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Philipp mainländer y la filosofia de la redención

Las riendas de tu vida · Vídeo relacionadoVer en YouTube ↗

Hay un hombre que escribió un libro para explicarle a la humanidad por qué todo, absolutamente todo, tiene ganas de desaparecer.

No hablo de un libro triste. Hablo de un libro que él consideraba una buena noticia. La mejor noticia que se le podía dar a alguien que sufre.

Ese hombre pasó años encerrado, casi sin dormir, escribiendo sin parar, convencido de que había encontrado la explicación definitiva del universo entero.

Y el mismo día que tuvo entre sus manos el primer ejemplar impreso de su obra, apareció muerto.

De pie, sobre una pila de esos mismos libros que acababa de publicar.

Quédate un momento con esa imagen. Un hombre subido literalmente encima de su propia obra maestra, en el instante exacto en que por fin veía cumplido el trabajo de toda su vida.

¿Qué clase de idea puede llevar a alguien hasta ahí?

¿Qué se le puede pasar por la cabeza a un hombre para pensar que morir es, en realidad, un premio?

Y no te creas que estamos hablando de un pobre desgraciado sin cultura, ni de un fanático cualquiera. Estamos hablando de un hombre culto, leído, viajado, que había estudiado a fondo a los grandes pensadores de su tiempo, que había luchado en una guerra de verdad, que conocía el mundo del comercio, de la política, de la calle. No era un iluso encerrado en una torre de marfil. Era alguien que había vivido, y que precisamente por haber vivido tanto, llegó a esa conclusión tan tremenda.

Hoy quiero hablarte de él. De su vida, de lo que pensaba, y sobre todo, de por qué llegó a pensarlo. Porque cuando conozcas su historia completa, te aseguro que esto va a dejar de sonarte a locura y va a empezar a sonarte, por lo menos, a algo profundamente humano.

Vamos a hablar de Philipp Mainländer y de su filosofía de la redención.

Y antes de que sigas pensando que esto es un tema lejano, raro, cosa de libros polvorientos, déjame decirte una cosa. Seguro que alguna vez, en una noche mala, con el techo delante y sin poder dormir, te has hecho una pregunta parecida a la que él se hizo. Por qué hay que sufrir tanto. Para qué sirve todo esto. Si la vida es esfuerzo, cansancio, pérdidas, y al final se acaba igual, qué sentido tiene tanto empeño.

Ese pensamiento, que a lo mejor tú apartaste enseguida, él lo cogió y lo llevó hasta el final. Hasta las últimas consecuencias. Sin frenos.

Acercarse a Mainländer: una vida inseparable de su filosofía

Antes de meternos en esto, deja que te diga una cosa más. Este no va a ser un vídeo de esos que te sueltan cuatro datos sacados de una enciclopedia y ya está. Vamos a coger tiempo, el que haga falta, para entender de verdad a este hombre. Porque hay filósofos que se estudian con la cabeza fría, como quien resuelve un problema de matemáticas. Y hay otros, como este, que solo se entienden si te acercas también con el corazón, entendiendo el dolor que hay detrás de cada palabra que escribió.

Vamos a empezar por el principio, por el hombre que hay detrás del filósofo.

Philipp Mainländer no se llamaba en realidad así. Su nombre de nacimiento era Philipp Batz. Nació en 1841, en una ciudad alemana llamada Offenbach am Main, cerca de Frankfurt. Y ya desde niño, en su familia, las cosas estaban decididas de antemano.

Su padre era comerciante. Y quería que su hijo también lo fuera. Nada de filosofía, nada de libros, nada de perder el tiempo pensando en las grandes preguntas de la existencia. El futuro de Philipp era heredar el negocio, llevar cuentas, comerciar, ganar dinero.

Era una familia acomodada, ordenada, de las que en aquella época tenían muy claro cuál era el camino correcto para un hijo varón. Estudiar lo justo, aprender el oficio de la familia, casarse en su momento, y seguir la tradición. Un camino que a muchos les habría venido perfecto, y que de hecho a día de hoy seguimos viendo en muchos negocios familiares que pasan de padres a hijos sin que nadie se plantee otra cosa. Pero a Philipp esa vida le quedaba pequeña desde el principio, como un traje heredado que nunca termina de sentar bien del todo.

