Hay una pregunta que se han hecho todos los seres humanos que han pisado esta tierra, desde el primero hasta el último. Da igual si vivían en una cueva hace cuarenta mil años o si viven hoy en un piso con calefacción y wifi. La pregunta es siempre la misma: ¿hay algo ahí arriba, o estamos solos?
Y lo curioso es que los hombres más listos que ha dado la humanidad, los que se pasaron la vida entera pensando, dándole vueltas a todo, cuestionando lo que otros daban por sentado, nunca se pusieron de acuerdo. Ni uno solo de ellos llegó a una respuesta que convenciera a los demás. Algunos encontraron a Dios al final del camino. Otros lo mataron con sus propias manos, filosóficamente hablando. Y hubo quien, después de darle mil vueltas, se quedó a medias, sin saber muy bien qué pensar, y eso también es una postura, aunque no lo parezca.
Lo que vamos a hacer hoy es un recorrido. Un viaje largo, de más de dos mil años, por las cabezas de los pensadores más importantes que ha tenido Occidente, para ver qué pensaban de Dios, de la religión, de la fe, del alma, de lo que hay después de la muerte, si es que hay algo. Vamos a ver cómo unos se apoyaron en la razón para defender que Dios existe, cómo otros usaron esa misma razón para tirarlo todo por tierra, y cómo, al final, cada uno se llevó su propia conclusión a la tumba.
Y te aviso de una cosa: esto no es un debate de bar, ni un intercambio de opiniones sin fundamento. Esto es el resultado de siglos de gente estudiando, escribiendo, discutiendo entre ellos con argumentos, no con gritos. Así que agárrate, porque esto va para largo, y te prometo que al final vas a ver todo esto de otra manera, tanto si eres creyente como si no lo eres.
Puede que hayas pasado por esto más de una vez, en alguna sobremesa larga, con un café ya frío delante, cuando alguien de la familia suelta la pregunta incómoda: "¿tú crees en algo?". Y ahí uno se queda callado un momento, buscando una respuesta que no suene ni demasiado ingenua ni demasiado dura. Puede que hayas rezado de niño, en el colegio, con los curas, y con los años esa costumbre se te haya ido apagando poco a poco, sin que sepas muy bien en qué momento pasó. O puede que, al contrario, con la edad hayas vuelto a acercarte a la fe, después de un susto de salud, después de perder a alguien querido, cuando de repente esas preguntas que antes parecían cosa de otros se te plantan delante sin avisar.
Sea cual sea tu caso, quédate, porque lo que viene ahora te va a ayudar a poner en orden muchas de esas ideas que seguramente llevas años dándole vueltas tú solo, sin encontrar con quién compartirlas de verdad.
Los filósofos griegos ante los dioses de su tiempo
Empecemos por el principio, por donde hay que empezar siempre. Por Grecia.
Los griegos antiguos tenían sus dioses, claro. Zeus, Poseidón, Atenea, toda la familia. Pero esos dioses eran un poco como los vecinos del pueblo, con sus celos, sus líos, sus enfados. No eran precisamente un modelo de perfección moral. Y ahí es donde entra Sócrates, el primero de nuestra lista, el que puso la primera piedra de todo esto que hoy llamamos filosofía occidental.
Sócrates no dejó nada escrito, eso ya lo sabrás si has oído hablar de él alguna vez. Todo lo que sabemos de él nos llega a través de su discípulo, Platón. Y lo que Sócrates hacía era preguntar. Preguntar sin parar, hasta que la persona con la que hablaba se daba cuenta de que en realidad no sabía lo que creía saber. Con la religión hizo lo mismo. Se dedicó a poner en duda esas historias de dioses caprichosos y empezó a hablar de algo distinto, de una especie de voz interior, un daimon, que le guiaba y le avisaba cuando estaba a punto de hacer algo mal. Eso, para la época, era una revolución.
Porque estaba diciendo, sin decirlo del todo, que la moral no viene de fuera, de un dios que castiga o premia, sino de algo que llevamos dentro.
