Hay un hombre que un día se quedó completamente desnudo. No es una forma de hablar. Le quitaron la ropa, le quitaron el reloj, le quitaron el anillo de casado, le rasuraron el cuerpo entero y le tatuaron un número en el brazo como si fuera ganado. Ese hombre era médico. Un médico respetado, con una carrera brillante, con una mujer a la que amaba con locura, con un manuscrito que llevaba años escribiendo, el trabajo de toda su vida, cosido por dentro del forro de su abrigo para que no se lo requisaran.
Se lo requisaron.
En cuestión de minutos perdió todo lo que había construido. Su nombre pasó a ser un número. Su historia, su prestigio, sus títulos, todo eso ya no significaba nada. Y sin embargo, ese mismo hombre, unos años después, iba a escribir uno de los libros más leídos del siglo veinte, un libro que ha ayudado a millones de personas a levantarse de la cama por las mañanas cuando ya no encontraban ningún motivo para hacerlo.
¿Cómo se pasa de estar desnudo, muerto de frío, en una fila para entrar en una cámara de gas, a convertirte en uno de los pensadores que más ha explicado por qué merece la pena seguir viviendo?
Esa pregunta es la que vamos a responder hoy. Y te voy a pedir una cosa antes de empezar: quédate hasta el final, porque lo que este hombre descubrió en el peor lugar que ha existido en la historia de la humanidad puede que te sirva a ti, ahora mismo, en tu salón, en tu día a día, más de lo que te imaginas.
Vamos a hablar de Viktor Frankl.
Y antes de meternos en su teoría, que es fascinante, tenemos que entender quién era este hombre y qué le pasó. Porque su filosofía no nació en un despacho ni en una universidad. Nació en el barro, en el frío, en el hambre, viendo morir a la gente a su alrededor.
Viktor Frankl nació en Viena en 1905. Viena, en aquella época, era una ciudad efervescente, llena de médicos, de pensadores, de artistas. Allí se movían Freud, se movía Adler, se movía toda una generación que estaba intentando entender la mente humana desde cero. Y Frankl, desde muy joven, ya destacaba. Con solo dieciséis años empezó a escribirse cartas con Sigmund Freud. Con dieciséis años, fíjate. Freud le contestaba, le tomaba en serio, veía en él a un chaval con una cabeza privilegiada.
Frankl y la búsqueda de sentido más allá del placer
Frankl estudió medicina y se especializó en psiquiatría y neurología. Y muy pronto empezó a notar algo que le incomodaba de las teorías que estaban de moda en aquel momento. Freud decía que lo que mueve al ser humano, en el fondo, es la búsqueda de placer. Todo lo que hacemos, según Freud, es una manera disfrazada de buscar satisfacción, de calmar impulsos. Alder, otro gigante de la época, decía que no, que lo que de verdad mueve a las personas es la búsqueda de poder, de superioridad, de compensar aquello en lo que nos sentimos inferiores.
Y Frankl, con los años, con la experiencia clínica que iba acumulando tratando a pacientes reales, empezó a pensar que ninguna de las dos cosas explicaba del todo lo que él veía en las personas. Veía a gente que tenía placer de sobra y era profundamente infeliz. Veía a gente con poder, con éxito, con dinero, que se sentía completamente vacía por dentro. Y en cambio veía a otras personas que no tenían casi nada, que vivían con dificultades enormes, y sin embargo tenían una fuerza interior que no se explicaba ni por el placer ni por el poder.
Empezó entonces a construir una idea propia. Una idea que decía, básicamente, que lo que de verdad mueve al ser humano no es el placer ni el poder, sino el sentido. La necesidad de encontrarle un para qué a la propia vida. Él lo llamó, con el tiempo, la voluntad de sentido.