Y aquí viene algo que te va a sonar muy cercano, sobre todo si tienes ya unos cuantos años vividos. Cuántos de nosotros hemos tenido que dejar a un lado lo que de verdad nos llamaba, para hacer lo que tocaba. Lo que se esperaba de nosotros. Lo que daba de comer.

Piensa en tu propio padre, o en ti mismo cuando eras joven. Cuántas veces oíste, o dijiste tú mismo, aquello de que de la vocación no se come, que primero hay que ganarse la vida y ya luego, si queda tiempo, se piensa en lo demás. Pues en la Alemania de mediados del siglo diecinueve esa idea pesaba todavía más. El hijo del comerciante sería comerciante. Sin discusión posible. Así de sencillo, y así de rígido.

Pues eso mismo le pasó a Philipp. Desde jovencito sentía una atracción enorme por la lectura, por la poesía, por pensar en el sentido de las cosas. Pero tuvo que meterse en el mundo del comercio, trabajar en distintas empresas, viajar por trabajo, entre otras cosas pasó una temporada en Nápoles, en Italia, llevando negocios que no le interesaban lo más mínimo.

Y mientras hacía esa vida que no había elegido, por dentro, algo se iba rompiendo poco a poco.

No era un chico rebelde, ni conflictivo. Al contrario, cumplía, trabajaba, hacía lo que se esperaba de él. Pero por dentro, en silencio, iba acumulando una especie de tristeza de fondo, una sensación de estar viviendo una vida que no era exactamente la suya. Y eso, con los años, pesa. Pesa mucho más de lo que parece cuando uno es joven y cree que todavía hay tiempo de sobra para enderezarlo todo.

Fue precisamente en uno de esos viajes de trabajo, estando en Italia, cuando le cayó en las manos un libro que le cambió la vida entera. Un libro de otro filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, titulado El mundo como voluntad y representación.

Y aquí tienes que entender una cosa. No fue una lectura más. No fue como cuando tú te lees una novela y la disfrutas y ya está. Para Philipp fue una especie de terremoto interior. Él mismo llegó a contar que, al leer ese libro, sintió que por fin alguien ponía en palabras exactas todo el malestar que él llevaba dentro desde hacía años sin saber nombrarlo.

Schopenhauer venía a decir algo así. Que el motor que mueve todo en el universo, desde una piedra que cae hasta un animal que caza, pasando por el ser humano que desea, que ambiciona, que sufre, es una fuerza ciega, sin razón, sin objetivo, a la que él llamaba voluntad. Una voluntad de vivir que no busca la felicidad de nadie, que solo busca seguir existiendo, reproducirse, continuar. Y como esa voluntad nunca se satisface del todo, el resultado es sufrimiento constante. Deseamos algo, lo conseguimos, y a los dos días ya queremos otra cosa. Así toda la vida.

Fíjate qué bien retrata esto algo que seguramente tú mismo has vivido. Cuántas veces has pensado, cuando consiga esto, cuando termine aquello, cuando por fin tenga tal cosa, entonces sí que voy a estar tranquilo. Y luego lo consigues, y a la semana ya estás deseando la siguiente cosa. Ese runrún que no para nunca, esa sensación de que la meta se aleja según te acercas, es exactamente lo que Schopenhauer describía como el motor secreto de la vida. Un motor que nunca se apaga, que nunca queda satisfecho del todo.

Philipp se reconoció por completo en esa idea. Pero, y esto es importante, no se quedó ahí. No se conformó con repetir lo que había dicho su maestro. Cogió esa base y la llevó mucho, muchísimo más lejos. Tanto que acabó construyendo su propio sistema, distinto, más extremo, y en algunos puntos, contrario al de Schopenhauer.

Mientras tanto, su vida seguía complicándose. Dejó atrás el negocio familiar, se metió durante un tiempo en el ejército, participó en la guerra franco-prusiana, y ahí vivió de cerca la muerte, la violencia, el sufrimiento humano en carne propia, no en un libro. Después se relacionó con los primeros movimientos obreros y socialistas de su época, le interesaba profundamente la idea de mejorar la vida de la gente más humilde, de aliviar el sufrimiento de quienes lo estaban pasando peor.

Y fíjate qué contraste tan curioso. Un hombre que por un lado defendía mejorar las condiciones de los trabajadores, ayudar a que la gente sufriera menos aquí y ahora, y que por otro lado, en el fondo de su pensamiento, cada vez estaba más convencido de que la existencia entera era, en el fondo, un error que había que corregir.