Y esto le costó la vida. Literalmente. Le acusaron de no creer en los dioses de la ciudad y de corromper a la juventud, y le condenaron a beber la cicuta. Murió por pensar diferente sobre la religión. Y ya ves, esto que parece un tema moderno, de discusiones actuales, lleva persiguiendo a la humanidad desde hace dos mil cuatrocientos años.
Su discípulo, Platón, fue un paso más allá. Platón pensaba que el mundo que vemos, que tocamos, que sentimos, no es el mundo real. Es solo una sombra de otro mundo, el mundo de las ideas, donde están las formas perfectas de todo. Ahí está la belleza perfecta, la justicia perfecta, el bien perfecto. Y por encima de todas esas ideas, está la idea del Bien, que para Platón funciona casi como un dios, como el origen de todo lo que existe. No es un dios que reza uno en una iglesia, pero es una fuerza suprema, ordenadora, que da sentido al universo. Platón, sin usar la palabra Dios como la usamos hoy, estaba dejando la puerta abierta a algo trascendente, a algo que va más allá de lo material.
Y eso influyó muchísimo, siglos después, en cómo los cristianos entendieron su propia fe.
Después vino Aristóteles, el alumno de Platón, y aquí la cosa cambia de registro. Aristóteles era más de andar por casa, más pegado a la realidad, más de observar la naturaleza y sacar conclusiones de lo que veía. Y llegó a una idea que marcaría la filosofía y la teología durante casi dos mil años: la idea del motor inmóvil.
Aristóteles se preguntaba por qué las cosas se mueven, por qué cambian, por qué pasan de un estado a otro. Y llegó a la conclusión de que tiene que haber algo que ponga en marcha todo ese movimiento sin que nada, a su vez, mueva a ese algo. Un primer motor. Algo eterno, inmaterial, perfecto, que no necesita de nada ni de nadie, pero que hace que todo lo demás se mueva. No es un dios que se preocupe por nosotros, que escuche oraciones, que castigue pecados. Es más bien una fuerza fría, necesaria desde el punto de vista lógico, el origen último de todo movimiento. Pero fíjate qué importante fue esta idea, porque siglos más tarde, los pensadores cristianos y musulmanes cogieron este motor inmóvil y lo vistieron con la ropa de su propio Dios.
Saltemos ahora a otra época, un poco después, con los epicúreos y los estoicos, que tuvieron posturas bien distintas sobre estos temas.
Epicuro, que vivió unos años más tarde, tenía una visión que hoy nos sonaría casi moderna. Para Epicuro, los dioses existían, sí, pero vivían tan lejos, tan ajenos a nuestros problemas, que ni se molestaban en intervenir en nuestras vidas. No premiaban, no castigaban, no escuchaban plegarias. Vivían en una felicidad perfecta, alejados de todo, sin preocuparse por lo que pasaba en la Tierra. Y con esta idea, Epicuro le quitaba a la religión su arma más poderosa: el miedo. Porque si los dioses no intervienen, no hay que temerles. Y si no hay que temerles, tampoco hay que temer a la muerte, porque, según Epicuro, cuando morimos dejamos de existir, así que la muerte no puede hacernos daño, porque cuando ella llega, nosotros ya no estamos para sentirla.
Los estoicos, en cambio, tiraban por otro camino. Para ellos, todo el universo estaba gobernado por una razón divina, el logos, que lo impregna todo. Cada cosa que pasa, pasa porque tiene que pasar, porque encaja en un plan racional y ordenado del cosmos. El sabio estoico no reza pidiendo cosas, sino que acepta lo que le toca, porque entiende que forma parte de un orden mayor. Aquí Dios no es una persona, no es alguien a quien uno le puede pedir un favor, sino más bien la razón misma que sostiene el universo entero.
Con esto ya tenemos el terreno griego bien pisado. Y ahora viene un salto grande, un salto de varios siglos, hasta la llegada del cristianismo, que va a cambiar completamente el tablero de juego.
Cuando el cristianismo se extiende por el imperio romano, la filosofía no desaparece, ni mucho menos. Lo que ocurre es que se pone al servicio de una nueva tarea: entender racionalmente lo que la fe ya afirmaba. Y aquí aparece uno de los nombres más grandes de toda esta historia: San Agustín de Hipona.
