Hay personas que han visto algo que no se puede explicar con palabras.
No hablo de alucinaciones. No hablo de locura. Hablo de una experiencia tan profunda, tan real, tan absolutamente devastadora en el buen sentido, que quienes la han vivido han dedicado el resto de su vida a intentar describirla. Y lo más curioso es que todos ellos, en culturas distintas, en siglos distintos, en idiomas distintas, han llegado exactamente a la misma conclusión.
Que detrás de todo lo que ves, detrás de ti mismo, hay algo que no tiene nombre. Y que ese algo es, en cierta forma, todo.
Esto no es religión. Esto no es ciencia ficción. Esto es filosofía. Y hoy vamos a hablar del misticismo.
Vamos a recorrer dos mil quinientos años de pensamiento humano, desde los griegos hasta el siglo veinte, para entender qué es exactamente lo que estos pensadores vieron, o creyeron ver, o intentaron ver. Y te advierto una cosa: cuando termines este artículo, vas a mirar el mundo de una forma ligeramente distinta.
Empecemos desde el principio.
Hay una pregunta que los filósofos llevan haciéndose desde el amanecer del pensamiento occidental, y es esta: ¿qué hay más allá de lo que podemos conocer con la razón? Sócrates lo preguntó. Platón intentó responderlo. Y a partir de ahí, algo se abrió en la historia del pensamiento humano que no se ha cerrado todavía.
Platón, en el siglo cuatro antes de Cristo, ya intuía que la realidad tal como la percibimos no es la realidad completa. Su famosa alegoría de la caverna nos habla de personas encadenadas que solo ven sombras proyectadas en una pared, creyendo que esas sombras son la realidad. Pero hay algo fuera de la caverna. Una luz verdadera. Y esa luz, para Platón, era el mundo de las Ideas, la realidad perfecta y eterna de la que nuestro mundo no es más que un reflejo borroso.
Platón y la búsqueda de una realidad más profunda
Esto puede sonar abstracto, pero piénsalo de esta forma. Cuando ves una silla, estás viendo una silla concreta, con sus imperfecciones, su desgaste, su color particular. Pero en tu mente existe una idea de silla que trasciende cualquier silla real. Platón decía que esa idea es más real que la silla física. Que la perfección está en otro plano. Y que el filósofo, mediante la razón y la contemplación, puede elevarse hasta ese plano.
Aquí está la semilla del misticismo occidental.
Pero el misticismo como tal, como sistema filosófico articulado, no explota hasta varios siglos después. Estamos ahora en el siglo tercero después de Cristo. El Imperio Romano empieza a resquebrajarse. El mundo antiguo se está cayendo a pedazos. Y en ese momento de crisis, de incertidumbre, de búsqueda desesperada de sentido, aparece un hombre llamado Plotino.
Plotino es uno de los pensadores más extraños y más fascinantes de toda la historia de la filosofía. Nació en Egipto alrededor del año doscientos cinco, estudió en Alejandría, vivió en Roma, y escribió una obra monumental que sus discípulos recopilaron en seis grupos de nueve tratados, las Enéadas. Pero lo más sorprendente de Plotino no es lo que escribió. Es lo que, según su biógrafo Porfirio, experimentó. Durante su vida, Plotino alcanzó cuatro veces algo que él describió como unión con el Uno. Una experiencia de fusión total con el principio absoluto de toda realidad.
¿Qué es el Uno para Plotino? Aquí viene lo interesante. El Uno no es Dios en el sentido cristiano. No es una persona, no tiene voluntad, no te juzga, no te quiere ni te deja de querer. El Uno es simplemente el fundamento último de toda existencia. Es lo que hay antes que cualquier cosa. Es tan perfecto, tan completo en sí mismo, que no se puede describir, porque cualquier descripción ya lo limita. Decir que el Uno es bueno ya es una limitación, porque implica que podría no serlo. Decir que el Uno existe también es una limitación, porque la existencia es ya una categoría. El Uno está más allá de todo eso.
Y de ese Uno, por un proceso que Plotino llama emanación, surge todo lo demás. Como la luz surge del sol sin que el sol lo decida, sin que el sol pierda nada, simplemente por la plenitud de su propia naturaleza. Del Uno emana el Nous, que sería algo así como la Inteligencia divina o el Espíritu. Del Nous emana el Alma del Mundo. Y del Alma del Mundo emanamos nosotros, la materia, lo físico, lo que percibimos con los sentidos.
Somos, literalmente, luz que se ha alejado de su fuente. Partículas de lo divino que se han densificado hasta convertirse en materia. Y la vida humana, la existencia consciente, es el camino de regreso. La ascensión desde la materia hasta el Uno.