A mí, cuanto más leo sobre él, más me parece que esas dos cosas no se contradicen tanto como parece a primera vista. Si tú de verdad crees que la vida es sufrimiento, lo más coherente que puedes hacer, mientras estás aquí, es intentar que ese sufrimiento sea el menor posible para todos. No hace falta odiar la vida para querer aliviarla. A veces, precisamente porque la conoces tan bien, porque sabes lo dura que puede llegar a ser, es cuando más te vuelcas en ayudar al que la está pasando peor que tú.

También dedicó tiempo a traducir poesía, entre otras cosas la del poeta italiano Giacomo Leopardi, otro que tampoco se caracterizaba precisamente por el optimismo. Leopardi, si no lo conoces, escribió durante toda su vida sobre la nada, sobre el desengaño, sobre lo efímero de cualquier alegría humana. Que Philipp eligiera precisamente traducir a ese poeta, de entre todos los que podía haber elegido, ya te da una pista bastante clara de por dónde iba su cabeza en esos años. Está claro que Philipp tenía un imán especial para todo lo que hablaba de la tristeza de existir.

Y en cuanto a la guerra, no fue una experiencia menor ni pasajera. Vivió de cerca los combates, el frío, el hambre, los compañeros caídos, la sinrazón absoluta de tanta muerte por unos intereses que, vistos desde la trinchera, parecían no tener ningún sentido. Cualquiera que haya hablado alguna vez con un veterano de guerra sabe que esa experiencia deja una marca que ya no se borra jamás. No es lo mismo leer sobre el sufrimiento humano en un libro, cómodamente sentado en un sillón, que haberlo tenido delante, con nombre y apellido, con la cara de un compañero que un día estaba vivo y al siguiente ya no.

Su salud, por otro lado, nunca fue buena. Tenía problemas físicos, dolores, insomnio crónico. Pasaba las noches despierto, dando vueltas a las mismas preguntas una y otra vez. Y poco a poco se fue aislando del mundo. Dejó de lado la vida social, se encerró en casa de sus padres, y se dedicó por completo, casi de forma obsesiva, a escribir la obra que llevaba años madurando en su cabeza.

Cuentan quienes lo conocieron que en esa última etapa apenas salía de casa, que escribía de día y de noche, que había convertido su habitación en una especie de refugio del que solo entraba y salía para lo estrictamente necesario. Era un hombre que ya no buscaba compañía, ni distracción, ni consuelo fuera de las páginas que estaba escribiendo. Todo lo que tenía dentro, todo ese cansancio acumulado durante años, lo estaba volcando, palabra a palabra, en ese libro que se convertiría en el único legado que quería dejar al mundo.

Ese libro se titula La filosofía de la redención. Y en él volcó absolutamente todo. Su sufrimiento personal, sus lecturas, su experiencia en la guerra, su compasión hacia los que sufren, y sobre todo, una idea central que se convirtió en el eje de toda su vida.

Y ahora sí, vamos a meternos de lleno en esa idea. Vamos a intentar entenderla con calma, sin prisa, porque merece la pena.

Mainländer parte de una pregunta enorme. Por qué existe algo en lugar de no existir nada. Por qué hay universo, por qué hay vida, por qué estamos aquí en vez de que simplemente no hubiera absolutamente nada.

Y da una respuesta que a primera oye suena rarísima, pero que si la sigues con paciencia empieza a tener una lógica interna muy potente.

Imagina, dice él, que en algún momento existió una unidad perfecta. Algo así como un ser único, completo, total, que podríamos llamar Dios, aunque no en el sentido religioso de siempre. Ese ser único, esa unidad, existía sola, sin nada fuera de ella, porque era todo lo que había.

Y aquí viene el giro central de toda su filosofía. Ese ser, esa unidad perfecta, en un momento dado, deseó dejar de existir.

Sí, has oído bien. Deseó su propia muerte, su propia desaparición, su propia nada.

Pero, y esto es clave, esa unidad no podía simplemente desaparecer de golpe, porque si era todo lo que existía, no había nada fuera de ella que le permitiera pasar de existir a no existir de un tirón. Así que, según Mainländer, ese ser eligió una salida distinta. Se rompió en mil pedazos. Estalló, por así decirlo, en una infinidad de fragmentos. Y esos fragmentos son, ni más ni menos, todo lo que conocemos. Las estrellas, las montañas, los animales, tú, yo, cada persona que ha existido jamás.