Agustín no empezó siendo cristiano, eso hay que decirlo. Tuvo una vida bastante movida en su juventud, probó otras corrientes de pensamiento, vivió con bastante libertad, como él mismo cuenta con toda sinceridad en su libro más famoso, las Confesiones. Y después de mucho buscar, se convirtió al cristianismo, y se convirtió con una fuerza tremenda, con la pasión de quien ha encontrado algo después de mucho darle vueltas.
Agustín se enfrentó a una pregunta que lleva atormentando a los creyentes desde entonces: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué existe el mal? Y su respuesta fue esta: el mal no es una cosa que Dios haya creado, sino una ausencia de bien, algo así como la oscuridad, que no es una sustancia en sí misma, sino la falta de luz. Y el mal en el mundo, según Agustín, viene de la libertad que Dios nos dio. Nos hizo libres, y esa libertad implica que podamos elegir el mal, aunque Dios preferiría que eligiéramos siempre el bien.
Además, Agustín introdujo una idea que marcaría a Occidente durante siglos: la del pecado original. Todos nacemos ya con una tendencia hacia el mal, heredada, según él, del primer pecado de Adán y Eva. Solo la gracia de Dios puede salvarnos de esa condición. Sin esa gracia, estamos perdidos, por mucho esfuerzo moral que hagamos por nuestra cuenta.
Pasaron los siglos, cayó el imperio romano, llegó lo que llamamos la Edad Media, y en ese tiempo la filosofía y la teología caminaron casi de la mano. Y aquí llegamos a otro gigante, quizás el más grande de todos en cuanto a construir argumentos racionales a favor de la existencia de Dios: Santo Tomás de Aquino.
Tomás de Aquino hizo algo que parecía casi imposible: unir el pensamiento de Aristóteles, que era pagano, que había vivido siglos antes del cristianismo, con la fe cristiana. Y de esa unión salieron las famosas cinco vías, cinco argumentos racionales para demostrar que Dios existe, sin necesidad de recurrir directamente a la Biblia, solo usando la razón y la observación del mundo.
La primera vía habla del movimiento, recogiendo la idea de Aristóteles del motor inmóvil, y dice que si algo se mueve, algo tuvo que moverlo antes, y así hasta llegar a un primer motor que mueve sin ser movido, y eso es Dios. La segunda vía habla de las causas, y viene a decir algo parecido: toda causa tiene una causa anterior, y tiene que haber una primera causa que no dependa de ninguna otra. La tercera vía es la de la contingencia, que dice que todo lo que existe podría no existir, todo es posible que sea o no sea, y por tanto tiene que haber algo necesario, que no dependa de nada, para que exista algo en vez de nada.
La cuarta vía habla de los grados de perfección, porque vemos cosas más buenas y menos buenas, más verdaderas y menos verdaderas, y eso solo tiene sentido si existe un máximo, un modelo perfecto de bondad y verdad, que sería Dios. Y la quinta vía, quizás la más conocida, es la del orden del universo, la que dice que todo en la naturaleza parece tener un fin, un propósito, como si estuviera diseñado, y eso apunta a una inteligencia ordenadora detrás de todo.
Estas cinco vías se estudiaron durante siglos en universidades, seminarios, y siguen siendo, hoy en día, la base de buena parte de la teología católica. Tomás de Aquino no solo defendía a Dios desde la fe, sino que se atrevía a defenderlo desde la pura razón, como si fuera un problema de matemáticas o de física.
Pero no todo el mundo compró estos argumentos, ni mucho menos. Con el paso del tiempo, otros pensadores empezaron a poner en duda esta forma de razonar, y ahí es donde la cosa se pone interesante de verdad.
Saltamos ahora a lo que llamamos la modernidad, unos siglos más adelante, cuando la ciencia empieza a avanzar de forma imparable, y los filósofos empiezan a usar herramientas nuevas para pensar sobre Dios.
René Descartes, el francés que dijo aquello de "pienso, luego existo", también tenía sus propias ideas sobre la existencia de Dios. Descartes dudaba de todo, absolutamente de todo, hasta que llegó a algo de lo que no podía dudar: el hecho de que estaba pensando, y por tanto de que existía. A partir de ahí, reconstruyó todo su conocimiento, y una de las piezas clave de esa reconstrucción fue Dios.
