneca. Y a la vez decide no dejarse amargar por ello.
Otra idea fundamental de Marco Aurelio es la del presente. Decía que nadie pierde otra vida que la que está viviendo, ni vive otra que la que pierde. Que el que vive cien años y el que vive veinte pierden exactamente lo mismo cuando mueren: solo el momento presente. Porque el pasado ya no lo tienes, y el futuro todavía no.
Y de ahí sacaba una conclusión práctica. Si lo único que tienes es este momento, vívelo bien. Haz cada cosa como si fuera la última de tu vida. No con angustia, sino con atención.
Marco Aurelio también hablaba de algo que él llamaba el retiro interior. Decía que la gente busca retirarse al campo, a la playa, a la montaña, para encontrar paz. Y que eso está bien, pero que no hace falta. Que en cualquier momento puedes retirarte dentro de ti mismo. Que no hay lugar más tranquilo ni más libre de preocupaciones que el alma propia, si la tienes en orden.
Esto lo escribía un hombre en mitad de una guerra. No en un balneario. En un campamento militar, en invierno, rodeado de muerte.
Y otra cosa que hacía mucho, y que creo que nos vendría bien a todos, era mirar las cosas desde muy lejos. Imaginaba el imperio entero como un puntito en la inmensidad. Pensaba en todas las generaciones que habían vivido antes que él y que ya nadie recordaba. En los grandes emperadores del pasado, olvidados. Y se decía: dentro de poco, yo también estaré olvidado. Y todo esto que ahora me preocupa tanto no será nada.
No lo decía con tristeza. Lo decía para ponerlo todo en su sitio. Para que las preocupaciones recuperaran su tamaño real. Porque muchas veces, cuando estamos metidos en un problema, lo vemos enorme. Y si lo miras desde arriba, desde lejos, desde la perspectiva del tiempo, se hace pequeñito.
Marco Aurelio murió en el año ciento ochenta, en campaña, probablemente de la peste. Dicen que en sus últimos días les dijo a sus amigos que no lloraran por él, sino por la peste y por la muerte de tantos otros.
El hombre más poderoso del mundo no pudo comprar la paz. Tuvo que construirla él mismo, noche tras noche, en una tienda de campaña, escribiendo para sí mismo.
Y ahora vamos a dar un salto muy grande. Mil cuatrocientos años, más o menos. Nos vamos a Francia, al siglo dieciséis.
En el año mil quinientos setenta y uno, un hombre llamado Michel de Montaigne cumplió treinta y ocho años. Y tomó una decisión que sorprendió a todo el mundo.
Montaigne era un noble rico, de la zona de Burdeos. Había sido magistrado, tenía una buena posición, una carrera por delante. Y de repente lo dejó todo y se encerró en una torre de su castillo.
Literalmente. Una torre redonda, separada de la casa principal. En el piso de arriba montó su biblioteca, con más de mil libros, algo enorme para la época. Y en las vigas del techo mandó grabar frases de autores antiguos que le gustaban. Frases de Séneca, de Epicuro, de la Biblia. Para tenerlas siempre a la vista.
Y en una pared dejó escrita una inscripción en latín que viene a decir que, cansado de la servidumbre de la vida pública, se retiraba allí para pasar en calma y en libertad los días que le quedaran.
¿Por qué hizo esto?
Pues hay varias razones. Pero una muy importante es que Montaigne venía de perder mucho. Unos años antes había muerto su mejor amigo, un hombre llamado Étienne de La Boétie. Una amistad tan profunda que, cuando le preguntaban por qué se querían tanto, Montaigne respondía con una frase que se ha hecho famosa: porque era él, porque era yo.
Esa muerte le dejó tocado para siempre. Luego murió su padre. Luego murieron varios de sus hijos siendo bebés. Y por si fuera poco, Francia estaba en plena guerra de religión entre católicos y protestantes. Matanzas, odio, fanatismo por todas partes.
Y hubo otra cosa. Unos años antes de retirarse, Montaigne tuvo un accidente terrible. Iba a caballo y otro jinete se le echó encima a toda velocidad. Salió despedido, se dio un golpe tremendo y estuvo un buen rato inconsciente, echando sangre por la boca. Sus criados lo dieron por muerto.
Y cuando lo cuenta después, dice algo sorprendente. Dice que, en aquel estado medio entre la vida y la muerte, no sintió miedo ni dolor. Que se sentía flotando, como dejándose ir dulcemente. Que fue casi agradable.