El universo entero, para Mainländer, es el cadáver de ese Dios original, repartido en miles de millones de piezas, cada una de ellas caminando, sin saberlo, hacia su propia extinción.

Piénsalo, si quieres, como una gran explosión inicial, algo parecido, salvando las distancias, a lo que hoy en día la ciencia llama el Big Bang. Un punto único que estalla y se convierte en todo lo que después conocemos como universo. Solo que aquí, la explosión no es un accidente físico sin más, sino la decisión última de un ser que quería dejar de existir y que solo pudo hacerlo repartiéndose en pedazos. Curioso, ¿verdad?, que un hombre del siglo diecinueve, sin saber nada de la física que vendría después, imaginara un origen del universo que en su forma se parece tanto al que hoy aceptan los científicos, aunque el motivo que él le da sea completamente distinto.

Y ojo, porque esto es lo más importante de toda la teoría. Ese proceso de desintegración, ese camino hacia la nada, no se ha acabado. Sigue en marcha. Ahora mismo. En este preciso instante en el que tú me estás escuchando.

Cada cosa que existe, según él, lleva dentro un impulso, no hacia la vida, como pensaba Schopenhauer, sino hacia la muerte. Él lo llamó voluntad de morir. Todo, en el fondo, quiere apagarse, disolverse, dejar de ser. Las estrellas se consumen. Las civilizaciones se derrumban. Los cuerpos envejecen. Todo, sin excepción, camina en una única dirección, hacia el descanso final, hacia la extinción.

Fíjate en la diferencia tan grande que hay entre su maestro y él. Schopenhauer decía que el mundo está empujado por unas ganas ciegas de seguir existiendo, de continuar, de reproducirse sin descanso. Mainländer le da la vuelta por completo a esa idea. Para él, esa fuerza que parece empujarnos a vivir, a desear, a reproducirnos, no es en realidad más que la última chispa de energía de ese Dios original, gastándose poco a poco, como las brasas de una hoguera que ya se apagó pero que todavía desprenden algo de calor antes de quedarse frías del todo. Lo que parece vida, lo que parece impulso, es en realidad el último tramo de un proceso que solo puede terminar en una cosa, en el silencio final.

Y aquí es donde su filosofía da un giro que a mí, personalmente, me parece fascinante, porque cambia completamente el significado que le damos normalmente a la palabra muerte.

Para la mayoría de nosotros, la muerte es lo peor que nos puede pasar. Es el enemigo. Es aquello que tememos, que evitamos nombrar, que intentamos alejar de nuestra cabeza el máximo tiempo posible.

Para Mainländer, no. Para él, la muerte es la redención. Es literalmente el título de su libro, la redención, el momento en que ese fragmento de existencia, esa pequeña astilla del Dios original que somos cada uno de nosotros, por fin puede descansar. Volver a la nada de la que salió. Dejar de sufrir.

El universo como un proceso de agotamiento

Piénsalo con esta imagen sencilla. Un reloj mecánico, de esos antiguos, que hay que dar cuerda. En el momento en que le das cuerda, ese reloj empieza, sin descanso, a gastar esa energía, segundo a segundo, hasta que se para del todo. Nunca vuelve hacia atrás. Nunca recupera la cuerda por sí solo. Solo puede ir gastándose, poco a poco, hasta detenerse.

Pues así ve Mainländer el universo entero. Como un reloj al que se le dio cuerda una sola vez, al principio de todo, y que desde entonces no hace más que gastarse, segundo a segundo, hacia su parada definitiva. Y esa parada, ese final, no es una tragedia. Es, sencillamente, el motivo por el que empezó a andar.

Puedes pensarlo también con otra imagen, quizás todavía más cercana para alguien de tu generación. Una vela encendida. Desde el mismo momento en que la prendes, esa vela ya está, sin descanso, consumiéndose. No hay ni un solo segundo en el que la llama esté quieta, esté a salvo, esté sin gastarse. Y sin embargo, a nadie se le ocurre decir que la vela fracasa cuando por fin se apaga. Al contrario, esa es justamente su función, su sentido, aquello para lo que fue encendida. Mainländer diría que la vida, la tuya, la mía, la del universo entero, funciona exactamente igual. Se enciende para consumirse, y consumirse del todo es, precisamente, cumplir su propósito.

