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Qué le hacen las redes sociales a tu cerebro

Las riendas de tu vida · Vídeo relacionadoVer en YouTube ↗

Hay una cosa que te ha pasado esta misma semana, seguramente esta misma mañana. Cogiste el móvil para mirar la hora. O para ver un mensaje. Y veinte minutos después seguías ahí, con el dedo deslizando hacia arriba, sin saber muy bien cómo habías llegado a ese vídeo de un tipo cocinando pulpo en Vigo. No decidiste quedarte. Simplemente... te quedaste. Y lo más inquietante no es el tiempo perdido. Lo más inquietante es que, durante esos veinte minutos, no pensaste en nada. No cuestionaste nada. No dudaste de nada. Tu cerebro estuvo encendido, pero apagado a la vez. Y eso, que parece una tontería, es exactamente lo que llevan siglos advirtiéndonos los filósofos que nos puede pasar si dejamos de pensar por nosotros mismos.

Vamos a hablar de eso hoy. De qué le hacen las redes sociales a tu cabeza. Pero no desde el lado médico, ni desde el "esto te da ansiedad", que ya lo habrás oído mil veces. Vamos a mirarlo desde otro sitio: qué le pasa a tu capacidad de pensar, de dudar, de cuestionar. Porque ahí es donde de verdad se juega la partida.

Las preguntas de Sócrates frente a nuestras certezas digitales

Empecemos por algo que decía Sócrates, hace dos mil cuatrocientos años, en las calles de Atenas. Él no escribió ni un solo libro. Se dedicaba a pasear por la plaza y hacer preguntas incómodas a la gente. "¿Qué es la justicia?", le preguntaba a un político. "¿Qué es el valor?", le preguntaba a un soldado. Y la gente, claro, se enfadaba, porque Sócrates no les daba la razón. Les hacía ver que no sabían tan bien lo que creían saber. A eso lo llamaba "mayéutica", que viene a significar algo así como "dar a luz ideas" mediante preguntas. El objetivo no era tener razón. Era pensar mejor.

Ahora piensa en tu móvil. En el algoritmo. ¿Cuándo fue la última vez que una red social te hizo una pregunta incómoda? Nunca. Jamás. Y no es casualidad, es el modelo de negocio. El algoritmo no gana dinero haciéndote pensar. Gana dinero haciéndote sentir. Cuanto más rato te quedes mirando la pantalla, más publicidad te enseña. Y para que te quedes mirando, lo mejor no es hacerte reflexionar. Lo mejor es darte razón. Confirmarte lo que ya piensas. Indignarte con lo que ya odias. Emocionarte con lo que ya te gusta.

Ahí está la primera trampa, y es más sutil de lo que parece. Nosotros creemos que estamos informándonos. Que cuanto más contenido vemos, más sabemos. Pero en realidad estamos siendo confirmados, una y otra vez, en lo que ya pensábamos antes de abrir la aplicación. Es el efecto contrario a Sócrates. Él te sacaba de tu zona de certezas para que dudaras. El algoritmo te mete más adentro de tu zona de certezas para que no dudes nunca.

Y aquí conviene traer a otro pensador, uno más cercano en el tiempo. Immanuel Kant, allá por el siglo dieciocho, escribió un texto corto que se sigue estudiando hoy, que se llama "Qué es la Ilustración". Y ahí suelta una frase que deberíamos tener todos colgada en la nevera: "Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento". Kant decía que la mayoría de la gente prefiere que otro piense por ella. Es más cómodo. Si tengo un libro que piensa por mí, un médico que decide por mí, un pastor que me dice qué está bien y qué está mal, ¿para qué me voy a esforzar yo? Es más fácil ser guiado que pensar.

Pues bien. Ese "libro que piensa por ti" hoy tiene forma de pantalla de seis pulgadas. Y es mil veces más eficaz que cualquier pastor del siglo dieciocho, porque además sabe exactamente qué decirte para que no te apetezca llevarle la contraria.

Vamos a lo práctico, porque esto no se queda en la teoría. Fíjate en cómo consumimos las noticias ahora. Antes, mal que bien, uno se sentaba con el periódico, con sus páginas, sus secciones, sus opiniones distintas en la misma portada. Había fricción. Tenías que leer cosas con las que no estabas de acuerdo para llegar a las que sí. Ahora no. Ahora el titular te llega solo, aislado, sin contexto, flotando en un vídeo de quince segundos. Y lo peor es que la mayoría de la gente ya ni siquiera hace clic para leer la noticia entera. Se queda con el titular. Y ese titular, muchas veces, está diseñado justo para eso: para que no necesites leer más.

Para que ya tengas tu opinión formada antes de saber los hechos.

Eso tiene un nombre en filosofía, y viene de mucho antes de internet. Se llama sesgo de confirmación. Es la tendencia natural que tenemos todos a buscar información que confirme lo que ya creemos, y a ignorar la que lo contradice. Es un fallo de fábrica del ser humano, no lo ha inventado ninguna red social. Pero antes, ese fallo tenía límites. Tenías que buscarte tú la información que te diera la razón. Ahora no. Ahora es la información la que te busca a ti. El algoritmo ha automatizado tu propio sesgo. Te lo sirve en bandeja, sin que tengas ni que pedirlo.

