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Byung-Chul Han y la sociedad del cansancio

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Imagina que son las once de la noche y acabas de llegar a casa después de un día agotador. Abres la nevera, calientas algo rápido, te tiras en el sofá y coges el móvil. Solo quieres desconectar cinco minutos, pero dos horas después sigues ahí, deslizando el dedo por la pantalla, saltando de un vídeo a otro, de una notificación a la siguiente. Cuando por fin dejas el teléfono, no te sientes descansado. Te sientes más cansado que antes. Y lo peor es que mañana volverá a pasar lo mismo. Esta no es tu historia. Es la historia de millones de personas. Y un filósofo coreano-alemán llamado Byung-Chul Han tiene mucho que decir al respecto.

Han nació en Seúl en mil novecientos cincuenta y nueve, pero su pensamiento se forjó entre dos mundos. Estudió metalurgia en Corea del Sur, luego filosofía en Alemania, y con el tiempo se convirtió en uno de los pensadores más lúcidos y perturbadores de nuestro tiempo. No es de esos filósofos que escriben tratados incomprensibles llenos de jerga académica. Han escribe como si te estuviera susurrando al oído una verdad incómoda que siempre has intuido pero nunca te has atrevido a formular. Y esa verdad es esta: estamos cansados. Profundamente cansados. Pero no del tipo de cansancio que se cura con una buena noche de sueño. Es un cansancio que viene de dentro, un agotamiento que nos carcome el alma.

De la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento

En su libro La sociedad del cansancio, Han hace un diagnóstico demoledor de nuestra época. Dice que hemos pasado de ser una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento. ¿Qué significa esto? Durante siglos, el poder funcionaba mediante la prohibición, el castigo, la vigilancia externa. Pensemos en las fábricas del siglo diecinueve, en los internados estrictos, en las instituciones que te decían constantemente lo que no podías hacer. Esa era la sociedad disciplinaria que describió Michel Foucault. Pero algo cambió. En algún momento, el látigo externo se convirtió en un látigo interno. Ya no necesitamos que nadie nos vigile porque nos vigilamos a nosotros mismos. Ya no necesitamos que nos obliguen a trabajar más porque nos autoexplotamos voluntariamente.

La genialidad de Han está en mostrarnos que este cambio no nos liberó, sino que nos esclavizó de una forma mucho más sutil y eficaz. Porque ahora el verdugo y la víctima son la misma persona. Tú eres tu propio jefe, tu propio explotador, tu propio tirano. El mantra de nuestra época es sí se puede. Puedes ser emprendedor, puedes optimizarte, puedes mejorar tu productividad, puedes conseguir el cuerpo perfecto, puedes alcanzar tus sueños si te esfuerzas lo suficiente. Este mensaje suena positivo, incluso liberador. Pero Han nos muestra su lado oscuro. Ese sí se puede esconde un imperativo feroz: debes poder. Y si no puedes, si fracasas, si te cansas, la culpa es solo tuya.

No del sistema, no de las circunstancias, sino tuya.

Por eso la depresión y el síndrome de burnout son las enfermedades características de nuestro tiempo. No son simples trastornos individuales. Son síntomas sociales, el precio que pagamos por vivir en una sociedad que nos exige ser siempre más, hacer siempre más, rendir siempre más. Y lo fascinante es que esta autoexplotación es mucho más eficiente que cualquier explotación externa. Cuando un jefe te obliga a trabajar doce horas, puedes rebelarte, puedes formar un sindicato, puedes luchar. Pero cuando tú mismo decides trabajar doce horas porque quieres alcanzar tus objetivos, porque quieres crecer profesionalmente, porque te lo debes a ti mismo, ¿contra quién te rebelas? No hay barricadas que levantar contra uno mismo.

Mira a tu alrededor. Mira cómo la gente habla de sus proyectos personales, sus side hustles, su personal branding. Mira cómo las vacaciones se convierten en oportunidades para desconectar y recargar pilas, como si fuéramos dispositivos electrónicos que necesitan mantenimiento para seguir funcionando. Mira cómo incluso el ocio se ha convertido en algo productivo. Ya no descansamos simplemente. Hacemos yoga para mejorar nuestra flexibilidad, leemos libros de autoayuda para crecer personalmente, vamos al gimnasio para optimizar nuestro cuerpo. Todo tiene que servir para algo, todo tiene que hacernos mejores, más eficientes, más competitivos.

Y aquí está la trampa mortal que Han identifica: nunca es suficiente. Siempre hay otro objetivo que alcanzar, otro curso que hacer, otro hábito que incorporar. La lógica del rendimiento no tiene límite porque siempre puedes rendir más. Y cuando finalmente te derrumbas, agotado y vacío, no es el sistema el que falla. Eres tú quien falla. Eres tú quien no supo gestionar bien su tiempo, quien no fue lo suficientemente resiliente, quien no tuvo la mentalidad correcta.

Si estás sintiendo que este artículo te está tocando una fibra sensible, si reconoces tu propia vida en lo que estoy describiendo, entonces quédate hasta el final porque lo que viene te va a interesar. A veces compartir una idea puede cambiar la forma en que alguien ve su vida.