Y hay más ejemplos parecidos a nuestro alrededor, si te fijas bien. Cualquier proceso natural que conozcas tiende, tarde o temprano, al desorden, al enfriamiento, a la quietud final. Una taza de café caliente, si la dejas sobre la mesa, acaba siempre a temperatura ambiente, nunca al revés. Los científicos llaman a esto entropía, la tendencia natural de todo sistema a perder energía y orden con el paso del tiempo. Mainländer, sin usar esas palabras exactas, estaba describiendo algo parecido, pero aplicado a la totalidad de la existencia, incluida el alma humana.

Ahora bien, y aquí quiero que prestes mucha atención, porque es un punto que mucha gente entiende mal cuando oye hablar de este filósofo por encima. Mainländer no estaba diciendo que todos debiéramos correr a quitarnos la vida. Ese no era su mensaje ni mucho menos.

Él pensaba que el proceso de extinción del universo es lentísimo, larguísimo, que abarca edades enteras, y que un ser humano adelantándose por su cuenta no acelera nada de manera relevante. Lo que él proponía era otra cosa, mucho más parecida a lo que encontramos en filosofías orientales como el budismo, que por cierto él también estudió con mucho interés.

Proponía vivir con calma, con compasión hacia los demás, reduciendo en lo posible el sufrimiento propio y ajeno. Defendía la idea de tener menos apego a los deseos, menos ambición desbocada, más serenidad. Incluso llegó a valorar la renuncia a tener hijos, entendiendo que traer más vida al mundo era, en cierto modo, prolongar el sufrimiento una generación más.

Su ética, en el fondo, se parecía bastante a la de un monje. Vivir con lo mínimo, ayudar al que sufre, no generar más dolor del que ya hay, y esperar con tranquilidad, sin desesperación, sin prisa, la llegada natural del descanso final.

No es casualidad que él mismo reconociera un enorme respeto por el pensamiento oriental, sobre todo por el budismo. En esa tradición, recordarás quizás, se habla mucho de dejar de desear, de soltar el apego a las cosas, de aceptar que todo lo que existe es pasajero, y que precisamente ahí, en aceptar esa impermanencia, está la paz verdadera. Mainländer bebió de esa misma fuente, aunque le dio su propio giro particular, mucho más radical, mucho más centrado en la idea de un final absoluto y definitivo, no en un simple ciclo que se repite una y otra vez.

Y quiero que te quedes con una idea muy concreta de todo este bloque, porque es la que más se malinterpreta cuando la gente oye hablar de este filósofo por encima, sin profundizar. Mainländer no era un hombre que odiara a los demás, ni que quisiera empujar a nadie hacia la desesperación. Era, más bien, todo lo contrario. Un hombre que, viendo tanto dolor a su alrededor, propuso vivir con más suavidad, con más ternura hacia el que sufre, con menos ambición desmedida, esperando, eso sí, con la conciencia siempre puesta en que un día, tarde o temprano, todo aquello encontraría su descanso.

Es una filosofía dura, sin duda. Muy dura. Pero fíjate que, mirada con calma, no es una filosofía de odio ni de rabia. Es más bien una filosofía de cansancio profundo. De alguien que mira el mundo y ve, sobre todo, sufrimiento, y que en lugar de negarlo, decide mirarlo de frente y buscarle una explicación, aunque sea una explicación tan radical como esta.

Y esto nos lleva directamente a la pregunta que de verdad importa. Por qué un hombre llega a pensar así.

Yo creo, y esto ya te lo digo como reflexión personal, que no se puede separar jamás la filosofía de Mainländer de la vida de Mainländer. Aquí no estamos hablando de un profesor tranquilo, cómodo, que se sienta en su despacho a especular por especular. Estamos hablando de un hombre que de niño tuvo que renunciar a lo que quería ser. Que vivió la guerra y vio de cerca la muerte real, no la muerte de los libros. Que sufrió dolores físicos constantes, que no podía dormir por las noches. Que se sentía, en el fondo, encerrado en una existencia que no había elegido del todo.

Cuando alguien vive así, durante años, no es tan extraño que termine construyendo una filosofía entera alrededor de la idea de que el descanso, el silencio, el final del esfuerzo, es lo más deseable que existe.