Descartes pensaba que dentro de nosotros hay una idea de perfección infinita, la idea de Dios, y que esa idea no puede venir de algo imperfecto como nosotros mismos. Algo perfecto solo puede venir de algo perfecto, así que esa idea de Dios que llevamos dentro tiene que haber sido puesta ahí por el propio Dios, que existe de verdad. Además, Descartes necesitaba a Dios por otra razón muy práctica: si Dios existe y es bueno, entonces no nos engaña, y podemos confiar en que el mundo que percibimos con nuestros sentidos y con nuestra razón es más o menos como creemos que es. Sin ese Dios garante, toda la ciencia se vendría abajo, porque no tendríamos ninguna seguridad de que el mundo es real.
Casi al mismo tiempo, otro pensador francés, Blaise Pascal, que además de filósofo era un matemático brillante, planteó una idea que ha hecho correr ríos de tinta hasta hoy: la famosa apuesta de Pascal. Pascal decía algo así: no podemos demostrar racionalmente si Dios existe o no, es un misterio que está más allá de nuestra razón. Pero, aun así, tenemos que decidir cómo vivir, como si creyéramos o como si no creyéramos. Y entonces plantea la apuesta: si crees en Dios y resulta que Dios existe, ganas la vida eterna, ganas infinito. Si crees y resulta que no existe, pierdes poca cosa, algunos placeres terrenales, algo de tiempo dedicado a la fe. Pero si no crees y resulta que Dios sí existe, entonces lo pierdes todo, la salvación eterna.
Y si no crees y Dios no existe, pues tampoco ganas mucho más de lo que ya tenías. Así que, según Pascal, desde un punto de vista puramente racional, de cálculo de riesgos, conviene apostar por la fe, porque lo que se puede ganar es infinito y lo que se arriesga es limitado.
Es un argumento curioso, porque no dice que Dios exista, dice que conviene actuar como si existiera. Y muchos filósofos posteriores han criticado esta apuesta, diciendo que la fe no funciona así, que no se puede creer de verdad solo por conveniencia, por cálculo. Pero la idea sigue ahí, dando que pensar, siglos después.
Otro nombre importante de esta época es Baruch Spinoza, un pensador judío holandés que fue expulsado de su propia comunidad por sus ideas, que se consideraban demasiado radicales. Spinoza tenía una visión de Dios completamente distinta a la tradicional. Para él, Dios y la naturaleza son la misma cosa. Dios no es un ser separado del mundo que lo mira desde fuera, sino que Dios es todo lo que existe, es la sustancia infinita de la que todo forma parte. Esto se llama panteísmo, la idea de que Dios está en todo y es todo. Y claro, con esta idea, Spinoza se metió en un lío enorme con las autoridades religiosas de su tiempo, porque estaba diciendo, en el fondo, que no hay un Dios personal que nos escuche, que nos juzgue, que nos premie o nos castigue.
Hay una única realidad, y esa realidad es Dios, y nosotros formamos parte de ella, como una ola forma parte del mar.
Gottfried Leibniz, contemporáneo de estos pensadores, defendió también la existencia de Dios, pero desde otro ángulo. Leibniz se preguntaba por qué existe algo en vez de no existir nada, y llegó a la conclusión de que tiene que haber una razón suficiente para que el universo exista, y esa razón última es Dios. Además, Leibniz sostenía que vivimos en el mejor de los mundos posibles, porque Dios, siendo perfecto, habría elegido crear el mejor mundo posible entre todos los infinitos mundos que podría haber creado. Esta idea, por cierto, fue muy criticada más tarde, sobre todo después de catástrofes terribles como el terremoto de Lisboa, porque mucha gente se preguntaba cómo podía ser este el mejor mundo posible si pasaban cosas tan terribles.
Y hablando de críticas, llegamos a un momento clave de esta historia, el momento en que la razón empieza a volverse contra la propia idea de Dios, en lugar de defenderla.