Esto, en los años treinta, ya era una idea potente. Frankl llegó a dirigir un pabellón para prevenir el suicidio en mujeres en Viena, y por sus manos pasaron miles de pacientes al borde de quitarse la vida. Y algo aprendió allí que le acompañaría el resto de su existencia: que cuando una persona encuentra una razón para vivir, aguanta casi cualquier cosa. Y cuando no la encuentra, ni el bienestar más cómodo le sirve de nada.
Pero entonces llegó 1938. Y con 1938 llegó el horror.
Frankl era judío. Y en Austria, con la anexión a la Alemania nazi, empezaron las restricciones, las persecuciones, el miedo constante. A Frankl le ofrecieron en un momento dado un visado para emigrar a Estados Unidos. Piénsalo bien: tenía la posibilidad de salvarse. De coger a su familia, o al menos de salvarse él, y empezar de cero lejos del peligro.
Y aquí viene uno de los momentos más humanos y más difíciles de toda su historia. Frankl dudaba. Sabía que si se iba, quizá podría salvar su vida y continuar su trabajo, sus investigaciones, su legado. Pero sus padres, ya ancianos, no podían salir del país. Y él sentía que abandonarlos en ese momento era impensable.
Cuenta él mismo que un día, paseando, entró en su casa y se encontró un trozo de mármol sobre la mesa. Era un fragmento de una sinagoga que habían destruido los nazis, que su padre había recogido de la calle. En ese trozo de mármol estaba grabada una sola letra hebrea, que formaba parte de un mandamiento. Y ese mandamiento decía, resumido: honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen sobre la tierra.
Frankl lo entendió como una señal. Decidió quedarse. Renunció al visado. Se quedó junto a sus padres, sabiendo que aquello significaba, casi con toda seguridad, quedarse también en el camino de la persecución nazi.
Poco después se casó con Tilly, la mujer de su vida. Se casaron en un ambiente ya asfixiante, con las leyes raciales apretando cada vez más. Y muy poco tiempo después, en 1942, toda la familia fue deportada.
Primero fueron enviados a Theresienstadt, un campo de concentración que los nazis usaban también con fines de propaganda, para aparentar ante el mundo que allí no se maltrataba a nadie. Allí Frankl perdió a su padre, que murió de agotamiento y de una neumonía, literalmente en sus brazos. Fue el propio Viktor quien le inyectó morfina para aliviarle el sufrimiento en sus últimas horas.
Después llegó lo peor. En 1944 la familia fue trasladada a Auschwitz.
Y ahí, en el andén de la estación, en cuestión de segundos, un oficial nazi decidió con un simple gesto de la mano quién iba a la derecha y quién a la izquierda. Una selección improvisada, casi automática, que determinaba quién iba a trabajar y quién iba directamente a la cámara de gas. Frankl, en ese instante, sin saberlo todavía, quedó separado para siempre de su madre y de su mujer Tilly.
Su madre fue asesinada ese mismo día. Tilly murió meses después en otro campo, en Bergen Belsen. Su hermano también murió. Prácticamente toda su familia fue exterminada. Cuando terminó la guerra, de todos los suyos, solo quedó viva su hermana, que había logrado emigrar a Australia antes de que empezara todo.
Frankl pasó por varios campos. Auschwitz, y después Kaufering y Türkheim, subcampos de Dachau, donde lo obligaron a trabajos forzados, cavando zanjas y tendiendo vías de tren, muerto de frío, con una ración de comida que apenas era un mendrugo de pan y un líquido que llamaban sopa.
Y aquí está la clave de todo lo que vamos a hablar después. En medio de ese infierno, Frankl no dejó de observar. Era médico, era psiquiatra, y aunque estaba sufriendo exactamente lo mismo que los demás prisioneros, no podía evitar analizar lo que veía a su alrededor. Se fijaba en quién aguantaba y quién se rendía. Se fijaba en qué diferenciaba a los que, pese al hambre, el frío y los golpes, seguían adelante, de los que un día simplemente se tumbaban y dejaban de luchar.