Hay que sumar además otro factor que no debemos pasar por alto. La época en la que vivió Mainländer estaba llena de cambios enormes, de incertidumbre, de guerras, de una Alemania que se estaba formando entre conflictos constantes. No era un tiempo tranquilo, ni mucho menos. Y un hombre sensible, leído, observador, que además carga con sus propias heridas personales, no puede evitar que ese ambiente general de inestabilidad se le meta también dentro. A veces no hace falta ni una gran tragedia puntual. A veces basta con la suma de muchas pequeñas decepciones, muchas noches sin dormir, mucho cuerpo que duele, y muchos años viendo sufrir a la gente de tu alrededor, para que la balanza termine inclinándose hacia una visión tan oscura del mundo.

Piensa en tu propia vida un segundo. En esas épocas de agotamiento total, de exceso de trabajo, de problemas que no acaban nunca. ¿No has sentido alguna vez, aunque solo fuera un instante, unas ganas enormes de que todo pare, de descansar de verdad, de dejar de luchar aunque solo fuera un rato? Ese sentimiento, multiplicado, sostenido durante años, sin apenas alivio, es probablemente la semilla de la que nació toda esta filosofía.

Mainländer no estaba loco. Estaba, seguramente, agotado. Agotado de un modo profundo, existencial, que fue transformando poco a poco en un sistema filosófico completo, coherente, muy bien argumentado, para darle sentido a ese cansancio.

Y llegamos ahora al final de su historia, que es, sin duda, la parte más impactante de todo esto.

Después de años encerrado escribiendo, con la salud cada vez peor, Mainländer terminó por fin su obra, La filosofía de la redención. La envió a la editorial, y llegó el día en que recibió en sus manos los primeros ejemplares impresos.

Ese mismo día, según los relatos de la época, se quitó la vida en su habitación. Y lo hizo, según se cuenta, subido sobre una pila de ejemplares de su propio libro recién publicado.

Tenía apenas treinta y cuatro años.

Treinta y cuatro años, piénsalo bien. Muchos de los que estáis leyendo este artículo ya habéis vivido más del doble de tiempo que él. Y sin embargo, en ese puñado de años, este hombre logró construir un sistema filosófico tan completo, tan detallado, tan trabajado, que todavía hoy, más de siglo y medio después, seguimos hablando de él, seguimos intentando entenderlo, seguimos discutiendo qué hay de verdad y qué hay de dolor personal detrás de sus palabras.

Durante muchísimo tiempo se ha discutido este final. Hay quien dice que fue la prueba definitiva de que él realmente creía cada palabra que había escrito, que fue coherente hasta el último instante de su vida. Y hay quien opina que, en realidad, detrás de esa filosofía tan elaborada lo que había era un sufrimiento personal enorme, una especie de depresión profunda, un dolor que él intentó explicar y ordenar mediante la filosofía, buscando darle un sentido lógico a algo que en el fondo era, sobre todo, dolor puro y agotamiento vital.

Yo prefiero no juzgarlo desde la comodidad de quien no vivió lo que él vivió. Prefiero mirarlo con respeto, y sobre todo con compasión, como a cualquier persona que ha sufrido de verdad y que ha intentado, a su manera, encontrarle un sentido a ese sufrimiento.

Si alguna vez tú, o alguien cercano a ti, ha pasado por una época de oscuridad muy profunda, sabrás que esas cosas casi nunca tienen una sola causa. No es solo una idea filosófica leída en un libro. Es la salud que falla, el cansancio acumulado durante años, el aislamiento, las noches sin pegar ojo, y encima, en su caso, una mente privilegiada que no dejaba nunca de darle vueltas a todo. Por eso, más que un final que haya que imitar o admirar, yo prefiero verlo como una historia que invita a la reflexión y, sobre todo, al cuidado. Al cuidado de uno mismo, y al cuidado de quien tenemos cerca cuando notamos que algo no anda bien por dentro.

Su obra, después de su muerte, quedó bastante olvidada durante décadas. Otros filósofos de la época, como Nietzsche, llegaron a leerlo y a criticarlo con dureza, aunque también reconociendo que había algo genuinamente inquietante en sus ideas. Nietzsche, de hecho, que también había bebido mucho de Schopenhauer, veía en Mainländer una especie de espejo deformado, alguien que había llevado el pesimismo hasta un punto que a él mismo, que tampoco era precisamente un filósofo optimista, le resultaba excesivo.