David Hume, un escocés con una mente muy afilada, se dedicó a desmontar, uno por uno, los argumentos clásicos a favor de Dios. Hume atacó especialmente el argumento del diseño, esa idea de que el orden de la naturaleza demuestra que hay un diseñador inteligente detrás. Hume decía que, aunque veamos orden en el universo, eso no prueba necesariamente que exista un diseñador perfecto, ni que ese diseñador sea el Dios de las religiones, con todos sus atributos de bondad infinita y demás. Podría haber varios diseñadores, podría ser un diseñador imperfecto, podría el orden haber surgido de otra manera que no entendemos todavía. Hume también criticó duramente los milagros, diciendo que siempre es más probable que quien cuenta un milagro se equivoque o mienta, que el hecho de que las leyes de la naturaleza se hayan roto de verdad.
Y en esta misma época aparece uno de los pensadores más influyentes de toda la historia de la filosofía, Immanuel Kant, el filósofo alemán que le dio una vuelta de tuerca a todo este debate.
Kant hizo algo muy interesante: dijo que la razón humana, por sí sola, no puede demostrar ni que Dios existe ni que no existe. Los argumentos clásicos, incluidas las famosas vías de Tomás de Aquino, tienen fallos lógicos, según Kant, porque intentan aplicar la razón a cosas que están más allá de lo que podemos experimentar, más allá del mundo de los sentidos. Dios, el alma, la libertad, son ideas que la razón pura no puede ni demostrar ni refutar con seguridad. Pero Kant no se quedó ahí, no se convirtió en un ateo ni mucho menos. Lo que hizo fue trasladar la cuestión de Dios del terreno de la razón teórica al terreno de la razón práctica, es decir, al terreno de la moral.
Kant y la separación entre la razón y la fe
Kant decía que, para que la moral tenga sentido, para que el esfuerzo por ser buenos tenga una recompensa justa, es necesario postular la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, aunque no podamos demostrarlo científicamente. Es como una necesidad moral, más que una certeza racional.
Con Kant, la filosofía moderna empieza a separar dos cosas que antes iban juntas: la razón y la fe. A partir de aquí, muchos pensadores van a decidir quedarse solo con la razón, y ahí es donde la cosa se pone realmente dura para la religión.
Pero antes de llegar a ese siglo diecinueve tan crítico con la religión, tenemos que pasar por un momento intermedio muy importante, el de la Ilustración, ese movimiento del siglo dieciocho que puso la razón por encima de todo, y que dio lugar a una postura muy curiosa, a medio camino entre la fe tradicional y el ateísmo puro y duro: el deísmo.
Voltaire, el francés más mordaz de su época, es quizás el ejemplo perfecto de esto. Voltaire se pasó media vida atacando a la Iglesia católica, riéndose de sus abusos, de su poder desmedido, de su fanatismo, de las guerras de religión que habían ensangrentado Europa durante siglos. Pero, y esto sorprende a mucha gente que solo conoce la mitad de la historia, Voltaire no era ateo. Creía que tenía que haber un ser supremo, un relojero divino que había puesto en marcha el mecanismo del universo, igual que un relojero fabrica un reloj y le da cuerda, y después ese reloj funciona solo, sin que el relojero tenga que estar metiendo la mano constantemente en el mecanismo.
Voltaire decía una frase muy elocuente, que si Dios no existiera, habría que inventarlo, porque la idea de un orden moral superior le parecía necesaria para que la sociedad no se hundiera en el caos. Pero lo que no aceptaba de ninguna manera era la religión organizada, con sus dogmas, sus curas, sus persecuciones a quien pensaba distinto.
Jean-Jacques Rousseau, otro pensador de esta misma época, aunque con un carácter y unas ideas bastante distintas a las de Voltaire, con quien por cierto se llevaba bastante mal, también defendía una especie de religión natural, sin necesidad de iglesias ni de dogmas complicados. Rousseau creía que el corazón humano, si se escuchaba con sinceridad, sin la corrupción que traía la vida en sociedad, encontraba de forma natural el sentimiento de que hay un creador detrás de todo, un creador bueno, al que se podía sentir en la belleza de la naturaleza, en un paisaje de montaña, en la pureza de un sentimiento verdadero, sin necesidad de intermediarios ni de ceremonias.