Y llegó a una conclusión que le parecía, incluso a él, sorprendente. La fuerza física apenas importaba. Había hombres fuertes, robustos, que se derrumbaban en pocos días. Y había hombres de aspecto frágil que aguantaban muchísimo más de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Lo que marcaba la diferencia, según observó Frankl una y otra vez, era si esa persona tenía algo, o alguien, esperándole fuera. Un motivo. Un para qué. Los que conservaban en su cabeza una razón concreta para sobrevivir, resistían de una forma que a los demás les costaba entender.
Él mismo cuenta un episodio que te va a poner la piel de gallina. Una noche, extenuado, hambriento, con los pies destrozados marchando por la nieve, empezó a pensar en Tilly. No sabía si estaba viva o muerta, no tenía ninguna información de ella. Pero empezó a imaginarla, a hablarle mentalmente, a visualizar su rostro con tanta intensidad que, según sus propias palabras, sintió que ella estaba allí, a su lado, en ese instante. Y comprendió, en medio de ese frío insoportable, algo que después repetiría durante el resto de su vida: que el amor es la meta más alta a la que puede aspirar el ser humano, y que la salvación del hombre está en el amor y a través del amor.
Fíjate en lo que estamos diciendo. Un hombre que en ese momento no tenía absolutamente nada, ni comida, ni abrigo, ni familia, ni futuro garantizado, descubrió que seguía teniendo algo que nadie le podía arrebatar: la capacidad de elegir qué actitud tomar frente a lo que le estaba pasando.
Y aquí llega una de las frases más importantes de toda su obra, y quiero que la escuches con calma. Frankl decía que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la posibilidad de elegir la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, de elegir el propio camino.
Piensa en lo radical que es esto. A ti te pueden quitar tu trabajo, tu salud, tu dinero, incluso a las personas que quieres. Pero según Frankl, hay una última habitación dentro de ti a la que nadie más tiene la llave. Cómo decides interpretar lo que te está pasando, y qué actitud adoptas frente a ello, eso siempre sigue siendo tuyo.
En los campos, Frankl vio con sus propios ojos que esto no era una frase bonita de un libro de autoayuda. Vio a prisioneros que, incluso en esas condiciones tan miserables, compartían el último trozo de pan que tenían, o consolaban a otro compañero, o caminaban entre las barracas dando ánimos, demostrando con hechos que todavía les quedaba algo de dignidad que ofrecer. Y esos hombres, decía Frankl, eran la prueba de que se le puede quitar todo a una persona menos esa última libertad interior.
Después de la guerra, Frankl volvió a Viena. Volvió solo, sin su padre, sin su madre, sin su hermano, sin su esposa. Volvió a una ciudad que ya no era la que había dejado. Y en lugar de derrumbarse, hizo algo que a mucha gente le parecía casi imposible: se sentó y, en apenas nueve días, dictó de un tirón el libro que resumía todo lo que había vivido y todo lo que había aprendido. Ese libro se titula, en español, El hombre en busca de sentido.
Ese libro se ha traducido a decenas de idiomas y se han vendido millones de copias en todo el mundo. Y lo curioso es que Frankl, al principio, ni siquiera quería poner su nombre en la portada. Quería publicarlo de forma anónima. Pensaba que si aparecía como el autor, la gente pensaría que lo escribía para hacerse famoso, para sacar rédito de su propio sufrimiento. Al final sus amigos le convencieron de que lo firmara, porque sin su nombre el testimonio perdía fuerza. Y menos mal que lo convencieron, porque ese libro ha salvado literalmente vidas.
Ahora bien. Ya conocemos la historia. Toca entender la teoría. Toca entender qué es exactamente eso que él llamó la logoterapia, y por qué puede ayudarte a ti, hoy, en tu vida normal y corriente, sin campos de concentración de por medio.