¿Cómo se hace ese camino? Plotino lo explica con una belleza que pocas veces se ve en la filosofía. Primero, hay que purificar el alma de las distracciones del mundo sensible. Hay que mirar hacia dentro. Luego viene la contemplación de las Ideas, ese mundo platónico de las formas perfectas. Y después, en el último tramo del camino, algo que la razón no puede hacer por sí sola. Tienes que soltar. La mente tiene que quedarse en silencio. Y en ese silencio, si las condiciones son las adecuadas, ocurre algo que Plotino describe como la simplificación del alma. El yo se disuelve. Las fronteras entre el sujeto que contempla y el objeto contemplado desaparecen. Y lo que queda, lo que siempre estuvo allí, es el Uno.
Esto es el misticismo filosófico en su forma más pura. No es fe ciega. No es devoción religiosa en el sentido convencional. Es un programa filosófico riguroso que culmina en una experiencia que trasciende la filosofía misma.
Y ahora viene algo que seguramente no sabías. Esta tradición, que llamamos neoplatonismo, con Plotino a la cabeza, influyó de una forma absolutamente decisiva en el pensamiento cristiano, en el pensamiento islámico y en el pensamiento judío medieval. Los grandes teólogos y místicos de las tres grandes religiones monoteístas bebieron directamente de Plotino.
Si alguna vez has leído a San Agustín de Hipona, uno de los pilares del pensamiento cristiano, hay algo que tienes que saber. Antes de convertirse al cristianismo, Agustín leyó a Plotino. Y en sus Confesiones lo reconoce. Dice que los libros platónicos le mostraron que existía una luz inmutable más allá de la mente, pero que para llegar a ella a través de Cristo necesitaba algo más que la filosofía. Necesitaba gracia. Y ahí se produce esa fusión fascinante entre el misticismo neoplatónico y la teología cristiana que va a marcar todo el pensamiento medieval.
Porque aquí vamos a entrar a temas de filosofía con esta profundidad cada semana. No resúmenes de Wikipedia, sino verdaderas inmersiones en las ideas que han cambiado la historia del pensamiento. Dale al botón, que continúo ahora mismo.
Bien. Sigamos.
Hay un personaje del siglo cuatro que firma sus escritos con el nombre de Dionisio el Areopagita, supuestamente el discípulo ateniense de san Pablo mencionado en el libro de los Hechos. Pero los historiadores llevan siglos sabiendo que eso es imposible. Este autor misterioso, al que llamamos el Pseudo-Dionisio, escribió probablemente hacia el año quinientos, y sus textos son de una influencia filosófica brutal. En ellos desarrolla lo que se conoce como teología negativa, o apofática.
La idea es esta. Si Dios es absolutamente trascendente, si está más allá de cualquier categoría humana, entonces la única forma de hablar de él con honestidad es diciendo lo que no es. Dios no es bueno, porque nuestra idea de bondad es demasiado pequeña. Dios no es poderoso, porque nuestro concepto de poder es limitado. Dios no es ser, porque ser es ya una definición que lo contiene. Dios es la oscuridad divina, la nada que está más allá de toda cosa, incluyendo la existencia misma.
Esto puede sonar a nihilismo. Pero es exactamente lo contrario. La oscuridad de la que habla el Pseudo-Dionisio no es vacío. Es un exceso de luz tan intenso que ciega. Como cuando miras directamente al sol y todo se vuelve negro, no porque no haya luz, sino porque hay demasiada.
Esta tradición mística dentro del cristianismo llega a uno de sus momentos más álgidos en el siglo catorce, en la Edad Media tardía, con un fraile dominico alemán llamado Meister Eckhart. Y Eckhart es un caso extraordinario. Fue un teólogo brillante, un predicador popular, un administrador de la orden dominica. Y al mismo tiempo, alguien que fue procesado por herejía ante la Inquisición. Porque lo que Eckhart decía era demasiado radical.
Eckhart enseñaba que en el fondo del alma humana hay algo que él llamaba el Fünklein, la pequeña chispa, o también simplemente el fondo del alma, que no es creado, que es eterno, y que es idéntico a Dios. No similar a Dios. No próximo a Dios. Idéntico. Y que la vida espiritual consiste en descubrir ese fondo, en vaciarse de todo lo demás, en llegar a lo que él llamaba Gelassenheit, que podría traducirse como dejamiento o soltura, ese estado de completo abandono del yo en el que la distinción entre el alma y Dios desaparece.
Frases como el ojo con el que yo veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve a mí, o el ser de Dios es mi vida, sonaban a los teólogos del siglo catorce como una confusión inaceptable entre lo creado y el creador. Y técnicamente tenían razón en que era problemático dentro de la ortodoxia. Pero Eckhart argumentaba que no estaba negando la distinción ontológica entre Dios y el alma. Estaba hablando de una unión experiencial, de un nivel de la realidad en el que esa distinción queda suspendida.