Con el paso de los años, poco a poco, historiadores de la filosofía han ido recuperando su figura, y hoy se le considera una de las voces más radicales, más extremas, y también más honestas, dentro de toda la corriente del pesimismo filosófico del siglo diecinueve. Se le estudia junto a otros pensadores oscuros de su tiempo, pero casi siempre se le señala como el más extremo de todos, el que fue más allá de donde nadie se había atrevido a llegar, el que convirtió el sufrimiento en un sistema filosófico entero, con su lógica propia, sus reglas propias, y un final coherente con todo lo que había escrito.

Y ahora, después de todo este recorrido, quiero compartir contigo, ya sí, mi opinión personal sobre todo esto. Porque para eso estamos aquí.

Yo no comparto la conclusión final de Mainländer. No creo que la existencia sea un error que haya que corregir, ni que lo mejor que nos puede pasar sea desaparecer. Con los años que llevo yo también encima, he aprendido que la vida, con todo lo dura que puede llegar a ser, también regala momentos que merecen muchísimo la pena. Una charla con un amigo de toda la vida. Ver crecer a los tuyos. Una tarde tranquila sin más obligación que estar. Eso, para mí, pesa, y pesa mucho, en el otro lado de la balanza.

Y sin embargo, no puedo evitar reconocer que hay algo de razón en el diagnóstico que hace, aunque no en la solución que propone. Es verdad que deseamos sin parar, que rara vez estamos satisfechos del todo, que la vida trae disgustos, pérdidas, cansancio, enfermedades, despedidas. Eso, Mainländer lo vio con una claridad brutal. Donde yo me separo de él es en la respuesta. Él mira todo ese sufrimiento y concluye que lo mejor es que se acabe. Yo miro ese mismo sufrimiento y concluyo otra cosa distinta, que precisamente por ser la vida tan corta, tan frágil, tan llena de sinsabores, merece la pena aprovechar todavía más lo bueno que sí trae consigo.

Pero sí creo que Mainländer, sin quererlo del todo, nos deja una lección valiosísima. Y es que no hay que tenerle tanto miedo a la palabra muerte. Él la convirtió en descanso, en redención, en alivio. Y aunque yo no llegue tan lejos como él, sí creo firmemente que aceptar que un día se acaba, sin darle la espalda, sin fingir que no va a pasar, es lo que de verdad nos permite disfrutar del tiempo que sí tenemos. Cuando dejas de pelearte con la idea del final, curiosamente, empiezas a vivir con muchísima más calma el presente.

Su filosofía es un extremo, sin duda. Un extremo muy oscuro. Pero como todos los extremos, sirve para algo muy útil, que es hacernos pensar en el punto medio. Un punto medio en el que reconocemos que la vida tiene sufrimiento, sí, pero también reconocemos que tiene sentido pelear por los buenos momentos, cuidarnos, cuidar a los que queremos, y no rendirnos jamás mientras haya algo bonito por vivir.

Además, hay una parte de su mensaje que a mí, sinceramente, me parece más sabia de lo que a simple vista aparenta. Esa insistencia suya en vivir con menos ambición desmedida, con menos afán de acumular, con más compasión hacia el que tienes al lado. Eso, quitando ya la parte más extrema de su pensamiento, es un consejo que cualquiera de nosotros, a estas alturas de la vida, puede aplicarse con provecho. Cuántas veces hemos corrido detrás de cosas que, mirado con perspectiva, no merecían tanto la carrera. Cuánto tiempo hemos dedicado a preocuparnos por asuntos que, con los años, se demostraron insignificantes. Y cuánto se agradece, en cambio, cada minuto que hemos dedicado a lo que de verdad importaba, la familia, los amigos, la salud, la tranquilidad de una tarde sin sobresaltos.

Mainländer nos regaló, sin buscarlo, una pregunta enorme. La de si el descanso definitivo es un premio o una pérdida. Yo, con toda la humildad del mundo, prefiero seguir pensando que, mientras estemos aquí, lo que toca es aprovechar cada día que nos quede, con calma, con cabeza, y sin miedo a mirar de frente ni siquiera a las preguntas más incómodas.

Sigue explorando. Una idea puede abrir la puerta a muchas otras.