La palabra logoterapia viene del griego logos, que significa sentido, significado. Es literalmente la terapia a través del sentido. Frankl construyó toda una escuela de psicología alrededor de una idea muy sencilla de explicar, aunque profunda de vivir: el motor principal del ser humano no es buscar placer, ni buscar poder, sino buscar sentido a la propia existencia.
Y aquí Frankl hace una distinción muy importante que a mí, personalmente, me parece una de las cosas más lúcidas que ha dicho nunca un psiquiatra. Él decía que no somos nosotros quienes debemos preguntarle a la vida cuál es su sentido. Es la vida quien nos pregunta a nosotros. Y nuestra obligación, día a día, es responder con nuestros actos, con nuestras decisiones, con la forma en la que afrontamos lo que nos toca vivir.
Dale una vuelta a esto, porque cambia completamente el planteamiento habitual. Mucha gente se pasa media vida preguntándose cuál es el sentido de todo esto, como si la respuesta estuviera escondida en algún libro, en algún gurú, en alguna epifanía que va a llegar de repente. Frankl le da la vuelta al asunto. Dice que no hay una respuesta general, universal, válida para todo el mundo. La vida te está preguntando a ti, en concreto, en tu situación concreta, con tu familia, tu trabajo, tu salud, tus circunstancias. Y tú respondes con lo que haces cada día.
Frankl identificó tres caminos principales por los que una persona puede encontrar sentido en su vida. Y estos tres caminos son los que quiero que te lleves grabados a fuego, porque son extraordinariamente prácticos.
El primer camino es a través de lo que hacemos, de nuestra obra, de aquello que creamos o realizamos. Un trabajo bien hecho, un proyecto que sacamos adelante, algo que construimos con nuestras manos o con nuestra cabeza y que deja una huella. No hace falta que sea algo grandioso ni que cambie el mundo. Puede ser un huerto que cuidas cada tarde, un mueble que arreglas en el garaje, un negocio que levantaste con esfuerzo durante toda tu vida laboral, o simplemente hacer bien, con dignidad, la tarea que tienes entre manos hoy. Frankl decía que cualquier trabajo, por humilde que parezca desde fuera, puede llenarse de sentido si la persona lo vive con esa intención.
El segundo camino es a través del amor. A través de las relaciones que tenemos con otras personas. Aquí no habla solo del amor romántico, aunque también, sino de ese vínculo profundo en el que llegas a conocer y a valorar a otro ser humano en su esencia, más allá de lo superficial. El cariño hacia un hijo, hacia una esposa, hacia un nieto, hacia un amigo de toda la vida. Frankl vivió esto en carne propia, aquella noche en la nieve pensando en Tilly, y por eso hablaba de ello con tanta autoridad. El amor, decía, permite ver en otra persona lo que hay de más valioso, y de alguna forma, ese amor hace florecer eso valioso, incluso aunque todavía no esté del todo desarrollado.
La actitud ante el sufrimiento que no podemos evitar
Y el tercer camino, que es probablemente el más famoso de toda su obra, y también el más difícil de digerir, es el sentido que se puede encontrar a través del sufrimiento.
Aquí quiero pararme un momento, porque esto se malinterpreta mucho. Frankl no estaba diciendo que el sufrimiento sea necesario, ni que haya que buscarlo, ni que sea bueno en sí mismo. Nada de eso. Lo que decía es que cuando el sufrimiento es inevitable, cuando no hay ninguna forma de escapar de él, todavía queda una última posibilidad: elegir la actitud con la que lo afrontamos.
Piensa en una enfermedad que no tiene cura. Piensa en la pérdida de un ser querido que ya no se puede revertir. Piensa en una vejez que trae limitaciones que antes no tenías. Frankl decía que ese sufrimiento, cuando es inevitable, puede transformarse en un logro humano si la persona decide encararlo con dignidad, en lugar de dejar que la amargura se lo trague por completo. No es sufrir por sufrir. Es la manera en la que uno decide llevar ese peso lo que puede darle un significado que antes no tenía.