No te vayas todavía, porque ahora viene algo que conecta todo esto con algo mucho más cercano a nosotros.
El misticismo no es solo una aventura occidental. Y en el siglo doce y trece, en el corazón del mundo islámico, en Persia y en Al-Ándalus, hay un pensador que lleva el misticismo filosófico a otro nivel. Estamos hablando de Ibn Arabí, nacido en Murcia en 1165. Ibn Arabí es probablemente el pensador más influyente del sufismo, la corriente mística del islam. Y sus ideas son de una complejidad y una audacia que todavía hoy dejan sin palabras a quien las estudia.
Ibn Arabí y la unidad del ser
Ibn Arabí desarrolló la doctrina de la unidad del ser, en árabe wahdat al-wujud. La idea central es que solo hay un ser, y ese ser es Dios. Todo lo demás, el mundo, las criaturas, nosotros mismos, somos formas o manifestaciones de ese único ser. No somos Dios en el sentido de que seamos iguales a Dios. Somos más bien como los reflejos de Dios en el espejo de la existencia. Y el propósito de la vida humana es que ese espejo esté lo más limpio posible, para que la imagen de Dios se refleje en él con la mayor claridad.
Lo que hace a Ibn Arabí especialmente fascinante es su teoría del ser humano perfecto, el insan al-kamil. Para él, el ser humano no es solo otra criatura más. Es el único ser en la creación que puede reflejar todos los nombres y atributos divinos de manera completa. Somos el microcosmos que contiene el macrocosmos. Somos, en cierto sentido, el propósito de la creación, porque a través de nosotros Dios se conoce a sí mismo. Hay un hadiz, un dicho atribuido a Dios mismo en la tradición islámica, que Ibn Arabí cita constantemente: era un tesoro escondido y quise ser conocido, por eso creé el mundo.
Este pensamiento es tan radical que en el mundo islámico medieval también generó enorme controversia. Pero sobrevivió. Y su influencia llega hasta el sufismo persa, hasta los grandes poetas como Rumi, hasta el pensamiento islámico moderno.
Volviendo a Occidente, hay un momento crucial en la historia del misticismo que muchas veces se pasa por alto. El Renacimiento. Cuando los humanistas del siglo quince redescubren los textos platónicos y neoplatónicos, cuando Cosme de Médici en Florencia financia la traducción al latín de las obras completas de Platón, algo cambia. Marsilio Ficino, el traductor de Plotino y Platón al latín, introduce el concepto de furor divino, la idea de que el filósofo, el poeta, el artista, son personas tocadas por una fuerza que va más allá de la razón ordinaria. Que la creación artística y la contemplación mística son formas distintas del mismo impulso ascendente hacia lo divino.
Giovanni Pico della Mirandola, el genio florentino que escribió el Discurso sobre la dignidad del hombre a los veintitrés años, lleva esto todavía más lejos. Para Pico, el ser humano es único en la creación precisamente porque no tiene una naturaleza fija. Los ángeles son ángeles, los animales son animales. Pero el ser humano puede descender hasta lo más bajo o ascender hasta lo más alto. Puede convertirse en lo que elija. Y la opción más alta, la más digna, es la unión contemplativa con el principio divino.
Pero el misticismo no muere con el Renacimiento. En el siglo diecisiete, en plena revolución científica, cuando Descartes y Newton están reconfigurando la imagen del mundo, hay un filósofo que construye un sistema en el que el misticismo y la filosofía racional se dan la mano de una forma que nunca antes se había visto. Ese filósofo es Baruch Spinoza.
Spinoza es hijo de judíos sefarditas expulsados de España, criado en Ámsterdam, excomulgado de la comunidad judía a los veintitrés años por razones que nunca quedaron completamente claras. Y en su obra maestra, la Ética, escrita more geometrico, siguiendo el método matemático de los teoremas y demostraciones, llega a una conclusión que escandalizó a sus contemporáneos.
Dios y la naturaleza son lo mismo. Deus sive Natura. Dios no es un ser personal que creó el mundo desde fuera. Dios es la totalidad de lo que existe. Es la única sustancia. Lo que llamamos materia y lo que llamamos mente no son dos cosas distintas. Son dos atributos de esa única sustancia infinita. Y la libertad humana no consiste en escapar del determinismo del mundo, que para Spinoza es absoluto. Consiste en comprender ese determinismo. En ver el mundo sub specie aeternitatis, bajo la especie de la eternidad. En entender que somos modos de Dios, expresiones concretas de la sustancia infinita.