Este deísmo ilustrado tuvo muchísima influencia, por cierto, en los padres fundadores de otro país muy importante, aunque eso ya seria otra historia. Lo que nos interesa quedarnos aquí es esta idea: se podía ser un hombre de la razón, un hombre moderno, crítico con las instituciones religiosas, y aun así, no renunciar del todo a la idea de un creador. Era una postura de transición, un puente entre el mundo antiguo, donde casi nadie dudaba de Dios, y el mundo que se avecinaba, donde la duda y la negación abierta empezarían a tener cada vez más peso entre los pensadores más influyentes.
Llegamos al siglo diecinueve, un siglo de cambios enormes, de avances científicos brutales, y de una crítica a la religión cada vez más feroz por parte de algunos filósofos.
Ludwig Feuerbach, un pensador alemán, planteó una idea que iba a influir muchísimo en los siguientes pensadores que vamos a ver. Feuerbach decía que Dios no es más que una proyección del ser humano. Que nosotros cogemos todo lo mejor que tenemos, nuestra bondad, nuestra sabiduría, nuestro poder, lo llevamos al infinito, y a ese resultado lo llamamos Dios. En realidad, según Feuerbach, cuando adoramos a Dios, estamos adorando una versión idealizada de nosotros mismos, sin darnos cuenta. La religión sería, entonces, una especie de espejo deformado en el que el ser humano proyecta su propia esencia.
Esta idea le vino como anillo al dedo a otro pensador enorme de esta época, Karl Marx. Marx cogió la crítica de Feuerbach y le dio una vuelta más, un giro social y político. Para Marx, la religión no es solo una proyección psicológica, es también una herramienta de control social. Su frase más famosa, la que seguramente has oído alguna vez aunque no supieras de dónde venía, es aquella de que la religión es el opio del pueblo. Con esto, Marx quería decir que la religión adormece a la gente, la hace aceptar su sufrimiento en esta vida con la promesa de una recompensa en la otra, y de esta manera, la clase que domina la sociedad usa la religión para que los pobres no se rebelen contra las injusticias, porque total, ya tendrán su premio en el cielo.
Pero si hablamos de crítica a la religión, hay un nombre que sobresale por encima de todos los demás, un filósofo que dejó una frase que ha quedado grabada en la memoria colectiva de una forma casi mítica: Friedrich Nietzsche.
Nietzsche fue el que dijo que Dios ha muerto. Y esta frase se ha malinterpretado muchísimas veces, así que vamos a pararnos aquí un momento, porque merece la pena entenderla bien. Nietzsche no estaba haciendo un anuncio triunfal, como si dijera "qué bien, ya no hay Dios, ya somos libres". No. Lo que Nietzsche estaba diciendo es que la sociedad europea de su tiempo, con todos sus avances científicos, con toda su razón moderna, había matado, sin darse cuenta del todo, la creencia sincera en Dios que sostenía toda la moral de Occidente. Y esto, para Nietzsche, era un problema enorme, casi una tragedia, porque toda la moral europea, los valores de bien y mal, de justicia, de compasión, estaban construidos sobre la base de que Dios existía y de que había un orden moral absoluto detrás de todo.
Si quitamos a Dios de la ecuación, decía Nietzsche, tenemos que reconstruir esos valores desde cero, porque ya no tenemos ese fundamento sólido. Y advertía de que esto iba a traer un vacío enorme, un nihilismo, una sensación de que nada tiene sentido, y que la humanidad tendría que crear nuevos valores, nuevos sentidos, con sus propias fuerzas, sin apoyarse en lo divino.
Nietzsche también criticó duramente al cristianismo en concreto, no solo a la idea de Dios en general. Decía que el cristianismo había inventado una moral de esclavos, una moral que glorifica la humildad, el sufrimiento, la debilidad, en lugar de glorificar la fuerza, la vida, la creatividad. Para Nietzsche, el cristianismo había puesto patas arriba los valores naturales del ser humano, haciendo que lo débil pareciera bueno y lo fuerte pareciera malo.
Ahora bien, no todo el mundo en este siglo era tan crítico. Hubo pensadores que, viendo este mismo panorama, esta misma crisis, defendieron la fe con una intensidad enorme, aunque de una manera muy distinta a como lo había hecho Santo Tomás siglos antes.