Y de esa experiencia sacó una conclusión. Que habíamos estado temiendo a la muerte toda la vida, y que quizá no era tan terrible como nos la imaginábamos. Que lo que nos atormenta no es la muerte sino el miedo que le tenemos.
Otra vez la misma idea. Epicuro. Epicteto. Séneca. Ahora Montaigne.
Así que se encerró en su torre. Y se puso a hacer algo que nadie había hecho antes. Se puso a escribir sobre sí mismo.
No sobre grandes temas abstractos. Sobre él. Sobre sus gustos, sus manías, sus miedos, sus contradicciones. Sobre lo que le gustaba comer, sobre cómo dormía, sobre sus piedras en el riñón, que le hicieron sufrir muchísimo en sus últimos años. Y a esos escritos los llamó "ensayos". Porque eran eso, intentos, pruebas. Ensayos de pensar.
Y en esos ensayos fue encontrando, poco a poco, su propia manera de estar en paz.
Al principio, se lo tomó muy en serio. Se puso a leer a los estoicos y quiso ser como ellos, duro, imperturbable. Pero con los años se dio cuenta de que eso no iba con él. Que él era un hombre normal, con debilidades. Y que la paz, para él, no estaba en convertirse en una estatua de mármol, sino en aceptarse tal como era.
Hay una frase suya que me encanta. Dice que, por mucho que nos subamos a unos zancos, seguimos teniendo que andar con nuestras piernas. Y que hasta en el trono más alto del mundo, seguimos sentados sobre nuestro trasero.
Es decir, que no te des tantos aires. Que somos humanos. Y que ahí, en esa humildad, empieza la paz.
Montaigne tenía un lema que mandó grabar en una medalla. Dos palabras en francés que significan: ¿qué sé yo?
Y esa duda, lejos de inquietarle, le tranquilizaba. Porque en una época en que todo el mundo estaba seguro de tener la razón, y por eso se mataban unos a otros, Montaigne pensaba que la mayoría de las veces no sabemos tanto como creemos. Y que reconocerlo nos hace más tolerantes, más tranquilos, menos agresivos.
Cuántas discusiones, cuántos enfados, cuántos disgustos nos ahorraríamos si de vez en cuando nos dijéramos eso mismo: ¿y qué sé yo?
Pero la idea de Montaigne que más me ayuda a mí está al final de sus ensayos, en el último de todos. Dice algo así:
Cuando bailo, bailo. Cuando duermo, duermo. Y cuando paseo a solas por un huerto bonito, si mis pensamientos se han ido a otras cosas durante un rato, los traigo de vuelta al paseo, al huerto, a la dulzura de esa soledad y a mí mismo.
Fíjate qué sencillo. Y qué difícil.
Porque la mayoría de nosotros, cuando comemos, estamos pensando en otra cosa. Cuando paseamos, estamos repasando problemas. Cuando estamos con los nietos, estamos con la cabeza en el médico de la semana que viene. Nunca estamos del todo donde estamos.
Montaigne decía que la vida hay que vivirla, no pensarla. Y que el gran arte, la obra maestra del hombre, es vivir como es debido. Y que todo lo demás, gobernar, hacer fortuna, construir, son como mucho complementos.
Él tenía una gata. Y escribió una frase que me hace mucha gracia. Dice: cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si no es ella la que se entretiene conmigo más que yo con ella?
Un hombre que se ríe de sí mismo. Que no se toma demasiado en serio. Que sabe disfrutar de lo pequeño.
Y hay otra frase de Montaigne que conecta directamente con lo que nos decía Séneca. Dice: quien teme sufrir, sufre ya de lo que teme.
El miedo al sufrimiento ya es sufrimiento. Si te pasas la vida temiendo lo malo, ya estás viviendo en lo malo, aunque no haya llegado.
Montaigne murió en mil quinientos noventa y dos, con cincuenta y nueve años, después de mucho sufrimiento por sus piedras en el riñón. Y lo hizo con la tranquilidad de un hombre que había aprendido a hacerse amigo de la vida tal como es. Con sus alegrías pequeñas y sus dolores grandes.
Y llegamos al último de nuestros ocho hombres. Y quizá el más asombroso de todos.