Pero volvamos a Han. Porque lo interesante no es solo su diagnóstico, sino su propuesta. ¿Qué hacer ante esta sociedad del cansancio? ¿Cómo escapar de la trampa del rendimiento? La respuesta de Han es tan simple que puede parecer ingenua, pero tan radical que aterra: tenemos que recuperar la contemplación. Tenemos que volver a aprender el arte de no hacer nada.

El valor del silencio, la pausa y el aburrimiento

Esto suena absurdo en un mundo donde el tiempo es dinero, donde cada minuto debe ser aprovechado, donde la productividad es la virtud suprema. Pero Han insiste en que la vida humana no puede reducirse a la actividad y al rendimiento. Necesitamos espacios de pasividad, de silencio, de aburrimiento incluso. Porque es en esos espacios donde ocurre algo fundamental: la experiencia profunda, el pensamiento auténtico, la verdadera creatividad.

Han contrasta dos formas de atención. Está la atención superficial, fragmentada, que salta de un estímulo a otro sin profundizar en nada. Es la atención que tenemos cuando revisamos el móvil, cuando consumimos contenido sin parar, cuando multitareamos constantemente. Y está la atención profunda, contemplativa, que se demora en las cosas, que les da tiempo, que permite que algo realmente nos afecte y nos transforme. Esta segunda forma de atención está desapareciendo de nuestras vidas. Y con ella desaparece nuestra capacidad de tener experiencias significativas.

La propuesta de Han pasa por recuperar lo que él llama el tiempo no productivo. Ese tiempo que no sirve para nada, que no te hace mejor profesional ni mejor persona según los estándares del mercado. El tiempo de estar simplemente, de mirar por la ventana, de pasear sin rumbo, de sentarse en un banco sin hacer nada. Esto no es pereza. Es resistencia. Es negarse a convertir cada momento de tu vida en capital humano.

También propone recuperar el aburrimiento. Sí, ese estado que todos intentamos evitar desesperadamente llenando cada segundo con estímulos. Pero el aburrimiento, dice Han, es fundamental para la creatividad y el pensamiento. Es en el aburrimiento donde la mente divaga, donde surgen ideas inesperadas, donde procesamos realmente lo que nos pasa. Cuando huimos constantemente del aburrimiento con nuestros móviles y nuestras pantallas, nos estamos privando de esa dimensión esencial de la experiencia humana.

Otra clave está en recuperar la lentitud. Vivimos en una cultura de la velocidad, donde todo tiene que ser inmediato. Comida rápida, respuestas instantáneas, gratificación inmediata. Pero hay cosas que requieren tiempo. El amor requiere tiempo. La amistad requiere tiempo. El conocimiento profundo requiere tiempo. Cuando aceleramos todo, lo que conseguimos es superficialidad. Conexiones débiles en lugar de vínculos fuertes. Información en lugar de sabiduría. Estímulos en lugar de experiencias.

Han también nos invita a recuperar la fiesta. No la fiesta como consumo de ocio, como esa noche del viernes donde descargas el estrés de la semana para volver el lunes a la rutina. Sino la fiesta como tiempo suspendido, como comunidad, como ruptura radical con el tiempo productivo. La verdadera fiesta no sirve para nada, no te hace más eficiente el lunes, no mejora tu networking. Simplemente es. Y en ese ser gratuito hay una forma de libertad que hemos olvidado.

Quizás lo más radical de la propuesta de Han es su reivindicación del cansancio bueno frente al cansancio malo. El cansancio malo es el que experimentamos ahora, el de la autoexplotación, el que nos aísla y nos vacía. Pero existe un cansancio bueno, el que viene después de una acción verdaderamente libre, el que compartimos con otros, el que abre mundo en lugar de cerrarlo. Es el cansancio del que vuelve de una caminata larga por la montaña, del que ha pasado el día con amigos de verdad, del que ha creado algo sin pensar en su utilidad.

Implementar estas ideas en tu vida no requiere una revolución externa. No tienes que irte a vivir a una cabaña en el bosque ni renunciar a la tecnología. Pero sí requiere pequeños actos de rebeldía cotidiana. Apagar el móvil de verdad durante unas horas. Caminar sin audífonos, sin podcast, sin música, solo con tus pensamientos. Decir que no a compromisos que no te importan realmente. Permitirte no ser productivo algunos días. Resistir la tentación de documentar y compartir cada momento de tu vida. Proteger espacios de silencio y soledad.

Lo que Han nos está diciendo es que recuperar nuestra humanidad pasa por recuperar nuestra capacidad de no hacer. En un mundo que nos grita constantemente que hagamos más, seamos más, rindamos más, el acto más revolucionario puede ser simplemente sentarnos y contemplar. Porque en esa contemplación recuperamos algo que el capitalismo del rendimiento nos ha arrebatado: la experiencia de estar vivos no como recursos humanos, no como emprendedores de nosotros mismos, sino simplemente como seres humanos capaces de asombrarse, de amar, de pensar, de estar.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.