Frankl contaba el caso de un paciente suyo, un médico mayor, que había quedado devastado tras la muerte de su esposa, con la que había estado casada muchos años. El hombre estaba hundido en una depresión profunda. Y Frankl, en lugar de darle un discurso, le hizo una pregunta muy sencilla: ¿qué hubiera pasado si usted hubiera muerto primero, y fuera su esposa quien tuviera que vivir sin usted? El hombre respondió, casi sin pensarlo, que ella lo hubiera pasado fatal, que hubiera sufrido muchísimo. Y entonces Frankl le hizo ver que, precisamente por eso, al haber sido él quien sobrevivió, le había ahorrado ese sufrimiento a ella. Que su dolor tenía, en cierto modo, un sentido: había evitado que la persona a la que más quería tuviera que pasar por lo mismo que estaba pasando él.
El hombre no dejó de sufrir de golpe, evidentemente. Pero algo cambió en su interior. Su dolor dejó de ser un sinsentido absoluto y se convirtió en un dolor con un propósito, y eso, según contaba el propio Frankl, le ayudó a sobrellevarlo de una forma completamente distinta.
Aquí es donde Frankl introduce otro concepto que a mí me parece brutal, y que se llama el optimismo trágico. No es un optimismo ingenuo, de los que te dicen que todo pasa por algo y que hay que sonreír siempre. Es un optimismo que reconoce plenamente la tragedia, el dolor, la culpa y la muerte, y aun así, en medio de todo eso, es capaz de decir sí a la vida. Decir sí a la vida no porque todo esté bien, sino a pesar de que muchas cosas están mal.
Y esto conecta directamente con otro de sus grandes conceptos, que es el del vacío existencial. Frankl observó, sobre todo en la sociedad moderna de después de la guerra, en Europa y en Estados Unidos, que cada vez más personas no sufrían por falta de comida ni de comodidades, sino por una sensación profunda de vacío. Tenían casas, coches, trabajos estables, y aun así se sentían vacíos por dentro, aburridos, sin ilusión, arrastrando los días. A esto lo llamó el vacío existencial, y decía que es una de las principales causas de sufrimiento psicológico en las sociedades desarrolladas.
Frankl hablaba también de algo que llamó la neurosis del domingo. Fíjate qué curioso, porque esto seguro que a más de uno le suena de algo. Se refería a ese malestar que le entra a algunas personas los domingos por la tarde, cuando se acaba el ajetreo de la semana, cuando ya no hay ninguna obligación que cumplir, y de repente aflora una sensación de vacío, de falta de rumbo, porque durante toda la semana la actividad y las obligaciones tapaban ese vacío, y el domingo, con la calma, ese vacío sale a la superficie.
Esto es tremendamente actual. Piensa en cuánta gente conoces, quizá tú mismo, que ha estado toda su vida trabajando, con una rutina marcada, con horarios, con responsabilidades, y que en el momento en que se jubila, en el momento en que ese ritmo desaparece, empieza a sentirse perdido. No porque le falte el trabajo en sí, sino porque durante años ese trabajo le daba, sin que él se diera cuenta, una razón para levantarse cada mañana. Y cuando esa razón desaparece de golpe, si no se ha construido otra cosa detrás, aparece el vacío.
Frankl decía que el ser humano no está hecho para vivir sin tensión hacia algo. No hablaba de tensión en el sentido de estrés o ansiedad, sino de una tensión sana, la que existe entre lo que uno es ahora mismo y lo que todavía quiere llegar a hacer, a construir, a vivir. Esa distancia entre el presente y una meta con sentido es, según él, absolutamente necesaria para la salud mental. Lo llamaba, con una palabra bonita, la noodinámica. La idea de que necesitamos ese impulso, esa cuerda tensa que nos estira hacia delante, para sentirnos vivos de verdad.