Baruch Spinoza nació en Ámsterdam en mil seiscientos treinta y dos. Su familia era judía, de origen portugués. Sus abuelos habían huido de la Península Ibérica escapando de la Inquisición. Así que, en cierto modo, también tenía raíces muy cercanas a las nuestras.
Su padre era un comerciante respetado de la comunidad judía de Ámsterdam. Y Spinoza, de joven, era un estudiante brillante. Todos esperaban de él que fuera un gran rabino, o un gran comerciante.
Pero Spinoza empezó a pensar por su cuenta. Y empezó a decir cosas que no gustaban nada. Sobre Dios, sobre las Escrituras, sobre la naturaleza. Cosas que a sus mayores les sonaban a herejía.
Y en el año mil seiscientos cincuenta y seis, con veintitrés años, su comunidad lo expulsó. Fue una expulsión terrible, de las más duras que se recuerdan. Se le maldijo. Se prohibió a todos los miembros de la comunidad que hablaran con él, que estuvieran bajo su mismo techo, que se le acercaran a menos de unos pocos metros, que leyeran nada de lo que escribiera.
Con veintitrés años. Lo perdió todo de golpe. Familia, amigos, comunidad, trabajo, herencia.
Y cuentan, aunque no sabemos si es del todo cierto, que poco tiempo antes o después de aquello, un fanático intentó apuñalarlo a la salida de una sinagoga o de un teatro. El cuchillo solo le atravesó la capa. Y dicen que Spinoza la guardó durante toda su vida, con el agujero, para recordar hasta dónde puede llevar el odio.
¿Y qué hizo un joven al que le acababan de arrancar la vida entera?
Pues se puso a pulir lentes. Cristales para gafas, para telescopios, para microscopios. Un oficio humilde, de artesano. Y se fue a vivir a habitaciones alquiladas, primero en un pueblo, luego en otro, y finalmente en La Haya.
Vivía con lo mínimo. Las personas que lo conocieron cuentan que gastaba poquísimo, que a veces pasaba días enteros sin salir de su cuarto, pensando y escribiendo. Que era amable, sencillo, que le gustaba charlar con la familia que le alquilaba la habitación, que preguntaba a los niños cómo les había ido en el colegio.
Con los años se hizo famoso entre los sabios de Europa. Le escribían desde todas partes. Y en una ocasión le ofrecieron una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg, en Alemania. Un puesto prestigiosísimo, con un buen sueldo.
Y Spinoza dijo que no.
Dijo, con toda educación, que temía que aceptar el puesto le quitara la libertad de pensar como quisiera. Y que prefería su vida tranquila de pulidor de lentes.
Otra vez lo mismo. Saber cuándo es suficiente. Lao Tsé. Epicuro. Spinoza.
Pero lo más interesante de Spinoza es lo que escribió. Su gran obra se llama la Ética. Y es un libro rarísimo. Porque está escrito como si fuera un libro de geometría. Con definiciones, axiomas, proposiciones y demostraciones. Como quien demuestra un teorema matemático.
Y lo que intenta demostrar es, entre otras cosas, cómo puede el ser humano liberarse de la esclavitud de sus emociones. Cómo alcanzar lo que él llamaba la verdadera satisfacción del alma.
Y aquí está la gran aportación de Spinoza, la que lo diferencia de todos los demás.
Spinoza decía que la mayoría de las personas viven arrastradas por sus pasiones. Por el miedo, la ira, los celos, la envidia, la esperanza ansiosa, la tristeza. Que esas emociones nos dominan como el viento domina a las olas del mar. Y que mientras vivamos así, somos como esclavos.
¿Y cómo se libera uno de eso?
No reprimiendo las emociones. No luchando contra ellas. Spinoza decía algo mucho más sutil. Decía que hay que entenderlas.
Hay una proposición en la Ética que es una joya. Dice, más o menos, que una emoción que es una pasión deja de ser pasión en cuanto nos formamos una idea clara y distinta de ella.
Es decir, que cuando entiendes de verdad por qué sientes lo que sientes, esa emoción pierde gran parte de su poder sobre ti.
Te pongo un ejemplo. Alguien te dice algo que te sienta fatal. Te hierve la sangre. Esa rabia, si no la miras, te domina. Le das vueltas toda la noche, preparas mil respuestas, no duermes.
Pero si te paras y te preguntas: ¿por qué me ha dolido tanto esto? ¿Qué es lo que me ha tocado exactamente? ¿Por qué lo habrá dicho esta persona? ¿Qué le estará pasando a ella? Y vas entendiendo las causas, las tuyas y las suyas... la rabia empieza a deshacerse. No porque la hayas aplastado, sino porque la has comprendido.