Søren Kierkegaard, un filósofo danés, es quizás el mejor ejemplo de esto. Kierkegaard vivía en una época en la que la fe cristiana se había vuelto, según él, algo muy cómodo, muy de rutina, algo que la gente hacía simplemente porque había nacido en un país cristiano, sin ningún compromiso personal de verdad. Y Kierkegaard se rebeló contra esto. Decía que la fe verdadera no tiene nada que ver con la razón, ni con argumentos, ni con pruebas. La fe es un salto, un salto al vacío, algo que no se puede justificar racionalmente, y que exige un compromiso total, personal, apasionado. Ponía como ejemplo la historia de Abraham, cuando Dios le pide que sacrifique a su propio hijo.
Desde el punto de vista de la razón, esto es una locura, un crimen. Pero Abraham confía, salta al vacío, cree contra toda lógica. Y eso, para Kierkegaard, es la fe de verdad, algo que se vive en la angustia, en la duda, en el riesgo, no en la comodidad de las explicaciones racionales bien ordenadas.
Con Kierkegaard nace una corriente que después va a llamarse existencialismo, y que va a tener mucho que decir sobre religión en el siglo veinte.
Llegamos ya al siglo veinte, un siglo marcado por dos guerras mundiales espantosas, por el avance imparable de la ciencia, y por una crisis de sentido que muchos filósofos intentaron entender.
Jean-Paul Sartre, el francés que se convirtió en el rostro más conocido del existencialismo, partió de una postura atea muy clara. Sartre decía que si Dios no existe, entonces no hay una esencia humana previa, no hay un plan divino que diga cómo tenemos que ser los seres humanos. Primero existimos, y luego, con nuestras decisiones, con nuestros actos, vamos construyendo lo que somos. Esto lo resumía en una frase que se ha hecho muy famosa: la existencia precede a la esencia. Sin Dios, decía Sartre, estamos condenados a ser libres, y esa libertad da vértigo, porque significa que somos enteramente responsables de nuestra vida, sin poder echarle la culpa a un destino ya escrito, ni esperar ayuda de arriba.
Albert Camus, otro pensador francés de la misma época, aunque él prefería no llamarse a sí mismo existencialista, planteó algo parecido pero con un matiz distinto. Camus hablaba del absurdo, de la sensación de que el ser humano busca sentido en un universo que, en sí mismo, no ofrece ninguno. Ese choque entre nuestra necesidad de sentido y el silencio del universo es lo que Camus llama el absurdo. Y frente a esto, Camus no proponía el suicidio, ni la resignación, sino algo que llamaba la rebeldía. Vivir a fondo, con intensidad, aun sabiendo que no hay una respuesta final, aun sabiendo que no hay un Dios que nos garantice un sentido último. Vivir sin la muleta de la trascendencia, pero sin caer en la desesperación tampoco.
En este mismo siglo, también hubo pensadores que defendieron la religión desde otras perspectivas, buscando un espacio para la fe que no chocara frontalmente con la ciencia moderna.
William James, un filósofo y psicólogo norteamericano, planteó algo muy interesante en su libro sobre las variedades de la experiencia religiosa. James no se preguntaba tanto si Dios existe de forma objetiva, sino qué efecto tiene la fe religiosa en la vida real de las personas. Y observó que, para muchísima gente, la experiencia religiosa produce transformaciones profundas, da fuerza, da consuelo, ayuda a superar momentos muy duros de la vida. James defendía que, si una creencia funciona, si trae buenos frutos a la vida de una persona, tiene un valor práctico que merece ser tomado en serio, más allá de si se puede demostrar con un experimento de laboratorio.
Y no podemos dejar fuera de esta lista a un pensador que, aunque no era estrictamente filósofo en el sentido académico, tuvo una influencia enorme en cómo se entendió la religión desde la ciencia moderna: Sigmund Freud. Freud, siguiendo un poco la línea de Feuerbach, decía que la idea de Dios es, en el fondo, una proyección de la figura del padre, una necesidad infantil de sentirnos protegidos por una figura fuerte y todopoderosa que cuide de nosotros cuando el mundo nos asusta. Para Freud, la religión era una especie de neurosis colectiva, una ilusión necesaria en las primeras etapas de la humanidad, pero que el ser humano adulto y maduro debería, poco a poco, dejar atrás, apoyándose en la razón y en la ciencia en lugar de en el consuelo religioso.