El amor intelectual a Dios, que es para Spinoza la forma más alta de vida humana, no es otra cosa que el acto por el que Dios se ama a sí mismo a través de nosotros. La conciencia que se vuelve sobre sí misma y reconoce su propia naturaleza infinita. El misticismo de Spinoza es geométrico, frío, sin imágenes ni metáforas. Pero en el fondo late exactamente el mismo impulso que el de Plotino, que el de Eckhart, que el de Ibn Arabí.
Y llegamos al siglo veinte. Y aquí es donde el misticismo filosófico toma un giro completamente inesperado.
En 1902, William James, el psicólogo y filósofo norteamericano, publica Las variedades de la experiencia religiosa. Es la primera vez que alguien intenta estudiar las experiencias místicas con herramientas filosóficas y psicológicas rigurosas, sin prejuzgar si son verdaderas o falsas. James identifica cuatro características que aparecen en todas las experiencias místicas de todas las culturas y tradiciones. La inefabilidad, que no se pueden describir adecuadamente con palabras. La cualidad noética, que transmiten un conocimiento real, no solo una emoción. La transitoriedad, que duran poco tiempo. Y la pasividad, que el sujeto siente que algo ocurre a través de él, no que él lo produce.
Esta sistematización de James abre el camino para una conversación completamente nueva. ¿Son las experiencias místicas evidencia de algo real? ¿Son estados cerebrales especiales? ¿Son la misma experiencia en todas las tradiciones o hay diferencias fundamentales entre ellas?
Y esto nos lleva a uno de los debates filosóficos más interesantes del siglo veinte. El debate entre la filosofía mística perenne y sus críticos. Los defensores de la filosofía perenne, como Aldous Huxley en su libro La filosofía perenne, publicado en 1945, argumentan que en el fondo de todas las tradiciones místicas del mundo hay la misma experiencia, la misma realidad. Que el Uno de Plotino, el Brahman de los Upanishads, el Tao del taoísmo, el Dharmakaya del budismo, son todos nombres distintos para la misma realidad última. Y que los seres humanos que han llegado a esa experiencia en todos los tiempos y lugares han visto lo mismo.
Los críticos, como el filósofo Steven Katz, contraargumentan que eso es imposible. Que las experiencias místicas están siempre moldeadas por el contexto cultural y religioso del sujeto. Que un monje cristiano y un monje budista no tienen la misma experiencia porque parten de categorías conceptuales completamente distintas. Que no hay experiencia pura, sin mediación cultural.
Este debate sigue abierto. Y tiene implicaciones enormes, no solo para la filosofía, sino para la neurociencia de la conciencia, para la psicología, para cualquier intento de entender qué somos realmente.
Porque aquí está la conclusión que yo quiero dejarte, y es la que más me parece importante de todo lo que hemos visto hoy.
El misticismo filosófico, desde Plotino hasta Spinoza, desde Ibn Arabí hasta William James, no es una evasión de la realidad. No es una fantasía consoladora para personas que no soportan vivir en el mundo concreto. Es una pregunta filosófica completamente legítima sobre la naturaleza de la conciencia y su relación con el todo.
Cuando Plotino describe la unión con el Uno, cuando Eckhart habla del fondo del alma, cuando Spinoza describe el amor intelectual a Dios, cuando Ibn Arabí habla de wahdat al-wujud, todos están señalando hacia algo que la razón ordinaria no puede capturar del todo. Hacia la experiencia de que la separación entre el yo y el mundo es, en algún nivel, una construcción. Que hay algo anterior a esa separación. Y que tocarlo, aunque sea brevemente, aunque sea de forma imperfecta, cambia a las personas de maneras que ninguna otra experiencia cambia.
La neurociencia moderna empieza a explorar esto desde sus propias herramientas. Los estudios con meditadores avanzados, con personas en estados alterados de conciencia, muestran que el cerebro puede entrar en estados en los que las fronteras entre el yo y el entorno se difuminan. ¿Esto valida el misticismo? No lo sabemos todavía. ¿Lo invalida? Tampoco. Lo que sí sabemos es que esos estados son reales, que tienen efectos reales, y que las personas que los experimentan reportan de forma universal algo que se parece mucho a lo que Plotino describió hace mil ochocientos años.
Vivimos en una época obsesionada con lo medible, con lo cuantificable, con lo que se puede demostrar empíricamente. Y eso tiene un valor enorme. Pero hay preguntas que no caben en ese marco. ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Qué es la conciencia? ¿Hay algo más allá de lo que podemos percibir y razonar? Estas preguntas no van a desaparecer. Y el misticismo filosófico, con toda su historia, con toda su riqueza, con toda su extrañeza, es uno de los intentos más serios y más honestos que la humanidad ha hecho de enfrentarse a ellas.
Es el siguiente paso natural desde todo lo que hemos explorado hoy.