Spinoza tenía una frase en otra de sus obras que resume toda su actitud. Decía que se había esforzado cuidadosamente en no reírse de las acciones humanas, ni lamentarlas, ni detestarlas, sino en entenderlas.
Y esa comprensión se aplicaba también al mundo entero. Spinoza pensaba que todo en la naturaleza sucede por causas. Que nada ocurre por capricho. Que las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera, dadas sus causas. Y que cuando uno entiende eso de verdad, deja de pelearse con la realidad.
Ya no te enfadas con la lluvia por llover. Ni con el invierno por ser frío. Ni, en el fondo, con las personas por ser como son. Porque entiendes que todo forma parte de un orden mucho más grande que tú.
Y ahí, decía Spinoza, aparece algo que es lo más parecido a la paz definitiva. Un contento profundo, una serenidad que ya no depende de que las cosas te salgan bien o mal. Porque has dejado de exigirle al mundo que sea distinto de como es.
Spinoza murió en mil seiscientos setenta y siete, con solo cuarenta y cuatro años. Probablemente de una enfermedad pulmonar, quizá agravada por el polvo de cristal que respiró durante años puliendo lentes. Murió tranquilo, en su habitación alquilada de La Haya. La Ética se publicó después de su muerte.
Y el libro termina con una frase que me parece de una honestidad enorme. Después de cientos de páginas explicando el camino hacia la paz, Spinoza reconoce que es un camino difícil, que pocos lo encuentran. Y dice:
Todo lo excelso es tan difícil como raro.
No te promete que sea fácil. Te dice que merece la pena.
Bueno.
Pues ya conoces a los ocho. El príncipe que lo dejó todo bajo una higuera. El viejo archivero que se marchó en un búfalo. El griego que comía pan y agua en su jardín. El cordobés desterrado en una isla. El esclavo cojo. El emperador que escribía en su tienda de campaña. El francés encerrado en su torre. Y el judío expulsado que pulía cristales.
Y al principio te prometí que te revelaría la idea que los une a todos. La idea a la que llegaron por separado, sin conocerse, en distintos siglos y distintos rincones del mundo.
Te di una pista. Te dije que lo que nos quita la paz no es lo que nos falta, sino lo que nos sobra.
Y ahora ya puedes ver qué es eso que nos sobra.
Nos sobra la resistencia.
Nos sobra esa pelea constante contra lo que es. Ese empeño en que la vida sea distinta de como es. En que las personas sean distintas de como son. En que nosotros mismos seamos distintos de como somos.
El Buda lo llamó apego. Lao Tsé hablaba de dejar de forzar y fluir como el agua. Epicuro hablaba de liberarse de los deseos vanos y de los miedos. Séneca decía que sufrimos más en la imaginación que en la realidad. Epicteto separó lo que depende de nosotros de lo que no. Marco Aurelio se refugiaba en el presente y miraba las cosas desde lejos. Montaigne decía "¿qué sé yo?" y se dedicaba a vivir de verdad cada momento. Y Spinoza proponía entender en lugar de odiar o lamentar.
Ocho caminos distintos. Pero todos van a parar al mismo sitio.
La paz mental no se consigue añadiendo cosas a tu vida. No se consigue teniendo más dinero, más salud, más seguridad, más control. Porque nada de eso es definitivo. Todo eso se puede perder.
La paz se consigue quitando. Quitando la segunda flecha. Quitando el miedo imaginario. Quitando los deseos que no tienen fondo. Quitando la exigencia de controlar lo incontrolable.
Es una paz por resta, no por suma.
Y fíjate en una cosa que me parece muy importante. Ninguno de estos ocho hombres consiguió la paz porque su vida fuera fácil. Todo lo contrario. Uno fue esclavo. Otro fue desterrado. Otro fue expulsado de su comunidad. Otros enterraron a sus hijos. Otros murieron con dolores terribles. Uno vivió una peste y una guerra interminable.
Ninguno tuvo una vida sin problemas. Y aun así, encontraron la calma.
Lo cual quiere decir que la paz no depende de las circunstancias. Que no hace falta esperar a que todo esté en orden para estar en paz. Porque eso, que todo esté en orden, no va a pasar nunca. Siempre habrá algo.