Y aquí conecta con algo muy práctico. Frankl decía que muchas veces intentamos resolver el malestar buscando el equilibrio total, la ausencia total de tensión, de esfuerzo, de reto. Y en realidad, decía él, eso es un error. Lo que necesita una persona no es un estado de descanso permanente, sino tener por delante una tarea que merezca la pena, un motivo por el que esforzarse. Cuando ese motivo desaparece, cuando ya no queda nada por lo que tensar esa cuerda, es cuando empiezan los problemas de verdad, la apatía, la sensación de que los días se repiten sin ningún propósito.
Frankl también hablaba mucho de la responsabilidad, y esta parte me parece especialmente importante para los tiempos que corren. Decía que la verdadera libertad, la que tanto se defiende y se reclama, no es completa si no va acompañada de responsabilidad. Tanto es así que llegó a proponer, medio en broma medio en serio, que en la costa este de Estados Unidos, donde está la Estatua de la Libertad, debería construirse en la costa oeste una estatua de la responsabilidad, como contrapeso.
Lo que quería decir con esto es que ser libre no significa simplemente hacer lo que a uno le apetezca en cada momento. Significa poder elegir, sí, pero eligiendo también con conciencia de que esa elección tiene consecuencias, y de que uno responde por lo que hace con esa libertad. Para Frankl, encontrar sentido y asumir responsabilidad son dos caras de la misma moneda.
Ahora bien, quiero que pensemos juntos por qué esta filosofía, nacida en un campo de concentración hace ya más de setenta y cinco años, encaja tan bien con la vida de hoy, con tu vida, con la mía.
Piensa en la jubilación, que ya la hemos mencionado antes. Durante décadas, una persona construye su identidad alrededor de su trabajo. Es el ingeniero, es el conductor, es el comerciante, es el funcionario, es el que arregla motores, es el que lleva la contabilidad de la empresa. Y de repente, un día, ese rol desaparece. Y si no había nada más debajo, si toda la identidad estaba puesta únicamente en esa etiqueta laboral, aparece exactamente ese vacío existencial del que hablaba Frankl.
Piensa también en la salud. Con los años, el cuerpo empieza a fallar, aparecen enfermedades, limitaciones que antes no existían. Y ahí, según Frankl, aparece también la posibilidad de encontrar sentido a través del sufrimiento, no resignándose sin más, sino eligiendo con qué actitud se afronta esa nueva etapa. No es lo mismo vivir una enfermedad amargado, sintiéndose una víctima constante, que vivirla intentando mantener la dignidad, ayudando a quien se pueda, siendo un ejemplo para los que te rodean de cómo se lleva la adversidad con entereza.
Piensa en la pérdida de la pareja, algo que, lamentablemente, muchas personas de tu generación han vivido o van a vivir. Frankl, que perdió a su Tilly en las circunstancias más brutales que uno pueda imaginar, no dijo nunca que ese dolor no doliera. Dijo que ese dolor, llevado con conciencia, podía convertirse en una forma de honrar a la persona que se ha ido, en lugar de convertirse solo en una herida que te paraliza para siempre.
Y piensa en algo tan sencillo como el aburrimiento. Frankl decía, y esto lo repetía mucho, que probablemente hay más gente que se suicida o que cae en depresión por aburrimiento, por vacío, por falta de un propósito, que por dificultades materiales concretas. Vivimos rodeados de comodidades que generaciones anteriores ni imaginaban, y sin embargo la sensación de vacío no ha desaparecido, en muchos casos ha aumentado. Eso, para Frankl, confirmaba justamente su teoría: el problema de fondo del ser humano no es tanto la falta de placer o de comodidad, sino la falta de sentido.
Y aquí llegamos a una pregunta muy práctica que seguramente te estarás haciendo. Vale, ¿y cómo encuentro yo ese sentido en mi vida, ahora, en mi situación concreta?