Y aquí es donde entra la pérdida del pensamiento crítico de verdad, la gorda. Porque pensar críticamente no es solamente tener una opinión fuerte. Eso lo tiene cualquiera, y cuanto más enfadado está, más fuerte la tiene. Pensar críticamente es la capacidad de ponerse en duda a uno mismo. De decir: "a lo mejor me equivoco". De escuchar al que piensa distinto sin taparte los oídos. Y eso, en el entorno de las redes, es casi imposible, porque el propio diseño de la aplicación te empuja siempre en dirección contraria. Te agrupa con gente que piensa como tú. Te enseña contenido que te da la razón. Te bloquea, casi sin que te des cuenta, la posibilidad de encontrarte de verdad con una idea distinta a la tuya, presentada con respeto, sin caricatura.

Hay un filósofo francés, Guy Debord, que en los años sesenta escribió un libro que se titula "La sociedad del espectáculo". Y aunque lo escribió pensando en la televisión, parece que estuviera describiendo el móvil que llevas en el bolsillo ahora mismo. Debord decía que en la sociedad moderna, la vida real se va sustituyendo poco a poco por representaciones de la vida. Que dejamos de vivir directamente y empezamos a vivir a través de imágenes. Y que cuanto más consumimos esas imágenes, menos capacidad tenemos de distinguir entre lo que es verdad y lo que es simplemente espectáculo bien hecho.

Información breve, confianza excesiva y pensamiento propio

Piénsalo un segundo con calma. ¿Cuánta gente conoces que discute de política, de economía, de historia, con una seguridad total, y si le preguntas de dónde ha sacado ese dato, te dice "lo vi en un vídeo"? No en un libro. No en un estudio. En un vídeo de treinta segundos, hecho por alguien que ni siquiera conoce, con una música de fondo y un titular en mayúsculas. Y esa persona no tiene ninguna duda. Ninguna. Porque nadie le ha hecho la pregunta incómoda que hacía Sócrates. Nadie le ha dicho "a ver, espera, vamos a mirar esto con calma".

Y no es que la gente se haya vuelto tonta, cuidado, eso hay que dejarlo muy claro. No es un problema de inteligencia. Es un problema de entrenamiento. El pensamiento crítico es como un músculo. Si no lo usas, se atrofia. Y las redes sociales están diseñadas, no por accidente sino por decisión de negocio, para que nunca tengas que usarlo. Todo viene masticado. Todo viene con la conclusión ya puesta antes de que tú hayas visto los datos. Todo viene envuelto en una emoción que te empuja a reaccionar antes de razonar.

Hay un experimento mental que me gusta mucho, y que se lo debemos en parte a otro filósofo, Descartes, aunque él lo aplicó a otra cosa distinta. Descartes proponía dudar de absolutamente todo lo que uno cree saber, para ver qué queda en pie después de esa duda. Un ejercicio duro, incómodo, que casi nadie hace de verdad. Pero imagina que aplicaras ese ejercicio a tu propio móvil, durante un solo día. Cada vez que veas algo que te haga sentir indignación instantánea, o que confirme exactamente lo que ya pensabas, párate un segundo y pregúntate: "¿por qué me está llegando esto justo a mí, justo ahora, y de esta manera?". Nueve de cada diez veces, la respuesta no tiene nada que ver con la verdad.

Tiene que ver con lo que a ti te hace reaccionar más rápido.

Y aquí quiero pararme en algo importante, porque no quiero que esto suene a discurso de "las redes son el demonio y hay que tirar el móvil al mar". No es eso. Las redes sociales no son buenas ni malas en sí mismas. Son una herramienta, como lo fue la imprenta en su día, que también trajo un caos tremendo cuando apareció, con panfletos falsos y noticias inventadas circulando por toda Europa. El problema no es la herramienta. El problema es que hemos dejado que la herramienta piense por nosotros, en vez de usarla nosotros para pensar mejor.

Y ahí está, para mí, la clave de todo este asunto. La pérdida del pensamiento crítico no ocurre de golpe, como un apagón. Ocurre poco a poco, en pequeñas comodidades. Cada vez que aceptamos una opinión sin preguntarnos de dónde viene. Cada vez que compartimos algo sin leerlo entero. Cada vez que sentimos esa punzada de indignación y la disfrutamos en vez de examinarla. Cada una de esas veces es una pequeña renuncia. Y todas juntas, con los años, hacen que ese músculo, el de dudar, el de preguntar, el de aguantar la incomodidad de no tener la razón, se vaya quedando flojo.

Y aquí llego a mi opinión, porque al final de todo esto, después de darle vueltas, es a lo que he llegado. Creo que el problema de nuestra época no es que la gente sea más ignorante que antes. Al contrario, nunca tuvimos tanto acceso a la información como ahora. El problema es que hemos confundido tener información con saber pensar. Y son cosas completamente distintas. Puedes tener mil datos en la cabeza y ser incapaz de dudar de ninguno. Puedes ver cien vídeos al día y no haberte hecho ni una sola pregunta incómoda en todo ese tiempo. Sócrates no tenía Google, y probablemente pensaba mejor que la mayoría de la gente que hoy tiene el mundo entero en el bolsillo.

Porque él sí se hacía las preguntas difíciles. Nosotros, la mayoría de las veces, dejamos que otro nos las conteste antes de que se nos ocurra hacérnoslas.

Así que si te llevas algo de este artículo, que sea esto. No se trata de dejar las redes sociales. Se trata de entrar en ellas con las defensas puestas, como quien entra en un terreno que sabe que está diseñado para engañarle un poco, con buena intención o con mala. Cada vez que sientas esa certeza absoluta y esa indignación instantánea, para. Un segundo. Pregúntate qué pensaría alguien que no está de acuerdo contigo. Y si no lo sabes, ve a buscarlo. Esa pequeña resistencia, repetida cada día, es lo único que mantiene el músculo del pensamiento crítico en forma. Y es, para mí, la diferencia entre vivir pensando de verdad, o simplemente dejarse pensar por otros.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.