Ahora te voy a decir lo que pienso yo de todo esto. Con toda sinceridad.
Yo creo que la paz mental definitiva, en el sentido de algo que consigues un día y ya lo tienes para siempre, como quien compra un coche, no existe. Y creo que ninguno de estos ocho hombres lo pensaba tampoco. Marco Aurelio se escribía los mismos consejos una y otra vez, durante años, precisamente porque se le olvidaban. Porque volvía a caer. Séneca decía que no era un sabio, sino alguien de camino. Spinoza reconocía que era un camino difícil y raro.
La paz no es un lugar al que se llega. Es un camino de vuelta que se recorre una y otra vez. Te vas, te pierdes, te agobias, te enfadas, no duermes. Y vuelves. Y te vuelves a ir. Y vuelves otra vez. Y cada vez tardas un poco menos en volver.
Eso es lo que yo creo que significa la paz definitiva. No que nunca la pierdas. Sino que cada vez sepas mejor el camino de regreso.
Y hay otra cosa que pienso, y que quiero decirte especialmente a ti, si ya tienes unos cuantos años a la espalda.
Creo que la edad es una ventaja enorme para esto. Muchísima gente piensa lo contrario, que con los años vienen más preocupaciones, más achaques, más pérdidas. Y es verdad, vienen. Pero también viene otra cosa: la experiencia de haber sobrevivido.
Cuando uno tiene veinte años, cada problema parece el fin del mundo. Porque no tiene con qué compararlo. Pero cuando uno tiene sesenta, setenta u ochenta años, ya ha pasado por muchas cosas. Ha visto cómo problemas que parecían terribles se resolvieron. Ha visto cómo miedos que le quitaban el sueño nunca llegaron a cumplirse. Ha perdido cosas y ha seguido adelante.
Esa experiencia es oro. Es exactamente lo que Séneca quería que entrenáramos. Tú ya lo tienes entrenado, aunque no lo sepas. Solo tienes que mirarlo y usarlo.
Además, con los años uno empieza a darse cuenta de forma natural de lo que de verdad importa. De que el coche mejor, el ascenso, la opinión del vecino, todo eso que tanto nos preocupaba de jóvenes, al final no era para tanto. Que lo que queda son las personas. Los momentos. Un buen paseo. Una conversación con un amigo. Lo que decía Epicuro, al fin y al cabo.
Y te voy a dejar con algo práctico. Porque todas estas ideas están muy bien, pero si no se aplican, se quedan en palabras bonitas.
La próxima vez que te encuentres despierto a las tres y media de la madrugada, con la cabeza dando vueltas, prueba a hacer una cosa muy sencilla. Hazte la pregunta de Epicteto: esto que me preocupa, ¿depende de mí?
Si depende de ti, decide qué vas a hacer mañana, cuando sea de día. Y suéltalo hasta entonces, porque ahora, de madrugada, no puedes hacer nada.
Y si no depende de ti, recuerda la segunda flecha del Buda. La primera ya te ha llegado, o quizá ni siquiera ha llegado todavía. No te claves la segunda.
Y luego, haz lo que decía Montaigne. Trae los pensamientos de vuelta. A la cama. A tu respiración. Al silencio de la casa. A este momento, que es el único que tienes, como decía Marco Aurelio. Y en este momento, en esta cama, no está pasando nada malo.
No va a funcionar a la primera, seguramente. Ni a la segunda. Pero con el tiempo, cada vez funcionará un poco mejor. Igual que le pasó a estos ocho hombres.
Porque ninguno de ellos nació sabiendo esto. Todos lo aprendieron a base de golpes, de pérdidas, de noches en vela. Igual que nosotros.
La diferencia es que ellos nos dejaron el mapa. Y es un mapa que ha servido durante dos mil quinientos años a millones de personas. Así que algo tendrá.
Yo, desde luego, cuando releo a estos hombres, siento algo muy parecido a la compañía. Saber que un emperador romano, un esclavo griego, un príncipe indio o un pulidor de lentes holandés sintieron lo mismo que siento yo a las tres de la mañana, y que encontraron una salida, me hace sentir menos solo. Y eso ya es una forma de paz.
Ojalá a ti te pase lo mismo.
Y si te ha gustado este viaje por la mente de estos ocho hombres, tengo algo más para ti. Creo que te va a gustar, y que te va a ayudar a seguir tirando de este hilo.