Frankl, fiel a su idea de que no hay una respuesta universal, no daba una fórmula mágica. Pero sí dejó pistas muy claras. Decía que había que fijarse en la propia vida y preguntarse, con sinceridad, en qué tareas concretas, en qué relaciones concretas, en qué actitudes concretas, uno puede aportar algo, dejar huella, ser útil.
A veces ese sentido está en algo tan sencillo como cuidar de un nieto, transmitirle lo que uno ha aprendido en toda una vida. A veces está en retomar una afición que quedó aparcada durante años de trabajo. A veces está en cuidar de la pareja, en acompañarla en la enfermedad, en los últimos años. A veces está en ayudar a otras personas que están pasando por lo mismo que uno pasó en su día. A veces está simplemente en levantarse cada mañana con la decisión de tratar bien a la gente con la que uno se cruza, de mantener la dignidad, de no dejarse vencer por la amargura.
Frankl insistía en que el sentido no se busca mirando hacia dentro de uno mismo, dándole vueltas y vueltas a la cabeza en abstracto. El sentido se encuentra mirando hacia fuera, hacia el mundo, hacia las tareas y las personas concretas que forman parte de la propia vida. Cuanto más se obsesiona una persona consigo misma, buscando la felicidad de forma directa, más se le escapa. La felicidad y el sentido, decía, son como el sueño: si te empeñas en perseguirlos directamente, se alejan. Pero si te vuelcas en algo o en alguien fuera de ti mismo, aparecen casi como un efecto secundario.
Y ahora, después de todo este recorrido, me gustaría compartir contigo lo que a mí, sinceramente, me parece lo más valioso de todo lo que enseñó este hombre.
Vivimos en una época obsesionada con la comodidad, con evitar cualquier tipo de esfuerzo, con anestesiar cualquier malestar lo antes posible. Y Frankl, que vivió el infierno más absoluto que ha conocido la humanidad, nos viene a decir algo incómodo pero profundamente liberador: que el ser humano no está hecho para una vida sin sentido, por muy cómoda que sea, y que en cambio sí es capaz de soportar prácticamente cualquier sufrimiento si encuentra un motivo para ello.
Lo que a mí me conmueve de su historia es que no fue un hombre que teorizó sobre el sufrimiento desde la comodidad de un despacho. Lo vivió en su propia piel, de la forma más cruel posible, perdiendo a su familia entera, pasando hambre, frío, humillaciones constantes. Y aun así, en lugar de salir de allí lleno de odio y de rencor, lo que hizo fue dedicar el resto de su vida a ayudar a otros a encontrar sentido en sus propias vidas, por difíciles que fueran.
Yo creo que la gran lección de Frankl, para alguien de tu generación, con tu recorrido a las espaldas, es que nunca es tarde para encontrarle un motivo a los años que quedan por delante. No hace falta cambiar el mundo. No hace falta un logro extraordinario. A veces el sentido está en algo tan modesto como cuidar bien un jardín, escribir una carta a un hijo, enseñarle a un nieto a pescar, o simplemente decidir que, pase lo que pase con la salud o con las circunstancias, uno va a afrontarlo con la cabeza alta.
Frankl murió en 1997, con noventa y dos años, en Viena, rodeado del cariño de su segunda esposa, Eleonore, con quien rehízo su vida después de la guerra. Murió siendo un hombre reconocido en medio mundo, doctor honoris causa por decenas de universidades, autor de más de treinta libros. Pero si algo define de verdad su legado no son los títulos ni los reconocimientos, sino la certeza que dejó grabada en millones de lectores: que incluso en las circunstancias más terribles que uno pueda imaginar, sigue existiendo un último rincón de libertad interior donde uno decide quién quiere ser.
Y con esto termino la reflexión de hoy. Si te ha llegado esta historia, si te ha hecho pensar en tu propia vida, en tu propio sentido, en lo que todavía te queda por hacer, ya ha valido la pena contarla.