Como ves, hemos recorrido más de dos mil años de pensamiento, y en todo este tiempo, los argumentos se han repetido, se han pulido, se han enfrentado unos a otros, pero nunca ha habido un ganador definitivo. Ni la razón ha conseguido demostrar de forma indiscutible que Dios existe, ni ha conseguido demostrar de forma indiscutible que no existe. Y esto, que a primera vista puede parecer un fracaso de la filosofía, en realidad es quizás lo más honesto que se puede decir sobre este tema.
Piensa en esto un momento. Hombres con una inteligencia descomunal, gente que dedicó su vida entera a pensar, a estudiar, a discutir con los mejores cerebros de su época, no llegaron a un acuerdo. Y esto no es porque fueran torpes, ni porque les faltara información. Es porque estamos hablando de algo que, quizás, por su propia naturaleza, se resiste a ser encerrado en una fórmula, en una demostración matemática. La pregunta por Dios no es como preguntar cuánto es dos más dos. Es una pregunta que toca la experiencia, el sufrimiento, la esperanza, el miedo a la muerte, el sentido de la vida entera, y todo eso no cabe fácilmente en un silogismo.
Y aquí es donde yo me atrevo a darle mi opinión personal, después de haber repasado contigo todas estas posturas. Creo que lo más valioso de todo este recorrido no es quedarse con un bando, no es decir "estos tenían razón y estos otros estaban equivocados". Lo más valioso es darse cuenta de que la pregunta en sí misma nos hace mejores. Nos hace más humildes, porque nos enseña que hay límites para lo que podemos saber con certeza. Nos hace más profundos, porque nos obliga a pensar en lo que de verdad importa, más allá del ruido del día a día. Y nos hace, curiosamente, más tolerantes, porque cuando ves que Agustín, Tomás de Aquino, Kant, Nietzsche o Sartre, gente muchísimo más preparada que la mayoría de nosotros, no se pusieron de acuerdo, es difícil mantener la soberbia de creer que uno mismo tiene la última palabra sobre este asunto.
Yo creo, sinceramente, que la fe y la razón no tienen por qué ser enemigas a muerte, como a veces nos las quieren presentar. Creo que cada persona, a su manera, con sus propias experiencias, con su propia historia, va construyendo una respuesta que le sirve para vivir, para levantarse cada mañana, para enfrentar la pérdida, la enfermedad, el paso del tiempo. Y esa respuesta, sea la que sea, merece respeto, siempre que no se use, como bien advertía Marx, para justificar la resignación ante las injusticias, ni, como bien advertía Nietzsche, para negar la fuerza y la belleza de la vida que tenemos delante de nosotros ahora mismo.
Lo que sí te puedo decir, después de todo este recorrido, es que pensar en estas cosas, dedicarles tiempo, leer a esta gente que te hemos presentado hoy, no es una pérdida de tiempo, ni mucho menos. Es quizás uno de los ejercicios más valiosos que puede hacer una persona a lo largo de su vida, porque nos obliga a mirar de frente las preguntas más grandes que existen, en lugar de esconderlas debajo de la rutina diaria, del trabajo, de las noticias, de las mil ocupaciones que llenan nuestras horas y que muchas veces nos impiden pararnos a pensar en lo esencial.
Así que, si algo se lleva de este artículo, que sea esto: no tengas miedo de hacerte estas preguntas, no tengas miedo de dudar, y tampoco tengas miedo de creer. Los filósofos más grandes de la historia hicieron las dos cosas, muchas veces a lo largo de la misma vida, y eso no les hizo más débiles, sino todo lo contrario, les hizo pensadores mucho más profundos de lo que habrían sido si se hubieran quedado con la primera respuesta cómoda que les hubiera venido a la cabeza.
Échale un vistazo, porque continúa esta misma conversación desde otro ángulo que seguro que no te esperas.